Dos maravillosos fracasos de Cram y Coe

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A veces todo sale bien, y a veces no; así es la vida, y mejor darle pocas vueltas. Como cualquier hijo de vecino, Sebastian Coe y Steve Cram, junto al indomable Steve Ovett, canon de archiplusmarquistas y protocampeones del atletismo británico de los ochenta, también atesoran fracasos en su hoja de servicios. Nada mejor que esos chascos -maravillosos chascos- para ilustrar la relatividad de un deporte, el atletismo, en el que no se deben juzgar las marcas a la ligera sin conocer aspectos tan variables como el clima, la forma o las circunstancias del evento.

Hay dos carreras muy desconocidas de Cram (1.000 metros en Gateshead, 1985) y de Coe (1.500 metros en Rieti, 1986) que los medios no especializados definieron en su día como fallidas, pero han adquirido valor con el paso del tiempo, igual que el buen vino. Quizá constituyan fiascos en sentido estricto, sobre todo recordando que la prensa de las Islas era muy exigente con sus ídolos, y ni uno ni otro consiguieron el objetivo que se proponían, que era batir un récord; pero si analizamos el asunto con lupa, si se mira con detenimiento, son decepciones que muchas décadas después, ya quisiera llevarse cualquier deportista contemporáneo.

El intento de récord de 1.000 metros de Steve Cram

Es 17 de agosto de 1985. Van a la dar las ocho de la tarde. El intento de récord mundial de 1.000 metros tiene lugar en Gateshead, la localidad natal de Steve Cram, que se conoce la pista como la palma de su mano. Cram, hijo de un policía de Jarrow y pariente lejano del barón Gottfried Von Cramm, de quien parece haber heredado su porte aristocrático al correr, está en su año más dulce. En 19 días ha batido los récords del mundo de 1.500 (3:29.67), la milla (3:46.32) y los 2.000 metros (4:51.39). Ese corto espacio de tiempo le ha permitido derrotar a todo el que se ha cruzado en su camino: Said Aouita, Sebastian Coe, Joaquim Cruz, Steve Scott, José Luis González… Nadie ha podido con él desde que a principios de temporada perdiera una carrera táctica de 800 metros en un triangular disputado en Birmingham, precisamente ante Coe. A partir de ese momento, la camiseta amarilla y negra de su club, el Jarrow & Hepburn, ha salido siempre triunfante tras una cabalgada majestuosa.

Está soplando un molesto vendaval. Los atletas lo sufren de cara en la última recta, en rachas que van de 3 a 6 metros por segundo. Como la pista no es reversible, la carrera de 1.000 metros implica tres virajes en contra. Cram, el héroe local de la reunión, pide que se retrase el intento, previsto a las ocho y media, hasta las diez menos cuarto. Ni los rivales ni los organizadores ponen objeción; el muchacho juega en casa y es imposible atacar una plusmarca, mucho menos esta plusmarca (Sebastian Coe, 2:12.18), si no se dan las condiciones ideales.

Sin embargo, todo sale al revés; el viento se detiene entre las ocho y las nueve, y se levanta justo a tiempo de arruinar la fiesta. “Imposible tener tan mala suerte”, se lamenta Steve Cram, muy pendiente de los anemómetros. Bueno, imposible no; porque además la temperatura desciende de modo inusual para esta época del año, por debajo de los 13 grados. No hay forma de seguir retrasando la reunión, y diez atletas divididos por calles, como en una prueba de 800 metros, se aprestan a tomar la salida. Pese a las dificultades, no se ha movido ni un alma en el graderío.

Aquellas malditas rachas de viento

La competición está en marcha: los participantes han arrancado con la determinación propia de una carrera de velocidad.

El cuádruple plusmarquista mundial (en esa época sumaba a sus tres récords individuales el de relevos 4×800) cuenta con dos liebres que le han acompañado en numerosas competiciones: James Mays y Rob Harrison. Mays toma la calle libre con oficio, seguido de Harrison, y a dos metros de ellos, un Cram muy concentrado. El resto de participantes se pierden en la lejanía. Los 200 metros se alcanzan en 25.1 (por 25.7 de Cram, que siempre se retenía en los comienzos), y los 400 en 51.5 (por 51.8 de Cram, ya más pegado). Allí aparece una fuerte racha de viento que frena el paso por el 600 (1:18.8), y encima agota a las liebres: Mays porque su misión ha terminado, y Harrison porque no da más de sí. Quedarse solo es la peor noticia para Cram. Ahora necesita correr en 53.3 la última vuelta, y el aire azota el estadio sin piedad.

