Qué es atletismo

bruno El Mundo

Atletismo es Bruno Hortelano corriendo como nunca en vez de estar en el psiquiatra hablando de su accidente.

Es Thomas Majewski derrotando a David Storl en su último intento en Londres-2012, tan nocturno que casi estaban apagándose las luces del estadio, para convertirse en el primer lanzador de peso que defendía su título olímpico desde Patty O’Brien.

Atletismo es cualquier keniano (¿Ezequiel, Conseslus o Julius?) pasando siete veces la ría sin apoyar el pie. Es la obstinada agonía de Emil Zatopek en Helsinki-1952, en busca de un hack-trick, 5.000, 10.000 y maratón, que vamos a tardar un cometa Halley en ver repetida.

Atletismo es llamarte Ron Clarke y ser tan bueno, que John Landy te ayuda a levantar porque te ha hecho caer de forma involuntaria en una carrera, o el propio Zatopek te regala uno de sus oros, disgustado al ver que no has logrado ninguno. Es un adolescente de nombre Jackob y apellido Ingebrigsten devolviendo el carisma y la esperanza al mediofondo europeo.

Atletismo es la tarde del 17 de octubre de 1968, cuando se superó cuatro veces el récord mundial de triple por obra de Giuseppe Gentile, que también lo había  batido el día anterior, Nelson Prudencio y Viktor Saneyev, quien resultó ganador y lo trituró por duplicado.

Atletismo es Fanny Blankers-Koen sobre la ceniza mojada de Londres -año 1948, final de los 200 metros- anotándose la tercera de sus cuatro victorias con un margen aplastante de casi un segundo. Es Paavo Nurmi ensartando cinco oros en una sola edición de los Juegos Olímpicos, y la sensación de peligro que generaban en cabeza los finlandeses voladores, si hay que quedarse con dos Lasse Viren y Juha Vaatainen, bebieran o no leche de reno.

juha

Atletismo es la grandiosa y fluida madurez de Carlos Lopes, al fin el mejor en Los Ángeles-1984 con 37 años, y después oro en el Mundial de Cross, y más tarde recordman mundial de la prueba de Filípides.

Atletismo es Eliud Kipchoge en el maratón de Berlín con manguitos y sonrisa de veterano invencible, al paso de la Potsdamer Platz sin moverse ni un milímetro de su eje al correr, como una flecha camino de la diana. Es su gesto didáctico, sin perder velocidad de 2h01, enseñando a las liebres cómo tienen que colocarse.

Atletismo es John Akii Bua ganando por la calle uno en Munich-1972 con plusmarca universal. Es Willie Banks pidiendo palmas en el pasillo de triple, muchas  temporadas antes que cualquiera de sus imitadores. Es Abebe Bikila corriendo descalzo entre antorchas, mientras va cayendo la noche en la Ciudad Eterna.

Atletismo es Bob Mathias con 17 años, ganando el decatlón de los Juegos de Londres-1948, y repitiendo en Helsinki-1952 con 912 puntos de ventaja. Es Alfred Oeter lanzando 69,43 metros en disco a los 43 años, después de haber sido cuatro veces oro olímpico, y fracasando al postularse para sus quintos Juegos. Más poético, más metafísico todavía: Estados Unidos boicoteó Moscú-1980, y aunque Al se hubiera clasificado, jamás habría competido.

Atletismo es el llanto y la impotencia de Liu Xiang, retirándose cojo ante millones de compatriotas chinos que esperaban verle triunfar en Pekín-2008. Es el orgullo de Gaby Andersen por alcanzar la meta, cueste lo que cueste y al filo del colapso, en el maratón de Los Ángeles-1984. Es la dignidad de Steve Jones acabando deshidratado y derrotado sus 42,195 kilómetros de calvario en los Europeos de Sttutgart-1986, mientras escuchaba tambaleándose, aunque erguido, el himno de Gran Bretaña en honor a una compatriota.

