El atleta que no disfrutaba corriendo

Komen tumbado RunerUniverse
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-La pregunta es para Daniel Komen -dijo el periodista- ¿Se me oye, sí? Señor Komen, por favor, ¿puede adelantarnos qué táctica empleará en el asalto al récord mundial de las 2 millas? ¿Saldrá de menos a más, o arriesgando?

Daniel Komen, con la mirada perdida, tardó unos segundos en reaccionar. Parecía buscar la respuesta en algún punto imaginario dentro de la botella de agua que le habían colocado delante de su micrófono.

-No lo sé -dijo al fin, divagando-. No hay táctica. Run fast. Correr rápido.

Y vaya si corrió. Al día siguiente, el 19 de julio de 1997, en Hechtel (Bélgica), el keniano se convirtió en el primer ser humano en completar 2 millas consecutivas por debajo de 4 minutos. Pasó los 3.000 metros en 7:27.3, liquidó los últimos 218,68 metros a ritmo de 28.75 el 200, y señaló 7:58:61. Exactamente la misma velocidad -pero durante el doble de espacio- que empleó Roger Bannister para pasar a la inmortalidad como pionero en la distancia mágica del mediofondo anglosajón. Transcurridos 23 años, la conquista del africano ha inspirado poquísimas líneas en los libros de historia del deporte; sobre todo, en comparación con las que acaparó, y sigue acaparando, el difunto doctor Bannister.

Sería un error, sin embargo, que nos dejáramos engañar por la nula fanfarria que rodeó la proeza de Komen. Todavía nadie le ha igualado en la rara especialidad de 2 millas o en la menos rara de los 3.000 metros: ni el mejor Haile Gebreselassie, ni la más potente versión de Kenenisa Bekele, ni el Hicham El Guerrouj de su esplendor; ni siquiera ese Mo Farah, recolector de medallas antes que de récords, convertido por Salazar en superhombre. Aquellas marcas de 1996 y 1997 fueron como la muesca en la pared tras una inundación o un tsumani: hasta aquí llegó Komen.

Daniel Kipngetich Komen -no confundir con Daniel Kipchipchir Komen, ni mucho menos Daniel Kipcheru Komen- ha sido uno de los corredores más talentosos, fugaces y enigmáticos de la historia del atletismo. Fascinante y, al mismo tiempo, impenetrable. Desenamorado del atletismo, pero ávido de chapuzarse en todas las carreras del calendario. Tan repentino en su aparición, como sigiloso en su marcha. Quienes achacan sus prestaciones al dopaje -hasta el año 2000 no había pruebas medianamente fiables para detectar EPO- olvidan que la mayoría de estrellas del fondo mundial, igualmente habilitados para acceder a las drogas, sucumbieron ante él entre 1996 y 1998, y a menudo por ko técnico.

En apenas 3 temporadas, Komen disputó un sinfín de pruebas desde los 1.500 hasta los 5.000 metros, muchas de ellas en la misma semana, con pocas horas de lapso y en ciudades situadas a miles de kilómetros. Esas prisas por ganar dinero, unidas a una motivación frágil -realmente, no le gustaba correr- gestaron un apogeo demasiado efímero como para dejar huella histórica… pero sí, en cambio, para construir una leyenda. Algo parecido, aunque por diferentes causas, pasó con Henry Rono.

Como todos los genios, Daniel sólo se entendía consigo mismo. Su relación con el running queda perfectamente descrita en una confidencia que hizo en 1998 a su agente Kim McDonald, hoy ya fallecido, al que ayudaban en aquella época su socio Duncan Gaskell y Ricky Simms. El día anterior, Komen había hecho tres series de ritmo competición: 1.600 metros en 3:54, 1.200 metros en 2:54 y 800 metros en 1:54, pero dijo que, en adelante, ya no iba a seguir otro plan que competir en Europa: “Se acabó entrenar duro, eso ya lo hice para llegar aquí. Ahora lo que quiero es que me busquéis el máximo número de carreras”.

Resulta paradójico que un desconocido, en tan poco tiempo, hiciera lo más difícil: batir 8 récords mundiales, bajar 11 veces de 13:00 (4 de ellas sub 12:50), 9 veces de 7:30 (3 en menos de 7:26:00), poner contra las cuerdas, cuando no humillar, a Gebreselassie o Tergat, y ser campeón mundial U20 de 5.000 y 10.000 metros, además de campeón mundial absoluto y oro en los Juegos de la Commonwealth… para a continuación tirarlo todo por la borda, y diluirse a los 23 años con la misma rapidez; en apenas un ciclo olímpico que abarcó desde los Juegos de Atlanta-1996 a los de Sydney-2000. Y es que duró tan poco, que no le dio tiempo ni a conocer una sola lesión de entidad. También en eso fue un fenómeno.

