El aniversario del rĆ©cord de Toni Lastra

                                           

Toni Lastra (Antonio de la Lastra Liern) dignificó la figura del atleta popular. Su leyenda como maratoniano y filósofo se inicia entre finales de los setenta y principios de los ochenta, un enclave temporal iniciÔtico, generador de consecuencias tan impredecibles como Star Wars, la música de Vangelis o la Sociedad Deportiva Correcaminos.

Transcurridos once años de su muerte, Toni gana todavía la batalla mÔs difícil: basta con invocarle para poner de acuerdo a todo el mundo. Es algo así como un bÔlsamo, como el Cid Campeador del running. Hay magnetismo eterno en su figura. Si le conociste y eres corredor, vuelves a él una y otra vez. Fue líder de una generación de Correcaminos que construyó la base de la carrera a pie en Valencia. Y, cuidado; decir Valencia y carreras en la misma frase es mucho decir hoy, aunque menos que mañana.

Nuestro hombre escribió y habló de cosas que no se habĆ­an oĆ­do en EspaƱa. Le dijo al cuarentón sedentario que no estaba loco por ventilar sus demonios haciendo lo que, entonces, se llamaba jogging y despuĆ©s footing. Le explicó que corriendo se podĆ­a dar una especie de sentido a la vida. Nadie como Ć©l captó y expresó esa mentalidad de la mujer o el hombre que, siendo cónyuge, oficinista, soƱador –lo que sea– hipoteca su tiempo en un reto personal que sólo entiende el autor. Sacudió la conciencia del atleta gris que se convierte en hĆ©roe domĆ©stico, en titĆ”n de sĆ­ mismo, peleando contra su fatiga, derrotado casi siempre, pero regresado de cada entrenamiento o competición un poco mĆ”s feliz, un poco mejor que al empezar.

Los homenajes contemporƔneos a su figura

A Toni, aquel corredor bajito con voz apta para el doblaje y estilo literario profundo, se le sigue honrando por muchas vĆ­as.

En torno a su cumpleaños (29 de febrero, una fecha Guadiana que viene y va cada ciclo olímpico), le conmemoran con cariño auténtico varios socios veteranos de Correcaminos. Lo hacen de una forma que a él le hubiera gustado: con un almuerzo que recuerda a aquellos que se tomaba en El Saler, tras un rodaje matinal de muchos kilómetros por la Devesa, sufriendo en las dunas y acelerando entre los pinos del parque natural.

También se acuerdan de Toni otros clubes donde estuvo emocionalmente vinculado, como el Correliana. Por cierto, en La Eliana, donde estaba su hogar y falleció rodeado de amigos en 2015, tiene una fuente con su nombre junto al apeadero de Entrepins. Pasar unos minutos allí en soledad, entre tren y tren, te transporta en el tiempo y te acerca, sin aspavientos ni emoticonos, a esa espiritualidad que Lastra veía en las cosas del correr.

No terminan aquí los recuerdos. Correcaminos, organizador del Maratón de Valencia y patrocinador del Gran Premio Internacional de pista cubierta, otorga cada año, desde 2016, el Memorial Toni Lastra, un premio al corredor nacional o internacional mÔs rÔpido en los 3.000 metros. Los ganadores suelen ser atletas a los que luego puedes ver luchando en finales del Campeonato Europeo o Mundial de turno.

MƔs hitos y conmemoraciones

En 2023, el periodista Xavi Blasco dirigió un magnífico documental sobre la vida de Toni, impulsado también por Correcaminos, titulado El Hombre que quería ser Michael Andrópolis. Si uno se fija bien, es imposible saber si el tal Andrópolis, protagonista de la película Running, inspiró a Lastra en 1979 para ser corredor, como él sostenía, o si fue Lastra quien realmente inmortalizó el personaje y encarnó la esencia de un telefilm descatalogado y, si no fuera por el expresidente, condenado al olvido.

Y, mÔs homenajes. A propuesta de su querido club Correcaminos, igualmente, el Ayuntamiento de Valencia le ha otorgado una plaza con su nombre: Plaza de Toni Lastra, Maratoniano, en la barriada de Monteolivete, muy cerca de la salida del Maratón de Valencia.

No muy lejos de esa zona, a menos de 15 minutos corriendo, el propio Toni, hacia 1984, emergió una noche de niebla en el barrio portuario de Nazaret, se subió a una fuente, y gritó a sus compañeros de entrenamiento:

–”He tenido una relevación! –un puƱado de tipos en pantalón corto, unos bebiendo su trago de agua correspondiente, otros a punto de hacerlo, quedaron en pausa ante la solemnidad mesiĆ”nica de Toni–. Ā”Escuchadme bien! Si tu pareja o tu trabajo no te dejan correr…

Y se calló, para dar mÔs emoción al momento.

–¿QuĆ© hacemos, maestro? –se oyó una voz verdaderamente ansiosa.

–Si tu pareja o tu trabajo no te dejan correr… Ā”deja a tu pareja y deja el trabajo! –exageró Toni.

