Juantorena y Cruz, talento inolvidable

alberto

Joaquim-Cruzok

Serie A de los 800 metros masculinos. Zurich, 22 de agosto de 1984. La prueba, salvo hecatombe, tiene un ganador seguro. Se llama Joaquim Cruz, es brasileño, y se halla en la cúspide de su carrera deportiva. Le acompaña el cubano Alberto Juantorena, que se despide de la competición en una gira por Europa. Es la primera vez que corren juntos. Estuvieron a punto de hacerlo en semifinales del Mundial de Helsinki–83; sin embargo, una grave torcedura del criollo, retirado en camilla, impidió su enfrentamiento.

Es mucho lo que les une. Ambos proceden de países emergentes, sin tradición en el mediofondo. Iban para jugadores de baloncesto y empezaron a correr de rebote. Son altos y de zancada inmensa, más a su aire el carioca, con el cuerpo inclinado al frente, como destartalado; y más elegante el caribeño, con un tranco tan descomunal, que sus rodillas vuelan a un metro de la pista. Pero lo más importante: tras un sinfín de lesiones, y cada uno en su década, han conquistado el oro olímpico.

La reunión zuriquesa se convierte, como de costumbre, en reválida de campeones recientes. Aún resuena el eco de los Juegos de Los Ángeles. Juantorena se los ha perdido por el boicot, y Cruz ha alcanzado en ellos la cima de la doble vuelta al anillo. Ni un idiota negaría la superioridad del brasileño, que no ha dormido en las últimas noches pensando en el récord mundial de Sebastian Coe (1:41.73). Le obsesiona.

-En la Olimpiada corrimos cuatro pruebas de 800 metros en cuatro días, hice 1:43.62 en semifinales, y 1:43.00 en la final; sé que valgo 1:41- ha razonado en una entrevista.

A Alberto, por su parte, la sonrisa le llega de labios a patillas.

-¿Ganarle a Cruz? –ha bromeado con la prensa– ¿Cómo voy a ganarle, compay, si no corro ni 40 kilómetros a la semana?

Pero detrás de su cara de mártir, hay un viejo león.

La salida se retrasa debido a las celebraciones del récord mundial femenino de 100 metros que acaba de batir Evelyn Ashford. Mientras la norteamericana da la vuelta de honor, blandiendo una bandera de barras y estrellas, el público se relame soñando con otra plusmarca, pero de 800 metros, a cargo de Joaquim Cruz.

Ésta es la historia de los héroes de aquella carrera.

El corredor que salió de la pobreza

Joaquim Carvalho Cruz había nacido en 1963 en Taguatinga, cerca de Brasilia. Su padre, obrero metalúrgico en paro, sacaba una miseria vendiendo naranjas y limpiando botas. El niño le acompañaba vendiendo cualquier cosa en la calle para ganar unos pocos cruzeiros, y en sus tardes libres jugaba al basket; era espigado, delgadísimo, de brazos y piernas interminables. Le entrenaba Luiz de Oliveira, un exfutbolista que se había especializado, curiosamente, en baloncesto y atletismo en la Universidad de San Carlos. Cuando tenía 12 años, el equipo de Cruz viajó a un torneo en Ceará, al Norte de Brasil. Allí descubrió que el deporte podía rescatarle de la pobreza: “Yo nunca había creído que tal cosa pudiera ocurrir –reconoció en un programa de televisión que le homenajeaba en 2004–. Era increíble: ¡volábamos en un avión y no teníamos que pagar! Después de eso, a veces me iba a correr para mejorar mi condición física y para que me llevaran a más partidos”.

 Dos años más tarde, se celebró una carrera escolar. Un entrenador que había visto a Joaquim en las pruebas físicas pidió a Oliveira que le prestara a su chico para los 1.500 metros. Entonces Luiz se acercó a Joaquim y le retó a correr un kilómetro y medio lo más deprisa que pudiera. “¿A tope?”, preguntó él. “A tope”, se le dijo. Le tomaron 4:45.

Tres semanas después, ya más rodado, Joaquim hizo 4:19 y se clasificó para el Campeonato de Estudiantes, un totum revolutum que agrupaba cadetes, juveniles y juniors de 14 a 18 años. Oliveira se estaba entusiasmando con su pupilo, y le había convencido para entrenar regularmente 3 ó 4 días a la semana. Lo cierto es que aquel campeonato era una auténtica emboscada para un niño de 14 años enfrentado a jóvenes de 18. Salieron con ganas, a 2:38 el mil. El ganador acreditó 3:59, y Joaquim le plantó cara hasta la última vuelta; fue tercero (4:02.3) y se pasó una hora vomitando y jurando que no volvería a correr más.