Para aproximarse al punto de vista de Komen, hay que empezar por la visita de campo que hizo Toby Tanser a Kenia, relatada por Matt Fitzgerald en un excelente artículo publicado (año 2014) en podiumrunner.com: “Una vez estuve en el pueblo de Daniel, y era como retroceder en el tiempo. No había cobertura y recorrí 45 minutos para llegar a un teléfono. Me dijeron que tenía 12 hermanos. Sus padres vivían en una choza en un campo y su madre vendía papas al borde del camino. Necesitaba ganar dinero, ése era su objetivo, su motivación, y a los 16 años descubrió que tenía talento para correr, aunque no sabía absolutamente nada de atletismo”.

Le descubre Chesire

En 1993, el exmediofondista Joseh Chesire se ganaba la vida como ojeador para Kim McDonald en Kenia, y empezó a fijarse en un chico con zapatillas prestadas que destrozaba en los entrenamientos a corredores internacionales. Chesire, dos veces cuarto en JJOO -imposible olvidar cómo discutió el bronce de José Manuel Abascal en la final de Los Ángeles-, quedó impresionado. Fue su verdadero descubridor; el que le puso en contacto con McDonald.

Komen aprovecha la oportunidad, y en el primer viaje de su vida, queda segundo en el Mundial de Cross U20 de Budapest, por detrás de Philip Moshima, otra bestia parda que ganó dos oros junior en campo a través, corrió en 12:53.72 y se consumió igual de rápido. En la capital húngara, por cierto, Reyes Estévez fue 8º y el mítico Sergey Lebid entró en el puesto 33º.

McDonald le consigue visado para correr en Canadá, a principios de 1994, donde debuta en asfalto con una victoria en un 8k (22:35), seguido de una 10k (27:46). Aquellas marcas con 18 años, realizadas en una época en que no eran tan frecuentes como hoy las carreras en ruta, sugieren que Komen también pudo haber sido de los mejores, tranquilamente, fuera de los estadios.

Ya en julio, el keniano hizo doblete en el Campeonato del Mundo U20 de Lisboa. En sendas tardes calurosas y húmedas, venció sin agobios en 5.000 metros (13:45.37), y a continuación en 10.000 (28:29.74), especialidad en la que dobló a 21 de los 33 participantes a pesar de que, a la vista de su ventaja, echó el freno de mano en las últimas vueltas.

Al año siguiente, Komen contrae la malaria y pierde más de un mes de entrenamiento. Sin embargo, se pone a trabajar duro, y en julio bate el récord mundial U20 de 5.000 metros (12:56.12) cediendo sólo ante Moses Kiptanui, quien rompe a su vez el tope universal absoluto (12:55.30). Kiptanui fue una figura importante en la historia de nuestro hombre. Le había acogido en su grupo de entrenamiento, e intentaba guiarle y entusiasmarle por el atletismo. A menudo le contaba historias de Kip Keino y otras leyendas africanas, pero sin mucho éxito.

En diciembre de 1995, Komen presiona a sus representantes para que le busquen más pruebas. “Quiero competir con la mayor frecuencia posible, no tengo tiempo de descansar”, repetía a menudo. Tenía 19 años y bastante prisa.

Fuera de los JJOO de Atlanta

Llegó 1996, año olímpico, y su eliminación en los Trials -casualmente fue cuarto- le liberó para competir donde quisiera. Toda una bendición para Daniel, ya que la Federación de Kenia amenazó con expulsar a los atletas de McDonald si se prodigaban demasiado. Hay quien todavía piensa que Komen forzó su eliminación para los JJOO y que, de manera involuntaria, le hizo un fabuloso regalo al rey de los 5.000 metros en Atlanta, el burundés Venuste Nyongabo.

Komen 2

Con vía libre, Komen se apodera del récord de dos millas en Laapperanta (Finlandia) con 8:03.54. A continuación, corre dos veces seguidas los 3.000 metros en 7:25.87 (Bruselas) y 7:25.16 (Mónaco), muy cerca del tope de Nourredine Morceli (7:25.11). Cuando en la rueda de prensa posterior, un periodista le pregunta por qué, estando tan cerca del WR, no ha peleado más en la recta final del Estadio Luis II, Komen le da una respuesta antológica:

-Lo siento, no sé cuál es el récord del mundo. Pero como me sobran fuerzas, lo romperé la próxima vez.

Esta contestación puede sonar extravagante y soberbia, pero es coherente por dos motivos.

Primero: según su entorno, Komen aún no asimilaba bien cuáles eran los registros, los tiempos de paso y las distancias; simplemente se colocaba detrás de las liebres, y luego intentaba mantener el ritmo y ganar.

