Coe vs Cram, el arte de afrontar la última vuelta

WA

La verdadera rivalidad de los británicos Sebastian Coe y Steve Cram arranca el 11 de agosto de 1984, como un spin-off de la que mantuvo el propio Coe con su archienemigo Steve Ovett. No obstante, se dirá con razón que el luego presidente de World Athletics se había enfrentado muchas veces, antes de 1984, con el rubio de Jarrow; por ejemplo y por su relevancia, en la final de los Juegos de Moscú de 1980, cuando Cram era un crío de 19 años; o en 1983, poco antes de los Mundiales de Helsinki, día en que se vieron las caras sobre 800 metros en Gateshead, con Coe disminuído por las secuelas de una toxoplasmosis.

Pero fue en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de 1984, una tarde soleada en Los Ángeles, el momento en que sus destinos, por fin, se cruzaron en condiciones de madurez e igualdad.

El favorito era Cram, vigente campeón mundial, de Europa y de la Commonwealth. Había tenido molestias en los gemelos y llevaba tres semanas sin competir, aunque ya en preliminares se había mostrado soberbio. Por su parte, Coe sembraba dudas, pero se estaba recobrando tras dos años de decepciones y enfermedades; de hecho, ningún finalista en el kilómetro y medio era capaz de acercarse al 1:43.64 que acababa de señalar para adjudicarse la plata ante el entonces intratable Joaquim Cruz; con el mérito añadido de competir cuatro días consecutivos si contabilizamos series, cuartos, semifinales y final.

Hallándose Ovett en el crepúsculo de su carrera y empequeñecido por problemas bronquiales, el oro en los 1.500 metros se dilucidaba –imposible negarlo– entre Cram y el defensor del título, Coe; el cual, desde el disparo de la salida, corrió atentísimo, siempre entre los tres primeros lugares y por delante de su compatriota. Gracias a esa estrategia, el tirón de José Manuel Abascal, a falta de 500 metros, no sorprendió al plusmarquista mundial de los 800 metros, que abrió hueco fácilmente a la estela del cántabro, mientras The Jarrow Arrow tardó toda una recta en acercarse, acción que después le restó fuerzas en el instante definitivo.

Faltan 300 metros y el tridente –por este orden, Abascal, Coe, Cram– va destacado. Ovett se para y observa el espectáculo desde el interior de la cuerda, retirado, jadeante, inclinándose con las manos apoyadas en las rodillas y levantando la cabeza con nostalgia de sí mismo. Los dos británicos se echan encima del español, y es precisamente Cram, el más rezagado, el que inicia su devastador ataque a mitad de la contrarrecta. Coe, que va vigilándole con el rabillo de ojo, lo advierte y realiza la maniobra más importante de la prueba, abriéndose ligeramente y defendiendo con el codo su posición. La ventaja que toma ahí será decisiva.

Ahora ya se ha quedado Abascal, que lucha con Joseph Chesire por el bronce mientras, por delante, Cram persigue por toda la curva al futuro parlamentario tory. Parece, incluso, que van a emparejarse. Pero Sebastian Coe guarda otro cambio en las piernas y, por una cuestión de simple física –era más rápido en tramos cortos que casi cualquier otro mediofondista del mundo– logra su segundo título olímpico de 1.500 metros (3:32.53). Steve, unas décimas por detrás, cabecea al límite de sus fuerzas, incapaz de responder ante semejante aceleración.

La carrera ratifica, por si hubiera duda, que Cram posee gran resistencia a la velocidad, pero necesita un ritmo largo y sostenido en la última vuelta para ganar a la mejor versión de Coe. Es decir: tendrá que llegar delante de él a la última vuelta y, siempre que le sea posible, llevar la iniciativa en el ataque.

Encuentro Internacional en Birmingham

Pasan los meses. Estamos en verano de 1985, año crucial en la trayectoria de Steve Cram, que batirá tres récords mundiales (1.500, milla y 2.000 metros) en el espacio de 19 días. Pero antes de que eso suceda, el 21 de junio, se enfrenta a Coe en Birmingham sobre 800 metros durante un encuentro internacional entre Inglaterra y Estados Unidos.

Minutos antes de darse la salida, cae una lluvia persistente. Hay charcos en la pista. La prueba comienza con nuestros protagonistas muy relajados en las últimas posiciones, imbuidos de que sus adversarios (los estadounidenses Redwine, Sanders y Mays, y el británico McGeorge) no están en situación de aguantarles ni un asalto.

