El cumpleaños de una mítica carrera de 1.500 metros en Niza

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El 16 de julio de 1985 se disputó la mítica prueba de 1.500 metros del mitin Nikaia de Niza donde se enfrentaron, entre otros, Steve Cram, Said Aouita, José Luis González, Steve Scott y Joaquim Cruz. Aquel día se inició una nueva fase en la historia del mediofondo y se rompió la barrera de los 3 minutos y 30 segundos, contra la que sorprendentemente –porque merecieron quebrarla– se habían estrellado Sebastian Coe y Steve Ovett.

Fue un día soleado y fresco. La tentativa de récord se había preparado con un cuidado exquisito. El gran acierto fue reunir a un grupo de hombres en forma y sin miedo a enfrentarse entre sí. Ovett y Coe, salvo en campeonatos oficiales, se evitaban y en los últimos metros solían echar de menos algún rival que les apretase. Pero Cram y Aouita, sobreponiéndose a temores, tuvieron altura de miras y entendieron que el organizador de Niza les ofrecía una oportunidad única de resetear sus marcas y acercarse al récord que, desde el 4 de septiembre de 1983 en Rieti, poseía Steve Ovett con 3:30.77. Tanta voluntad pusieron en el empeño, que el propio Cram había ganado cuatro días antes su semifinal en los 800 metros de los Campeonatos Nacionales Open de Inglaterra (con 1:47.73), pero renunció a la final para no forzar los gemelos; estaba en su mejor momento y quería hacer algo grande en Niza.

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De la forma de Aouita, otro de los favoritos, se hablaban maravillas. Ya era una estrella mundial, como corresponde a un campeón olímpico de 5.000 metros que poseía nada menos que 3:31.54 en 1.500 metros. Además, venía de vencer con 3:35.95 en Milán dando una sensación de facilidad aplastante.

Por su parte, Joaquim Cruz, tras sus exhibiciones de 1984 en 800 metros (oro en Los Ángeles y 1:41.77 en Colonia), era considerado el mediofondista más prometedor del mundo. Acababa de acreditar 3:35.70, pero nunca se había tomado los 1.500 metros en serio, y los disputaba más como complemento que como objetivo. Curiosamente, la prensa le otorgaba el cartel de favorito, mientras pasaba de puntillas por la participación de González y Scott.

A estas figuras se unía Cram, que por primera vez en el último lustro no se había lesionado durante el invierno. Apenas 15 días antes, en Oslo, the Jarrow Arrow (Jarrow era su localidad natal) había corrido en 3:31.34, una excelente prestación para los albores de la temporada, y encima causando una impresión de autoridad suprema. “Creo que valgo 3:28”, había confesado el británico a su antiguo entrenador, Jimmy Hedley.

Unos 20.000 franceses se congregaron en las gradas del estadio Parc de L’Ouest para ver la carrera, que constituía el mayor reclamo del mitin de Niza junto al ucraniano (entonces soviético) Serguey Bubka, el hombre que ese mismo año de 1985, inolvidable para el atletismo, había roto el tope de los seis metros en pértiga.

La prueba se disputó casi al final de la reunión, cuando había caído la noche en la Costa Azul. Olía a récord. Media docena de fotógrafos fueron autorizados por el Juez Árbitro para invadir los carriles exteriores de la pista y plantar sus trípodes a pocos metros de meta.

Nada más darse la salida, estuvo a punto de ocurrir un hecho que hubiera cambiado la historia. Steve Scott se desequilibró y se tuvo que apoyar en la espalda de Cram, quien a su vez trastabilló desplazando primero a José Luis González y después a Joaquim Cruz. A resultas del incidente, el británico corrió con el dorsal trasero colgando, medio desprendido por el agarrón.

Debido al traspié, pero sobre todo a su mesura en los primeros compases, Cram no se situó en cabeza hasta pasados los 200 metros. Desde ese instante, fue el único que quiso asumir la responsabilidad, mientras los demás se miraban. No es exagerado afirmar que se echó la carrera a la espalda.

Las liebres, mientras tanto, iban a lo suyo, cinco metros por delante. El primer pacemarker fue el senegalés Babacar Nang (1:44.70 en 800 como marca personal), que señaló 54.36 en el primer giro. Cram continuaba al comando del grupo, marcado por Cruz, un hombre bastante incómodo de seguir en pelotón, porque impulsaba mucho por detrás con sus largas piernas. El español José Luis González remontaba puestos, a una distancia prudencial de las tibias del brasileño, mientras Aouita, en el sur del paquete, estaba corriendo por fuera, sin encontrar su sitio y trazando curvas por la calle dos.