Pero Oliveira no dejó escapar aquel talento. A los sesenta y dos días exactos, Joaquim hizo 800 metros en 1:54.6, y en el siguiente control, 48.7 en 400. Tenía 15 años, y Oliveira le soltó a un colega las mismas palabras que, según el biógrafo Otto Jahn, pronunció Mozart cuando oyó a Beethoven tocando el piano en el año 1787: “Recuerden a este joven. Un día el mundo entero hablará de él”.

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Quería imitar a Sebastian Coe

Cruz y Oliveira formaron un equipo indestructible. En 1980, con 17 años, Joaquim corría las dos vueltas en 1:47.85 y vio en televisión cómo Sebastian Coe ganaba los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Moscú. Inmediatamente, se embelesó con la idea de imitar al británico. Su padre no le animó ni le desanimó, era hombre de pocas palabras; pero ya no volvió a dejar que se agotara acompañándole por toda la ciudad en busca de unas pocas monedas.

“Una vez -son palabras de Joaquim en una TV- papá hizo algo que nunca había hecho antes. Después de una competición me invitó a un helado y eso en mi casa, donde no había un cruzeiro, no pasaba ni en Navidad”.

El viejo limpiabotas vendedor de naranjas murió de infarto en 1981, sin ver a su hijo  la cumbre del mediofondo.

Días después de la tragedia, Joaquim corrió un ochocientos en Río de Janeiro. Parecía una competición insulsa. No había liebres, tampoco rivales de entidad. Oliveira planeó que atravesara los 400 metros en 55 segundos, ya que no estaba anímica ni físicamente centrado. Pero Joaquim arrancó como un cohete. Pasó en 25.1, 52.1, 1:18.0, y finalizó en 1:44.3, nuevo récord mundial junior. Las palabras de su entrenador resumen el impacto de aquel momento: “He tenido dos grandes emociones deportivas en mi vida. Una fue el oro de Los Ángeles. La otra, el récord mundial junior, porque Joaquim había fallado en los entrenamientos, estaba blando, pero corrió como si le fuera la vida. Creo que lo hizo por su padre. Por la noche, cuando todos nos habíamos calmado, le dije que era la hora de hacer las maletas e irse de Brasil para crecer como atleta”.

Antes de ponerse con el equipaje, Joaquim participó en la Copa del Mundo de Roma, donde se enfrentó a su admirado Coe, que saboreaba eso que los ingleses denominan the form of his life. Lord Sebastian ganó con 1:46.16, y Cruz, sexto, hizo una carrera horrible llevándose todos los golpes, corriendo las curvas por el exterior, y arrancando de las últimas posiciones cuando ya era demasiado tarde.

La aclimatación a USA

Pese a los planes de Oliveira, la Federación de Brasil no quería que su mayor promesa se fuera a Estados Unidos. La controversia llegó tan lejos que el técnico vendió su coche para pagar los billetes de avión. Entrenador y discípulo se trasladaron primero a Utah, que no les convenció, y después a Eugene, con la mirada puesta en la Universidad de Oregón. Cruz comenzó a estudiar allí para el examen de acceso.

Un día, Joaquim empezó a notar tremendos dolores en el pie. Como la cosa no remitía, se hizo una revisión, y el servicio de traumatología detectó que tenía una pierna ligerísimamente más corta. Además, le encontraron un espolón óseo.

Tras intentarlo todo para evitar el quirófano, Cruz se operó del espolón en julio de 1982. Fueron meses muy grises, con varios suspensos en la prueba de admisión de la Universidad. Y por añadidura, no competía. Estaba deprimido y confesó a la prensa que el récord junior de 1:44.3 lo veía tan lejano, que parecía obra de otro atleta.

Pero nunca llovió que no escampara. Su inglés mejoró y aprobó el examen. Eso le permitió ponerse en manos del cuadro médico de la universidad, y en especial del doctor Stan James. También por aquel entonces, Nike comenzó a fabricar unas plantillas especiales. Gracias a estos cuidados, recuperó el tono y en mayo, vistiendo la camiseta verde y amarilla de Oregón, obtuvo el título nacional universitario en Houston con 1:44.91.

título NCCA Cruz

Mundial de Helsinki–83

Aquel verano se disputaban los primeros Campeonatos del Mundo que, por exigencias del guión político, tuvieron más nivel –en general, pero quizá no en semifondo– que las Olimpiadas de Moscú–80 o Los Ángeles–84. Cruz seguía en forma. Había actualizado su marca personal (1:44.04), y además no en cualquier parte, sino en el antiguo estadio Bislett de Oslo, el templo nórdico de las carreras de medio aliento.

También había descendido de 1:45 en Niza, Estocolmo y Sao Paulo. En estos dos últimos mítines le derrotaron el holandés Rob Druppers y su compatriota José Luis Barbosa, más conocido como “Zequinha”.

