El día que Tom Byers hizo de liebre y derrotó a los campeones

Mark Shearman               Mark Shearman

Tom Byers se acercó al micrófono durante un pequeño homenaje en su honor y, tras un breve discurso, finalizó diciendo:

–Doy gracias al atletismo por haberme dejado vivir aquel momento singular que sigue en mi corazón.

¿Por qué la gente, unánime, reaccionó aplaudiendo durante varios minutos? ¿A qué momento singular se refería aquel hombre?

Para adentrarse en la historia de Tom Byers, el millero que pasó de liebre a héroe, hay que ponerse en situación y empezar por el principio, por la A de atletismo, un deporte que se adormece si no hay pacers en carreras de media y larga distancia. Ni hoy, ni en la época de nuestro protagonista, se concibían los mítines sin su concurso. Los ránkings serían un desierto si no fuera por la contribución histórica de teloneros que garantizan un ritmo fulgurante a los ídolos.

Los empujadores de carreras se institucionalizaron de tal modo en el último tercio del siglo XX que algunos corredores, en vez de competir, empezaron a ganarse la vida tirando de otros, y se convirtieron en artesanos de la velocidad perfecta. Tal es el caso del norteamericano Ken Washington (liebre cotizadísima en los años ochenta), el brasileño Osmar Dos Santos Barbosa, o el keniano William Tanui, cocinero antes que fraile, que fue campeón olímpico de 800 metros en los Juegos de Barcelona (1992) y luego se puso a ayudar a sus rivales, previo paso por caja. Hasta el nunca bastante ponderado Johnny Gray (25 veces por debajo de 1:44) fue liebre, por ejemplo, en 1987 cuando en la serie buena de 1.500 metros de Zurich salió con camiseta de manga corta y mallas, como si hiciera footing, para marcarle a Steve Cram un mil endiablado. También atletas españoles legendarios, como Antonio Páez o Francisco Sánchez Vargas, trabajaron al servicio de la élite.

En ocasiones, sin embargo, la liebre no se conforma con su papel secundario. Algunas llegan a meta, sobre todo en maratón. Incluso ganan. Por no irse muy lejos en la historia, en 1994, en Los Ángeles, el norteamericano Paul Pilkington recibió 3.000 dólares a cambio de marcar el ritmo durante 15 millas, pero se sintió con fuerzas, venció con 2h12:13 y se llevó a casa los 15.000 dólares del primer premio y un Mercedes.

Al keniano Paul Tergat, también en los 42,195 kilómetros, le han salido en su vida un par de liebres contestarias. Es conocido el caso de Sammy Korir, que tenía que retirarse en el kilómetro 30 en Berlín (2003), pero se encontró con ánimo y le acosó hasta la Puerta de Brandenburgo, propiciando una nueva plusmarca mundial de 2h04:55 para Tergat, y una marca personal de 2h04:56 para él mismo. Menos famosa, pero igualmente increíble, es la derrota que sufrió el pentacampeón del mundo de Cross a manos de su liebre Benedict Kimondiu en Chicago (2001), que en un día de inspiración marcó 2h08:52 por 2h08:56 de Tergat. Ni Korir ni Kimondiu volvieron a correr más rápido, por cierto.

Esta fortaleza de algunas liebres en el maratón se explica porque suelen contratarse sus servicios hasta el kilómetro 30, y para encabezar las grandes pruebas comerciales (entre 1h27 y 1h30) hay que estar muy en forma. Todo es posible tras sobrepasar las tres cuartas partes de la prueba más larga del calendario olímpico.

Pero ¿y en el mediofondo? ¿Qué pasa en el mediofondo?

Allí la épica se complica por razones lácticas y de sentido común. Sin embargo, también se han firmado proezas.

Hay una alucinante en grado superlativo. Y es que, por más historias que se cuenten, ningún minuto de gloria será tan genuino como el del hombre que se citaba al principio, aquel que recibió una misteriosa ovación en un homenaje y daba gracias al atletismo: el norteamericano Tom Byers.

