El cumpleaños de José Luis González

José Luis González, 1987 CM Roma (03)

Mañana cumple 60 años José Luis González. Dicen que no hay genios sin orgullo. El atleta toledano es la prueba: fue genio y fue –es– orgulloso. En la década de los ochenta, en pleno surgimiento de Michael Jackson, Indiana Jones y el Seat Panda, nos enseñó a los españolitos que no había complejos. Su ambición me recuerda a la selección española de baloncesto que ganó la plata en Los Ángeles-84 o al bronce de José Manuel Abascal en el Memorial Coliseum de aquellos mismos Juegos.

Deberían los tuíteres aparcar por un día, sólo por un día, sus prejuicios sobre historiales, medallas, fobias, rumores y apegos. Reconocer tranquilamente las cosas. Y admitir que sin este corredor, y desde luego otros muchos, el atletismo español estaría en la fosa de Las Marianas de la prehistoria. Borrarle, olvidarle, supone una ignominia del tamaño del Letzigrund de Zurich.

José Luis no es un tipo fácil. Seguramente le pasa como a todos los que dejan su trono, que les gustaría tutelar al sucesor; lo llaman síndrome de los expresidentes. Pero los hechos le dan silenciosamente la razón: después de tres décadas de éxitos en el deporte español, Pepe continúa siendo uno los mejores deportistas nacionales de todos los tiempos.

A mí González, como otros mediofondistas de su época, me enganchó con una sola vuelta al anillo, con ese magnetismo que ejercen las personas importantes en un simple gesto. Podía ser simpático o no, pero aquello era arte, aquello era correr.

Hablando de arte: es curioso cómo el talento, cuando expresa cosas difíciles de forma fácil, deja un recuerdo hermoso. González se deslizaba por la pista con elegancia de millero top. Convertía un ritmo inhumano en marcha triunfal y poesía. Era oír el pistoletazo y, zas, embelesaban sus maniobras en el viaje que pocos mortales del planeta podían, pueden emprender; porque el atletismo es eso, un viaje, un lapso de tiempo, un cuásar de gloria. Nada tan difícil como destacar en un deporte de extrema competitividad como éste, cuya Federación Internacional, la IAAF, tiene más países afiliados que la ONU; 214, para ser exactos.

Visto desde donde yo veía siempre a González –en la grada o en TV, con la boca abierta– me parecía que no se esforzaba al correr, que era un maestro estético y táctico; apenas descomponía su tranco excepto cuando llegaba justito a la recta final y apretaba los dientes angustiado por su mayor pesadilla, la derrota; a veces hasta se dio de bruces contra el tartán, tratando de aventajar desesperadamente a sus rivales, cabeceando y sacando fuerzas de donde ya no había. Pero qué orgullo, qué descaro hasta cuando le doblegaban. Qué carisma dentro y fuera de las pistas.

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Me impactaron tanto aquellos choques que, aunque todos sean sexagenarios, vería con más placer una carrera de González, Coe, Cram, Ovett, Aouita, Walker, Scott, Deleze, Wessinghage, Coghlan, Maree o Abascal, que una de esas piezas de comida rápida de la Diamond con desconocidos de 3:28 que no duran ni media temporada. El propio Sebastian Coe, hoy presidente de la IAAF, ha tomado cartas en el asunto para que los atletas vuelvan a ser algo más que un tumulto de plusmarcas con la misma camiseta; no sé si lo conseguirá pero anda en ello, igual que otros presidentes como el de la RFEA, Raúl Chapado.

Pero me estoy apartando del tema.

Quiere el destino que algunos jóvenes, no todos, afeen a González su etapa de comentarista en RTVE, su apego al pasado, y alimenten la idea de que el atletismo español se inventó en el siglo XXI o, como mucho, en 1992; que no conozcan, ni les importen Tomás Barris, Carmen Valero, Álvarez Salgado, Mariano Haro, tampoco Herb Elliot, Peter Snell, David Wottle  o Jim Ryun. Seguramente pronto olvidarán a Ruth Beitia. Así que, ¿cómo pretender que honren al todavía recórdman nacional de la milla (32 años vigente y lo que te rondaré, morena), si hay pocos que tengan la memoria profunda de Jorge González Amo o Gerardo Cebrián?

Tal vez por eso, es obligatorio acordarse de este cumpleaños de José Luis, símbolo, compendio de los cumpleaños de tantos otros españoles que corrieron, saltaron, marcharon y lanzaron ayer, y hoy ya no significan nada, salvo para unos pocos nostálgicos. Su efeméride nos recuerda, amigo, que hubo inviernos mucho más fríos, aunque nunca hayas tiritado como éste.

En fin, que me estoy poniendo blando. Que de pronto envidio a quienes descubran a González estas Navidades o las próximas en Youtube. Qué pedazo de corredor, qué versatilidad en todas las distancias y superficies, pista cross, asfalto, 1.500, la milla, 3.000, 5.000, seguramente hasta los 10.000 metros y, porqué no, los 800 si se lo hubiera propuesto. Qué ambición desmedida por salir a cualquier ataque, lo que seguramente le privó de ciertas medallas (ay, Sttutgart-86) que se quedaron en el tintero.

Y es que González disputaba todas las carreras del calendario. Cuando digo todas, son todas. Funcionaba en cross, pista y asfalto. La prematura retirada de Abascal le mantuvo invicto en pista durante años ante españoles. Sacó un porcentaje de triunfos en la temporada 1986-1987 que no ha repetido ningún atleta nacional, desde el barro de Venta de Baños hasta la San Silvestre Vallecana, pasando por el sintético indoor y outdoor de Lievin, Madrid, Sevilla, Oslo, Koblenza, Londres y Bruselas, hasta que tropezó con un segundo puesto en Zurich con 3:33.01, ante Cram. Acabó con las rachas de imbatibilidad en 1.500 metros de éste último y de Coe. Estuvo donde todos los aficionados del atletismo soñábamos estar: peleando con Aouita en muchas últimas vueltas, batiendo a Coe en París y Oslo, superando al mencionado Cram en la Copa de Europa y levantando la moral de aquella inolvidable selección española de Praga.

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Hace 25 años que se retiró, despidiéndose de esa vida errante –pasaporte, trolley y dos pares de zapas– que le llevó a competir en todas las ciudades civilizadas del planeta. Pero González, genio y figura, sigue hoy ahí, maravillosamente atrapado en la década de los ochenta que elevó a categoría de dioses a una generación del mediofondo. Dioses a los que el toledano acabó derrotando, antes o después. A todos, oiga. Y es que no hay Millrose Games, mitin, gran premio, prueba de campo a través o la urbana donde no subiera a lo más alto del podio.

¿Ha cambiado el temperamento del González de 2017? Es una impresión subjetiva, a distancia, pero no. Está expectante, inquieto, echa de menos aquella adrenalina de los ochenta. Hablas con él, y se diría que acaba de quitarse los clavos en los 1.500 metros de Niza, año 1985, cuando Aouita le tocó en la espalda para pedirle en plena curva que le dejara pasar. Aún le dura el cabreo por el golpe en el pecho que le metieron en una milla en Oslo de 1981, justo al toque de la campana. Y reniega porque Ovett, ya más viejo que diablo, le privó de la victoria a codazo limpio en 1983 y 1984, también en el antiguo Bislett.

Pero más allá de sus recuerdos en bucle, González es patrimonio nacional; lo más parecido a una estatua de mármol con corazón bueno. Sí, con corazón bueno. Sorprende cómo arropa a buena parte de su generación, a sus ilustres compañeros de armas, que compartieron concentraciones y selecciones. A otros, supongo que menos. ¿Pero no tiene sus preferencias?

A veces pienso que si le oyeran hablar los chavales en los institutos, y se explayara sobre el atletismo y sus recovecos, enamoraría a clases enteras que hoy, como mucho, se enamoran de la Play o de los iconos de Disney Channel.

Así que no importa que le conozcas cinco minutos o de toda la vida; que te hable por teléfono o en una rueda de prensa. José Luis sigue siendo igual, un gallo de pelea que ama correr y, de paso, se mete aún en todos los piques posibles, golf incluido. Es un sesentón que mantiene su figura envidable y rueda una hora a 4:30 de vez en cuando. Un hablador infatigable que adora el atletismo; que echa de menos, aunque le cueste admitirlo, a sus rivales de ayer.

Otros corredores tienen más medallas y más récords. No sé si más clase, lo veo difícil. Pero para juzgar la trayectoria de González hay que entender, antes que nada, que perseguía un sueño imposible en el atletismo: ser el mejor siempre y en todo momento, no en una final o en un día D a la hora H, sino en invierno y verano, primavera y otoño, para luego darse el gustazo de trotar en una vuelta de honor épica, blandiendo el dedo índice en señal de supremacía.

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Su talento fluye del mismo manantial sagrado de donde vienen los Severianos, los Corbalanes, los Ángeles Nietos, las Quintas del Buitre. El manantial del que proceden, cada década, las películas mágicas y los libros que mejoran con el tiempo.