Al cruce del ecuador, Cram progresa, pero choca con un enjambre de brazos y codos, y vuelve a la última posición, lo que le obliga a arrancar otra vez. Coe tiene más fortuna y se sitúa cómodamente tercero. El destino de la carrera se decide poco antes de afrontar los últimos 200 metros: Coe y Cram atacan al alimón. Sin embargo, Coe lo hace con una ventaja de tres metros y toma la cabeza; una vez allí se contiene en la curva, facultando que Cram, haciendo un esfuerzo postrero, se ponga a su altura. Pero al desembocar en la recta, como ya hiciese en Los Ángeles, el doble campeón olímpico de los 1.500 metros pone la sexta velocidad y con 12.4 segundos en el último hectómetro, se alza con la victoria.

Los observadores, no obstante, se dan cuenta de que ha ganado con apuros (1:46.23 vs 1:46.46) en una especialidad, los 800 metros, en la que teóricamente es muy superior a su adversario. Y, por si fuera poco, jugándose los cuartos al sprint en una carrera táctica.  “He cometido errores. Perdí al dejar que él estuviera adelantado en el momento clave”, se lamenta Cram, que se sabe en plenitud de forma.

Aquella Milla de Ensueño de 1985

Avanzamos hasta el 27 de julio de 1985. Se disputa la tradicional Milla de Ensueño en el marco de los Bislett Games, en Oslo. Cram ya es para entonces el mejor mediofondista del planeta: once días antes se ha convertido en Niza en el primer humano que baja de 3:30 en los 1.500 metros (3:29.67) derrotando, nada menos, que a Said Aouita. La prueba en la capital de Noruega se monta con la idea de atentar contra el récord mundial del propio Sebastian Coe (3:47.33), que acepta el envite y se presenta en Oslo para defenderlo con uñas y dientes. “Ya batí a Cram el mes pasado –recuerda a la prensa el doble oro olímpico–. En Niza hizo una carrera admirable y logró la plusmarca del kilómetro y medio, ha demostrado lo buen corredor que es. Pero hoy lo más importante para mí es la victoria, y puedo volver a ganarle”.

Las gradas están abarrotadas en el viejo estadio Bislett, de solo seis calles y con el público pegado al anillo; de hecho, los corredores que salen por la parte exterior podrían, prácticamente, estrechar la mano a los espectadores. Son las doce menos cuarto de la noche y gravita esa atmósfera mágica que envuelve los mítines de atletismo en Escandinavia. La presentación de los participantes pone la carne de gallina, con miles de gargantas coreando el apellido de todos y cada uno de los corredores, sin que importe su nacionalidad. La enumeración alcanza su punto álgido cuando el locutor pronuncia los nombres de los dos últimos atletas, Steve Cram y Sebastian Coe.

La salida es apoteósica, con una lucha feroz de los corredores por tomar la cuerda y Pierre Deleze rodando por los suelos; un día habrá que hacer un estudio sobre la propensión del suizo a caerse en las citas memorables.

Las liebres, James Mays y Mike Hillardt, abren hueco enseguida, pero Cram, con los galones de mariscal de campo tras su reciente récord, se lo toma con calma y no aparece con su estilo majestuoso hasta pasados los primeros 300 metros. Tras él, Abdi Bile, Sebastian Coe y el español José Luis González estiran el paquete, que se une a los pacemacerks en el segundo giro. Los aficionados hacen temblar las vallas publicitarias con golpes rítmicos y estruendosos. Las primeras 880 yardas se pasan en 1:53.82, ligeramente más lento que en la plusmarca de Coe, con Cram completamente relajado, como si se estuviera dándose un agradable paseo nocturno por los fiordos.

Hillardt resulta una segunda liebre floja, y factura la siguiente vuelta en 59.32. Coe ya está pegado a los talones de Cram, que mira hacia atrás, obsesionado por llegar a la última vuelta por delante del campeón olímpico. ¿Quién lanzará su hachazo? ¿Quién va a vencer, si ambos dan la sensación de ir enteros, de ser superiores al resto de los mortales? Sin embargo, hay algo en la seguridad de la zancada de Cram, en el modo de girar la vista para controlar a su compañero, que anuncia su determinación.

Al inicio de la última vuelta, Cram ya no espera más y se lanza por la victoria. La recta de enfrente la corre en 13.2, con Coe a la espalda y José Luis González pugnando por no descolgarse. A la entrada de la curva, Cram se da cuenta de las flaquezas de su contrincante y vuelve a cambiar, mientras el comentarista de atletismo de la BBC, David Coleman, no duda en proclamar con voz desgarrada por la emoción algo que se entiende en cualquier idioma: “Wowwwww!!!, Cram is really testing Coe…”. Coe ya no responde y Steve comienza a abrir hueco. González adelanta también al campeón olímpico.