Los 800 metros de Helsinki registraron un par de ausencias notables. Se borró Coe, que había hecho un test en la reunión de Gateshead, donde fue derrotado, en este orden, por Steve Cram, William Wuyke y Peter Elliott; luego se supo que arrastraba las secuelas de una toxoplasmosis. También se autodescartó Cram, que se proclamaría campeón mundial de 1.500 metros. En cambio, sí era de la partida Alberto Juantorena, ya en el atardecer de su carrera y autor de una marca reciente de 1:45.03 en La Habana. El cubano, junto a los alemanes federales Hans Peter Ferner (verdugo de Coe en los Europeos de Atenas–82) y Willi Wülbeck (cuarto en los Juegos de Montreal–76, y acreditado en 2:14.53 en 1.000 metros), así como Druppers, se presentaban como los participantes de mayor fuste.

Uno de los hechos más singulares de este campeonato es que, de sopetón, hubo tres representantes cariocas en los 800 metros. Cruz, el más joven, parecía haber puesto de moda la distancia en su país. Además del plusmarquista mundial junior, compitieron el mencionado Barbosa y Agberto Guimaraes. Pero más querido por el público, el más descarado, el que atrajo toda la atención desde que surgió de la cámara de llamadas del estadio, fue Joaquim Cruz. Se clasificó segundo en su serie, tras Druppers, que aquel año se las ganaba todas. Sin embargo, ya en semifinales, el plusmarquista mundial junior dominó con autoridad y aleccionó a una generación entera de ochocentistas brasileños, que aprendieron a correr dando la cara como él, siempre a un ritmo inferior a 52 segundos.

Éste fue, precisamente, el guión de la final, con Joaquim saliendo a por todas en la calle tres. Sin embargo, otro front–runner, el inglés Peter Elliott, se empeñó en pasar el ecuador por delante en 50.58, y discutió a Joaquim la cabeza en una lucha suicida por tirar y tirar en la que se estorbaron mutuamente. A la altura de contrameta, Cruz intenta recuperar la primera posición, pero Elliott se empecina en que la cuerda es suya. Llegan a los 600 metros zarpa a la greña, con el inglés por dentro y el brasileño por fuera, haciendo metros de más. En la recta parece que se destaca Cruz, pero viene Willi Wülbeck, que se ha mantenido lejos de las peleas, y vence con 1:43.65. Por detrás, Druppers sobrepasa primero a Elliott y luego, en la misma línea de meta, a Cruz, que ya no tiene fuerzas y queda relegado al bronce. “Has corrido 810 metros –le dice Luiz de Oliveira–, pero no estoy enfadado, porque lo que has conseguido para tu país y para ti es fabuloso”.

Helsinki 1983

Entrenamientos brutales

En otoño de 1983, Oliveira concibió sesiones mucho más duras para su pupilo. Joaquim hizo carreras de una hora a ritmo de 5:30 por milla, pesas, cuestas, fartlek, velocidad, intervalo y circuitos de tal exigencia, que le hicieron vomitar como al principio, en aquel Campeonato de Estudiantes. Éste es otro de los nexos con Alberto Juantorena, de quien se dice que forzaba tanto los límites de su ácido láctico, que también devolvía haciendo series, pero no se retiraba nunca.

Prueba de aquella disciplina es un entrenamiento que ingenió Oliveira para acostumbrar al organismo a rendir en deuda de oxígeno. El técnico pensaba que para ser el mejor, había que habituarse a un ritmo de 1:15 el 600. Obviamente, nadie puede hacer repeticiones a ese tren. Así que obligaba a Joaquim Cruz a contener la respiración durante un minuto mientras realizaba ejercicios de gimnasia sobre el tartán; a continuación, sin reposo, le instaba a correr 300 metros en 37 segundos. Y así tres series. A nadie debe sorprenderle que el pobre Cruz vomitara en cuanto abriera la boca.

Apoteosis en Los Ángeles

Sea como fuere, el brasileño se presentó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles–84 en una condición sublime, y mucho más descansado que en los Mundiales del año anterior, ya que había competido muy poco, aunque enseñando las garras: 3:36.48 en 1.500 metros.

El ochocientos no se resentía por el boicot soviético, y entraban en acción corredores de un nivel superior al de Helsinki.

En el Memorial Coliseum, Cruz señaló tiempos de 1:44.84 y 1:45.66, correspondientes a preliminares. Al día siguiente, se disputó la semifinal. El keniano Edwin Koech pasó los 400 metros en 49.6. Cruz le adelantó sin aparente esfuerzo, no se relajó y fijó un crono de 1:43.82, el mejor de su vida. El defensor del título, Steve Ovett, se echó contra la meta para clasificarse en cuarto lugar con 1:44.94, récord mundial oficioso de corredores con bronquitis.