Exagero, dirá alguien; González es un bocazas, un arrogante. Yo creo que es un artista, y además llega su cumpleaños. ¿Cómo faltar el respeto, como perturbar la paz de un hombre con apellido que llevan dos millones de españoles, y a quien todas las fuerzas vivas del atletismo, amigos y enemigos, rinden aún su merecido tributo llamándole a secas González? Desde la admiración y la gratitud: felices sesenta, maestro.

Juan Manuel Botella

 

El largo esplendor de Haile Gebreselassie

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Con su largo esplendor, Haile Gebreselassie (Arsi, Etiopía, 18 de abril de 1973), ha terminado con todas las milongas que rodean al atletismo. Ni dobles picos de forma, ni ciclos olímpicos, ni lesiones, ni edad, ni gaitas. Hace muchos oros y récords que Gebre traspasó la dimensión de las figuras inmortales. Diez años atrás, ya era tan grande que podía figurar en los libros de historia del deporte. Ahora, la gota que ha colmado el vaso de su leyenda ha sido el triunfo en el maratón de Dubai-2008, derribando por segunda vez en cuatro meses el muro de las 2h05:00. Ya son suyas, pues, las dos mejores marcas mundiales en los 42,195 kilómetros cuando se cumplen 17 años de su irrupción en la élite.

Este Al Oeter de largo aliento, de apenas 1,64 metros de estatura, no deja indiferente a nadie. Hasta su sucesor, el gran Kenenisa Bekele, es un restyling suyo aunque, salta a la vista, con menos ganas de sonreír.

Como en los cuentos de hadas del atletismo, el Pequeño Emperador ha pasado de ser el más fuerte en el tartán a dominar el asfalto. La enumeración de sus títulos y medallas sobrecoge: ha sido campeón del mundo júnior de 5.000 y 10.000 metros (Seúl–1992), dos veces campeón olímpico en 10.000 metros (Atlanta–1996 y Sydney–2000), cuatro veces campeón mundial de 10.000 metros (Stuttgart–1993, Gotemburgo–1995, Atenas–1997 y Sevilla–1999), se ha llevado cuatro oros en los Mundiales de pista cubierta (tres en 3.000 metros y una en 1.500), se ha proclamado campeón del mundo de media maratón en 2001, ha batido veinticuatro récords universales, y lo que te rondaré, morena.

Su versatilidad en tantas distancias apabulla, alucina, embelesa. Retrata a un ser humano nacido para correr. En un mundo donde reina la comodidad, donde lo difícil es seguir siendo uno mismo, él se ha consagrado como un deportista total, un ejemplo de voluntad y ambición. Se ha hecho tan superlativamente grande que en vez de ensombrecer a sus adversarios, les ha incorporado a la historia como ilustres perdedores. Que se lo cuenten, si no, a Paul Tergat.

Neftenga, el Jefe

Hijo de granjero y con nueve hermanos, a Haile empezó a conocérsele, desde muy niño, con el apelativo de ‘neftenga’ (el Jefe) por la superioridad mostrada en todos los asuntos que le atañían. Siendo adolescente, mandaba dentro y fuera de su hogar, organizaba negocios y haciendas, aconsejaba e influía.

El primer contacto de Haile con el atletismo se documenta en el maratón de Addis Abeba de 1989. Completó la distancia en 2 horas y 48 minutos con un entrenamiento ridículo, a partir de sus idas y venidas a la escuela, que abandonó más bien pronto. El doctor Yilma Berta, un técnico relacionado con el todopoderoso manager Jos Hermans, se fijó en él y le rescató antes de que se echara a perder en competiciones prematuramente largas. El jovencito le obedeció con una condición: “Quiero trabajar duro, quiero que la historia me recuerde”.

Inicio en el cross

Su irrupción en el panorama internacional no se produjo en pista, como hubiera cabido esperar de él, sino en cross, disciplina en la que nunca ha podido triunfar y es, quizá, su única asignatura pendiente. En el Campeonato del Mundo de Amberes (1991), siendo júnior de primer año, arañó la octava posición. Los organizadores, muy poco hábiles con el teclado, tergiversaron su nombre en las listas: le rebautizaron como G. Silashi Haile. Mal comienzo, si se quiere pasar a la historia. Probablemente para ellos, y para muchos aficionados, sólo era un etíope más en la insondable cantera africana.

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En el siguiente Mundial Júnior de campo a través, disputado en Boston el 21 de marzo de 1992, Haile se clasifica segundo por detrás del keniano Ismail Kirui, hermano –aunque no compartan apellido– del malogrado Richard Chelimo. Tercero se ubicó Josephat Machuka, que mantuvo una rivalidad poco edificante con Gebre durante tres temporadas. En decimocuarta posición entró Hicham El Guerrouj.

Al final del verano, en los campeonatos del mundo junior de Seúl (1992), el Jefe comienza a recolectar su increíble cosecha de medallas sobre el sintético, y logra la victoria en los 5.000 y 10.000 metros. Allí su pugna con los kenianos se vuelve tragicómica. En la distancia superior, Josephat Machuka le propina una colleja y un empujón en pleno sprint. Machuka había intentado descolgarle con cambios de ritmo, volviéndose atrás una y otra vez para comprobar si ese etíope de zancada redonda, que hinchaba el pecho al correr, se quedaba. Pero no hubo forma, y de pura impotencia, le golpeó. La acción le descalificó automáticamente. Por su parte, a Gebre, a pesar de la colleja, no se le escapó la victoria ni se le borró la sonrisa: una sonrisa que le acompaña siempre, en la fortuna y en la adversidad, y es tan propia de él como la huella de sus pulgares.

 

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Primeras medallas como senior

Tras un invierno insatisfactorio (séptimo en el Mundial de Cross senior disputado en Amorebieta), Haile empezó en Sttutgart su colección de oros mundiales absolutos en pista. En los 10.000 metros doblegó a Moses Tanui, aunque con polémica, ya que al inicio de la última vuelta pisó involuntariamente la zapatilla del keniano, que no aceptó sus excusas.

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En los 5.000 metros tuvo que conformarse con la plata, batido por Ismail Kirui, quien celebró su triunfo sobre el etíope como si le hubiera tocado la lotería: al fin un keniano le ganaba sobre tartán. En esta carrera Haile perdió, probablemente, por un error táctico, ya que tanto él como sus compatriotas Fita Bayessa y Worku Bikila consintieron la fuga de Kirui y, cuando se tomaron en serio la caza, Ismail ya se había adelantado más de 30 metros, demasiado hueco para alcanzar a un atleta con gran velocidad de crucero, que además no era flor de un día, ya que repitió victoria dos años después en Gotemburgo.

Despistes aparte, el reinado de Haile en los 10.000 metros empieza a ser irrefutable, y se fundamenta en un entrenamiento muy aparatoso, diseñado por el doctor Wolde Meskel Kostre –entonces ya recorría diariamente, al menos, 25 kilómetros en la altitud de Addis Abeba– y en su particular estilo, apoyándose sobre la punta de los pies, algo más propio de un velocista que de un corredor de largo aliento.

Veranos de 1994 y 1995: la consagración

En 1994 firma su primer récord mundial, el de 5.000 metros con 12:56.96, rebajando la mítica marca de Said Aouita (12:58.39) y abriendo las puertas de par en par a la conquista de cronos impensables hasta entonces.

Pero es en 1995 cuando se produce su auténtica explosión; cuando pone tierra de por medio con el resto de fondistas, y se eleva a un nivel superior.

Por un lado, en Gotemburgo renueva su título de 10.000 metros. En semifinales se asistió a una extraña exhibición de Josephat Machuka, que quiso lucirse con un generoso 27:29, obtenido con 13 segundos de ventaja sobre el resto. Ese derroche le impidió comparecer en plenitud en la final disputada tres días después, el 8 de agosto. Haile, más inteligente, más calculador, gana la otra semifinal en 28:10, donde se ve que Khalid Skah, peligrosísimo al sprint, y el emergente Paul Tergat van a ser dos enemigos de cuidado. Y, en efecto, al llegar la hora de las medallas, ambos oponen resistencia hasta el último doscientos, que Gebre remata en 25 segundos justos. Resultado, 27:12.95, nuevo récord de los campeonatos. “¡Parece Mirus Yifter!”, exclaman los periodistas más veteranos, ávidos de hallar semejanzas con el legendario campeón olímpico de Moscú-1980. Por su parte, Skah y Tergat entran segundo y tercero, respectivamente, a quince metros de distancia. Machuka fue quinto en una de las últimas actuaciones internacionales que se le recuerda.

Por añadidura, a lo largo de 1995, Haile bate un par de récords del mundo, el de 10.000 (26:43.53) y el de 5.000 metros, que supera en solitario por casi 11 segundos en la pista mágica de Zurich, parando el reloj en 12:44.39. Desde tiempos de Henry Rono, ningún atleta los había poseído simultáneamente. Con posterioridad, Bekele los ha compaginado también.

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Oro olímpico y rivalidad con Komen y Tergat

El año 1996 deja un sabor agridulce en Gebreselassie. En el lado positivo está su victoria en los Juegos Olímpicos de Atlanta, donde supera a Paul Tergat y Salah Hissou, y lo hace además produciendo un nuevo récord olímpico de 27:07.34. En el lado negativo, se clasifica en quinto lugar en los Mundiales de Cross disputados en Ciudad de Cabo (ganó Tergat, casi infalible en esta disciplina). Será su última aventura oficial de campo a través. Además, en agosto, sufre una impresionante derrota en Zurich ante Daniel Komen en los 5.000 metros; aunque perder con Daniel Komen en el trienio 1996–1998 no era motivo de vergüenza, ni mucho menos.

