Aquella noche de Sebastian Coe en Valencia

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Sir Sebastian Newbold Coe cató el vino que le ofrecía el camarero y sentenció:

-Yes… -y dejó la ese suspendida en el aire, sonriendo con una dentadura perfecta, prominente, anglosajona-. Yes, I love this wine. Enjoy!

El camarero escanció a los demás comensales y se esfumó, mientras Seb se dirigía a la mesa en los siguientes términos:

-I’m proud of your race, especially your finish line. It’s unreal as says (y dijo el nombre de un fulano). And now… please, ladies and gentlemen, excuse me.

El presidente de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) se levantó y, dando rodeo para sortear una columna, se enfrentó al atril en una especie de gesto de ir y venir que recordó -congruente con aquel público nostálgico- su salida en la final de 1.500 metros de Moscú-1980. Cómo olvidar aquel momento glorioso, si era el mismo hombre. Un mito viviente.

Coe descargó su discurso con oficio de estrella. Unas 170 personas a la escucha. Lo hizo fácil, como cuando corría. Se apoyaba en un folio con ideas escritas poco antes de su puño y letra: Juan Roig, Valencia Ciudad del Running, contribución al dopaje, récord de participantes y naciones. Era la noche del 23 de marzo de 2018; como en las Leyendas de Bécquer, el viento azotaba los vidrios de la ventana.

La Federación Internacional ofrecía la cena con motivo del Campeonato del Mundo de Medio Maratón de Valencia. Compartir mesa con Sebastian Coe era una oportunidad cósmica para un pelma del atletismo como el que suscribe estas líneas. Si no existiera Correcaminos, si no fuera de la mano de la Fundación Trinidad Alfonso, si el Ayuntamiento de Valencia no apoyase las carreras en ruta, a buenas horas iba yo a sentarme con un cuádruple medallista olímpico ni para tomar café.

Además del anfitrión y de su esposa Carole Annett Coe, estábamos en la mesa de honor Maite Girau, Elena Tejedor, José María Odriozola, Gunilla Martensson, Raúl Chapado, Vicente Añó, Paco Borao y servidor, desde luego el menos honorable de todos.

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Sebastian Coe era un hombre de modales exquisitos, palaciegos. Se ponía en pie para saludar a cada persona que circulaba en sus alrededores, y estrechaba la mano con tal solemnidad, susurrando palabras tan hermosas, que parecía encerrar en sí todo el glamour anglosajón de la gala anual de la Royal Society de Londres. Pero no había que ponerse nervioso; en realidad sólo era fría y correctamente amable.

Yo me había preparado para decir algo gentil en el instante mismo del encuentro, porque hablo un inglés propio de Tarzán o del principio de la trilogía del Planeta de los Simios, es decir, cuando el primer mono logra hilar una frase ante el asombro de sus entrenadores; así que me había preparado para el lance. Con una leve reverencia, intentando disimular mi estilo de verdulero del barrio del Cristo, le dije:

-It’s an honour to meet you, Lord Sebastian… and The Tempest.

Él me miró fijamente con ojos de azul glacial e inclinó a su vez la cabeza sin moverse del sitio, muy levemente, como cuando encajó de forma mayestática la enhorabuena del entonces presidente del COI, doctor Jacques Rogge, en la apertura de los Juegos de Londres 2012.

Me dijo:

-Thank you very much -y acentuó exageradamente el much.

Nunca sabré si captó que me refería a su madre, que le llamó Sebastian por la obra de teatro Sebastian and The Tempest, auténtico éxito en Inglaterra allá por los años 50; o si me dio las gracias para cortar la palabra en la boca de aquel grupie que se tomaba demasiadas familiaridades.

El caso es que enseguida apartó su atención de mí, se aflojó la corbata y habló de lo que verdaderamente le interesaba en aquel momento: de fútbol, del Chelsea.

Al cabo del quince minutos mi fanatismo no podía más, e intervine.

-Oh, ¿hablan ustedes de fútbol? -contrasté intentado parecer otra vez, por supuesto en vano, un refinado caballero.

-Así es. Soy un humilde seguidor del Chelsea Football Club -explicó tranquilamente el Lord de la mesa.

-Yo soy un fan de Sebastian Coe -me declaré.