Cram contactó con las liebres a los 600 metros. Se le veía relajado y dueño de la situación. Los aficionados conocían que era un atleta de zancada elegante, pero nunca se había visto una versión suya tan majestuosa. Estaba en plenitud y no se crispaba ni corriendo a velocidad de récord de mundo. De hecho, la Milla de Ensueño de Oslo -celebrada una semana después- y esta prueba constituyen la expresión corporal más radiante de toda su carrera. Aunque a Cram le hubieran puesto harapos en vez de la camiseta amarilla y negra de Nike, habría parecido un príncipe deslizándose por la pista.

A los 800 metros (1:53.68) se pone al frente la segunda liebre, el sudanés Omar Khalifa, quien llegó a correr en 3:33.28 un par de temporadas más tarde. Khalifa da un brusco tirón, ya que Niang se ha dormido y hay casi dos segundos de retraso respecto al paso de Ovett en Rieti (1:51.70). Al toque de la campana (2.36.1), Joaquim Cruz se rezaga, mientras González se pega a la chepa de Cram, que ha adelantado a Khalifa y está cambiando de ritmo. Aouita continúa atrás y maniobra para sobrepasar a varios atletas.

La contrarrecta es memorable, con el inglés a tope de revoluciones, abriendo hueco, y el español y el marroquí riñendo por la segunda plaza. Aouita supera al fin a González, pero Cram se ha ido demasiado y entra en los últimos cien metros con una ventaja preciosa de medio segundo. Es el preludio de un final apoteósico. El africano, con cara de angustia, se viene arriba, alcanza al británico y parece en condiciones de vencer. Ha hecho lo más difícil y sólo tiene que adelantar, que rematar a su exangüe adversario; pero no puede, ambos están al límite. Cram concentra cada gramo de energía en su zancada, cierra los ojos, se muerde el labio inferior, inclina el tronco en los cuadros y vence con un nuevo récord mundial de 3:29.67. Cuatro centésimas después llega Aouita trompicándose en la línea de meta; ha cubierto el último hectómetro en 12.4 (y no en 11.9 como por error se dio en algunas estadísticas oficiales), y también ha superado en más de un segundo la plusmarca de Ovett. Tercero es González con 3:30.92 y cuarto Steve Scott con 3:31.76. Joaquim Cruz concluye séptimo y se deja llevar en 3:37.10. Fue, por lo que a las cuatro primeras posiciones concierne, el mejor milqui que jamás se había disputado hasta entonces.

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Pasaron muchas cosas tras aquella carrera.

Aouita asumió al fin que debía correr sin complejos y creerse su condición de genio del atletismo. Eran los demás quienes tenían que preocuparse de él; de hecho, fue la última vez que se colocó mal en una carrera. Y a fe que lo demostró. Días más tarde, se apropiaría de las plusmarcas de 5.000 (13:00.40) y de 1.500 metros (3:29.46).

Steve Cram, por su lado, se encaramó a la cima mundial del mediofondo, eclipsando a Coe y Ovett y, además de éste, batió otros dos récords mundiales aquel mismo verano (3:46.32 en la milla y 4:51.39 en 2.000 metros).

Lo más importante para el atletismo español fue que José Luis González alcanzó por fin el estatus de estrella profesional, con una marca muy superior a las que José Manuel Abascal y él mismo solían acreditar, y mostró el camino a generaciones enteras de corredores españoles de medio y largo aliento.

Prueba de ello es lo sucedido en la sala de prensa. Said Aouita apareció muy enfadado y, sin pronunciar el nombre de José Luis, le acusó de boicotear su victoria: “Estoy irritado, un español no me ha dejado adelantarle, por eso no he cazado a Cram al final. El británico es muy bueno, pero sin el incidente, hoy hubiera ganado yo con 3:28”. Sin embargo, algo había cambiado aquella noche en la cabeza de González y del atletismo español. Son inolvidables las palabras del toledano en su turno: “No entiendo por qué Said me echa la culpa, a los 600 metros me ha intentado pasar por el interior y no se lo he permitido. La posición se pelea y se defiende, es ridículo exigir que los rivales te abran paso, ¿o tenía que cederle la calle interior porque se llamara Said Aouita?”.

La verdad es que los supuestos encontronazos no fueron para tanto, y la victoria de Cram resultó totalmente merecida, porque el hoy comentarista de la BBC apostó con auténtica determinación por el récord. Respecto a González y Aouita, a pesar del desencuentro, acabaron entablando una relación cordial y de mutuo respeto. Y tras el Nikaia, estos y otros atletas no presentes en Niza como Coe, Abascal, Maree, Deleze, Elliott, Spivey, Bile, o incluso el ya crepuscular Ovett, firmaron tales proezas, que pasará mucho tiempo hasta que aparezca una nueva generación mimada por la varita mágica del carisma.

 

                                                      Atletismo Español, julio de 2010

 

 

 

 

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