En febrero de 1997, Haile se convirtió en el primer atleta que corría los 5.000 metros en pista cubierta por debajo de 13 minutos (12:59.40). Un mes después, logró la medalla de oro de 3.000 metros en los Campeonatos del Mundo Indoor; deslizándose sobre el peraltado anillo del complejo París–Bercy, aventajó en 30 insultantes metros al keniano Paul Bitok (7:34.71 por 7:38.84).

En julio, superó nuevamente el récord de 10.000 metros –que le había quitado en 1996 el marroquí Hissou– y lo dejó en 26:31.32.

Semanas más tarde, en una noche húmeda y calurosa, se proclamó otra vez campeón del mundo ante Paul Tergat y Salah Hissou, además con un registro interesante, dada la climatología de Atenas, de 27:24.58. Fue una prueba sin historia, en la que el Jefe aplicó, como siempre, el rodillo de su sprint.

Choque de trenes en Zurich

Pero el 13 de agosto, en Zurich, Haile gana algo más que una carrera: vence en una batalla estratosférica, los 5.000 metros de mayor calidad y densidad que se habían visto nunca. Los organizadores tiran la casa por la ventana y no sólo le contratan a él, sino a Komen, Tergat, Hissou y media docena más de aristócratas del fondo mundial. Es una lucha épica. Tras un paso tibio por los 2.000 metros (5:07) Komen, anárquico, genial, decide prescindir de las liebres, se marca una vuelta en 59 segundos, y transita por los 3 kilómetros en 7:38, con Gebre pegado atrás, y Tergat haciendo la goma. Las posiciones se mantienen hasta que, a falta de 250 metros, el pequeño etíope arranca como una fiera, enrabietado por su derrota del año anterior, y llega primero con nuevo récord del mundo: 12:41.86. Ha cubierto los últimos 400 metros en 55.07. La prueba arroja unos resultados excepcionales, ya que Komen, malhumorado y dejándose llevar, hace 12:44.90, mientras que obtienen récords personales Paul Tergat (12:49.87), Khalid Boulami (12:53.41), Dieter Baumann (12:54.70) y Paul Koech (12:56.29).

Komen, en estado de gracia, se resarce del fracaso en Zurich nueve días después, y en un más difícil todavía, detiene el crono en 12:39.74 durante la reunión de Bruselas. Aquellas plusmarcas alternativas, al más puro estilo Coe–Ovett en los ochenta, supusieron un zarpazo gigantesco a los límites de la resistencia humana. En los últimos diez años, sólo Bekele ha estado a ese nivel.

Llega 1998, el año de los récords

A lo largo de 1998, Gebre recupera la supremacía, mientras que la estrella de Komen –junto con Tergat, su rival más cualificado de esta nueva época–, se apaga lentamente.

De aperitivo, el Jefe corre en invierno los 1.500 en 3:31.76. Además, se apodera del récord de 3.000 metros en pista cubierta y, ya en junio, de los 5.000 y 10.000 metros al aire libre. Son plusmarcas de una calidad sublime. Tanto es así que, camino de su récord de 5.000 metros en Helsinki, se evidencia que el problema son los pacemakers. Trece de junio de 1998. Apenas han transcurrido cuatro vueltas cuando Gebre, disconforme con el ritmo de Assefa Mezgebu (un hombre acreditado en 12:53 ese mismo año), le adelanta. Mezgebu, ansioso por cumplir su trabajo que era llevarle a los 3 kilómetros en 7:35, intenta aguantar otro giro, pero abandona exhausto. Para tirar a 7:35 hay que valer 7:28/7:29, y eso no está al alcance de casi nadie en este planeta. Gebre, por su lado, recupera el récord mundial de 5.000 por los pelos (12:39.36) corriendo solo desde mitad de la prueba. Trece días antes había rebajado su propio tope en los 10.000 hasta 26:22.75. Ambos registros quedarán como sus dos mejores prestaciones de siempre.

Esa temporada, además, marcó un sobresaliente 7:25.09 en los 3.000 metros del Memorial Ivo Van Damme, y obtuvo la victoria en las seis pruebas de la Golden League, así como en la final del Grand Prix. Todo ello le valdrá para ser elegido Atleta del Año y recibir el premio internacional Jesse Owens.

En 1999, el Jefe dio lustre a su hegemonía. Venció en quince carreras consecutivas, en distancias que van desde los 1.500 hasta los 10.000; consiguió la victoria en los 1.500 y 3.000 metros en los Mundiales indoor de Maebashi; y se impuso por cuarta vez consecutiva en los 10.000 metros de los Campeonatos del Mundo, que se celebraban en Sevilla. En esta última prueba se pasó el ecuador en 14:17 y Haile resolvió, previo tirón de Antonio Pinto, con un último mil en 2:25. Segundo fue el incombustible Paul Tergat.

De nuevo oro olímpico, pese a los tendones

Justo aquí, a principios de 2000, Gebre comienza a ser acosado por el dolor en los tendones de Aquiles, y pierde muchas sesiones de entrenamiento. Pero el destino es caprichudo y, paradójicamente, corto de kilometraje y competición, escenifica su triunfo más hermoso en los Juegos Olímpicos de Sydney.

Es una noche fresca de septiembre en la metrópoli austral. Haile se ha clasificado fácilmente en la ronda previa (gana con 27:50), pero Paul Tergat, segundo con 27:44 en la otra semifinal, transmite unas sensaciones prodigiosas. Como en los 1.500 metros –donde Hicham El Guerrouj es derrotado–, se ha abierto la veda de los favoritos. En la final actúa como liebre involuntaria el burundés Aloys Nizigama, que obsequia al respetable con un primer mil en 2:39, y a partir del tercer kilómetro se alterna con el keniano Patrick Ybuti para que no decaiga el ritmo. La mitad se pasa en 13:45 entre escaramuzas de secundarios, mientras Tergat y Gebreselassie permanecen escondidos en el grupo, puedo pero no quiero, resguardándose para el suspiro final.

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El tercer keniano, John Cheruiyot Morir, arranca en el kilómetro postrero, pero afloja inexplicamente unos segundos después, como si fuera un fartlek, facilitando que lleguen hasta seis corredores en cabeza al último cuatrocientos.

Tergat ataca en la contrarrecta con una fuerza que parece definitiva, dejando atrás a todos. Se diría que, tras un sinfín de derrotas en pista, va a tomarse la revancha. Gebre le persigue sin éxito por toda la curva y flaquea, pero en los últimos treinta metros, en un esfuerzo desesperado, se iguala a su adversario. La carrera sigue sin dueño. ¿Ganará Kenia, ganará Etiopía? Tergat cabecea, aprieta los dientes, retuerce las facciones, ya no da más de sí, y se echa literalmente contra la línea de meta. Pero Haile ha conservado su zancada imperial, y vence (27:18.20 por 27:18.29). Nunca el pentacampeón del mundo de cross ha estado en una final tan cerca del Jefe, que tiene que emplearse a fondo: 39 segundos justos en los últimos 300 metros.

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A su vuelta, Gebre es recibido en Etiopía con honores depríncipe, y las autoridades rebautizan una gran avenida de Addis Abeba con su nombre. Desde tiempos de Abebe Bikila, este país africano, tan habituado al triunfo de sus corredores de largo aliento, no había vivido una locura colectiva como aquélla.

La derrota de Edmonton

La responsabilidad adquirida con su país, probablemente, le hizo cometer errores la siguiente temporada. No pudo superar su lesión, y acabó en el quirófano. Otra vez huérfano de kilómetros, y sin una triste competición en las piernas, trata de repetir la gesta de Sydney en los Mundiales de Edmonton. Es una carrera a tirones, con protagonismo de los españoles Fabián Roncero y José Ríos, que ralentiza el equipo etíope comandado por Assefa Mezgebu y Yibeltal Admassu queriendo fiarlo todo al sprint de su líder. Las medallas se resuelven una vez más en los últimos doscientos metros, cuando Gebre cambia, pero sin la fuerza de antaño. Además, encuentra la horma de su zapato en Charles Kamathi quien, con una enorme facilidad, se pone primero a falta de 120 metros, y ya no permitirá que le adelanten. Gebre se bloquea e incluso es superado por su compatriota Mezgebu, antigua liebre suya, que por un instante parece que pidiera permiso para llevarse la plata. No es un día feliz aunque Gebre, bronce, sonría. Desde 1994 no había perdido ninguna carrera de 10.000 metros.

Kamathi, que inmediatamente visitó al dentista (le faltaba la mitad de los dientes y al fin podía pagar los implantes), había logrado lo que Paul Tergat, ya instalado en el maratón, siempre quiso sin éxito.

Transición al asfalto

Herido, disgustado, con ganas de reivindicarse a sí mismo, Haile se planta el 7 de octubre en los Mundiales de Medio Maratón de Bristol, donde vence con 1.00:03 sin dar la sensación de emplearse al máximo. En el camino doblega, entre otros, al corajudo y fino John Yuda, que tiró la mayor parte de la prueba. En sus declaraciones posteriores, Gebre despeja su futuro, provocando el delirio de los fans: “Voy a dedicarme al maratón. Abandono la pista para siempre”.