Aquella tarde en Oslo

A Byers le habían contratado hasta los 800 metros en la reunión de Oslo (1981) en un 1.500 concebido para que Steve Ovett, la estrella del momento junto a Sebastian Coe, atacase su propio récord del mundo (3:31.36). La segunda liebre era el etíope Wodajo Bulti, que luego curiosamente se pasó al maratón (2h08:44), y tenía que transitar por los 1.200 metros en menos de 2:52. A Tom, un hombre de 3:37.5 en 1.500, se le pedía 1:54 en las dos primeras vueltas y que luego se fuera a la ducha.

Byers era un deportista de pelo largo, correr hosco y futuro incierto en el atletismo, ya que su mejor logro hasta entonces había sido el sexto lugar en los campeonatos USA en un año sin alicientes, toda vez que en 1981 no se disputaban Mundiales ni hubo Juegos Olímpicos. Salía con una modelo que conoció en su época de la universidad, y alternaba periodos de fortísimos entrenamientos con otros de relajación absoluta y baja forma. El muchacho parecía más un tenista de los ochenta, a lo Guillermo Vilas, que un corredor de mediofondo. Nadie le dedicaba ni un gramo de atención.

Salió una tarde gris. El público abarrotaba, porque allí se abarrotan, las gradas del estadio Bislett, y se frotaba las manos aguardando un nuevo episodio en esa guerra de plusmarcas que sostenían Ovett y Coe. ¿Caería la barrera de los 3:31? ¿Quizá la del 3:30, si las liebres se portaban?

Se dio la salida y no aparecía el marcapasos por ningún sitio; los participantes le buscaban de reojo. Competían quince atletas, la crema del ciclo, a excepción de Coe. Además de Ovett, comparecieron John Walker, Steve Cram, Thomas Wessinghage, Steve Scott y José Luis González, entre otros. Mucho gallo en el corral. Hubo codazos y empujones, algo que tampoco sorprendía a nadie. Bulti iba último, totalmente despistado, y Byers se perdió en mitad del paquete, lo que le obligó a marcarse un monumental cambio de ritmo al iniciar la primera curva para ponerse en vanguardia.

Por algún motivo que nadie puede explicar, quizá porque correr rápido es más un impulso o una inspiración que otra cosa, Byers no aminoró al paso por los 200 metros y abrió hueco, con José Luis González como involuntario segundo clasificado a tres, cinco metros de él, casi ralentizando el grupo. Las diferencias se agrandaron al cumplirse la primera vuelta (57.52). Bulti, que por fin reaccionó, se fue tras la liebre, pero el paquete, ahora encabezado por Harald Hudak (un alemán de 3:31.96), se desentendió por completo de su tranco. Nadie quería arriesgarse, todos se vigilaban. Cuentan que el locutor de Oslo, en su afán por calentar al respetable, cantó el parcial de 57.52 para el grupo de Ovett, que en realidad iba a 15 metros de distancia, y cuyos integrantes se resguardaban la mar de cómodos, convencidos de que las liebres marchaban demasiado deprisa. De hecho, lo único que se sabía cabalmente de Byers es que en 1976, en los Trials para los Juegos de Montreal, había hecho los primeros 400 metros en 53 segundos tirando como un poseso antes de hundirse en las últimas posiciones: era un kamikaze y dudaban de su capacidad para dosificar las fuerzas. De hecho algún manager protestó, no era la liebre adecuada.

Bulti, por pudor o cansancio, se descuelga a los setecientos metros, mientras que Byers llega al punto convenido en 1:54.83; y en lugar de convertirse en calabaza, continúa. Los demás pasan cerca de los dos minutos y el comentarista del estadio vuelve a cantarles por error 1:54. “Ese americano loco va a menos de 1:48”, debió de pensar alguno de los participantes. Ovett sigue sin dar la cara, preparando el ataque final.