“Hay que clasificarse ahorrando fuerzas –declaró Coe antes de meterse por el túnel de vestuarios–. El esfuerzo previo va a pesar. Son cuatro ochocientos seguidos…”. El británico también había ganado su manga, pero gastando menos, con 1:45.51. Se rumoreaba que estaba muy fino, ya que en Oslo, pocas semanas antes, había acreditado 1:43.80 con un último 200 en 25 segundos. Pero Oliveira tenía un plan. Sabía que el final del inglés era demoledor, y para neutralizarlo, Cruz debía correr con menos ímpetu que en Helsinki, reservando gasolina para el esprint.

En la carrera definitiva, a Joaquim le toca la calle seis, y a Sebastian la tres. Koech, como en semifinales, toma el mando y transita a 51.07 por la mitad, con Cruz a su espalda, Coe mucho más atento que cuatro años antes en Moscú, y Johnny Gray, que accedía a su primera gran final, corriendo a trompicones. Bajo el templado sol de la tarde californiana, Joaquim transmite una perturbadora impresión de facilidad: deja pasar los segundos como le ha dicho su entrenador.

Las posiciones se mantienen a los 600 metros, con el brasileño respirando en el cogote de Koech y muy pendiente de taponar a Coe. El último hectómetro es un festival de Cruz, esprintando con toda su alma, y destacándose tres cuerpos de sus rivales. Entra con el puño derecho en alto, proclamando su dominio y liberando en un gesto de rabia el estrés de días anteriores. Su tiempo, 1:43.00, supone un nuevo tope olímpico que mejora, ahí es nada, el de Alberto Juantorena (1:43.50). Se trata de un momento histórico, el primer oro olímpico para Brasil.

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Tras los Juegos, naturalmente, los mítines internacionales se rifaron al portento. Para empezar, Joaquim se prueba en Niza el 20 de agosto sobre 1.000 metros y concluye en 2:14.09. Ahora lo ha fichado Zurich para la carrera que comenzará con retraso de unos minutos y que le enfrenta al hombre tranquilo, a Alberto Juantorena.

Juantorena, hijo de la Revolución

Alberto Juantorena Danger (Santiago de Cuba, 1950) tuvo una infancia más politizada que Joaquim Cruz. Vivió la caída de Fulgencio Batista y la Revolución, la fallida invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles de Kennedy y Kruschev. Aquellos acontecimientos convirtieron a su querido país en pieza esencial del tablero de ajedrez de la Guerra Fría, y desparramaron una corriente de patriotismo y adhesión al régimen de Fidel Castro. Hoy Juantorena, a pesar de los pesares, sigue siendo uno de sus más irreductibles valedores.

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Hasta los 21 años, Juantorena dedicó su vida al baloncesto. Medía 1,91 metros, tenía un físico portentoso e imprimía una velocidad de vértigo a las jugadas. A veces su equipo tenía problemas para seguirle, lo que daba cierta impresión de caos en la cancha. Los entrenadores decían que le faltaba algo. No obstante, soñaba con representar a Cuba en los Juegos Olímpicos de Munich–72, y obtener una sonada victoria frente al enemigo externo, los Estados Unidos.

Un documental de Lázaro Buría titulado “El peor jugador de basket del mundo” refleja perfectamente esa etapa en la que Juantorena militó en el equipo de Oriente, a las órdenes de Rafael Carbonell, con la esperanza de alcanzar algún día la internacionalidad.

Pero su progresión baloncestística se estancaba. No le daban minutos o salía de reserva. Lo más particular es que Juantorena apabullaba a sus compañeros en las pruebas físicas, hasta el punto que el entrenador polaco Zygmunt Zabierzowski le convenció para hacer un test de 500 metros en la pista del estadio Pedro Marrero. “Si sale mal, no te preocupes”. Era el mes de febrero de 1971. Le tomaron 1:07.0, y esa marca primera, inmortalizada en un viejo cronómetro de manecillas, selló para siempre su destino.

La leyenda de El Caballo

Zabierzowski le enfocó hacia los 400 metros, porque era muy rápido, aunque no explosivo. Además, corría técnicamente muy bien. Aquello le venía de fábrica. Su plasticidad le valió muy pronto el sobrenombre de El Caballo.

Alberto no se acomodó en los tacos con entrenamiento suficiente hasta la primavera de 1972. En pocas semanas se erigió en el mejor cuatrocentista de su país y, tal y como había soñado, pero no en su deporte favorito, participó en los Juegos Olímpicos de Munich.

Allí, su actuación fue mucho mejor de lo que cabía esperar en un recién llegado al atletismo. Tras ganar en series (45.94) y llegar segundo en cuartos (45.96), Juantorena se ubicó quinto en semifinales con 46.07. Estaba eliminado, pero era un resultado objetivamente magnífico para alguien que se había puesto los clavos pocos meses atrás.