Pero la transición resulta lenta; y son tan grandes las expectativas de Haile que el año 2002, en el que se agencia el récord mundial de 10 kilómetros en ruta (27:02 en Doha), y señala el mejor debut en la historia del maratón hasta entonces, se considera uno de sus peores ejercicios.

Ese bautizo en la distancia de Filípides, que tiene lugar en Londres, era largamente esperado. Aunque Paul Tergat ha defraudado un año antes (2h08:15), hay analistas que consideran a Gebre capaz de hacer menos de 2 horas y 4 minutos. Otros entendidos, en cambio, aseguran que la técnica de carrera del tetracampeón mundial, con las rodillas demasiado altas, supone un gasto de energía muy poco apropiado para resistir 42 kilómetros.

Sea como fuere, toma la salida en la capital del Imperio, y a los 30 kilómetros, como si un guionista hubiera intervenido en el desarrollo de la carrera, se alcanza el clímax, ya que se fugan el plusmarquista mundial, Khalid Kannouchi, el propio Haile, y su archirival Paul Tergat. Además, los tiempos de paso anuncian la posibilidad de un nuevo récord del mundo, que por entonces estaba fijado en 2h05:42.

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Van pasando los minutos, y a Gebre se le ve suelto, agazapado, listo para batir a sus dos acompañantes cuando le plazca. Pero el Kannouchi de aquellos días era duro como una roca y Haile, de repente, se rezaga: se le ha acabado la gasolina cuando quedan tres kilómetros. Tergat mira incrédulo atrás y aguanta apenas dos minutos antes de renunciar a la irresistible marcha del entonces marroquí, hoy norteamericano, que supera su propio tope mundial (2h05:38). Por su parte, Tergat bate por primera vez en asfalto a Gebrselassie bajando también de 2h06 y lo festeja, entre abrazos y sonrisas, como una victoria poética sobre su eterno contrincante. Gebre, tercero, logra 2h06:35.

De vuelta a la pista

Haile, quien sonrisas al margen esperaba probablemente una victoria sencilla en Londres o al menos no esperaba una derrota, se arrepintió de su mudanza al maratón y retornó a la pista en los Campeonatos del Mundo de París-2003. Allí fue segundo tras Kenenisa Bekele, que hizo unos terroríficos 12:57 en los segundos cinco kilómetros (tras un paso en 13:52 por los primeros). O sea, lo nunca visto. Gebre se mostró en muy buena forma en la capital de Francia, y días después anduvo cerca de rebajar su propio récord de 10.000 metros (registra 26:29.22, acosado hasta la meta por el hoy catarí Nicholas Kemboi).

Ante estos resultados, los técnicos y los aficionados dudan y, lo que es peor, contagian sus dudas al artista. ¿Aún tiene cuerda en los 10.000? ¿Se descarta su romance con el maratón?

Todo lo contrario. En verano de 2004, Haile firma su definitivo divorcio con el tartán. Y eso que empieza bien, bajando en Hengelo de 27 minutos (26:41.58), aunque batido por Sileshi Sihine. Cualquier mortal diría que ese debut en la temporada es soberbio. Pero Gebre no se siente fino. Renquea durante dos meses, aquejado de sus dolores en el tendón, hasta el extremo de que en el Crystal Palace de Londres, poco antes de los Juegos de Atenas, tiene que exprimirse al máximo para batir por un exiguo margen de 25 centésimas al poderoso australiano Craig Mottram (12:55.51 por 12:55.76).

Además, Bekele le arrebata sus dos récords más queridos, el de 5.000 y el de 10.000 metros.

Así las cosas, la final de esta última distancia en los Juegos Olímpicos de Atenas es una ceremonia de entronización de Bekele –por si quedaba alguna duda– y un amargo adiós de Gebreselassie que, ahora sí, se despide del sintético.

La carrera discurre con tranquilidad hasta mitad de la prueba, en que los tres etíopes –Haile, Bekele y Sihine– aceleran con relevos de 61/62 segundos por vuelta, llevándose tras de sí al joven ugandés Boniface Kiprop, y al entonces desconocido eritreo Zersenay Tadesse. A la altura del séptimo kilómetro se produce una de las imágenes más emocionantes de los Juegos: Gebre empieza a quedarse, y Bekele y Sihine le esperan. Su ídolo no puede, no debe caer así. Pero la cortesía es peligrosa en una final olímpica: se están aprovechando los demás rivales para meterse en cabeza. Sihine y sobre todo Bekele no tienen otra que acelerar, dejando atrás al Haile más crispado que jamás se ha visto en competición. A su llegada en quinto lugar, el Jefe recibe el reconocimiento de sus compatriotas, aparentemente más preocupados de honrarle que de celebrar las medallas. La vuelta de honor semeja así el homenaje a un torero saliente, a una vieja gloria que no volverá más.

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La resurrección de Gebre

Pero nanay del adiós. Tras el trance, Gebre se levantó y volvió a ser enorme. Cierto que tuvo que volar de nuevo a Finlandia para operarse, esta vez del tendón de Aquiles de su pierna izquierda. Sin embargo, se recuperó muy rápido. Entre enero y febrero de 2005, se adjudicó los medios maratones de Almería y Granollers con marcas moderadas para él de 1.01:46 y 1:01:33, respectivamente.

Y comienza a tomarle gusto al asfalto, con varias victorias en carreras de 10 a 15 kilómetros, y un esperanzador triunfo en el maratón de Amsterdam (2h06:20), seguido del récord del mundo de 20 kilómetros (55:48) y de medio maratón (58:55) en Tempe el 15 de enero de 2006, así como de la plusmarca de los 25 kilómetros (1h11:37) el 12 de marzo en Alphen aan den Rijn. Gebre se está apoderando de las mejores marcas mundiales en todas las distancias en ruta, y parece que en Londres–2006 puede por fin alcanzar la más valiosa, la de maratón.

Sin embargo, sus fuerzas se han reducido con tantas competiciones. En una mañana para olvidar, tras un paso perfecto por debajo de 63 minutos por los 21,097 kilómetros, el keniano Félix Limo tira sin piedad y Gebre sufre hasta que, a falta de cinco kilómetros, se descuelga. Concluye la prueba al trote, en novena posición, con 2h09.03, mientras que la victoria se la juegan Martin Lel y el propio Limo, con victoria para éste último (2h06:39).

Escarmentado, Haile dosifica sus siguientes apariciones: gana primero en Berlín–2006 (2h05:56) y, tres meses más tarde, en Fukuoka (2h06:52).

A las veinte semanas, se retira en Londres–2007, pero en verano reaparece en pista otra vez sonriente “y sólo como preparación para correr de nuevo en Berlín”. Hace dos únicas pruebas: en Hengelo baja de 27 minutos en 10.000 metros y, como broche a la campaña estival, bate en Ostrava, al alimón, los récords de 20.000 metros en pista (56:26) y de una hora (21.285 metros), especialidad ésta última en que su propio manager, Jos Hermans, fue recordman mundial entre 1976 y 1991.

A Haile se le ve suelto, sin agobios, sin dolor. Escoge sus apariciones con microscopio. Su forma de correr es más sólida que nunca, es un estilo que ha echado raíces. De nuevo manda en competición con todos sus galones, y los años dan relieve y profundidad a su jefatura.

Cae el récord de maratón

Como había prometido, Gebre se alista en el maratón de Berlín, programado para el 30 de septiembre de 2007. Se hospeda en el hotel oficial de la prueba, un Holiday Inn cerca de la salida, en una habitación espartana sin cuadros, decoración, ni lujos.

Amanece un día frío y sin humedad. No sopla una brizna de aire en la capital germana; la plusmarca se presiente.

En el desayuno, a las seis de la mañana, se ve feliz a Gebreselassie. Un equipo de la CNN elabora un reportaje titulado Reveal, y sigue sus pasos. No era la primera vez que le seguían las cámaras: años atrás protagonizó la película “Endurance” de la factoría Disney, que está basada en su vida.

Los parciales fueron magníficos: 14:39 (5 km), 29:24 (10 km) y 1h02:29 (21,097 km). Haile, acompañado por una nube de liebres hasta el kilómetro 30 (1h28:54), no desfalleció en ningún momento, y exhibió por el recorrido su zancada alegre de las grandes ocasiones. Se presentó en la Puerta de Brandenburgo, entero y arrollador, con el que es, quizá, su récord más dulce (2h04:26).

El director de carrera, Marc Milde, se emocionó en un rincón de meta, consciente de que había presenciado un hito. Fue uno de los momentos cardinales de la historia de los 42,195 kilómetros. Un récord de Haile siempre es más que un simple récord.

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Ritmo suicida en Dubai

Después de batir la plusmarca, el etíope declaró que se veía capacitado para correr en 2 horas y 3 minutos.