Atletismo es Mary Decker doblegando a las alquimistas del Telón de Acero en Helsinki-1983. Es su incidente con Zola Budd en Los Ángeles, que quizá marcó para siempre a la frágil, grácil británica de origen sudafricano. Es la decepción de sus problemas con el dóping.

Atletismo es Wilma Rudolph pasando de la silla de ruedas y el oscuro porvenir a la cima olímpica en velocidad.

Es el sprint a cara de perro de dos de los mayores colosos de la historia del fondo, Haile Gebreselassie y Paul Tergat, en Sydney-2000. Y el de Hicham El Guerrouj y Bernard Lagat en Atenas 2004, un duelo con sabor de último tren para el oro resuelto a favor del genial marroquí de los ritmos imposibles. ¿Y por qué no? Es lo bueno y lo malo que nos demostró Eamonn Coghlan celebrando su triunfo a la altura de la ría en los 5.000 metros de los primeros mundiales.

Coghlan

Atletismo es la cabalgada de John Ngugi en Seúl-1988 -lástima aquel control antidopaje- y sus cinco victorias en Mundiales de Cross jugando al despiste sobre barro, nieve o hierba, con ese estilo asimétrico, anárquico suyo.

Atletismo es Paula Radcliffe corriendo bajo la lluvia una noche de agosto en Munich, doblando a todo el mundo en busca de una marca por debajo de 30 minutos en 10.000 metros. ¿Alguna mujer se quedará a las puertas de la media hora de manera más hermosa?

Atletismo es la eficacia anotadora en campo a través y pista de Kenenisa Bekele, infalible entre 2001 y 2009, excepto en Mombasa. Y su victoria en Berlín 7 años después aquel cénit, reinando por un día sobre asfalto, con 2h03:03.

Atletismo es Daniel Komen una tarde soleada en Rieti, cuando su WR de 3.000 metros (7:20.67) hizo tragarse las burlas de Tim Hutchings, el exfondista locutor de TV, al ver que pasaba el primer kilómetro en 2:25.

Atletismo es Robert de Castella y Juma Ikangaa partiéndose la cara a ver quién imponía un ritmo más angustioso en un maratón asiático o austral. Es Takeyuki Nakayama en Fukuoka y Seúl a ritmos suicidas, sin liebres ni rivales, corriendo por puro instinto. Es Kipyoge Keino en el milqui, al demonio con las estrategias, desarmando a Jim Ryun con un ataque a 850 metros de meta en México-1968.

Atletismo es Usain Bolt parándose en la final de 100 metros de Pekín, y sin embargo batiendo el récord del mundo. Es la paradoja de Mike Marsh 16 años antes, en una semifinal de 200 de Barcelona-1992, perdiendo por culpa de su deceleración una plusmarca que jamás alcanzaría. Es Pietro Mennea, cuya marca precisamente Marsh no pudo superar, remontando entre los gritos del comentarista de la RAI, y ganando en Moscú-1980.

Y ya que hablamos otra vez de Moscú.

Atletismo es todo Steve Ovett, de la A a la Z; lo mismo escribiendo I love you en el aire tras ganar los 800 metros, que cuando días después se frenó con la mirada perdida en los cuadros de los 1.500, asumiendo que Sebastian Coe era aquel día un semidiós que le ajustaba las cuentas; despreciando la plata ante Jürgen Straub  -¿quién coño era Straub?- porque en un duelo inmortal sólo existen dos, y eran Coe y él, dorsales 254 y 279.