Y segundo: semanas más tarde, Daniel no superó, sino trituró, pasó por la Thermomix, aniquiló para la eternidad aquel récord de 3.000 metros.

Ricky Simms le llamaba “corredor desinhibido” y cita otra anécdota asombrosa para aproximarse a la figura de Komen. En una nueva comparecencia con medios, le piden que explique cómo gestiona la presión antes de competir.

-No entiendo la pregunta -contesta Komen muy serio.

El reportero se arma de paciencia y reformula la cuestión en el inglés más simple que puede:

-Antes de una carrera, ¿qué haces con los nervios? ¿Te encierras en la habitación del hotel, sales a pasear, hablas con tu entrenador?

-Lo siento, no entiendo la pregunta.

El periodista pensó que Komen no hablaba su idioma, y pidió a Duncan Gaskell, presente en el acto, que le tradujera. Gaskell le hizo una escuchita a Daniel, y Daniel le hizo otra a su representante, quien al fin dijo a micrófono abierto:

-Por desgracia, Daniel no va a contestar. Comprende perfectamente el inglés, pero no cree que nadie se ponga nervioso antes de una carrera.

Victoria ante Gebre y récord en Rieti

Pocos días después, Komen despedaza a Gebreselassie en Zurich. Se trata de un duelo memorable. Haile, que posee el récord mundial con 12:44.39, acaba de proclamarse campeón olímpico de 10.000 metros en Atlanta y se halla en un estado de forma excepcional.

Las liebres pasan por los 3 kilómetros en 7:41.28, y Komen asume el mando. Debió de pensar: “¿Y este Haile del que todos hablan, quién coño es?”. Con zancada enérgica, hombros caídos, braceo al compás, labio inferior colgando, y ojos opacados y feroces, como proyectando una mirada suicida, Daniel marca 1:12 en los siguientes 500 metros y vuelve la cabeza, con más curiosidad que intención, para comprobar si el abisinio sigue ahí. Ha llegado a los 4 kilómetros en 10:10.68 (2:29 en el último mil). Parece que Gebre, que aguanta pese a todo, va a resurgir como siempre en la recta final, pero Komen ha asfixiado por completo al etíope, que está roto y se descuelga lastimosamente a falta de 150 metros. En meta, Daniel establece un registro colosal: 12:45.09, la segunda mejor de la historia en aquel momento. Etiopía acaba de encontrar la horma de su zapato. Fue una prueba increíble, en la que también estaban presentes corredores de la talla de Paul Tergat (3º con 12:54.72). El 8º clasificado, Bob Kennedy, hizo 12:58.12.

A finales de verano, Komen parecía agotado tras 7 carreras de 5.000 metros y 5 de 3.000, además de una de 1.500 y otra de dos millas, todo ello en menos de 12 semanas. El 30 de agosto, en Berlín, gana con un crono discreto para él de 13:02.62, y sus agentes le aconsejan que descanse, pero Daniel insiste en viajar a Rieti para correr un 3.000 que se disputa 48 horas después, donde le espera una interesante suma si bate el esquivo récord del mundo de Morceli.

La prueba se convertirá en una de las más increíbles cabalgadas de la historia del atletismo. En una tarde soleada y sin viento, salen a degüello dos liebres cotizadas de aquella época, John Kosgei y David Kipsang, que pasan los 1.000 metros en 2:25.89 entre las risas de los comentaristas de televisión -y grandes exatletas- Tim Hutchings y Steve Cram. Al paso de la milla, en 3:54.7, y sobre todo de los 2.000 metros en 4:53.18, el cachondeo se torna pasmo. Daniel redondea el siguiente giro en 58:37, y a partir de ahí aguanta impasible hasta los cuadros, donde registra 7:20.67. A esta marca no han podido acercarse en su mejor forma Hicham El Guerrouj o Kenenisa Bekele. Es uno de los Everest del atletismo, cuya vigencia sólo caducará cuando aparezca un nuevo diamante del atletismo o mejore el material de las zapatillas.

Durante el siguiente año y medio, Komen no administra su reinado ni planifica su futuro. Antes bien, se obceca en competir en todas partes. Hace 18 carreras de muchas distancias, mejorando sus marcas personales en 1.500 y la milla, atreviéndose incluso a atacar a El Guerrouj en alguna última vuelta.

-No adelanto a Hicham por faltarle el respeto -se disculpa ante quienes le preguntan-. No sabía quién era El Guerrouj, pero ahora ya sé que es un corredor muy rápido y pensaré si le tengo en cuenta.

Las prestaciones conseguidas de 3:29:46 y 3:46.38 representan un nivel nunca visto para fondistas, aparte de Mo Farah, y tal vez Haile, Bekele y Yomif Kejelcha.