Lo que nadie esperaba es que lo intentase sólo cuatro meses después en Dubai. ¿Por qué? Tal vez porque hay trenes que no pasan dos veces. Medio millón de dólares de fijo, más la promesa de otro medio millón si lo batía, y de 200.000 suplementarios por la victoria, acabaron de convencerle. Para este reto contó con tres liebres que, en cualquier otra circunstancia, hubieran recibido tratamiento de príncipes aunque aquí parecieran mendigos ante el Pequeño Emperador: Fabiano Joseph (campeón del mundo de medio maratón y acreditado en 59:56), Abel Kirui (2h06:51 en maratón) y Rodgers Rop (2h07:32 y vencedor en Boston).

El ritmo inicial suicida (los 10 kilómetros en 28:39 y la mitad en 1h01.27) alejó a Haile del récord, aunque el etíope señaló la segunda mejor marca mundial de todos los tiempos (2h04:53), lo que pone los pelos de punta, y demuestra una formidable capacidad de recuperación a los 34 años.

Pero su carrera no acaba aquí, ni mucho menos. Estamos asistiendo a la segunda juventud del Pequeño Emperador. Por lo pronto, Jos Hermens insinúa que no saldrá en los Juegos de Pekín porque hay contaminación; que tal vez sí sea de la partida, nada menos, que en Londres 2012. Bueno, que haga lo que quiera. A estas alturas, el multicampeón mundial ya no necesita dar explicaciones a nadie. Hace inútiles las palabras, miniaturiza las excusas. De niño confesó que corría para entrar en la historia, y eso lo tiene garantizado. Pase lo que pase, puede estar tranquilo; ya es un hecho que este mundo loco que ensalza y olvida, recordará por siempre a Haile Gebreselassie.

Juan Manuel Botella  

Atletismo Español, Marzo de 2008

 

NOTA: con posterioridad a este artículo, en marzo de 2008, Gebreselassie batió su último récord del mundo absoluto al correr el maratón de Berlín en 2h03:59. Siguió compitiendo, aunque ya con resultados poco a poco más discretos, hasta su retirada oficial en mayo de 2015. En la actualidad es presidente de la Federación de Atletismo de Etiopía, y embajador de la IAAF. Nunca ha dejado de sonreír.

Samuel Wanjiru: ¿hacer caja o tener paciencia en el deporte?

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Samuel Kamau Wanjiru es uno de los kenianos más cotizados del mundo; también uno de los que más encendido debate suscita en torno a la siguiente cuestión: ¿hacer caja o tener paciencia en el deporte?

A su dominio descarado en los 21,097 kilómetros, se acaba de añadir un logro mareante: la victoria en el maratón de Fukuoka. Ya se oyen los cascos de los caballos del dinero galopando a su espalda.

Los escépticos recelan porque sólo tiene 21 años y lleva tres temporadas consecutivas en la élite. Hay demasiados antecedentes, dicen, de atletas africanos fabulosos que se pierden por el camino. Sin embargo, si profundizamos en la historia de Samuel da la impresión de que, lesiones aparte, su carrera se apoya en sólidos cimientos. Yo le miraría de reojo en los Juegos de Pekín, por supuesto si tienen a bien seleccionarle que, en cuestiones de selección, sobre todo cuando tienes mucho dónde elegir como en Kenia, dos y dos no son cuatro.

Pero hagamos las presentaciones. Hablamos de un pequeño fondista (1,63 metros y apenas 50 kilos de peso) nacido en 1986 y que no sufre la sobreexplotación de otros compatriotas, abocados a una promiscuidad competitiva que recuerda la época de la esclavitud. Wanjiru, muy al contrario, se prepara en Japón a las órdenes de Koichi Morishita, un técnico de temperamento reflexivo que fue plata en los 42,195 kilómetros de los Juegos de Barcelona-92. En manos de Morisihita está la perdurabilidad de este kikuyu de zancada económica; lograr que su paso por el atletismo sea una relación estable, vamos a llamar las cosas por su nombre, en vez de un polvo rápido.

Africanos en Japón

Desde hace tres décadas, el país del Sol Naciente garantiza sentido común y equilibrio a los corredores africanos que acoge. Allí se entrenan algunos de los kenianos más rocosos del circuito, como Martin Irungu Mathathi, que puso en aprietos a Kenenisa Bekele en los últimos mil metros del Mundial de Osaka, o, en su día, Eric Wainaina (medallista olímpico en Atlanta-96 y Sydney-00) e incluso Douglas Wakiihuri (campeón mundial de maratón en Roma-87) .

Samuel Wanjiru nació en Nyahururu, a unos 200 kilómetros de Nairobi. Comenzó a practicar atletismo en 2000, a la edad de 14 años. Sólo un año después irrumpió en las listas mundiales como elefante en cacharrería, al registrar un tiempo inaudito de 28:36.08 en los 10.000 metros con una edad que equivale a la categoría cadete en España.

En la temporada siguiente, ya fichado por los técnicos nipones, se le orientó al mediofondo, pero tras disputar a regañadientes un 1.500 en 3:50.22 y algunas pruebas de 800 en el rango de 1:52 (¡incluso algún 4×400!), se inscribe en otro 10.000, y detiene el reloj en 28:20.06.

Su progresión continúa, aunque más lentamente de lo esperado. En abril de 2004, se clasifica octavo en una prueba de 10.000 metros en Kobe, donde un despiste le impidió romper la barrera de los 28 minutos. Hizo 28:00.14, a pesar de que vaciló unos segundos en la penúltima vuelta, creyendo que ya había terminado. Este registro, que sería maravilloso para un fondista europeo, no figuraba sin embargo en la cima del ránking mundial júnior, donde menudean talentos precoces que firman –mitin sí, mitin también–, diezmiles a menos de 27:30. ¿Qué había pasado? ¿Por qué el cadete que corría en 28:36 sólo había mejorado 36 segundos en dos años? La respuesta de Morishita es tajante: “Si hubiéramos seguido entrenándole como hacen algunos en Kenia, se habría retirado antes de llegar a senior”.

Un junior con marcas brutales

Pero en 2005, su último año junior, Morishita levanta el pie del freno. Tras graduarse en la Sendai Ikue High School, Wanjiru ficha por el club Toyota Kyushu. Comienza a preparase en doble sesión, e incrementa el kilometraje. Su temporada en pista comienza de manera avasalladora: de aperitivo corre 5.000 metros en 13:12.40. Después hace 27:32.43 en 10.000 y, con el mayor deparpajo, le dice a una televisión local japonesa que no está cansado. Nueve días más tarde, en Shizuoka, demuestra que no es un farol, ya que finaliza las 25 vueltas a la pista en 27:08.00. Ahora sus cronos sí están a la altura de los mejores juniors y seniors del momento.

Su entrenador, un maestro del ten con ten, está preocupado con este ritmo de carreras, siente que el asunto se le está yendo de las manos, y le aparta de la competición durante dos meses.

Pasado ese plazo, el 10 de Julio, vuelve a dejarle correr. Le apunta en el medio maratón de Sendai y su discípulo gana con 59:43. Pero lo mejor está por llegar. El 26 de agosto bate en Bruselas el récord mundial junior de 10.000 metros con 26:41.75. Le superaron Kenenisa Bekele, que pulverizó a su vez la plusmarca mundial absoluta  (26:17.53) y el ugandés Boniface Kiprop, que le venció al sprint.

Récord mundial de medio maratón

El 11 de septiembre, es decir, cinco meses después de su primera gran victoria de la temporada, la forma sigue acompañando a Samuel, que se apodera del récord mundial de medio maratón: 59:16 en Rotterdam.

Su nombre comienza a sonar en los circuitos internacionales, y está en boca de los principales organizadores de carreras en ruta, aunque no se le tiene en cuenta para el futuro. “Se quemará pronto, en Japón entrenan burradas”, dicen que dijo algún promotor célebre del circuito. A pesar de todo, su temporada explosiva le otorga el Premio a la Promesa Keniana del Deporte, que no es un honor cualquiera en el país con la cantera de fondistas más profunda del universo conocido.

El año 2006, no obstante, es agridulce para él. En enero Haile Gebrselassie inicia su segunda juventud, y se convierte en Tempe (USA) en el primer hombre en bajar oficialmente de 59 minutos en los 21,097 kilómetros con 58:55 (Paul Tergat también lo logró en 1996 en Milán, pero hubo un error de medición que invalidó su gesta).

Wanjiru había perdido, pues, su plusmarca, y además protagoniza una temporada floja, debido a unas molestias en los gemelos y a un principio de malaria. No obstante, se clasifica tercero en el medio maratón de Lisboa con 59:37, por detrás de Martin Mel y de Robert Cheruiyot. Otra vez en los metros finales le faltó velocidad punta. Este hecho, sin duda, va a marcar el futuro de Samuel, que necesita imponer ritmos espeluznantes para ganar.

Su desquite llega en 2007. Pese a los agoreros, corre más deprisa que nunca. El 9 de febrero, en el éxotico medio maratón de Ras Al Khaimah, Wanjiru recupera el récord con 58:53 (pasa los 10 km en 27:47 y los 15 km en 41:29). Sin duda, uno de los involuntarios cooperantes de este registro fue el también keniano Patrick Makau, que probó la resistencia de Wanjiru con un colosal cambio de ritmo a mitad de la prueba (2:39 en ese mil), y finalmente se conformó con la segunda plaza (59:13). Makau, que posee una marca de 58:56, es hoy otra de las estrellas internacionales de la ruta.