Pero, en aquel momento, a todos les pareció apropiado.

El verdadero rƩcord de Toni Lastra

Hay otro aniversario menos conocido, casi íntimo, que al líder de Correcaminos le hubiera asombrado y enorgullecido que se recordase: el de su plusmarca personal en maratón. Que se desvele una faceta mÔs de Toni. No era un santo con zapatillas, ni un ermitaño que corría sin ambiciones. A su nivel, resultaba un competidor fiero, sobre todo consigo mismo. Por algo su familia, antes que presidente, organizador o filósofo, sugirió que, en la placa de su calle, junto al nombre de Toni Lastra, no figurase otro oficio que el suyo de su corazón: maratoniano.

Y se han cumplido 40 años, exactamente el 21 de abril, del día que Lastra firmó su carrera mÔs veloz en la distancia de Filípides, su Everest de 42,195 kilómetros. Holló la cumbre en el Maratón de Londres de 1985.

Por cierto, es tentador hablar también del ganador de aquella carrera, el galés Steve Jones, un tipo ya totalmente desconocido para el público actual (”a Toni Lastra se le recuerda mÔs que a Steve Jones!), pero corredor de largo aliento con voluntad de hierro, sufridor como ninguno, que venció nada menos que en el Maratón de Chicago (dos veces), Nueva York y Londres.

Era un fin de semana mÔgico. ¿Había algo que no fuera mÔgico en los ochenta, cuando has sido joven en esa época, y echas la vista atrÔs? El día anterior, en Rotterdam, el veterano portugués Carlos Lopes, en su última cabalgada triunfal, había triturado el récord del mundo del propio Jones (2h08:04) al correr en 2h07:12.

A la maƱana siguiente –de sol radiante, fresca–, en plena digestión de la plusmarca, Jones se juramentó para recuperarla, ni mĆ”s ni menos, que en la capital del Imperio BritĆ”nico.

Pero tambiƩn allƭ, en la salida de Greenwich Park, estaba nuestro Toni Lastra rodeado de miles de participantes.

Toni ya habĆ­a corrido un par de veces en Londres. En 1983 logró 2h57:13. En 1984 mejoró hasta 2h49:40. Hacia 1985, se hallaba en la cĆŗspide de su forma. TenĆ­a 49 aƱos de atleta muy tardĆ­o. Su afición se habĆ­a despertado en la madurez, tenĆ­a aĆŗn margen de mejora. Desde febrero, una vez concluida la organización el Maratón de Valencia, se dedicó en cuerpo y alma a entrenar. OĆ­a los cascos de la edad galopando a sus espaldas, anunciando el otoƱo de su rendimiento fĆ­sico. TenĆ­a que darse prisa. De esa Ć©poca procede su mejor sesión de series de mil, con varias por debajo de 3:25, acabando la Ćŗltima –con algĆŗn compaƱero pugnarĆ­a– en menos de 3:00. Menuda pĆ”jara agarró el expresidente de Correcaminos. Es probable que, en otro universo paralelo, un Toni iniciado en el atletismo en su juventud y no a los cuarenta, hubiese alcanzado marcas por debajo de 2h30:00 en maratón.

Madrugadores y rezagados

En el Maratón de Londres de 1985 no había boxes tal y como los conocemos hoy, pero sí se separaba a la élite del resto de los mortales. Y había mortales, ciertamente, que madrugaban mucho para colocarse en la salida. Esto perjudicaba al futuro presidente de Correcaminos, como ya sabía por experiencias vividas en la ciudad del TÔmesis. Ir a velocidad de 4 minutos por kilómetro, como quería él, no te garantizaba un sitio mejor.

Por eso tomó precauciones.

Cogió con tiempo de sobra el metro de la Jubilee Line de Greenwich, igual que cada edición, abarrotado de participantes. Al bajar, anduvo casi dos kilómetros hasta la zona de partida y, una vez allí, intentó ponerse lo mÔs adelante posible. Sin embargo, descubrió que, esta vez, había algo distinto. La carrera de Londres estaba creciendo a pasos agigantados, y se notaba la presencia de muchísima mÔs gente que en 1983 y 1984. Numerosos atletas se le habían adelantado. Era la versión maratoniana de aquellos que hacen cola en la apertura de las rebajas o a la puerta de un codiciado concierto.

Tan concurrida estaba la cosa, que le tocó salir relativamente atrĆ”s, en un sĆ”lvese quien pueda entre atletas de muy diferentes velocidades. Resignación y concentración –pensarĆ­a–, es una carrera muy larga; llegar entero al kilómetro 30 es mĆ”s importante que la partida. Era un hombre prĆ”ctico.

No es difícil imaginarle. Lucía la equipación aurinegra, calzado con sus Nike Vendetta, resoplando sobre los puños cerrados, moviéndose ligeramente para no coger frío. Ahí estaba, marinero enrolado en su mÔs desafiante travesía, desbocado su corazón de runner. Calibrando el reto de correr como nunca, pero pensando también en amigos que no le pudieron acompañar, como Paco Gómez Trénor, que ya estaba enfermo y moriría meses mÔs tarde, y a quien dedicó una desgarradora carta de despedida que aún se puede leer en un cuadro que cuelga en las paredes de Correcaminos.

