Bienvenidos al camarote de los Hermanos Marx de la ruta

No diré que la salud es más importante que el atletismo, porque hasta ahí podíamos llegar; que un pecador como yo, le diera un sermón de prioridades y obviedades a la gente. El objetivo número uno en estos momentos es atajar la propagación del COVID-19 y, si es posible, reducirla a cero. No hay discusión. Aniquilar la enfermedad. Punto.

Lo más asombroso es que el COVID-19, aunque hoy parezca imposible, pasará. Dejará una huella terrible de daños personales, quebranto económico y sufrimiento. Pero pasará. Me niego a pensar lo contrario.

Primero será derrotado el virus. Con vacunas, retrovirales, tratamiento o lo que quiera que científicamente sea. Y luego venceremos la psicosis. De ésa estamos todos contagiados, y tardará un poco más en abandonarnos, porque seguro que en 2021 el coronavirus, primo de Zumosol deletéreo de las gripes, da algún coletazo más en forma de oleada, mutación o rebrote, y nos complica la vida.

Pero llegará el momento en que ya no miremos mal al que tose en el autobús. Y desaparecerán de nuestros grupos de whatsup las noticias fake y los chistes fáciles (el de la cancelación de la Semana Santa, salvo Poncio Pilato que se lavaba las manos me ha parecido sublime). Justo entonces saborearemos el glorioso instante en que podamos acercarnos otra vez a la gente en esta crisis de abrazos partidos.

Todo eso ocurrirá, y tendremos que volver a pensar en el atletismo. De hecho, no pasaré ni un solo día de los que quedan a esta pandemia sin imaginarme de regreso a un trabajo normalizado, que no interrumpido porque aquí seguimos currando aunque sea desde casa.

La lista de daños deportivos se presume descomunal. Campeonatos Nacionales de todas las categorías desplazados o cancelados. Dos Mundiales, uno indoor y otro de Medio Maratón, repuestos a martillazos. Unos Juegos Olímpicos de Tokio -vamos a suponer que milagrosamente se celebraran- que arrastrarían una mochila de trastornos, excepcionalidad y polémica por falta de oportunidades de clasificación. ¿Cómo preparar una cita tan señalada si no puedes competir, y tal vez ni siquiera entrenar en condiciones normales?

Pero ninguna consecuencia atlética tan envenenada del COVID-19, como el amontonamiento de carreras de ruta en otoño. En menos de un mes, hemos montado el camarote de los Hermanos Marx de la ruta.

Desde 2008, aproximadamente, hay un circuloso virtuoso deportivo, social y económico en las carreras populares, singularmente en maratones y medios maratones, que aporta salud, buenos hábitos, turismo y empleo. Empleo que va desde el señor que coloca el arco de meta, hasta el atleta de élite que con sus récords da brillo a una carrera, y se cuela con su hazaña en telediarios o redes sociales. Y nada de avergonzarse por ganar un jornal; que hay mucho amargado sin información que piensa que las carreras son una responsabilidad menor o un negocio maquiavélico a costa del participante cuando, en el mejor de los casos, aportan legítimos puestos de trabajo al servicio del deporte y están a años luz de alcanzar beneficios. ¿Algún problema?

El calendario de otoño ya estaba envenenado. Unas carreras se alternaban con otras en un delicado equilibrio de hemisferios, continentes, distancias, corredores populares y élite. Sólo por citar los hitos de 42k más importantes, estaban Buenos Aires, Berlín, Chicago, Amsterdam, Toronto, Nueva York, Valencia y Abu Dhabi… pero también las medias de Copenhague, Cardiff, Valencia o Nueva Delhi.

Con el COVID-19, y para minimizar el tremebundo impacto económico de las cancelaciones, se ha optado por el modelo aplazamiento con el visto bueno de cada federación nacional, que luego reporta a World Athletics. La mayoría de organizaciones ha procedido conforme a Reglamento, en un contexto que sin duda exige solidaridad y comprensión. Alguna organización aislada, en cambio, no; sólo ha mirado por sus intereses, como si el hundimiento del Titanic fuera salvoconducto para que unos pasajeros tirasen a otros por la borda con tal de meterse en el bote salvavidas.

Al otoño han ido a parar dos Majors más, nada menos que Boston (14 de septiembre) y Londres (4 de octubre). Pero también, entre otros, los maratones de París (18 de octubre), Madrid (15 de noviembre), y Rotterdam y Barcelona, esta última sin fecha aprobada a día de hoy por la RFEA; además de las medias de París (6 de septiembre), Madrid (4 de octubre), París y Lisboa (11 de octubre), presumiblemente también la de Praga, y nada menos que un Campeonato del Mundo de Medio Maratón (17 de octubre). Y es sólo la punta del iceberg de docenas de competiciones migrantes, todas de gran calado, que se disputan vorazmente el mismo espacio.

Si añadimos a esto las pruebas de Trail o Triatlon, la superposición puede alcanzar dimensiones caóticas.

Son momentos de comprensión y apoyo. De solidaridad. Cómo demonios no entender a otros compañeros organizadores, a sus runners, a su público, a sus ciudades. Lo que ustedes quieran. Pero el amontonamiento en sólo 9 semanas de grandísimas carreras, no será buena para el atletismo. El año 2020 nos hará perder a todos, sobre todo, a los verdaderos protagonistas de este tinglado, los participantes.

Lo que más temo, sin embargo, es el impacto apocalíptico en los patrocinadores. Unas carreras se harán sombra a otras. Y sombra mediática, que es la que más duele. Habrá que rogar a los espónsores, golpeados encima por el efecto dominó de la crisis económica que se nos viene encima, que aprieten los dientes, y mantengan su apoyo a pesar de este rally en ruta que nos espera en septiembre.

Estamos en pleno ojo del huracán. Quizá en el mismo instante en que se hunde el Titanic y es noche cerrada en las frías aguas del océano Atlántico. Cuesta escapar al pesimismo. Pero somos compañeros de armas. Bienvenidas sean las carreras que, no por gusto, han tenido que moverse.

Me pregunto, eso sí, qué consecuencias futuras habrá para la ruta, sin duda el motor más poderoso del atletismo contemporáneo, con el amargo sabor de boca que nos va a quedar a todos, sobre todo los que pagan, al terminar el año. Habrá que hacer sitio en el bote, aunque no quepamos, remar juntos por el bien del atletismo, y cruzar los dedos para que 2021 sea mejor que este, por ahora, espantoso 2020.

Y respecto al coronavirus, mi esperanza es que sea acorralado y destruido. El 21 de marzo se acaba el invierno, aliado de las gripes, incluso de gripes tan nefastas como el COVID-19. Y cada día, desde hace una semana, repito para mis adentros, como una oración, lo que Antonio Machado escribió una vez: Mi corazón espera otro milagro de la primavera.

Juan Manuel Botella

 

 

 

 

 

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