El rubio de Jarrow, se repite las veces que haga falta, era uno de esos corredores dotados con estilo relajado y elegante, altas las caderas, poderosas las piernas, enérgicos los brazos. En los primeros doscientos metros del giro final despliega toda su potencia y acredita 26.10 con viento a favor (pasa en 1:44.94 los 800 metros). Ahora viene el vendaval, se enfrenta a un desenlace agónico. Hasta hace pocos años, en una grabación de Youtube se podían ver las banderolas del estadio agitadas violentamente, y al inglés agachándose para resistir, pero Universal Sports hizo borrar el vídeo para proteger sus derechos de propiedad. La estampa, sin embargo, es inolvidable. Cram cabecea como en Los Ángeles, aprieta los puños, enseña los dientes. No queda un espectador quieto en tribuna, todos empujan a su vecino más ilustre, que llega echándose hacia delante, como un sprinter. Se oye un grito colectivo que semeja mucho a la reacción de un estadio de fútbol cuando el balón se estrella en el poste. El crono de pista señala 2:12.85 (que serían reconvertidos a 2:12.88), por entonces la segunda mejor marca mundial de todos los tiempos. El público le tributa una increíble ovación, pero Steve sonríe contrariado, sin cuajo para dar la vuelta de honor que le piden; su desencanto resultó premonitorio, ya que nunca volvió a correr tan rápido esa distancia.

A juicio de muchos, su marca fue de más empaque que el récord mundial, debido a las circunstancias. En cambio, otros opinaban que era lógico que Cram fracasara. “Para batir el tope de 1.000 metros –comentó un entrenador británico en la retransmisión– hay que valer menos de 1:43:00 en 800 y Cram sólo tiene 1:43.61”. Dicho y hecho. Cuatro días después, en el estadio Letzigrund de Zurich, Cram se alistó en las dos vueltas a la pista, y derrotó con estrépito al todopoderoso y por añadidura campeón olímpico, Joaquim Cruz. Su marca (1:42.88), obtenida pasando a 51.1 y negociando las curvas por la calle dos, representa una lección de sentido del ritmo, poderío físico y suficiencia, y demuestra hasta qué extremo Steve Cram mereció la plusmarca mundial del kilómetro aquella maldita noche ventosa en Gateshead.

Sebastian Coe contra las adversidades

Hay que ponerse en pie para hablar de Lord Sebastian Coe: un deportista inmune a las modas. Su magnética popularidad se asienta, probablemente, en que además de gran campeón, ha sido uno de esos atletas con segunda y tercera oportunidad. Murió y resucitó varias veces para ganar medallas y emocionar al mundo entero. Es un icono del deporte que ha protagonizado noticias de portada. Primero brilló como corredor, que es el área por el que se le requiere en estas líneas; a continuación como político y cabeza visible de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y de la IAAF; y entre medias, por los detalles de su divorcio, que cualquiera puede consultar cómodamente en Google, si tiene interés. Por cierto, también Steve Cram se separó hace unos años de su pareja desde el instituto, Karen Cram. Las nuevas segundas esposas de ambos, Carole Annett y Allison Curbishley, son buenas amigas en la actualidad, y no es raro verlas departiendo en galas y homenajes.

Resulta complicado definir a Sebastian Coe en un solo artículo. Y eso que se han escrito ríos de tinta sobre él. Era un mediofondista de 120 libras (54 kilos) perfectamente capaz de correr los 200 metros en 21.5. Su marca oficial de 400 metros (46.87) no señalaba en absoluto sus límites en la velocidad prolongada. Sostuvo una magnética rivalidad con Steve Ovett que resonó en todo el planeta. Se admiraba su profesionalidad dentro y fuera de los estadios. En una competición de pista cubierta devolvió sus honorarios porque se había retirado, y en otra de campo a través, se negó a cobrar porque se clasificó décimo. A los 25 años, en 1981, Coe alcanzó su cénit en los 800 metros al correr en 1:41.73, crono que todavía se mantiene como uno de los tres mejores de la historia. Aquel año también se apoderó de otras plusmarcas, entre las que figura la de los 1.000 metros (2:12.18) que no pudo batir Cram. Parecía un hombre indestructible en mediofondo corto. Hacía series de 500 a 1:04 como churros cuando nadie sabía qué demonios era la EPO. Pero daba la sensación de que Coe no podía trasladar aquellas fantásticas prestaciones a la milla y a los 1.500 metros, pese a batir varias veces el récord del mundo entre 1980 y 1981.

En parte, esta falta de correspondencia entre sus marcas por arriba y por abajo tiene una explicación simple: en el periodo de mejor forma de toda su vida (verano de 1981) no encontró carreras. La vez que más cerca anduvo, en Estocolmo, la liebre se convirtió en su peor enemigo. James Robinson, atleta de 1:43.95, había sido contratado en el mitin de la capital sueca para asegurar un paso que le llevara a batir el récord holgadamente, pero calculó de modo pésimo el ritmo (51.7 y 1:47.9), y obligó a que Coe transitara en tierra de nadie con parciales de 52.5 y 1:49.1. Sencillamente desastroso. El futuro Lord concluyó en 3:31.95. Semanas después, en la milla, pecando esta vez de lentitud en las primeras 880 yardas, hizo 3.47.33, un rendimiento muy pobre para un campeón olímpico de 1.500 que acredita 1:41 en 800.