Su primer triunfo de envergadura se produjo en los Juegos Mundiales Universitarios celebrados en Moscú, en 1973 (45.4). Ya entonces empezó a forjar su leyenda, la de un corredor majestuoso, lleno de coraje y personalidad, que parecía ajustar una cuenta pendiente en cada carrera.

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Las lesiones, sin embargo, aplazaron su hegemonía. Tras registrar en Turín un valioso tiempo (44.9), pasó por el quirófano debido al mal de Morton, una compresión de los nervios del pie. Regresó a la competición en 1975, con la vista puesta en los Campeonatos Panamericanos, y allí firmó una nueva plusmarca cubana eléctrica (44.80), empequeñecida, desgraciadamente para él, por el triunfo del norteamericano Ronald Ray (44.45).

El cambio a los 800 metros

El Caballo es un caso atípico en el atletismo, porque se proclamó campeón olímpico y recordman mundial de una distancia que había empezado a practicar ese año: los 800 metros. Ni siquiera él mismo, semanas antes de los Juegos de Montreal–76, sabía que iba a competir en esta prueba. Pero ya en diciembre de 1975, Zabierzowski había comenzado a trabajarle para el doblete. Sus tiempos en series largas, sin ser maravillosos, resultaban esperanzadores, y el polaco hizo encaje de bolillos para compaginar dos distancias aparentemente irreconciliables en la altísima competición, los 400 y los 800 metros.

De todas formas, Alberto nunca hizo excesivo kilometraje para no perder velocidad, y siempre se empleaba con más pasión en las tandas cortas y se contenía en las largas. En febrero de 1976, según la desaparecida revista Deporte 2000, hizo un fraccionado de 2×1.000 y 2×500 con 4 minutos de pausa, a una media de 2:40 y 1:04. Otro día realizó una sesión de 6×200 a un promedio de 21.9 (22.5 el más lento, 21.5 el más rápido).

Juantorena se adaptó muy rápidamente –nunca mejor dicho– a las dos vueltas. A principios de año, en un control privado, bajó de 1:47. En mayo registró 1:45.2. Y un mes más tarde ya estaba en 1:44.9. Todo ello enriquecido con 44.7 en 400 metros, síntoma de que no había perdido facultades por abajo. El mundo del atletismo se rendía a la evidencia: el mismo hombre encabezaba el ránking universal de 400 y 800 metros.

Por tanto, se contaba con él para la victoria en Montreal. Las dudas, compartidas por los propios técnicos cubanos, residían en el calendario, que le obligaba a correr siete veces en siete días, y en la capacidad de recuperación de un mediofondista a medio construir, sin bagaje para soportar tantas carreras seguidas.

En la cumbre de Montreal

Pero en las primeras rondas de 800 metros, la especialidad que se disputaba primero, quedó claro que Juantorena aguantaba lo que le echasen. Daba una enorme sensación de fortaleza y los rivales parecían enclenques a su lado.

Sin mayor novedad, a las cinco y cuarto de la tarde del 25 de julio de 1976, en el estadio olímpico de Montreal, se inició la final de los 800 metros. Alberto Juantorena –las tibias enfundadas en calcetines blancos– corría por el carril número cinco, escoltado por el estadounidense Rick Wohlhuter y por el indio Sri Ram Singh. También figuraban el belga Ivo Van Damme, el alemán Willi Wülbeck y un jovencísimo Steve Ovett. De conformidad con el reglamento de la XXI Olimpiada, la calle libre se tomó a los 300 metros, siempre con Alberto Juantorena delante.

Al toque de la campana (50.85) se avanzó Singh con ese engañoso vigor que precede al desfondamiento. El hindú no le duró ni un suspiro. Juantorena comenzó a desplegar su zancada en la contrarrecta, se reservó en la curva, y encontró fuerzas para rechazar el desesperado ataque de Wohlhuter y del malogrado Van Damme. Había concluido con un nuevo récord mundial de 1:43.50.

juantorena oro 800

Más difícil todavía

Al día siguiente, sin celebraciones ni reposo, llegaba el momento crítico: tenía que correr dos cuatrocientos en la misma jornada. A la hora del desayuno, el flamante campeón olímpico volvió a la pista en las eliminatorias, e hizo lo mínimo para clasificarse tercero con 47.89. Por la tarde, en cuartos de final, ya anduvo más entonado (45.92).

Tras una jornada de reposo, afrontó las semifinales con alegría en las piernas (45.10) aunque tal vez, a vista de pájaro, se le notaba menos reactivo. Los agoreros decían que los 800 metros le habían dejado sin chispa.

Con todo y con eso, no había favorito para la vuelta al anillo. La prueba vivía en estado de shock desde que Lee Evans, en los Juegos de México–68, parase el reloj en 43.86. Nadie había conseguido acercarse desde entonces al nivel de los 44.30 eléctricos.