-Ok, gracias de nuevo –y siguió a lo suyo, pero sin reverencias ni gaitas; y ya fui viendo por aquello que no le gustaban los friquis que van de enterados, ni pensaba contar batallitas de sus años de atleta, como yo pretendía.

En ésas que llegó su veredicto del vino:

-Yes, I love this wine, etc -y el discurso subsiguiente.

Mientras hablaba para los antedichos 170 afortunados, calculé que si Coe alguna vez llegaba a presidente del COI, cosa harto complicada, habría rematado un currículum político comparable a su gigantesca carrera atlética en la que -por dar una pincelada, ¿eh?- logró convertirse en doble campeón olímpico de 1.500 metros y ser plusmarquista mundial simultáneo, durante poco más de media hora, 1 de julio de 1980, de 800 (1:42.33), 1.000 (2:13.40), 1.500 (3:32.1) y la milla (3:48.95). Steve Ovett, que corrió esa misma tarde la milla en 3:48.53, se afanó rápida, seguro que gustosamente, en arrebatarle su condición de tetrarecordman. Eran tiempos de rivalidad que hoy adquirían una dimensión mítica, con esa aureola que nos inspiran sucesos o canciones de los años ochenta.

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A luz de foco, Sebastian Coe tenía la piel de un color que semejaba las hojas del libro de visitas del castillo de Windsor. Había envejecido gloriosamente, coronado de estratégicos mechones blancos, caídos como en cascada, que surgían en su abundante cabellera negra. Con ocho o diez kilos más que en la final de Los Ángeles-1984, mantenía no obstante una figura juvenil.

-Corre cuarenta minutos tres o cuatro veces por semana -me advirtieron días antes.

Pero los años le habían tratado bien, sobre todo, en su faceta curricular. Se había reinventado por completo en su metamorfosis de héroe deportivo a líder institucional. Otros deportistas impresionantes, como Serguey Bubka (personalidad esencial en Ucrania) o su también exadversario Steve Cram (locutor de Eurosport), siguen siendo famosos en sus países y ostentan puestos relevantes, cada cual a su nivel. Pero nadie llegó tan lejos, nadie era tan influyente como el viejo león del Haringey Athletic Club. A Bubka, por cierto, le batió Seb en buena lid en las elecciones de la IAAF. Ni todos los votos de las exrepúblicas soviéticas pudieron doblegar al aún plusmarquista europeo de 1.000 metros.

Justo mientras me abismaba en estos y otros pensamientos, Lord Coe concluyó sus palabras. Hubo aplausos y miradas de complicidad. El jefe del deporte rey en los Juegos Olímpicos regresó a la mesa con agilidad de mediofondista y reinó otra vez en todas las conversaciones que fueron apareciendo.

Elena Tejedor habló de la vocación de mecenazgo de Juan Roig y de sus proyectos para Valencia con esa pasión tan suya, sosegada e intensa a la vez. José María Odriozola, de buen humor y relajado, se parecía mucho al José María Odriozola de antes de ser presidente de la RFEA; es un irreductible amante del atletismo y jamás dejará de serlo. Su sucesor, Raúl Chapado, demostraba porqué está trayendo, porqué va a traer tantas cosas buenas a la Federación, pese a la complejidad de aquella casa. Vicente Añó, que pacificó la enrarecida atmósfera del atletismo valenciano cuatro o cinco años atrás, recordaba sus dos mundiales, indoor y outdoor en Sevilla. Paco Borao era Paco Borao en estado puro, campechano, jovial, optimista; el único hombre vivo de quien se puede decir cabalmente que a los 70 años está mejor que a los 40.

Sir Sebastian observaba a todos. Hablaba y dejaba hablar, pero pilotaba las intervenciones y dominaba los tiempos como si condujera el pelotón de una carrera de 800 metros. Se abría al borde de la calle uno -cabello de Beatle al viento, desparpajo en la zancada- y taponaba por dentro y por fuera para que nadie le adelantase. Parecía que en cualquier momento, David Coleman iba a aparecerse de cuerpo presente narrando la crónica de la cena para la BBC. Ciertamente, los demás comensales éramos víctimas propiciatorias, un Mike Hillardt o un Detlef Wagenknecht de la velada. Cuando se intentaba terciar con asuntos que no procedían, Coe escuchaba en silencio, pero se cerraba con determinación, bloqueando el paso.