Cram pasa los 1.500 metros en 3:32.24 y se crece por momentos, hasta el punto de que realiza la exhibición más poderosa de toda su carrera, su Novena Sinfonía, abre un mundo entre él y el resto de participantes y, tras invertir 14.08 en los últimos 109,34 metros, rebasa la línea de meta, puño en alto, con un nuevo récord mundial (3:46.32). Ha firmado nada menos que 53.2 en las 440 yardas del final en una prueba a ritmo de plusmarca. Segundo es González con el actual tope español (3:47.79), que ha resistido durante décadas el asalto de generaciones tan pujantes como la de Fermín Cacho. Tres segundos después viene Coe, abatido, en tercera posición.

Cualquier atleta que haya estado en plena forma, en el cénit de su carrera, empatizaría con las palabras de Cram de aquella noche: “Cuanto más me acercaba a meta, más claramente sentía que me sobraban fuerzas para seguir corriendo”.

Duelo por partida doble en Sttutgart

La batalla final de esta serie de duelos se produce un año más tarde, en los Campeonatos de Europa de Sttutgart–1986, con un doble enfrentamiento en los 800 y en los 1.500 metros.

En la primera prueba, Cram es superfavorito tras su exhibición en los Juegos de la Commonwealth donde, más que ganar, ha atropellado a sus rivales, entre los que no se encontraba Coe, baja por resfriado en aquella ocasión. Pero en la carrera definitiva, disputada bajo una suave lluvia en el Neckarstadium, el rubio de Jarrow tropieza con la tenacidad del escocés Tom McKean, que le impide maniobrar en las curvas y le aboca al peor escenario para sus intereses, un mano a mano contra Coe en los últimos 100 metros. Y es ahí donde Lord Sebastian, que ya estaba recuperado y en forma, no falla (1:44.50). Tanto es así, que Cram se agarrota y queda en tercer lugar, como patito feo de aquel formidable, histórico triplete del Reino Unido.

Ese oro europeo en 800 metros, primero y único al aire libre de Sebastian Coe, le deja tal vez demasiado satisfecho como para mantener la tensión en el siguiente episodio, los 1.500.

Dicha final se celebra tres días después y, lógicamente, los papeles se han intercambiado. Todo el mundo apuesta por Coe. “Cram ha llegado pasado de forma, su mejor momento coincidió con los Juegos de la Commonwealth”, razonan los periódicos.

La prueba tiene lugar en la última jornada y los corredores salen tan despacio que parece que aún lleven el chándal (2:07.59 por los 800 metros). Cram, serio, ensimismado, con la lección aprendida, se coloca en todo momento por delante de Coe y toma la cabeza en algunos instantes, más para frenar que para tirar. Cada vez que oye en la nuca la respiración de su compatriota, acelera suavemente de ritmo para alejarle.

Las hostilidades se desencadenan a falta de 300 metros. Cram arranca decidido y se lleva detrás a González, mientras Coe, que no está corriendo tácticamente bien, se enreda en adelantar por la calle dos y tarda demasiado en reaccionar; sin embargo, el doble campeón olímpico se zafa de media docena de contrincantes, consigue rebasar al español, y comienza a acercarse peligrosamente al primer puesto. Steve ve la maniobra y pasan, quizá, por su cabeza todas las derrotas cosechadas por permitir que el doble campeón olímpico le adelante. Entonces cambia de nuevo con todas sus fuerzas, las que tiene y las que faltan, y no sólo conserva, incluso incrementa, la valiosa distancia que había ganado al principio. Cram vence merced a unos últimos 300 metros en 37.88. Su crono, 3:41.09.

El saludo entre ambos es frío, casi sin mirarse. Saben que han alcanzado tal nivel que se juegan la victoria en un batir de párpados, sin que haya nadie mejor ni peor, sin superioridad indiscutible del uno sobre el otro. Saben que lo suyo es, ante todo, un problema de colocación. Serán las últimas medallas internacionales que ganen Cram y Coe; su adiós al podio para siempre.

¿Terminó esta pugna de superclases en Sttutgart? En absoluto. Tras los Juegos de Seúl de 1988, de infausto recuerdo para ambos (Coe no fue seleccionado por su mala forma en julio y agosto, pese a correr en 1:43.93 en septiembre; Cram, que sí estaba fino, se lesionó en Rieti y sólo fue cuarto en los 1.500 metros), los dos británicos, ya en franca decadencia, volvieron a cruzar sus espadas en octubre de 1988 en un desafío benéfico que recreaba el reto de Harold Abrahams y Lord David Burghley en la película Carros de Fuego.

Consistía en dar la vuelta al patio rectangular del Trinity College de Cambridge (367 metros), antes de que sonaran las doce campanadas en el reloj de la torre (46 segundos). ¿Adivinan el ganador? Elemental: el que antes llegó a la primera esquina, en este caso Sebastian Coe. Y, ¡of course! ambos cruzaron la línea de meta, señalada con tiza, cuando quedaba por sonar un último tañido de la campana.

  Juan Manuel Botella

  Foroatletismo, julio de 2014

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