No obstante, la carrera resultó un fiasco en términos oficiales: no había control antidopaje y el récord jamás llegó a homologarse.

Wanjiru Daily
Daily Mail

Otro récord mundial en La Haya

Es tradición que cuando Wanjiru dice que va sobrado, sea cierto. Tras su récord non nato en Ras Al Khaimah, declaró que tenía una marca mejor en las piernas, y se presentó el 27 de marzo en la localidad holandesa de La Haya para demostrarlo.

En un día fresco y sin humedad, pasó los 5 y 10 kilómetros en 13:40 y 27:27, respectivamente. Se oxigenó en el siguiente parcial de 5.000 (41:30), mantuvo el paso hasta los 20 kilómetros (55:31) y, con un tiempo de 3:02 para los últimos 1.097 metros, firmó un nuevo récord mundial de 58:33, a una media de 2:46 cada mil.

Fracaso en los Trials

Cuatro meses más tarde, el 28 de Julio, se disputan los trials kenianos para el Mundial de Osaka. Wanjiru se alista en los 10.000 metros, pero tras llegar al noveno kilómetro en cabeza, se agota y finaliza cuarto por detrás de otros dos compatriotas afincados en Japón, Josephat Muchuri Ndambuki y el citado Martin Irungu Mathathi. Tercero es Josephat Kiprono Menjo.

Fue un duro golpe para él. Aunque la Federación Keniana le inscribe en Osaka como suplente, renuncia para preparar la Media de Soulth Shields, el Mundial en ruta de Udine y debutar después en el maratón de Nueva York. El anuncio de estos planes provoca un roce con su entrenador, Koichi Morishita, que se entera por la prensa, y prefería resguardarle un poco más en pista. Para entonces el mánager Federico Rosa ya ha entrado en escena, y comienza a intervenir en las decisiones del atleta.

Tras varias idas y venidas, Wanjiru elige finalmente Fukuoka para su esperado estreno en los 42,195 kilómetros. Quedan poco más de dos meses para la carrera. Morishita, un austero samurai del asfalto, está convencido que el maratón es un mundo aparte y hay que recluirse para entrenarlo. La filosofía viene a ser ésta: si preparas maratón, no puedes pensar en otra cosa; si estás en forma y la malgastas corriendo medios maratones antes de afrontar tu verdadero objetivo, fracasas. No tienen nada que ver 21 con 42 kilómetros.

Samuel se compromete a obedecer a su entrenador, llegar en plenitud a Fukuoka y no perder ni una sola sesión. “Haré un par de competiciones en otoño e iré a Udine, pero mi rendimiento no será óptimo hasta diciembre”, se juramenta el keniano. “El maratón es su futuro y no admite distracciones. Hay que enfocar a Fukuoka porque sólo faltan nueve semanas”, zanja Morishita en una entrevista a Brett Larner en Japan Running News.

Lógicamente, sus registros pierden lustre. El 30 de septiembre, en el medio maratón entre Newcastle y Soulth Shields donde Wanjiru cobró, al parecer, una cantidad estratosférica por participar, adopta una actitud conservadora que aprovecha el infalible Martin Mel para rematarle en los últimos 800 metros (1h00.10 por 1h00.18).

Mucho peor aún es el comportamiento del africano en el Mundial en Ruta de Udine, que se anuncia plagado de estrellas: Tadesse, Makau, Merga, Dos Santos, Yuda…

Wanjiru, que sigue acumulando kilómetros lentos a las órdenes de su entrenador, aguanta en cabeza hasta la mitad. Después, con molestias en el estómago y las piernas muy pesadas, se limita a concluir en un puesto y una marca impropios de su categoría: quicuagésimo primero, con 1h03:51. El llamado síndrome Komen –en honor al plusmarquista mundial de 3.000 metros, prematuramente retirado– acude a la memoria del público. Hay quien le da, de nuevo, por oficialmente acabado. ¿No es irónico que se haya enterrado tantas veces a un hombre de 21 años?

Su primer maratón

Pero el supuesto difunto continúa entrenándose. Acumula dos sesiones largas de 40 kilómetros en progresión y una batería de 3 x 3.000 metros a 8:30 con recuperación al trote, que le dan la confianza necesaria para afrontar su debut en Fukuoka, que tiene lugar el 2 de diciembre. “Mi entrenador me ha dicho que sea paciente en los primeros 30 kilómetros –explica a los periodistas, con su habitual sinceridad– y que después ataque, igual que en los rodajes en progresión”.

Dicho y hecho. Con el tanzano Fabiano Joseph como liebre, transita por la media en 1h03:31, junto al peligroso etíope Deriba Merga y al japonés Atsushi Sato. La prueba decide la selección de maratón de Japón en los Juegos de Pekín, y es retransmitida en directo por la televisión nipona. A los 32 kilómetros, Wanjiru comienza a moverse con extraños cambios de ritmo que, sin embargo, no descuelgan a nadie: tan pronto hace quinientos metros rápidos, como se para. Lo mismo hay miles a 2:55 que a 3:11. Da la sensación de que está desgastándose inútilmente, como esos ciclistas que atacan en un puerto para lucir ante las cámaras pero, en realidad, no pueden escaparse. Del 36 al 37, sin embargo, aprieta un poco más y marca un parcial de 2:52 que descuelga al japonés. Entre el 40 y el 41, un último cambio (2:50) doblega la resistencia del etíope. Samuel se presenta vencedor con 2h06.39, nuevo récord de la prueba, y tercer mejor debut de la historia de los 42,195 kilómetros, tras el de Evans Rutto (2h05.50 en 2003) y Haile Gebreselassie (2h06.35 en 2002).

¿Y ahora, qué?

“Ahora, más”, ha dicho su entrenador. Su siguiente carrera podría el maratón de Londres, aunque no está confirmado, ya que Morishita no es partidario de que haga ningún otro maratón antes de Pekín, si finalmente –y como sugiere la lógica ilógica de los seleccionadores– es elegido para representar a Kenia en los Juegos de 2008.

Nada mejor que las palabras del propio Morishita para concluir: “Samuel tiene 21 años y ganas de competir. Pero todos en la vida libramos un debate entre lo fácil y lo correcto, entre lo fugaz y lo duradero. Para convertirse en un gran maratonista hay que ser cerebral, sereno, impasible. Ni siquiera me atrevo a decir la marca que Samuel, en mi opinión, está capacitado para hacer. Nada de euforia, nada de entusiasmo. Lo único que me importa es que aprenda y cuide su carrera para que sea larga y brillante. Si no gana en Pekín, puede que lo haga en los Juegos de Londres o incluso más tarde. Depende de él y de su capacidad para mantener su disciplina de entrenamiento, descanso y dosificación de competiciones. Tengamos calma. Todavía hay tiempo, mucho tiempo por delante. Si en su próximo maratón batiera el récord del mundo, le regañaría por anticiparse, créanme…”.  Le creemos.

Juan Manuel Botella  

Atletismo Español, enero de 2008

 

NOTA: En agosto de 2008, Wanjiru, que sí fue seleccionado por su país, se convertió en el primer keniano que se proclamaba campeón olímpico de maratón. Poco antes de este oro se marchó de Japón desentendiéndose de una importante deuda con Hacienda, y dejó de seguir los consejos de su entrenador, Koichi Morishita. Su vida se volvió poco a poco un desastre, aunque aún le dio tiempo a ganar en Londres (2h05:10 en 2009 marcando por los 5 kilómetros el paso más rápido de la historia, 14:08) y dos veces en Chicago (2009 y 2010) a pesar de que su entrenamiento ya no era idóneo. Tras su detención el 5 de enero de 2011, publiqué lo siguiente en mi Blog de Carnet Corredor (www.carnetcorredor.es):

“Es incómodo convertir la vida propia en un Gran Hermano, en cotilleo público. Incluso quienes lo hacen voluntariamente y cuentan sus chismes en televisión acaban lamentándolo por más dinero que les llueva: ya nadie recuerda dónde están los límites de su intimidad.

A Samuel Kamau Wanjiru, el joven campeón olímpico de maratón, el candidato más firme a batir el récord de Gebre (2h03.59) y, sin duda, uno de los mejores corredores en cualquier distancia larga, se le ha desnudado públicamente. Mejor dicho, sus supuestos actos le han desnudado. Cualquiera puede consultar en Google los líos de su vida.

El keniano fue arrestado y puesto en libertad con cargos la semana pasada por amenazar de muerte con un arma de fuego a su mujer –y madre de sus dos hijos–, Tereza Njeri, y por herir a un guardia de seguridad llamado William Manside. Él, por su parte, niega los hechos. A todo esto su foto, custodiado por un agente, ha corrido por internet como la pólvora, provocando especulaciones sobre una enajenación transitoria.

Wanjiru
The East African

Ahora se conocen más datos y parece que los tiros no van por la psiquiatría, sino por algo más simple: Samuel engañaba a su esposa. Bueno, vale, es su problema. No obstante la pareja, al parecer y para que no termine la fiesta, anda reconciliándose en público gracias a la mediación de su familia. “Llame a Tereza y compruébelo” dijo ayer Wanjiru lacónicamente a James Kariuki, un periodista del Daily Nation que contactó con él para conocer su versión de los hechos. Y el periodista la llamó a la residencia en Kenia de los Wanjiru y, en efecto, allí estaba Tereza en plan conciliador. Pero esta mañana, según una agencia africana, Tereza ha cambiado de idea y ha pedido el divorcio y el 50% de las ganancias totales del atleta, también en público, por supuesto.