Byers lleva ahora más de 60 metros de ventaja al paso del mil, y aunque todo el mundo espera que se retire, aguanta. Una ola de simpatía comienza a invadir las gradas, que se han dado cuenta del error del speaker, y se sienten muy defraudadas por la pereza de las vedettes del mediofondo. En tierra de nadie, confundido por la chirigota, Bulti se retira sin haber ejercido de liebre ni cosa que se le parezca.

Y en éstas, suena la campana.

“Miré sobre mi hombro derecho y vi que no venían”, declararía después Byers, que pasa en 2:53.09 los 1.200 metros. El norteamericano se está creciendo y se ha ganado definitivamente al público, que aplaude a rabiar y golpea con estrépito las vallas publicitarias de Philips, el patrocinador del evento. El suspense ya no está en el récord, sino en las posibilidades de ese aventurero acosado por una jauría de campeones.

Las cámaras de la televisión noruega se vuelven locas, no saben a quién enfocar, si al fugado o a los perseguidores. La ventaja del yanqui, cuya zancada se hace breve, disminuye a 40 metros porque atrás ya empiezan a correr, aunque todavía está muy destacado. Ovett no se lanza realmente hasta los últimos 300 metros, y justo ahí descarga un hachazo terrorífico a sabiendas de que se acaba la función. La recta final es épica, con Byers totalmente roto y un Ovett pletórico, que enjuga metro a metro la diferencia. Finalmente, entre el delirio de los presentes, Tom Byers llega vencedor con apenas unas centésimas de avance y un registro discreto de 3:39.01; ha completado la última vuelta en 61.5 por 52.3 de Ovett, pero el retraso inicial del británico ha sido decisivo.

Así que ni récord, ni gaitas. Sin embargo, la afición está contenta, ha triunfado la justicia poética. “Hemos corrido como un hatajo de idiotas”, se lamenta el plusmarquista mundial en una esquina. Sonríe por compromiso, aparentando estar por encima de aquella situación, pero no tiene ganas de reír. Su enfado se incrementa al conocer que apenas ha bajado de 3:40. “Somos patanes”, remacha.

Byers salta, gesticula, se abraza a los voluntarios de la reunión y a los periodistas. Los organizadores le invitan a una vuelta de honor jaleada por el delirio de la gente, que le dispensa una ovación a caballo entre el estupor, la ironía y el reconocimiento a un hombre que jamás volvió a gozar de una victoria tan sonada.

Y eso que, tras aquel episodio grotesco, mejoró. Y de qué manera: corrió los 1.000 metros en una marca muy estimable de 2:16.1 y, sobre todo, la milla en 3:50.84.

Hoy Tom Byers tiene una empresa de riesgos corporativos en Ohio. Uno de sus dos hijos, Thomas Joseph Byers II, también era atleta y murió en un accidente a los diecinueve años. Steve Ovett fue de los primeros en expresarle sus condolencias.

Byers es aún uno de los mediofondistas americanos más queridos, sobre todo por su etapa universitaria, en la que deslumbró evolucionando en un solo año, ahí es nada, de 4:18 a 3:38 en el kilómetro y medio… para luego alternar actuaciones pésimas, por encima de 3:50. Sus cabalgadas en solitario, normalmente inútiles, le valieron no obstante el cariño del público USA, que suele idealizar a sus fondistas más atrevidos: Steve Prefontaine, Frank Shorter, Alan Webb, y tantos otros.

Hace poco, un compañero de trabajo le contó a Byers que habían subido su carrera de Oslo a Youtube. Incluso existe un foro de Internet que le recuerda de vez en cuando, aunque hay escasos nicks activos.

–El deporte me ha permitido ver cosas increíbles –dijo Tom Byers a principios de este siglo, durante un homenaje–. He visto a plusmarquistas mundiales derrotados en su esplendor, a un estadio entero aclamándome en la última vuelta. Y aunque no fuera mejor que mis compañeros, aunque no haya ganado medallas, aunque sepa que mi mejor triunfo se basó en un cúmulo de casualidades, doy gracias al atletismo por haberme dejado vivir aquel momento singular que sigue en mi corazón.

                                                                                                              Juan Manuel Botella

                                                                        Atletismo Español, diciembre de 2008

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