Mar Martínez, mi vecina saltadora

MarMartinez_1L                                                                                                                                                                        Foto: RFEA

Conocí personalmente a Mar Martínez a principios de 2001. Como aficionado, sabía que fue la mejor española en altura durante muchos años; la lideresa de su etapa. Siguió la estela voladora de Isabel Mozún, Asunción Morte y Covadonga Mateos. Precedió a Carlota Castrejana, de paso por la colchoneta y destinada al pasillo de triple. Gracias a todas ellas, el récord nacional se acercó sin complejos al nivel de 1,90 metros. Mar lo intentó en cinco concursos diferentes y no llegó a franquearlo, seguramente por las lesiones, aunque yo siempre pensé que estaba a su alcance; de veras creía que, en aquellos últimos coletazos del siglo XX, sin internet ni plataformas de televisión, cuando las emociones se enlataban en imprenta para saborearse al día siguiente, leería una mañana en el periódico, zas, que la madrileña había madrugado el listón de los 190 centímetros, enfundada en la camiseta del Sanviveri o de aquel Valencia Karhu que se inventó Rafael Blanquer tras el destierro de las secciones del Valencia Club de Fútbol. Sin embargo, lo que sí he leído esta mañana, en otro de esos artículos de Alfredo Varona que te despiertan de un tortazo, es que Mar sufre una fase avanzada de ELA.  

¿Puede dar más rabia?

Conocí a Mar en mi despacho en 2001, ya lo he dicho. Fue en una conselleria de la Generalitat. No hacía mucho que se había retirado, buscaba trabajo, y dejaba currículums allá donde iba. Creo que se alegró de que alguien la identificara en aquel laberinto de puertas grises y ladrillo caravista. Hice un alto en mis cosas y la invité a pasar, admirado por el hallazgo. ¡Una campeona de España en el gabinete! La presenté orgulloso a varios compañeros. Hablamos de atletismo, y me puso por las nubes a una chica, por entonces de 21 años, llamada Ruth Beitia. Al despedirnos, le prometí que la llamaría si me enteraba de algún hueco.

No la llamé nunca, porque no me enteré de nada. Es la pura verdad. Fracasé ayudándola. Pero aquel verano de los Mundiales de Edmonton, nos encontramos por casualidad un par de veces. Siempre cordial, siempre amable; apurada en busca de trabajo, y paciente si no lo hallaba. Supongo que tocaba todas las puertas posibles. Yo le daba esperanzas, y me pregunto si hice mal en ser tan optimista. Le decía que alguien con su trayectoria encontraría, seguro, un muy buen empleo. Ella no lo tenía igual de claro; se inclinaba a pensar que, una vez superada su etapa deportiva, el marcador empezaba de cero. Recuerdo mis buenas, estériles palabras de ánimo; recupero la memoria de aquellos días, y no me ablando por su enfermedad si digo, aunque fuera una perfecta desconocida, que me entristeció no echarle una mano. En mi cabezota de fanático, el atletismo es una hermandad con lazos invisibles donde todos, si podemos y dentro de lo razonable, tenemos que apoyarnos; donde los grandes deportistas con ganas de esforzarse y aprender, y ella lo parecía, merecen una oportunidad. Pero bueno, no fue posible y tampoco hay que darle más vueltas. Tiempo después, en el Complejo del Tramo III de Valencia, me contó que estaba de profesora en un cole, que se ganaba la vida, y ya no volvimos a hablar.

Pasaron los años.

Un sábado, hacia 2014, fui con mi hija al polideportivo de La Pelosa de Moncada, muy cerca de donde vivo. Hay una pista de tierra y varios campos de fútbol de césped artificial. De entre todo el jaleo de partidos simultáneos, me llamó la atención una pachanguita de padres. Percibí algo distinto. Una mujer espigada y ágil, la única mujer del choque, llegaba a todos los balones y, con un estilo balompédico poco ortodoxo pero mucho empuje físico, se permitió el lujo de marcar un gol ante varios papás cuarentones. Me fijé bien: era ella, Mar Martínez, la explusmarquista nacional. ¿Lo sabrían aquellos señores que la perseguían por la banda? Observé unos minutos, me alegré de verla en plenas facultades, pero me dio rollo molestarla al cabo de tanto tiempo, y me marché.

Fueron y vinieron más años.

En enero de 2018 volvimos a tropezar. Sucedió un martes, casi a la hora de comer, en el Velódromo Luis Puig. Yo había quedado con Anacleto Jiménez para hablar del Campeonato del Mundo de Medio Maratón, que se disputaba dos meses después en Valencia. La instalación tenía los focos apagados, sólo entraba luz natural de mediodía por las cristaleras del techo. Gravitaba una atmósfera de catedral vacía. Desde lo alto de la torre se veía saltar a una atleta solitaria. Reconocí su estilo al instante. Mar Martínez, de nuevo. Cuando terminamos, bajé a la pista y, esta vez sí, la saludé. Había vuelto a competir con las veteranas del Catarroja, tenía trabajo, dos hijos ya crecidos, le iba bien. La encontré muy sonriente y en paz con la vida. Resulta que se había mudado a la zona de Masías, en Moncada. Éramos, somos vecinos.

Pero, cosa extraña, no volví a verla. Pensaba que un día coincidiríamos, quién sabe, en la pista o en el supermercado, y hablaríamos otro rato de atletismo, como veinte años atrás. Y le contaría a mi familia que aquella vecina ilustre había sido seis veces campeona de España absoluta y se elevaba por encima del listón suspendido a 1,88 metros; lo consiguió tres veces, además, lo que sugiere que había algún centímetro adicional en la recámara de su tobillo. Sin embargo, ese encuentro, después de leer el artículo de Alfredo Varona, ya no será posible. Sólo puedo escribir estas líneas, y expresar mi respeto por una mujer que se buscó la vida, como tantos otros atletas de élite que se incorporan al mundo laboral, sin deber nada a nadie. Una persona sencilla que, hasta donde sé, ha sido y es feliz con su gente.

Llega un verano atípico, el verano de las instalaciones a medio gas, de la distancia social, del coronavirus. Al mediodía, reina un profundo silencio en el Velódromo donde Mar debería estar entrenando, y en las colchonetas de todas las demás instalaciones donde cayeron los saltos que la campeona dio, y también los que no ha podido dar. Pero no hay tristeza, sino calma, sosiego, reposo. Esta historia tiene final feliz. Cada zancada, cada batida es una huella, y la huella de Mar Martínez en el atletismo, esa fraternidad con memoria de elefante, va a durar para siempre.

 

Juan Manuel Botella

Un comentario sobre “Mar Martínez, mi vecina saltadora

  1. Juan.. .la segunda vez en el dia de hoy que las lagrimas se asocian a Mari Mar. Tan injusta es tu situacion como tan bello tu historia de recuerdos con ella.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s