Por otra parte, la policía sospecha que el arma supuestamente empleada en el altercado, una AK47, ha sido usada en otros delitos y adquirida ilegalmente por Wanjiru. De por medio, además, existe una caja fuerte registrada a nombre del maratonista de la que se han incautado las autoridades, que no se puede abrir porque Samuel dice que ha perdido las llaves y que, de acuerdo con otras fuentes, sería la clave última de este culebrón, celos aparte. ¿Algo más? Sí. Por añadidura, tenemos en danza una operación inmobiliaria de una empresa del propio atleta, Muthaiga Inmobiliaria, cuajada de denuncias de cabo a rabo. O sea, una trama digna de la más refinada operación policial en Marbella.

¿Saben? Ser una estrella del deporte significa serlo dentro y fuera de la competición. Es el peso de cobrar 200.000 euros de fijo por salir en cualquier maratón del mundo. Hoy ese carisma, que acompañaba en el pasado a campeones como Alberto Juantorena, Sebastian Coe o Emile Zatopek, y les convertía en ídolos de masas y ejemplo para los jóvenes, se ha perdido en alguna parte. Sinceramente, ya no sé qué atleta poner como ejemplo contemporáneo de integridad. No me acaba de gustar Usain Bolt y su rollo de superdotado que se va de fiesta y luego corre en bastante menos de diez segundos gastando bromas. No me gustan los megafondistas metidos a empresarios ni las grandes estrellas que visten de Armani en las galas anuales. Ahora los corredores se parecen demasiado a los futbolistas: van a un concesionario y piden el todoterreno más sensacional; se fotografían con él en un periódico; y luego dan positivo en un control antidopaje y se vuelven huraños, feroces, clandestinos. Todo es demasiado comercial, demasiado rápido, demasiado obvio. Los deportistas están tan ocupados en ser famosos, que no tienen tiempo de ordenar sus propias vidas. Y lo peor: estamos en la era de Gran Hermano. Un campeón ya no puede ni estornudar sin que nos enteremos.

En fin, Samuel, muchacho, me dirijo a ti retóricamente pero no temas, no quiero soltarte un rollo moralista. No soy quién, y jamás vas a leerme. Además, no voy a pedirte un imposible; ni siquiera los políticos experimentados saben reaccionar en peripecias iguales o peores que la tuya, ¿así que por qué lo habrías de hacer tú? En cualquier caso, si tuviera la suerte de hablar contigo te rogaría que, pase lo que pase, aparques la bilis. Di la verdad al juez, escucha a tu abogado, aléjate de las malas compañías, repara lo que hayas roto o rómpelo de una vez para empezar de cero, en fin, plantea tu vida como te dé la gana pero sin hacer daño a nadie. No permitas que las personas que te admiran en todo el mundo se acaben avergonzando de ti; no dejes que tu don para correr se chamusque en un sainete por entregas. Ésta es tu carrera más difícil y llegas a tiempo de ganarla: se lo debes a los que te rodean, al deporte y también te lo debes a ti mismo”.

Samuel murió cuatro meses más tarde, el 16 de mayo de 2011, con sólo 25 años, cuando cayó de la ventana de su propia casa al escapar de una habitación donde su mujer, Tereza, le había encerrado junto a su amante. ¿Puede concebirse una muerte accidental más estúpida?

Descanse en paz el gran Samuel Wanjiru.

Jeremy Wariner: el ¿rapero? que coleccionaba oros

Ningún cuatrocentista de la historia pareció jamás tan sobrado de fuerzas. Se diría que Jeremy Wariner, Pookie para los amigos, no derrama ni una gota de sudor. Su comportamiento en la pista es tan natural, lo hace todo tan fácil, que recuerda a Jonathan Edwards: un prodigio del atletismo en un cuerpo perfectamente normal. Sin embargo, la impresión es que si las lesiones le respetan, Wariner no se parecerá a Edwards ni a ningún otro; que Wariner solamente se parecerá a Wariner.

Pookie, ese chico con pinta de rapero en las antípodas de un caballero de Oxford, ha sido dos veces doble campeón del Mundo de 400 y 4×400 metros (Helsinki y Osaka), es oro olímpico de 400 y 4×400 (Atenas), y le quedan como poco un par de Juegos por delante. Cuando llegue Londres, en 2012, tendrá 28 años.

La vida de un atleta está llena de incertidumbres y, lógicamente, es incierto si Wariner conseguirá todo lo que parece predestinado a conseguir. Sin embargo, su a priori es ancho como el horizonte. Está en esa etapa dulce del deporte en que todo sale bien; la presión no le atenaza, es más, uno diría que le estimula, incluso. El planeta atletismo estaba pendiente de él en Osaka y no se le encogieron las piernas. En unos Mundiales de baja intensidad, con la sombra de Pekín al acecho, Wariner rindió sin guardarse nada y cumplió con su papel de estrella, compartiendo protagonismo con Tyson Gay, Bernard Lagat y, especialmente, con Allyson Félix, que es algo así como su alter ego femenino, pero a todo color.

Wariner, quizá fue su única culpa, no logró el prometido récord (tras la disputa de los 100 y 200 metros, ya sabíamos que la pista de Osaka no era tan rápida como se decía), si bien a cambio dio espectáculo y paró el reloj en una marca excitante (43.45 vs 43.18 del tope mundial). Demostró, además, que ha llegado al estado físico y mercantil que sueña cualquier mánager: su presencia vende tanto como sus resultados. Y hay motivos: es un campeón elegante y esbelto en un mundo de sprinters que parecen culturistas. Posee un tobillo prodigioso, una zancada propia del mediofondo, y en el corto espacio de 400 metros, imparte un magisterio de armonía y precisión.

Jeremy Wariner
USA Today

Un clon (blanco) de Michael Johnson

Las equiparaciones con Michael Johnson son moneda común, aunque su complexión y su estilo sea diferente. Les une, sin embargo, el hecho de que ambos estudiaron en la Universidad de Baylor, el llamado Hogar de los Campeones Olímpicos. El propio Michael es su agente, y guía sus pasos el mismo entrenador, Clyde Hart. De momento, Jeremy ha bajado 35 veces de 45 segundos, la mitad aproximadamente de las 66 que registró el plusmarquista mundial. Por añadidura –igual que el Expreso de Waco­– aguanta cinco meses en forma, de abril a agosto, sin pasarse de rosca. El año pasado, en septiembre, aún corría (y ganaba) en 44.02.

Jeremy (31.01.1984, Irving, Texas) fue rescatado a tiempo del fútbol americano. A los 17 años ya daba una vuelta a la pista en menos de 48 segundos. En 2002 acreditó 46.10 y se clasificó cuarto en los campeonatos junior de su país. A la temporada siguiente derrotó a todos sus compatriotas menores de 20 años con 45.13. Iba a más. Pero estas magníficas prestaciones no significan mucho en Estados Unidos, donde cada ejercicio aparecen y desaparecen velocistas por debajo de 45 segundos que nunca acudirán a unos Juegos o a unos Mundiales.

El caso de Pookie era diferente porque tenía margen de mejora. Al parecer, pese a sus notables marcas en competición, realizaba entrenamientos decepcionantes. Clyde Hart cita un interval de 9 x 200 metros a 27 segundos recuperando 3 minutos, algo ridículo para un junior de su nivel. A menudo –eso dice su preparador– tenía que gritarle para que no se acomodara con ritmos fáciles en la pista. Correr a solas o con atletas de inferior nivel empeoraba el rendimiento de Wariner.

Pero en invierno de 2004, su grupo tejano ya era el más rápido del mundo en la vuelta a la pista, y comprendía a Sanya Richards y a varios velocistas de menos de 45 segundos en 400 metros como Darold Williamson. Es justo entonces cuando Michael Johnson declara en la prensa deportiva americana que Jeremy es su sucesor, provocando la perplejidad de quienes apuestan por Kerron Klement, el propio Williamson, e incluso otras dos docenas de corredores de su generación mucho más sólidos en aquel tiempo.

Paso a paso, sin agobiarse por la profecía, Wariner hace una buena temporada indoor, y en los albores de la temporada al aire libre, en la mismísima ciudad de Waco, a pocas manzanas de la imponente casa de Michael Johnson, baja por primera vez 45 segundos: 44.80. Días después, en Austin, da nuevas pistas de su progresión en los campeonatos universitarios. Allí vence con 44.71. Además, su actuación resulta decisiva en los relevos 4×400 con la camiseta verde de Baylor. Wariner corre su posta en 43.9, remontando de la séptima a la primera posición.

El espectáculo de los Trials

La señal definitiva llega en julio, durante los Trials de Sacramento, donde Pookie acredita la entonces mejor marca mundial de 2004, 44.37. Aquella victoria a lo grande le otorga el pasaporte a los Juegos Olímpicos de Atenas.