Un inicio accidentado

Llegó el disparo. El lapso real entre el tiro y el momento en que Toni atravesó la pancarta de salida de Mars, prominente patrocinador de la época, fue de menos de un minuto. No resultaba una pérdida dramÔtica. Sin embargo, había demasiada gente, y tardó en coger su ritmo de crucero, que era mÔs o menos de 3:58 por kilómetro. No lo consiguió hasta que se estiró el pelotón y, para mayor incordio, vio en su reloj Casio que no pasaba los tres primeros kilómetros ligeramente por debajo de 12 minutos, sino por encima de 13. ¿Había perdido noventa, ciento veinte segundos por culpa de la congestionada salida?

Muy por delante, Steve Jones y Charles Spedding, otro britĆ”nico medallista olĆ­mpico, muy buen competidor ochentero, se separaron hacia mitad de carrera del resto de perseguidores. Iban en pos del rĆ©cord mundial, en el rango 3:00–3:02 por kilómetro. La BBC retransmitĆ­a el evento con un admirable despliegue de medios, teniendo en cuenta la Ć©poca.

De pronto, tras un plano Ôereo a la altura de la Torre de Londres, las cÔmaras pillaron a Jones súbitamente retrasado, como regresando de un jardín. El locutor, David Coleman, lo atribuyó a un calambre en el gemelo, y el exatleta y comentarista técnico David Bedford le dio rÔpidamente la razón. Era una hipótesis razonable y, por desgracia, se escapaban las opciones de récord. Pero, en realidad, fue que el bueno de Steve Jones se paró a cagar. De ahí que, cuando remontó y superó a Spedding, a los narradores les resultara extraña la milagrosa recuperación de Jones; quien, pese a sus problemas intestinales, venció con un gran crono, para entonces, de 2h08:16.

–¿Han visto eso? –se admiraron– Ā”Ha superado los calambres!

Años después sabemos la verdad: Jones lo contó en una entrevista.

Por su parte, la favorita femenina, una noruega voladora llamada Ingrid Kristiansen, destrozó su propio récord mundial con 2h21:06, sin liebres propias, con muchos problemas en los avituallamientos y, pese a la irrupción en carrera de numerosos espontÔneos, incluido un voluntario de la zona de meta que la animaba de manera tan gentil como estúpida. Quedó retratado para siempre en la foto de llegada.

La recta final de Toni

Por detrÔs el día se fue estropeando. Las nubes ocultaron el sol, apareció una fina lluvia y empezó a soplar viento de cara en la recta de meta. La primavera londinense, elementary, my dear Watson, se empezó a parecerse al crudo invierno español. Los participantes iban llegando poco a poco, azotados por el aire en contra.

Lastra va recuperĆ”ndose del retraso inicial, y ha pasado oficialmente el medio maratón en 1h24:03. Peor de lo que querĆ­a. No obstante, estĆ” corriendo algunos segundos por debajo. Ɖl lo sabe, pero no puede dar la cifra exacta, porque, como buen atleta ochentero, ha pulsado el reloj nada mĆ”s oĆ­r el tiro de salida. Sin embargo, las sensaciones no le engaƱan. Va bien, pese a los contratiempos. Es su carrera, estĆ” llegando al lĆ­mite fĆ­sico y energĆ©tico de su pequeƱa figura, enfocando cada gramo de energĆ­a en llegar a meta.

Y sufre, pero derrota a su sufrimiento, como en todos los grandes momentos del ser humano. Termina en 2h48:34.

No hay imagen bajo el arco de meta de uno de los momentos mƔs felices de la vida deportiva de Toni. Tampoco se le ha encontrado en ninguna foto del recorrido, ni se tomaban tiempos netos o existe otra referencia que la oficial.

En cambio, sƭ podemos reconstruir aproximadamente el pasado a partir de pequeƱos fragmentos. Echando un cƔlculo aproximado, si descontamos una pƩrdida inicial entre 1 y 2 minutos, la marca neta de Toni fue de 2h47 poco, 2h46 mucho. Cierto, lo que se dice cierto, no lo sabƭa ni Ʃl. Que el misterio convierta la exactitud en vaporosa leyenda.

Y que la leyenda custodie su gran tesoro, casi 41 aƱos despuĆ©s. Esa personal best inconcreta, pero apta para la posteridad. A Toni, sin duda, le hubiera gustado ir mĆ”s deprisa. Pero los corredores de pura raza como Ć©l se conforman. Son las criaturas que mejor entienden la relación entre espacio y tiempo. Tienen mente cuĆ”ntica y terminan aceptando las leyes de la fĆ­sica. A tal distancia, tantas horas, minutos o segundos. No mĆ”s hay tutĆ­a. Lastra –cuanto mĆ”s viejo, mĆ”s sabio– acabó por apreciar aquella carrera de Londres-1985 como su mĆ”s entonada singladura por el cosmos.