Espoleado por la Federación de Kenia, que ya le deja competir lo que quiera, gana los Trials de clasificación para el campeonato del Mundo de Atenas-1997. Allí, aburrido por las escamuzas de Dieter Baumann durante 7 vueltas, pone patas arriba la final con dos giros en 1:55 entre los 3.000 y los 3.800 metros. Naturalmente, se cuelga el oro.

Daniel Komen, 1997 Atenas, Final 5.000m (3)

Poco después, en Zurich, en una carrera aún más grande que la del año anterior, un fantástico Gebre se desquita mejorando su propia plusmarca con 12:41.86 y relegando ¡al fin! a Komen con una última vuelta agónica en 55.2 segundos. Daniel fue, quizá, excesivamente generoso al ponerse a tirar a ritmo uniforme tras un tránsito de 7:38.07 por los 3.000 metros, marcado por Haile y hasta por Tergat, que hacía la goma. Pero, incluso en esta ocasión, dejándose ir en la parrilla, visiblemente contrariado, el keniata logra mejorar su PB (12.44.90).

Pocos días después, Daniel se apropia de la plusmarca con 12:39.74 en otra galopada en la que llega aún más rápido a los 3 kilómetros (7:37.22), e impone su velocidad de crucero insoportable. Quizá ésta sea la última grandísima exhibición del africano junto con la de otro tope intocable, el de 3.000 metros indoor que firma en febrero de 1998 (7:24.90).

El declive y la retirada

Su medalla de plata en los Mundiales de Cross Corto de Marrakesh-1998, superado por John Kibowen, otro fenomenal competidor al que sin embargo estaba harto de doblegar en los dos años anteriores, marca un punto de inflexión que poco a poco le va humanizando a golpe de derrota.

Daniel empieza a faltar a los entrenamientos, y a ganar y perder peso como un actor del método Stanislavski. Se permite el lujo de retar a sus compañeros, haciendo series largas por la calle dos y tres, jugando y bromeando, pero ya no se exprime como antaño, y fracasa en la competición. Moses Kiptanui, líder del grupo, perdió cualquier tipo de control sobre sus excesos. En 1998 no pudo acercarse a ninguna de sus mejores prestaciones (no baja de 12:54 ni de 7:32 al aire libre), pero compitió más de 25 veces, y ya era lo equivalente a un millonario en Kenia. Posiblemente, no necesitaba sufrir como al principio.

En 1999 las cosas fueron un poco peor: no bajó de 12:55 ni de 3:35, registros enormes para cualquier otro corredor que no se llamara Daniel Komen.

La temporada siguiente, queda eliminado en series durante los Trials para Sydney-2000. Ya no parecía el mismo atleta.

Desesperados por salvar su carrera deportiva, los mánagers le ponen en manos de Dieter Hogen para reconvertirlo en corredor de ruta, donde comenzaba a haber ruido de sables y dólares con la inminente transición de Tergat y Gebreselassie al maratón. Para aclimatarse a distancias largas hace un 10.000 en Bruselas, y finaliza en 27:38.32, aunque muy lejos de los primeros. En 2004, con dos o tres kilos de más, participa en un 5k (14:09) y anuncia que prepara su debut en maratón para correr en 2h07, cuando correr en 2h07 aceleraba el pulso a los organizadores. Pero ese maratón no llegó jamás. No entrenaba lo suficiente, ni estaba interesado.

Todo lo que Daniel Komen había dejado escapar en su carrera, todo lo que no fue y podía haber sido, hubiera oscurecido para siempre el alma de cualquiera. Sobre todo si fuera cierto, sólo si lo fuera, que jamás dejó que le administraran o pincharan EPO porque tenía horror a las agujas.

Komen de mayor

Pero, curiosamente, el periodo de vida más feliz de Daniel Komen comenzó justo ahí, cuando colgó las zapatillas. Hoy es un hombre con respetables recursos económicos, preside la Keiyo North Rift Athletics Association y es codirector de una escuela con su mujer, Joyce. En 2017 tuvo problemas con la justicia, pero remontó. No le faltan invitaciones para actos en los que cuenta sus batallas.

Así pues, no hay la sombra tristeza en su descomprensión; en su paso de estrella a ciudadano de a pie. Resulta paradójico que los más afectados por su retirada fuéramos nosotros, los aficionados. Porque si hay algo seguro, es que él no siente nostalgia por aquellos años en que se convirtió en el mejor corredor del rango 3.000 metros/dos millas de la historia del atletismo mundial. Y me quedo corto en lo de mundial. De la historia mundial, planetaria y galáctica.

Juan Manuel Botella

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