Por un instante pensé que se iba a encarar conmigo en perfecto castellano, y a decirme:

-A ver, puto friqui, no me agobies: que el ritmo lo llevo yo, que me tenéis saturado de preguntitas desde 1977. ¿Tú sabes lo que es aguantar a plomos como tú? Ahora me dedico a otras cosas, a dirigir el atletismo, a tragarme marrones de dopaje, a buscar patrocinadores, a encontrar un CEO porque cada año se me va uno y hay que joderse, a la falta de espectadores en los estadios, que a veces no va ni Dios. Tengo derecho a hablar de cosas que no sean unas zapatillas de clavos y un dorsal, cojones; que si quieres revivir los ochenta vete a una fiesta remember.

Pero lo único que se oía era su particular voz, con acento profundamente british, diciendo:

-Unbelievable -y dejaba la palabra flotando en el aire, como vapor de eucalipto-. Unvelievable -repetía. Hablaba esta vez de una colección de obras de arte.

¡Pero no podía permitir que Sebastian Coe se me escapara vivo! Había pasado tantas horas viéndole correr en televisión, y tantas noches, años más tarde, repasando sus carreras en Youtube, que era imposible que no le atosigara con mis dudas existenciales. Entonces aproveché un silencio incómodo para colar dos preguntas:

-Tengo varias cuestiones -levanté la voz- que siempre he querido hacerle. Y, además, un regalo.

Carole, su esposa, me sonrió al oír lo del regalo, mientras su marido se resignaba y me dejaba un poquito de espacio, el justo, para permitirme correr por la cuerda. Supongo que se dio por vencido al ver el gesto de aprobación de su cónyuge.

Antes de que se arrepintiera, ataqué sin piedad:

-¿Qué opina de James Robinson como liebre? Le tiró demasiado deprisa en Estocolmo en 1981, quizá su mejor momento de forma. Y luego, en cambio, demasiado lento en Zurich en 1984, cuando venía de ganar en Los Ángeles y…

El brazo izquierdo de Coe se levantó a media altura, como una gaviota que extiende sus alas al viento y se queda planeando. Era que me invitaba a callar con la armoniosa autoridad de un director de la Royal Philharmonic Orchestra. Los comensales que me conocían poco o nada, pensaron: ya nos tocó el listillo de la noche, que viene a escucharse a sí mismo y le tiene que contar a este señor, si lo sabrá él, cuándo estaba en forma. Elena Tejedor y Paco Borao, en cambio, me miraron simplemente divertidos: atormento sus vidas con mis historias de abuelo Cebolleta. No se compadecieron del invitado: caña al Lord, decían con los ojos; caña que se nos pierde en divagaciones.

Con su otra mano, Coe apuró un sorbo de vino breve, enérgico. Maridaba el caldo con un arroz a banda que apenas probó y dijo lo siguiente:

-¿James Robinson? Oh, un gran atleta, pero como liebre, una locura. ¿Sabes a cómo pasó los 800 en Estocolmo? -callé y le dejé rematar- ¡A 1:47! (Coe marcó exactamente a 1:49.1, diez metros detrás de Robinson). ¡A 1:47! -repitió enfático- ¿Comprendes lo que significa?

-Que el 7 de julio de 1981 habría sido usted el primer humano en bajar de 3:30 -me emocioné.

-Mi valor aquella noche era 3:28.

Asentí: el mes anterior, el presidente de la IAAF había corrido en 1:41.73 los 800 metros, y la semana después de Estocolmo, los 1.000 en 2:12:18.

-Ten en cuenta -añadió- que en 1986, cuando hice 3:29.77, estaba un escalón por debajo. No era capaz de hacer 20×200 a 26.0 segundos con 30/40 segundos de recuperación; me salían un poco más despacio.

-Está muy claro; y ya que hablamos de suposiciones… ¿qué podía haber hecho Ovett?

-Bueno, Ovett hizo 3:30 largos -justamente fueron 3:30.77.