Sumemos a los homenajes, por tanto, el recuerdo de aquella mañana de 1985 en Greenwich Park. El día que Lastra se superó a sí mismo y nos explicó una vez mÔs, desnudo de Instagram o Strava, que correr es hermoso. Que un maratón es la imagen de tu propia vida. Que toda carrera te enfrenta sólo a ti. Y admirémonos de la grandeza de Toni: un hombre capaz conseguir en Londres, en Valencia, en La Eliana, no importa dónde ni cuÔndo, que cada remota batalla, sólo por ser suya, siga resonando en la eternidad.

Juan Manuel Botella

Fotos archivo familia Lastra, SDC y BBC

Vicente Añó y su marcha silenciosa

Foto UV

Vicente Añó ha estado en el atletismo desde que tengo uso de razón en este deporte. MÔs de 40 años. QuizÔ no se veía, porque pasaba inadvertido y brillaban otros. Pero en muchas cosas que en este deporte han pasado, y en otras que no han pasado, andaba él tratando de poner juicio y paz. Su sereno adiós, tras muchos años de servicio, me deja huérfano, un poco nostÔlgico.

Durante su primera etapa como presidente de la Federación de Atletismo de la Comunidad Valenciana (FACV), de 1986 a 1993, maduró una generación de personas que luego han sido decisivas no sólo como atletas, sino mÔs allÔ, en forma de técnicos, directivos y organizadores.

En su segunda y Ćŗltima etapa territorial (2015–2024), pacificó el estridente atletismo valenciano de principios de siglo (ĀæquiĆ©n no recuerda, como epifenómeno, el Foro de elatleta.com?), y actualizó el modelo federativo, que parecĆ­a atrapado en un bucle. Finalmente, este lunes, ha cedido el despacho de PĆ©rez Galdós, 25 a la alicantina MarĆ­a JosĆ© Orugo. Añó ha hecho tan poco ruido al cerrar la puerta de la FACV que, hasta sus detractores –alguno tendrÔ–, deben de estar rabiando por la austeridad de su marcha. 

Pionero en el look de Profesor Bacterio (de hecho, ha sido profesor y catedrÔtico de Ciencias de la Actividad Física), Vicente estaba siempre ahí, convertido en baluarte de la sensatez y la practicidad. Era fontanero, muñidor, estratega y, aunque son virtudes poco apreciadas por el gran público, hacía falta alguien con su perfil para encajar las complejas relaciones entre clubes, técnicos, federaciones, jueces, instituciones, patrocinadores y deportistas. Nadie ha negociado en el atletismo como él. Ninguno ha afrontado los problemas, por incómodos que fueran, con tanta lucidez.

Y cuando no había margen para negociar, supo inmolarse por un bien mayor, como en las elecciones RFEA de 2012 frente a José María Odriozola, un pata negra del atletismo, mÔs enamorado de las pistas que ningún aficionado que yo haya conocido en España; pero que empeoró como presidente por la confianza depositada en aliadas como Marta Domínguez. La derrota electoral de Vicente, sin embargo, ayudó a reflexionar a Odriozola, que se quitó presión y competencias, y rescató la figura del seleccionador nacional, en aquel momento Ramón Cid, hoy Pepe Peiró, que perdura en la presidencia de Raúl Chapado.

Añó anduvo siempre entre la RFEA y la FACV, pero también fue responsable ejecutivo de eventos como, entre otros, el Europeo Indoor de Valencia (1998), los Mundiales Indoor (1991) y outdoor (1999) de Sevilla o de los Juegos MediterrÔneos de Almería (2005). Su ausencia en el Mundial indoor de Valencia (2008) no fue por motivos profesionales, sino políticos. Creo, es una impresión visual, que le contrarió, evidentemente, en aquel momento; pero dudo que le quede el menor síntoma de frustración.

Hoy Vicente se va sin rencores, y todos los estamentos del atletismo tienen un modelo en su conducta. JamĆ”s se ha visto otro interĆ©s en Ć©l que mejorar las cosas en su deporte favorito. QuizĆ” se haya equivocado en algunas decisiones –a ver quiĆ©n es el guapo que no–, pero siempre de buena fe.

La prueba de que es un miembro muy valioso de la familia del atletismo es que, tras asumir durante 40 años docenas de responsabilidades endiabladas que otros hubieran malogrado por corrupción o incompetencia, intento hallar algo oscuro en su trayectoria, para que esto no parezca una apología de Vicente Añó, y fracaso. En realidad, sólo hay una cosa que mi alma miserable le reprocha: su marca personal en 800 metros, que data de 1971, es mÔs rÔpida y meritoria que la mía, que hice en 1991.

Y me duele, pero sƩ que pierdo con alguien mejor que yo.

Gracias por todo, Vicente.