Desde los Trials hasta la Olimpiada, el entorno de Wariner, que ya comienza a ser multitud, le hace desaparecer prácticamente de la escena internacional, y lleva sus entrenamientos entre algodones. Se rumorea que fue tal la fiereza de aquellas sesiones, que llegó a realizar un test de 500 metros en 58.5 segundos. Nada que ver con su pereza de otros tiempos. Si seguimos la leyenda, dicho test habría sido mejorado el pasado mes de julio, motivando esas declaraciones antes de competir en Londres y Estocolmo, en las que Wariner afirmó que iba a correr en “43 y algo”.

Los Juegos Olímpicos y su puesta de largo internacional

Aunque ya era relativamente famoso en Estados Unidos, los vigésimo cuartos Juegos de la Era Moderna son para casi todo el mundo la presentación, la puesta de largo internacional de Jeremy Wariner. Puede decirse que desde el mismo momento en que aquel muchacho enjuto acomodó –primera serie eliminatoria– sus largas piernas en los tacos, la aldea global del atletismo memorizó su nombre.

Se impuso en la final con la mejor marca que un blanco jamás había registrado hasta entonces: 44.00. Además, dio una sensación de facilidad inaudita, dejándose tal vez alguna centésima en el tintero por levantar los brazos. También ganó una segunda medalla de oro con el equipo de Estados Unidos en relevos 4×400 metros (tercera posta). El equipo lo integraban Otis Harris, Derrick Brew y Darold Williamson.

Mundiales de Helsinki

Siempre hay tropiezos, sin embargo, en el camino de los mejores. En 2005 emergió una pujante generación de cuatrocentistas blancos. Desde tiempos de Víctor Markin, el campeón olímpico en los mutilados Juegos de Moscú (1980), o de Thomas Schoënlebe, el dopado campeón Mundial en Roma (1987), la raza negra disfrutaba de una incuestionable superioridad en la vuelta a la pista. Pero ahora ya no sólo era Wariner. Estaba el americano Andrew Rock, que luego sería segundo en Helsinki con 44.37; y el británico Timothy Benjamín, heredero de Roger Black, que precisamente derrotó en Londres a Wariner (44.75 por 44.86) dos semanas antes del Mundial de Helsinki. Se trata de la única vez que Pookie ha perdido una carrera bajando de 45 segundos. ¿Se apagaba su estrella? ¿Otro Quince Watts, otro Steven Lewis echado a perder?

Pues no. En la capital de Finlandia, Wariner compareció en plenitud, y afinó en las pruebas de calificación. Fue una réplica mejorada de sí mismo en Atenas. Pese a disputar las series y semifinales bajo la lluvia, y la final con menos de 23 grados de temperatura ambiente, descendió por primera vez en su vida de 44 segundos (43.93) y se proclamó campeón mundial con mayor margen, incluso, que en los Juegos. Tres días después conquistó el oro en los relevos 4×400 metros, haciendo la última posta y acompañado por Andrew Rock, Derrick Brew y Darold Williamson.

El año 2005 lo remata lesionándose en Montecarlo. Tenía una contractura en el bíceps femoral de la pierna izquierda, y se paró en los metros finales. Concluyó último con 46.37. Ganó Tyree Washington, y es la última derrota en 400 metros de Wariner hasta el día de hoy.

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Daily News

La transición de 2006

El año 2006, sin Mundiales ni Olimpiadas, es una temporada para hacer caja y mejorar cronos. El 11 de febrero un equipo formado por Kerron Clement, Wallace Spearmon, Darold Williamson y el propio Wariner batió en Fayetteville (Arkansas) el récord mundial indoor de relevos 4x400m con 3:01.96.

En mayo, y con 1,2 metros por segundo de viento a favor, Wariner realiza en Carson su mejor crono en 200 metros: 20.19. Algunos puristas dicen que estos números no son de cuatrocentista rápido, pero a su nivel, probablemente, la velocidad por abajo ya no da dolores de cabeza. Lo normal es que muchos hombres que han descendido de 44 segundos en 400 metros no corran, aunque puedan, en menos de 20 los 200, tal vez porque no se prodigan en la distancia inferior o porque maldita la falta que les hace. Michael Johnson y LaShawn Merritt son, en este sentido, la excepción. El caso es que Harry Butch Reynolds (43.29, suspendido por dopaje y posteriormente recalificado), Quincy Watts (43.50) o Steven Lewis (43.86), jamás bajaron de 20.40, aunque sin duda es Danny Everett el que tiene marcas más compensadas (20.08, 43.81), y el único que recuerda la fluidez en carrera de Wariner. Tampoco a él se le descomponía la figura al competir.

Pero volvamos con Wariner y el año 2006. El 14 de julio, en Roma, se impuso en la Golden Gala con un tiempo de 43.62 segundos, nuevo récord personal. Además, en septiembre ganó en Berlín su sexta prueba consecutiva de la Golden League, compartiendo el premio con Asafa Powell y su compañera de entrenamientos Sanya Richards.

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Una temporada perfecta

En 2007, Wariner ha competido sin descanso desde abril (como siempre), y ha participado en multitud de carreras de 200 metros, la mayoría en condiciones climáticas adversas. En ninguna ha bajado de 20.35 ni ha dado la sensación de tomarse el asunto con gran interés.

En cuanto a los 400 metros, sus primeras grandes marcas del año se cronometraron en el propio Estadio Nagai de Osaka (44.02 en mayo) y, por supuesto, en Estocolmo (43.50 en agosto), donde empequeñeció a Kerron Klement, plusmarquista mundial en pista cubierta.

Justo entonces, realizó un entrenamiento que anticipaba grandes cosas y no le importó airear: 2×350 metros a 41 y 40 segundos, con cinco minutos de recuperación. Llegaba en forma a su gran objetivo del año, Osaka.

Se puso en marcha a las 10.17 de la mañana del martes 28 de agosto, siete horas menos en España, en una serie de calificación donde su rival más cualificado era Avard Moncur, aquel bahanameño que fue campeón mundial en Edmonton-01. El gigante Moncur (1,96 de estatura), lejos de su esplendor pero aún en una forma muy digna, pareció un hobbit en comparación con el norteamericano. Pookie ganó con 45.10 y en la recta final pisó el freno tan pronto, tan bruscamente, que un centímetro después de pasar la línea de meta, ya estaba parado. La llanta de sus zapatillas aún debe de estar marcada en el sintético del estadio Nagai.

En la semifinal, disputada al día siguiente, Wariner partió por la calle siete y desembocó primero en el 300 (31.8), dejándose ir y sonriendo como si estuviera de romería. Hizo 44.34 segundos, vamos, para partirse de risa.

Y en éstas llegó a la gran final. Recaía sobre él la responsabilidad de firmar algún récord en unos campeonatos huérfanos de plusmarcas. No rehuyó su protagonismo. Gerardo Cebrián, el jefe de prensa de la Federación Española, abandonó su puesto en cabina y bajó a ras de pista sólo para ver correr a la estrella; la cual salió como un obús por la calle seis, y al ponerse a la altura del francés Leslie Djhone, se contuvo. Al paso por los 200 metros, y hasta el 300 (31.4), LaShawn Merritt estaba muy cerca, pero en los últimos 80 metros se atascó, y Pookie, crispado también pero sin llegar a atascarse, hizo 43.45. Tal vez el viento que se levantó en los prolegómenos de la carrera empeoró algunas centésimas su crono final.

En el relevo 4×400 estuvo mal acompañado y careció de rivales. Jeremy hizo su trabajo con una posta en 43.1, pero el esfuerzo del enrabietado Merritt no fue suficiente apoyo, y ni Angelo Taylor ni Darold Williamson rindieron con ese plus que se necesita para batir un récord del mundo.

Hablar del futuro en atletismo –y en tantas otras cosas– es un ejercicio de adivinación imposible. Puede que Jeremy Wariner no consiga nunca el récord, y logre sin embargo una ristra de medallas sin igual. O tal vez lo bata en las reuniones de otoño, y deje anticuadas estas líneas. Incluso puede tomárselo con calma, y desbancar a Michael Johnson en algún momento de las próximas cuatro o cinco temporadas. Con Pookie la imaginación es libre. Dile una ciudad, y te dirá un triunfo. Lleva seis temporadas consecutivas mejorando sus prestaciones y cada vez que corre, cada vez que se destaca en la recta final, los aficionados elevan una pregunta y un ruego. La pregunta es dónde está su límite; el ruego, que tarde aún muchos años en encontrarlo.

Juan Manuel Botella 

Atletismo Español, septiembre de 2007

 

NOTA: En 2008 Wariner cambió de entrenador, una polémica decisión que tomó, según diversas fuentes, por motivos económicos. Desde ese momento, sufrió una regresión que le llevó a correr los 400 metros varios segundos por encima de sus mejores tiempos, e incluso a perder medallas y títulos que parecían a su alcance. Para cuando quiso arreglarlo y volver con su técnico, era demasiado tarde. Él lo achacó a lesiones y a problemas de concentración. Fuera lo que fuese, no volvió nunca más por sus fueros y las líneas que escribí en 2007, soñando sin decirlo con los 42 segundos, son una especie de nostálgico patinazo. Ahí queda negro sobre blanco, para siempre.