Cinco años sin correr un 1.500 en condiciones

Coe tuvo a continuación varias lesiones, y de remate una toxoplasmosis, que más que la enfermedad de los gatos, parece la de los atletas de élite por la gran cantidad de casos que se conocen. Esta dolencia le empequeñeció en 1983, y sembró de dudas su participación en los Juegos de Los Ángeles–84, donde contra pronóstico ganaría la plata en 800 y el oro en 1.500, segundo consecutivo, batiendo a Steve Cram y a José Manuel Abascal. Tampoco en 1984 ó 1985 disputó un milqui en condiciones, así que su marca seguía siendo 3:31.95, y la mayoría de corredores de su generación le había superado en el ránking.

Coe pasó el invierno de 1986 en Málaga, completando 130 kilómetros por semana, y con la salud totalmente restablecida. Más tarde, en su país, realizó entrenamientos con clavos que le dieron enorme confianza. En especial, uno de 20×200 metros en dos bloques. En el primero descansaba entre 25 y 35 segundos. En el segundo, entre 35 y 45. El promedio fue de 26.7, y su última serie en 23.5.

Con estas credenciales, lógicamente, el británico tuvo una buena temporada, con un triunfo ¡al fin! en los 800 metros de los Europeos de Sttutgart–86 (había sido bronce en Praga–78 y plata en Atenas–82). Por paradójico que suene en un hombre que corriera por debajo de 1:42 hace 30 años, es su única victoria en esta disciplina por lo que a campeonatos se refiere. Sebastian, pues, se sentía en paz consigo mismo. O casi en paz. El 7 de septiembre de 1986, en Rieti, estaba dispuesto a actualizar sus prestaciones en 1.500 metros. “Vengo a correr”, advirtió a los organizadores italianos, que pactaron una elevada suma por batir el récord de Said Aouita (3:29.46) y contrataron como liebre, entre otros, al keniano Joseph Chesire (3:33.12 de tope personal), con la encomienda de llevarle al 1.200 en 2:48.

El día que Coe voló en Rieti

Salió una tarde perfecta. Allí estaba el Coe de las grandes ocasiones: fino, inquieto, cabello largo y despeinado. En el calentamiento mostraba esbozos de su estilo enérgico, imperial, todo fluidez, todo frecuencia. La noche anterior hubo problemas con los vuelos de los participantes, y Steve Cram, que se adjudicó los 800 metros de esta misma reunión con 1:43.19, había aterrizado a las tres de la mañana. Coe, sin embargo, llegó con dos días de antelación, y se sentía descansado y mentalizado. Tenía una cuenta pendiente consigo mismo.

El doble campeón olímpico se situó detrás de un frontal de nada menos que tres liebres, secundado por Sydney Maree, otro que rompió la barrera de 3:30 en 1985 (3:29.77) y que aguantaba ritmos escalofriantes, aunque carecía de empuje final. La primera vuelta se pasa en 54.1, y la segunda en 1:51.0, siempre con los pacemarkers por delante, seguidos del inglés y del norteamericano. En ese punto flaquea Maree, y Coe avanza con facilidad en la recta del 900, sobrepasa en la curva a un Chesire que parece extenuado, y acosa a la otra liebre de la prueba, James Mays, por la parte exterior de la calle uno. Mays se retira una vez cumplido su trabajo y deja a Coe en cabeza.

Sin embargo, Chesire se reactiva y adelanta de forma infantil al británico, porque sólo 20 metros después, al paso de la campana (2:34.2), da señales de debilidad y comienza a bloquearse. A Coe se le ve fresco y reacciona de inmediato pasándole por fuera… justo cuando el africano hace lo que nunca debe hacer una liebre, o sea, defender la cuerda y estorbar el adelantamiento. La maniobra sería intrascendente en otras circunstancias, pero resulta catastrófica en una carrera de récord. El público se lleva las manos a la cabeza. Coe tiene que volver a arrancar con una cara de rabia como no se le recuerda desde la Olimpiada de Moscú. Pasa el 1.200 en 2:48.1 (ha cubierto esta vuelta en 56.1 pese al incidente). La plusmarca es posible. El británico atraviesa como un poseso la recta de enfrente, persigue el récord por toda la última curva, y echa el resto en los cien metros finales, con los aficionados coreando su nombre y golpeando las vallas publicitarias como si clamaran justicia.

Pero es inútil. Coe detiene el crono en 3:29.77, a 31 centésimas del récord. Ni siquiera consigue el primado europeo, que retiene su eterno adversario Cram (3:29.67). Lord Coe hace una reverencia a la grada principal, un gesto agradecido y frustrado a la vez, con el que parece pedir perdón. El que también se disculpa es Chesire, y el británico le estrecha la mano. Ambos saben, todo el estadio sabe, que su carrera es más valiosa que la plusmarca de Aouita. Pero no hay misericordia cuando se atenta contra un récord, y Coe y Cram, protagonistas de aquellas dos grandes carreras olvidadas por el público, nos enseñaron que la vida exige trabajo, trabajo, trabajo, y además una condenada pizca de suerte.

Juan Manuel Botella

Atletismo Español, enero de 2010

 

NOTA: ¿Y si Cram hubiera corrido aquel día también los 1.500 metros en Rieti, en vez de salir en los 800? Tampoco en eso se alinearon los astros, ni los mánagers. La verdadera fortuna es pelear con grandes rivales cuando estás para batir un récord.

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