 Juan Manuel Botella

Clint Eastwood, el atardecer sereno

El camarero mexicano miró a todas partes y bajó la voz. Quería intrigarnos, sabía hacerlo. Dijo al fin:

–VenĆ­a a la maƱanita o al atardecer. La gente no le reconocĆ­a. Se disfrazaba con gorra y gafas, parecĆ­a no mĆ”s un güey que viene a tomar. Se sentaba en la mesa del fondo. Pero ya no viene mucho por acĆ”, son 94 aƱos. EstĆ” muy grande.

Parecƭa buen tipo, aquel camarero. Hablaba de la vejez como de una infancia que se expande. Como si cumplir aƱos fuera crecer, acumular vida, ocupar espacio.

–Pero antes de que las estrellas se extingan, se convierten en gigantes rojas –aƱadió, situando un plato generoso de costillas y patatas enfrente de cada uno. En un espaƱol de sonoridad impecable, con ensayados gestos de actor del mĆ©todo, aquel hombre te instruĆ­a lo mismo de cine o de astrofĆ­sica. Pero no habĆ­a que hacerse ilusiones; su show abarcaba todas las mesas.

Carmel, California, verano de 2024. Restaurante Ranch Mission Inn, propiedad de Clint Eastwood. Hora de la cena.

En realidad, los lugareños, veníamos observÔndolo, se animaban en seguida, como el camarero, a contar su propio encuentro de cinco segundos con Brad Pitt, que hace poco adquirió allí una mansión cerca de la playa, o con el antedicho Eastwood. Todo el vecindario parecía comprometido con la causa. Aquello no era el Lago Ness y las apariciones de su célebre monstruo, pero, de algún modo, la estrategia era la misma: cautivar con los avistamientos de un mito.

Yo llevaba casi dos semanas en Estados Unidos, recorriendo en coche la costa Oeste con mi familia. El viaje estÔndar: Los Ángeles, Las Vegas y todo eso. Las imÔgenes icónicas de mi periplo, como la roca de El CapitÔn en el parque natural de Yosemite, se me antojaban una metÔfora pétrea de los viejos actores o escritores que nos acompañan durante nuestras vidas.

Carmel era un antojo mĆ­o.

En Carmel se hallaba la última morada de Eastwood, que llegó a ser alcalde de la villa a finales de los ochenta.

–Todo esto es del seƱor Clint –volvió a la carga, orgulloso, el camarero astrofĆ­sico, encantado de seguir deslumbrando a otra familia de turistas que preguntaba por su patrón. Y seƱaló un prado extenso, sembrado de ovejas Ā”y ciervos!, delimitado por Ć”rboles que amortiguaban la caĆ­da del sol, y ocultaban una playa de aguas frĆ­as que besaba el PacĆ­fico–. Todo, todito suyo –recalcó–. Pero ya se hace caro de ver, su Ćŗltima pareja murió, Āæsabe? Christina, fue, Āæcómo dicen ustedes?, la encargada de este mismo restaurante, mujer tan encantadora y elegante que no pueden imaginar. Nos dejó hace un mes apenas, enfermó del corazón. QuĆ© triste. Al seƱor Clint le vi en persona con ella en junio, en la boda de una de sus hijas, Morgan. FigĆŗrense. Fue su Ćŗltimo evento pĆŗblico. Reunió a sus ocho hijos de seis mujeres diferentes, muchas de ellas vinieron de hecho, con nueras y yernos incluidos. Y mientras todos estaban celebrando, Ć©l se alejó un momento, y vio desde su mesa la caĆ­da del sol. QuĆ© imagen, amigos. Era la colosal estampa de una leyenda. Desde entonces, nada, no asoma la cabeza por acĆ”.

Yo miraba a todas partes, llevaba haciéndolo desde que puse un pie en aquel rancho, como si de pronto fuera a terminar el luto por su pareja, y del interior del local, de madera tratada, con un piano y un fuego siempre encendido en una chimenea de piedra gris, fuera a brotar la figura imponente, pero ahora encorvada y enjuta, de Clint Eastwood para dignarse a contemplar otro crepúsculo con el resto de los mortales.

Sin embargo, aquella noche no apareció el director de Cazador Blanco, Corazón Negro. QuizÔ era verdad que ya le fallaban las fuerzas, que se iba apagando.

Esa sensación de ocaso, de alguna forma, se respiraba en Carmel. Gravitaba una especie de otoƱo anticipado, de nostalgia, de punto final a tantas historias y personajes conocidos por millones de espectadores que la magia del cine, y la inspiración del artista, nos hizo creer autĆ©nticos. Mundos remotos que se dejaban atrĆ”s porque –nunca se sabe– la función estaba llegando a su fin.

Tal vez habƭa llegado tarde para invocar al maestro, para pedirle fotos, para conversar cuatro frases que llevaba cuidadosamente preparadas en un inglƩs chapucero, donde expresaba mi gratitud no solicitada de fanƔtico.

PrƔcticamente, de ese modo se lo dije a mi familia.

–He llegado tarde para hacerme una foto, conversar cuatro frases, expresar mi gratitud –y lo dejĆ© ahĆ­, por todo lo alto, como si a Clint Eastwood pudiera importarle, a estas alturas, el agradecimiento de un perfecto desconocido.