En la final corrían ocho hombres de nivel, a secas, sin que a priori destacara ninguno en particular. En ausencia de Ray, campeón panamericano, y por citar a alguien, estaba el estadounidense Fred Newhouse (44.89) y el británico David Jenkins (44.93), que eran mucho más ‘velocistas’ que Juantorena, con cronos inferiores a 20.5 en 200 metros. Y estaban menos cansados, por añadidura. A mayor abundancia, Alberto se ubicaba en la calle dos, mientras sus oponentes se alojaban en los carriles centrales.

El triunfo del criollo, en estas circunstancias, sonaba a carambola. Pero cuando un atleta compite en estado de gracia, todo es posible. Newhouse partió con ánimo de resolver aquello por k.o., mientras Juantorena salió dormido, y no entró en carrera hasta la segunda curva.

Los ojos del público estaban fijos en su progresión. El cubano y el americano llegaron casi a la par a los últimos 50 metros.

Pareció que Newhouse, célebre por su tobillo de vallista, aguantaba el arreón, pero Juantorena no se rindió –“cuando corro, pienso: aquí llegó el diablo”–, exprimió toda su potencia física, y se anticipó con 44.26, récord mundial a nivel del mar. Incluso le dio tiempo a mirar a su derecha con descaro de campeón.

Sencillamente, un cuento de hadas. La alegría del pueblo cubano fue incontenible. Las autoridades castristas convirtieron aquella victoria sobre el adversario yanqui en un triunfo nacional. Pero lo irónico, es que no dejaron en paz a su héroe: ¡le hicieron participar dos veces más en el relevo 4×400, donde Cuba fue séptima!

La leyenda dice que, tras la ceremonia de clausura, un desconocido se presentó en la Villa Olímpica, y ofreció a Alberto un millón de dólares si abandonaba la selección y pedía asilo político en la embajada de otro país. El Caballo lo echó a patadas.

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La rivalidad con Boit

A partir de Montreal, Alberto Juantorena, hombre de principios férreos, cargó a sus espaldas con la enseña política y deportiva de Cuba. Los años post olímpicos suelen ser de transición, pero aquel verano de 1977, Juantorena se prodigó en todos los frentes posibles. Obtuvo 14 triunfos y un segundo puesto en 400 metros, mientras que en 800 ganó 9 competiciones y batió su propio récord con 1:43.44 en Sofía, con motivo de los Juegos Mundiales Universitarios. También descendió de 1:44 en Zurich (1:43.64), haciendo bueno el principio de que un ochocentista en su mejor forma, tiene gasolina para rondar varias veces su marca. Esa carrera en Suiza, dicho sea de paso, se hizo famosa porque derrotó a Mike Boit, que se había inmolado con parciales de 49.5 y 1:15.0.

El punto culminante de la temporada tuvo lugar del 2 al 4 de septiembre, en la Copa del Mundo celebrada en Dusseldorf (por entonces Alemania Federal). Boit, el keniano oscurecido por los boicots olímpicos, había marcado 1:43.79 en 1975 y 1:43.57 en 1976. Su ausencia en Montreal, según los puristas, allanó el doblete de Juantorena, que no podía ser considerado el mejor hasta que no le venciera en competición oficial, por mucho que le hubiera ganado en mítines.

Ahora, sin la presión del récord, iban a enfrentarse para dirimir la supremacía. Juantorena echa el freno en el primer giro, que se cumple en 52.31. Boit ha aprendido la lección de Zurich y va refugiado en el grupo. Cuando quedan tres hectómetros, arranca el cubano y su rival le persigue, achica la ventaja, y se le arrima en la curva. Los dos desembocan igualados en el último cien. Boit da un latigazo terminal, retuerce los músculos faciales, y sobrepasa al campeón olímpico. Cuando ya se ve ganador, Juantorena saca unos gramos de energía suficientes para recobrarse y entrar en primera posición. Han sido diez centésimas de diferencia, 1:44.04, por 1:44.14, y una lucha agónica entre El Caballo, vestido con los colores azules de la selección de América, y Boit, con la camiseta naranja de África. Quienes la vieron en directo dicen que se trata de una de las carreras más hermosas de todos los tiempos.

Boit juantorena

En esta Copa del Mundo, por cierto, tuvo lugar un hecho insólito, ya que se disputaron dos veces los 400 metros. En la primera ocasión, Juantorena, pluriempleado como siempre, llegó tercero (45.83), por detrás del alemán democrático Volvker Beck (45.79) y del polaco Ryszard Podlas (45.80). El cubano alegó que el ruido de un avión le había impedido reaccionar al disparo de salida. El jurado estimó su apelación, y al día siguiente, ya sin aviones de por medio, El Caballo se alzó con la victoria (45.36). Los representantes de Oceanía y África, Félix Imadiyi y Richard Mitchell, se negaron a participar en señal de protesta.