Atletismo, seguimos con Ovett, es perder tu vuelo para correr una carrera de 1.000 metros contra John Walker, inscribirte esa misma tarde en un medio maratón y ganarlo en 1h05:38. Es ser inglés y competir en los mítines con la camiseta soviética en plena Guerra Fría porque te la regalado un rival. Es lanzarte en plancha en la parrilla y clasificarte para la final de 800 metros de Los Ángeles-1984, a pesar de estar medio enfermo o medio sano. Es tener al público en el bolsillo cuando eras un canalla y ganabas saliendo a la calle 8 para jugar con tus rivales, y encandilarlo exactamente igual cuando a punto de retirarte, años después y paseando una venerable calva, quedabas último con esa irónica sonrisa del héroe que ya no tiene nada que demostrar.

ovett

Atletismo, de británico a británico, es cualquier contrameta de Steve Cram en 1985 y 1986, incluso cuando perdía. Nadie sabe cuántas décadas pasarán hasta que alguien acelere con esa enérgica elegancia.

Atletismo es Said Aouita cabeceando con la cara desencajada, tras quedarse sin liebres a un ritmo insoportable en su enésimo ataque a un récord del mundo. ¿Pero cuántas veces lo intentó este hombre? ¿Y cómo de grande sería su leyenda si los Juegos de Seúl-1988 hubieran sido en agosto, en lugar de finales de septiembre?

Atletismo es que el propio Said Aouita y Sebastian Coe nunca compitieran en la misma carrera. Es que Alberto Juantorena, un coloso de zancada irresistible, suave, imperial, tampoco se midiera, mucho tuvieron que ver las lesiones, a ninguno de ellos. Es la fiabilidad de Sandra Perkovic en disco y Anita Wlodarczyk en martillo, que ganan títulos con esa voracidad de quien no los ha ganado nunca. O Dick Fosbury adelantándose a todos en altura con una técnica que trajo del futuro. Es Blanca Vlasic bailando altiva, balcánica, inalcanzable en la colchoneta tras saltar 2 metros y pico.

Atletismo es Yuriy Borzakovsky, ojalá el único ruso limpio de su selección, privando para siempre del oro olímpico, Atenas 2004, a Wilson Kipketer. Y ese mismo Wilson Kipketer rompiendo en París dos días consecutivos el récord mundial indoor de 1997. Y la última vuelta de Paul Ereng con una camiseta prestada en Budapest-1989, ridiculizando el sprint de sus adversarios. Y, cómo no, David Rudisha corriendo en 1:40.91 sin más referente en la pista que su fuerza; una fuerza de la naturaleza tan poderosa como una tempestad que se desató en Londres  9 de agosto de 2012.

Atletismo es la cara de paleto con gorra de David Wottle en Munich-1972, cuando batió a sus rivales en el último centímetro, donde escuece de verdad, después de haber hecho turismo en la primera vuelta, voluntaria y tranquilamente alejado de codazos y empujones. Nadie más que él sabía que la gorra y su propietario iban a remontar de manera inexorable.

Atletismo es el larguirucho doctor Roger Bannister en blanco y negro, rodeado de público y casi desvanecido, buscando aire tras convertirse en el primer humano en bajar de 4 minutos en la milla. Es Herb Eliott alejándose de todos en la final de Roma-1960, como si diera un paseo por la campiña, y retirándose invicto. Es Peter Snell haciendo 1:44.3 sobre hierba en 1962, 56 años después -sí, 56 años después- aún vigente récord nacional de Nueva Zelanda.

Atletismo es preguntarse adónde habrían llegado Ivo Van Damme o Steve Prefontaine si no hubieran muerto.

Es Sergey Bubka en los Mundiales de Atenas de 1997, cuando nadie daba un duro por él, y saltó 6,01 en el último intento. Es Elena Isinbayeva rebasando los 5 metros y lanzando besos a la cámara, como si fuera tan fácil, sin saber, quizá sabiendo, que enamoraba a generaciones enteras de futuros pertiguistas.

isinbaeva

Atletismo es la fotografía de Bob Beamon -película coloreada sesentera- volando con cara de hombre-bala novato que no sabe dónde aterrizará. Es el puño en alto de Tommie Smith y John Carlos en el podio de esos mismos Juegos.