Poco a poco se encendían las estufas en la terraza, porque en Carmel las noches son duras al raso. En el Ranch Mission Inn no había el menor rastro de su dueño. El sol se ocultaba y un puñado de pintores jubilados, la mayoría asiÔticos, que atrapaban los colores del crepúsculo a unos metros de la terraza, recogían sus caballetes, a imagen y semejanza de Luther Whitney en Poder Absoluto; ya saben, aquel astuto ladrón que se disfrazaba y pintaba tan ricamente en lugares públicos, como si por las noches no robara joyas y divisas en las mansiones donde golfeaba Gene Hackman, figurado presidente de los Estados Unidos.

Por si acaso, me fijƩ bien, no fuera alguno de aquellos artistas aficionados el propio Eastwood tomƔndonos el pelo.

Pero tampoco hallƩ ni el mƔs leve sƭntoma del cineasta.

–Pagamos la cuenta y nos vamos –propuse, resignado a mi suerte.

Sin embargo, me dijo mi mujer:

–Me gusta el sitio. Volvamos maƱana a desayunar.

Y a mí me sonó a que se abría otra puerta, a que habría otra oportunidad. Y como mi hija estuvo de acuerdo, yo les tomé la palabra y, aunque no abrí la boca para parecer mÔs despreocupado y adulto, mi cabeza de chorlito se lo agradeció profundamente.

                                                      *  *  *

Antes de Carmel, y sin contar la metÔfora rocosa de El CapitÔn, ya se atisbaba alguna huella de Eastwood. Y no en el Gran Cañón, escenario de muchos míticos westerns, aunque no precisamente obra de nuestro hombre. Me refiero a un rastro urbano y científicamente demostrable.

En Los Ángeles, durante una visita guiada a la Warner Bros, allí donde conviven visitantes domingueros que nos creemos cinéfilos, y gente del cine de verdad que lúcidamente nos huye, me las arreglé para escaparme del rebaño. Sabía que no estaba bien, pero no quería que me contaran lo mismo que cuentan a todos los fulanos que pagan su entrada; ademÔs, en los Estudios quedan muy pocas referencias a mi querida Casablanca, la de Bogart y Bergman, y demasiadas a series que no veo, o al DC, que no acaba de engancharme.

No tardƩ en llegar a la puerta del chaletito que contiene las oficinas de Malpaso, la productora de Eastwood.

Apenas me habĆ­a adentrado en el jardĆ­n, cuando de pronto oĆ­ una voz grave a mi espalda que me hizo dar un respingo.

–Usted no deberĆ­a estar aquĆ­ –era un empleado de la Warner, tambiĆ©n con acento azteca. ĀæAquello era California o Santiago de QuerĆ©taro? TenĆ­a clarĆ­simo que yo era espaƱol, ademĆ”s de intruso.

–Lo siento… –tartamudeĆ©, sonando a un colegial sorprendido con las manos en la masa.

–SĆ­, ya sĆ©, usted no querĆ­a molestar. Pero acĆ” hay gente trabajando, gente que se gana el pan de cada dĆ­a y no quiere que la molesten, ĀæquĆ© no lo vio?

–Me siento un idiota. No tiene disculpa.

–Bueno… al carajo. Ɓndele, ya que llegó, disfrute de su momento –mi interlocutor ya me habĆ­a regaƱado, ya habĆ­a dicho lo que tenĆ­a que decir, y se puso repentinamente a la altura del fan que habitaba en mí–. En Malpaso no hay nadie a estas horas. Ese carrito rojo de golf aparcado de ahĆ­ es del mismĆ­simo Eastwood. Si, Ć©se. No se lo toca nadie por respeto, es triste que Ć©l no venga mucho. Y esta ventana es la de su despacho. AllĆ” en aquella plaza vacĆ­a aparcaba su camioneta, pero hace semanas que no. Recuerdo que ”órale! casi me choco con Ć©l una maƱana de este aƱo. ĀæSabe que renovó la licencia en enero, pese a su edad? Tiene una pelĆ­cula sin estrenar con nosotros –se referĆ­a a Juror 2–. Los jefes no la tenĆ­an clara despuĆ©s de Cry Macho, que no salió chingona, iban no mĆ”s a cortarle el dinero… pero al final financiaron y rodó. Y, mĆ­rele, allĆ” le montaron un almacĆ©n, ahĆ­ se guarda todito lo que sobra de los decorados y del vestuario de sus pelĆ­culas. ĀæY sabe el bar de carretera de Million Dollar Baby, el que se tomaba la tarta con Maggy? Pues tambiĆ©n lo puede hallar de ese otro lado, asómese un momento sin que le vean.

–Le agradezco tanto… yo…

–SĆ­, ya, estĆ” muy agradecido. Pero ahorita apĆŗrese, tome unas fotos, y vuelva con el grupo, mi buen amigo, apĆŗrese que esta zona no es de visita, y no le diga a nadie que me vio, o se enojarĆ”n con usted y conmigo.