Tiempo de lesiones

En las siguientes temporadas, el bicampeón olímpico enfiló su decadencia por culpa de las lesiones. Brilló con 44.27 en 400 metros en la altitud de Medellín (Colombia) en 1978. Pero en los Juegos Panamericanos de 1979, celebrados en Puerto Rico, Alberto decepciona con dos segundos puestos en 400 (45.24) y 800 metros (1:46.4), relegado, respectivamente, por los americanos Tony Darden y James Robinson. Los yanquis siempre se interpusieron entre Juantorena y el oro continental.

El ocaso se confirma un año después. Alberto renuncia a la locura de doblar en los Juegos de Moscú–80 y se concentra en la vuelta a la pista, pero concluye cuarto en una carrera devaluada por el boicot. La precariedad de entrenamientos, a causa de una cirugía en el tendón de Aquiles, le privó quizá de un nuevo título. Más aún; privó al mundo de un hipotético enfrentamiento en 800 metros con Steve Ovett y Sebastian Coe. Sin duda, con Juantorena en su mejor forma, aquella final habría tenido un desarrollo –y quién sabe si un resultado–, muy diferente.

En 1982, Alberto se sobrepuso a varios percances físicos, y en los Juegos Centroamericanos y del Caribe protagonizó otra de sus hazañas, al remontar 25 metros al equipo de Jamaica en la posta final (3:03.54). En los Mundiales de Helsinki–83, un tropiezo al término de su serie le privó, como ya se ha dicho, de luchar por el podio.

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Su última temporada fue la del verano de 1984, en la que se dedicó casi exclusivamente a los 800 metros, con alguna incursión en 400 (el 21 de junio corre en España por vez primera, y gana con 47.07 en el antiguo estadio de Vallehermoso).

Cuentan que un periodista español le preguntó qué le parecía nuestro país, y Juantorena no se lo pensó:

-Los españoles nos trajeron los dos tesoros más preciados de Cuba -e hizo una pausa.

El redactor se quedó expectante, con su bolígrafo ávido de inmortalizar aquella revelación.

-Ustedes nos trajeron las alpargatas –continuó El Caballo– y luego a las mulatas.

Juantorena aún saboreó una victoria más. El 10 de agosto de 1984, en el Estadio Lenin de Moscú, tuvo lugar una especie de contrapunto a la Olimpiada de Los Ángeles reservado a países del Telón de Acero. Alberto se alistó en los 800 metros y salió prudente. Cuando quedaba media vuelta, adelantó a los tres representantes soviéticos y se situó primero; parecía que iba a ganar, pero a su derecha surgió Rychard Ostrowski, que estaba rematando al estilo polaco, de menos a más. Entraron juntos a meta con un tiempo de 1:45.58. A simple vista, resultaba imposible distinguir quién había llegado delante. Los jueces, tras la correspondiente deliberación, entregaron dos medallas de oro.

Después de la ceremonia, Alberto anunció su retirada en una pequeña gira por Europa.

Y entonces llegó Zurich

El momento más importante de esa gira de despedida acontece en Zurich, el 22 de agosto de 1984. Tras un sinfín de batallas vividas por Cruz y Juantorena, llegaba la hora de ver juntos a los dos colosos iberoamericanos.

La atmósfera que rodeaba el mitin era formidable. Hubo dos momentos culminantes previos, uno en la pista y otro fuera de ella: el mencionado récord de 100 metros femeninos de Evelyn Ashford (10.76, +1,7 m/s); y el conflicto mediático entre Said Aouita y Sebastian Coe, que no quisieron correr juntos. Así que –decisión salomónica al canto– Aouita ganó la milla en 3:49.54, y Coe los 1.500 en 3:32.39. De algún modo, el marroquí y el inglés se las arreglaron para no encontrarse jamás en una pista de atletismo.

A las ocho y veinte, por fin, se oye el pistoletazo de los 800 metros: Cruz contra Juantorena, los setenta contra los ochenta, joven contra veterano. Joaquim sale pegado a la liebre, Omar Khalifa. Tras ellos se sitúa Sammy Koskei –un keniano que no ha corrido en Los Ángeles–, el americano Johnny Gray, el inglés Garry Cook, el alemán Hans–Peter Ferner y el brasileño Agberto Guimaraes, que viene de ser finalista olímpico. Alberto se lo toma con más calma; ya no era el castigador de Montreal y conoce sus limitaciones. Khalifa pasa el primer giro en 49.74, y Cruz le sigue en 50.10. A Juantorena, octavo, le toman cerca de 52 segundos.

A los 540 metros, Khalifa se retira por fuera, molestando. Pero a Cruz –fibra, sudor y tendones– no le para ni un tanque y le esquiva. Hay que bajar de 1:41.73. Su perseguidor Koskei claudica. Cada vez se abre más distancia entre Joaquim y el resto. El público siente que nada es imposible en Zurich, acaban de verlo con Evelyn Ashford. Pero el campeón olímpico se crispa en los últimos metros y llega en 1:42.34.