-Sí, pero en 1983, Ovett no estaba en su cénit -le provoqué-. Me pregunto si, en ese mundo imaginario de carreras perfectas a ritmo perfecto, Ovett habría hecho 3:28 también, como usted.

-Mejor 3:29 -dijo sonriendo a sus pensamientos-. Steve era un atleta fabuloso. Pero bueno, ahora ya nunca estaremos seguros, ¿no es cierto?

Yo ya había cogido velocidad:

-Una pregunta más, señor Coe.

Para entonces, su mano izquierda ya había vuelto a posarse cómodamente en el apoyabrazos de la butaca. Asomaba un distinguido reloj en su aristocrática muñeca.

-Quiero saber -aventuré- qué habría pasado si usted hubiera participado en Seúl en los 1.500 metros. Poco antes hizo 1:43. Y con Cram fuera de forma, Aouita, Bile y González lesionados, y Peter Elliot tan cansado por los 800 metros que perdió ante Peter Rono, creo que…

Lord Sebastian and the Tempest sonrió y bromeó con el tesorero de la IAAF, José María Odriozola, a propósito de que no le seleccionaran.

-¿Qué habría pasado? -dijo como si paladeara las sensaciones de un verano remoto, más bien otoño, que ya jamás volverá a repetirse-. Pues que habría tenido la oportunidad de intentar ganar mi tercer título olímpico, supongo. Estaba en buena forma, pero me puse fino muy tarde por culpa de las lesiones. ¿Algo más? -apremió; se me acaba el euro.

-¡Absolutamente sí! -dije muy ufano- Un regalo de parte de nuestra organización del Maratón y del Medio Maratón Valencia Trinidad Alfonso-EDP.

Y le di un sobre. Y en el sobre, un dorsal de la Mass Race del Mundial (precisamente el 14173) con el nombre de Sebastian. Le pedí una foto y posó con el oficio de quien ha esperado el disparo de salida en cuatro finales olímpicas, y no se amedrenta por la millonésima instantánea que le toman; bastante desenfocada, por cierto.

foto seb coe

Carole Annett tomó después el dorsal, lo guardó con respeto y dio las gracias con esa elegancia de las damas que habitan el palco de honor en Ascot o Wimblendon.

-Es precioso -estimó-. El atletismo es tu pasión, ¿verdad?

Si me hubiera condecorado una princesa, no habría sentido más honra.

Entonces Coe decidió que ya había habido bastante fervor por aquella noche, y se levantó con el ímpetu de Los Ángeles-84, cuando tras ganar el oro se acercó a la tribuna de periodistas y preguntó:

-¿Quién decía que estaba acabado? ¡Eh! ¿Quién?

Acto seguido, inició una ronda por las mesas de la contornada, alimentando relaciones con los representantes de las federaciones nacionales. Y ya no seguí hablando, ni volví a molestar al presidente de la IAAF hasta meses más tarde; aunque ese episodio forma parte de otra historia. Eran las once y media del 23 de marzo de 2018; casi medianoche. Con los friquideberes hechos, me fui a echar un vistazo al montaje del Campeonato del Mundo.

24 marzo

En los alrededores de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, como si fueran las diez de la mañana de un lunes laborable, bullían de un lado a otro máquinas y operarios. Se estaba montando el arco de salida.  Revisaban los detalles varios compañeros -nocturnos o noctámbulos- de ésos que no salen nunca en los periódicos, ni en las redes sociales, y hacen posible toda esta locura del running. Al día siguiente había un Mundial en Valencia. Sueños, inquietud, ambición. Seguía soplando el viento, como en las Leyendas de Bécquer; ¿o eso lo he dicho ya, y la palabra leyenda me ronda porque es legendario lo que está pasando aquí, en mi ciudad, con las cosas del correr?

No me había hecho ninguna foto, ni siquiera con Sebastian Coe, así que me tomé un selfie con los primeros currantes que encontré a pie de obra; les quedaban dos o tres horas de trabajo hasta las cinco de la mañana. Recuerdo que al irme a la cama pensé dos cosas: que aquella noche Valencia se parecía mucho a la capital del atletismo; y que cuando todo acabara, dentro de unos años, se echarían de menos estas carreras sublimes y estos felices momentos.

                                                               Juan Manuel Botella

 

 

 

 

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