PedĆ­ disculpas de nuevo, con la mano en el corazón en agradecimiento por su complicidad, y regresĆ© al redil del grupo. En mi fuero interno, mientras me reƱƭan con razón mi mujer y mi hija, estaba feliz como un adolescente. ā€œMĆ”s lugares que anuncian la presencia de Eastwoodā€, me dije. ā€œEsto significa que quizĆ” cuando estĆ© en Carmel, con un poco de fortunaā€¦ā€.

Debo reconocer que, durante aquella visita a la Warner, tuve una crisis de fe con Clint. Fue, precisamente, al ver la pistola y el sombrero de Sin Perdón que se exponían en una vitrina a la entrada. Fue por asociación de ideas. Comparé la magnitud de su western mÔs premiado con la levedad de sus obras recientes, como la señalada por el trabajador que me había regañado, Cry Macho, ó 15:17 Tren a París.

En particular, dudé de la última película del dueño del exalcalde de Carmel, Juror 2, pospuesta hasta noviembre por estrategias de rendimiento en taquilla, pero también por la huelga de actores de 2023, que destruyó el calendario de rodaje. Había que ser sincero. La irregularidad de sus últimos trabajos no invitaba a ser optimista.

Entonces caĆ­ en una verdad biológica, Clint Eastwood era un hombre en la extrema vejez, que milagrosamente dirigĆ­a filmes. ĀæCómo pedirle que mantuviera el pulso de sus grandes creaciones? De hecho: ĀællegarĆ­a a estrenar Juror 2 en vida, si tanto se la iban retrasando?  

TenĆ­a que apresurarme. La proximidad de la oficina del astro habĆ­a redoblado mis esperanzas de encontrarme cara a cara, aunque fuera por un segundo, con el doble Ɠscar a mejor director. Seguramente, era la Ćŗltima oportunidad. Casi podĆ­a intuir la envidia de mis amigos y enemigos, que algunos tengo de cada, al verme posando en una foto con aquel tipo de rostro universal, cortado correctamente por un hacha; Ć©l, serio como el cazarrecompensas hermĆ©tico de El Bueno, el Feo y el Malo o de La Muerte TenĆ­a un Precio; yo, con cara de gloria infantil, como si compartir un fragmento de espacio-tiempo con aquella celebridad fuera a transmitirme algo de su grandeza.

Sƭ, estaba escrito. Con un poco de suerte, en Carmel me llevarƭa mi trofeo fotogrƔfico de caza.

                                              *  *  *

Y asƭ se vino el dƭa siguiente. MaƱana soleada, como de 62 grados farenhait, que representan 17 celsius de los nuestros.

Carmel es un pequeƱo pueblo residencial de clima suave y noches frescas, donde el mundo se mueve a menos velocidad que en el resto de California. Te puedes jubilar si eres rico o casi rico. Hay villas de estilo clƔsico, una iglesia del siglo XVIII dedicada a San Carlos Borromeo, y resulta imposible encontrar un edificio de mƔs de cuatro alturas.

Mi familia y yo fuimos a desayunar como estaba acordado. Había mucha menos gente que la noche anterior, pero, llamativamente, nos pidieron paciencia para arreglar una mesa en la terraza. Mientras aguardÔbamos, mi mujer y yo admiramos el interior del local, con las paredes forradas de imÔgenes históricas de Carmel en blanco y negro.

Ella andaba haciendo fotos –de hecho, las mejores que acompaƱan este texto, son suyas–, y yo pensativo, preguntĆ”ndome por quĆ© casi todo el mundo desayunaba en la parte cubierta, en vez de estar al aire libre en un dĆ­a de sol, cuando unas voces nos sobresaltaron.

–”SĆ­ que es, sĆ­ que es! –oĆ­mos que, de pronto, afirmaba rotundamente alguien.

No tuve duda. Iba a ocurrir lo que quería que ocurriera. Había llegado el preciso instante del encuentro. Sin embargo, me sorprendió que todo sucediera de forma atropellada, que aquello fuese llegar y besar el santo.

ĀæNo serĆ­a una falsa alarma? Quise ver con mis propios ojos.

Desde dentro no podíamos fisgonear en la terraza, mucho menos la parte que, de manera súbita, magnetizaba a los clientes. Había que desobedecer las órdenes de los empleados o perderíamos la ocasión.

Mi mujer y yo nos miramos en silencio, y nos arrojamos a la terraza sincronizada y rÔpidamente. Ella, con la cÔmara cargada y en posición de ataque, y yo, voraz y acérrimo cual hincha de un equipo de fútbol a punto de saltar al campo.

Pero el camarero de turno también anduvo rÔpido, arrepentido de habernos concedido su confianza, y nos recordó en tono cordial, de alguien que no quiere enfadarse:

–No aĆŗn, por favor. Un momento no mĆ”s, y les preparo su mesa.

Nos detuvimos con cara de seguir adelante.

–Es que… –balbucĆ­.