Juantorena, como días antes en Moscú, sobrepasa a varios atletas e incluso está a punto de alcanzar al bueno de Johnny Gray; al final se clasifica quinto con 1:45.60. Lástima que la emoción del posible récord haya eclipsado el desempeño de una de las más grandes figuras deportivas de la historia. En desagravio, las gradas del Letzigrund Stadium de Zurich, habitadas por espectadores que conocen la trayectoria de El Caballo, le tributan un aplauso que hace temblar los cimientos de la instalación.

A Cruz, desilusionado con su marca, sólo le puede reconfortar una cosa: dar la vuelta de honor con Juantorena. Le busca y exige que le acompañe. Los dos ex jugadores de baloncesto se embarcan en un giro lleno de significados.

cruz juantorena

A 4 centésimas de Coe

Después de Zurich, a Cruz le quedaron más andanzas; pocas, debido a las lesiones, pero suficientes como para colgarse otra medalla olímpica en Seúl–88, esta vez de plata, cuando tenía sólo 25 años y su nombre –tiene guasa el asunto– sonaba a vieja gloria.

Y es que Joaquim, como Alberto, se pegó mucho trote por las pistas. Prueba de su afán competitivo la tenemos aquella misma semana de agosto de 1984, ésa de su consagración y de la despedida de El Caballo. Tras el 1:42.34 de Zurich se envalentonó. “En Suiza perdí medio segundo por el contratiempo con Khalifa”, dijo. Y lo demostró en menos de cuatro días: primero, de aperitivo, señaló 1:42.41 el 24 de agosto en Bruselas (entonces el calendario de mítines no dejaba un respiro; de hecho, Juantorena también participó en esa prueba).

Cuarenta y ocho horas después, el 26 de agosto, dejó a los aficionados con la boca abierta. Sucedió en Colonia, en una carrera que aún permanece como una de las más rápidas de todos los tiempos. La liebre, Thomas Giessing (un cuatrocentista alemán de 46.00), promedia 49.53 por 49.76 de Joaquim Cruz, con James Robinson y el incansable Sammy Koskei a la chepa, y un rosario de competidores pugnando por no descolgarse. Por los 600 metros, ya en solitario, Joaquim marca 1:15.80, ocho décimas peor que Coe en Florencia. A partir de ahí, clava menos que otras veces y acosado por Koskei reporta 1:41.77, apenas un suspiro más lento que el récord.

Por detrás se abren de par en par las ventanas del ránking gracias al propio Koskei (1:42.28), Johnny Gray (1:43.28), Agberto Guimaraes (1:43.91) y José Luis Barbosa (1:44.98). Empezaba una nueva etapa y surgía una generación que dominaría los años ochenta y parte de los noventa. Alberto Juantorena pertenecía ya al pasado, pero su carrera deportiva ejemplar, igual que la de Joaquim Cruz, es tan admirable que pasará el tiempo, irán y vendrán campeones, y siempre habrá atletas que sueñen con parecerse a ellos.

                    Juan Manuel Botella

Atletismo Español, mayo de 2010

NOTA: A primeros de diciembre de 2018, coincidí con Alberto Juantorena en un almuerzo. Aproveché para preguntarle qué habría pasado si se hubiera medido en su plenitud de 1976 a Coe y a Cruz, por supuesto en 1981 y 1984, respectivamente. Al principio, el actual vicepresidente de la IAAF no pareció entender bien la pregunta, porque me decía que en los ochenta, él ya estaba de capa caída. Pero luego captó la intención del asunto, y me dijo:

-Pues que les hubiera ganado, compay. En 1976 yo lo aguantaba todo, como en 1977. También decían que no derrotaría a Boit, que fui campeón olímpico de 800 gracias a su ausencia; y resulta que luego le derroté en buena lid.

-Coe y Cruz corrían en 1:41 -repliqué sin piedad.

-Bueeeno… -encajó el dato- y yo habría salido a vencerles.

-Y ahora hablemos de 1983.

-Ahí ya tenía 33 años. Me hice daño en Helsinki.

-Precisamente; si no se hubiera lesionado, ¿habría subido al podio de los Mundiales?

Se lo pensó unos segundos antes de contestar.

-Al podio sí, estaba fuerte; pero no le habría ganado a Wülbeck.

Y me miró como espantado de que hubiera por el mundo gente que se hacía tan extrañas preguntas, pero en seguida conocí que me perdonaba porque, muy ufano, empezó a contar a sus acompañantes lo que yo le había planteado y lo que me había respondido. Y después me regaló un pin con la bandera de Cuba, y se perdió feliz, verdaderamente feliz, por un pasillo.

 

 

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