Atletismo es el peluche de Winnie the Pooh que acompañaba a Carolina Kluft por todo el mundo, hasta que la sueca se aburrió de competir contra sí misma en combinadas, y los achaques hicieron el resto.

Atletismo es aquella tarde mágica de Jonathan Edwards en Gotemburgo, yéndose al fin del mundo y más allá, y no saltando más lejos porque Dios no quiso; el mismo Dios regio y riguroso del Antiguo Testamento que le impedía competir en domingo, y años antes impelió a Eric Liddell, protagonista de Carros de Fuego, a correr los 400 en vez de los 100 metros, cuya final se disputaba en el Día del Señor.

Atletismo es cualquier momento del duelo Carl Lewis vs Mike Powell en Tokio-1991; especialmente la resolución de aquél cuando vio los 8,95 metros de su rival e intentó, no sabía que era imposible, superarle en el siguiente salto. Y hablando de Carl Lewis -¡qué gran especialista puro en longitud se perdió este deporte!- también es esa camiseta de tirantes ¿azul, blanca, roja? con la serigrafía de USA que iba y venía, con su portador pluriempleado en calificaciones, series, cuartos y semis, mientras se forjaba la leyenda del Hijo del Viento.

Atletismo es Jessy Owens dejando con un palmo de narices a Adolf Hitler en el estadio olímpico de Berlín. Es, sobre todo, lo que ocurría pocos metros más abajo del palco del Führer, donde el ario y blanquísimo Luz Long felicitaba al propio Owens con admiración verdadera, porque el atletismo no entiende más que de atletismo y une a gente diversa, y empequeñece a fascistas, comunistas y portadores de cualquier ideología radical, que son apenas diminutos granos de arena escupidos del foso de la gloria.

Atletismo es Bruce Jenner convirtiéndose en Caitlyn Jenner a los 60 años, aunque nadie entienda nada, porque sólo lo entiende él; o sea, ella. Es Daley Thompson bromeando mientras construía en diez momentos una obra de arte. Es Ashton Eaton corriendo como una fiera el último giro de la última prueba del decatlón para batir su propio récord del mundo.

Atletismo es una entrevista de Jefferson Pérez sudoroso y jadeante, tras ganar el oro en el Mundial de Osaka-2007, recordando que él no es un héroe; que los héroes se levantan a las cinco de la mañana para mantener a su familia con un empleo mal pagado.

Atletismo es el público del viejo estadio Vallehermoso coreando el nombre de Edwin Moses tras caer derrotado en 1987, luego de 122 victorias consecutivas; el americano sonreía sin fuerzas, alzaba su brazo larguísimo con cortesía triste, y por dentro quizá ya estaba tramando la que sería su última gran victoria, dos meses más tarde, en los Mundiales de Roma.

Moses

Atletismo es Jan Zelezny lanzando jabalinas que se perdían en el horizonte, y bajaban a veces con espuma de las nubes. Es Michael Johnson explorando nuevas velocidades en 200 y 400 metros. Es la paradoja de Britney Reese y Valerie Adams, que por más oros que ganen nunca llegarán al público, pero siguen en la batalla por si alguna vez caemos en la cuenta. Es Sydney McLaughin en los tacos de salida con el body azul de la Universidad de Kentucky, levantando la mirada y guiñando su ojo de pantera.

Atletismo es más de un siglo de aventuras, y los siglos que vendrán después. Son todas las imágenes, las mías, las tuyas, las que sean, que generen un recuerdo maravilloso. Es ver cómo alguien se levanta y vuelve a empezar, y después vuelve a empezar, aunque otra vez haya caído. Es no rendirse nunca con los pies en el suelo. Es explorar los límites de la condición humana a través del repertorio de esfuerzos más esencial del deporte. Es una historia de titanes cuya contemplación nos pone frente al espejo de la gloria y de la miseria; un espectáculo, aunque haya idiotas que lo dañen, al servicio de los grandes valores.

 

   Juan Manuel Botella

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