–Un momento no mĆ”s, les suplico –y ya se interpuso con amable autoridad–. De verdad que lo siento. No podemos permitir mĆ”s gente en la terraza. Son mesas contadas.

Habƭa que asumirlo. Era un hombre cordial pidiƩndome que no me portara como un niƱo. Hasta ahƭ llegaban mis pasos.

Afuera, para aumentar la frustración, intuimos mÔs revuelo.

¿Qué sucedía?

Respetando las indicaciones del camarero, hicimos lo posible por enterarnos.

Desde la ventana se veían pocas sillas ocupadas, pero todas las cabezas se giraban hacia al mismo sitio, hacia la misma posición. Un lugar en el extremo de las mesas que no se podía distinguir desde el exiguo marco de la puerta de acceso.

–No, amigos, tampoco hagan eso –nos reprendieron nuevamente, adivinando nuestras intenciones de asomar, al menos, un objetivo–. CĆ”maras y móviles guardados ahora, por favor. Son las normas.

El camarero echó otro vistazo afuera, dejó pasar dos minutos hasta que se apagó el rumor de la gente y, al fin, nos dejó pasar al cenador.

Miramos a todas partes, ansiosos.

Pero lo que hubiera sucedido, se habĆ­a terminado.

Donde antes había magnetismo, sólo quedaba una mesa vacía. Una ausencia fugaz que se fue por donde vino.

CuÔl sería mi cara de decepción, que una señora mayor me dijo:

–Yo pude sacar una fotografĆ­a de espaldas, a escondidas. Tuve mĆ”s suerte que ustedes. No es muy buena, pero si tiene Bluetooth, se la paso.

Así lo hizo. Aquella abuela exprimía el móvil con la pericia de una adolescente.

Era una foto robada a una persona cuyo rostro no se identifica, de cara al prado. Parecƭa tratarse de un hombre mayor, de hombros anchos, pelo blanco a su aire, despeinado, y vestido con una chaqueta de chƔndal.

Nos interrumpió el camarero que nos regañó, de regreso jovial en su acarreo de clientes:

–Si me acompaƱan, les daremos esa misma mesa de la foto –miró la pantalla encendida de mi móvil, compasivo–. No se permiten imĆ”genes; pero, por esta vez, harĆ© la excepción. Adelante, puede guardar la foto que le envió la seƱora, diga que no me di cuenta. Ahorita los llevo donde estaba el anterior invitado, es la mejor vista.

–Pero, ¿ése era…?

–SeƱor, no se me permite hablar de ciertas cosas.

                                                   *  *  *

Fue un momento confuso, casi mƔgico.

Pero me tomo una licencia poƩtica: pensarƩ que todo fue real.

Que el viejo gruñón, pero sensible de Gran Torino, Walt Kowalski, acompañado por el entrañable y despreocupado Earl Stone, de Mula, y de una versión envejecida de Dirty Harry en la película del mismo nombre, todos juntos a una con sus historias terribles a cuestas, reclamaron aquel día de verano su derecho a desayunar en paz, a salvo de espectadores pegajosos como yo.

A fin de cuentas, Āæpor quĆ© un extraƱo, por mucho que admire a otra persona, tiene que meterse con calzador en su vida y robarle una imagen? ĀæNo es mĆ”s respetuosa y fiel una foto desde la lejanĆ­a –como si el mito formara parte del paisaje–, que un selfie antinatural perpetrado por otro puƱetero cazador de autógrafos?

Por eso, cuando piense en aquellas vacaciones, recordarĆ© que hice lo que a Clint Eastwood –supongo– le hubiera gustado, que no era presentarme a bocajarro, ni atosigar con mi gratitud por sus pelĆ­culas, ni una captura sonriendo, los dos amigables y encantados de la vida, lamentablemente para Ć©l, que no tenĆ­a mĆ”s cojones, si no querĆ­a parecer un orco.

Le imaginaré desayunando o cenando en su restaurante en Carmel, como supuestamente aquel día, alejado del bullicio del mundo, de gente entrometida; aislado para reposar en una mesa, tomando su café con calma allí donde la vida es tranquila, pensando en las películas que ya nunca podrÔ rodar. Asistiendo de vez en cuando al amanecer, para dar gracias por cada día, con esa mirada lúcida de quien sabe que se le escapa su largo y provechoso tiempo.

O cara al atardecer, justo al otro lado de la terraza; saboreando los fotogramas del otoño de su vida, con mirada profunda y grave, de clÔsico superviviente de un Hollywood que ya no existe, pero se reconoce en cualquier parte del planeta. Como la silueta de William Munny, junto al Ôrbol, en el final de Sin Perdón; como el trazo postrero Frankie Dunn, difuminÔndose en un bar perdido de carretera en Million Dollar Baby, que en este viaje he aprendido que quizÔ fuera un decorado, pero tan real me sigue pareciendo.

–EstĆ” muy grande, amigos –dijo el camarero al tomar la comanda del desayuno, aunque nadie le hubiera preguntado. Es curioso, igual que su compaƱero de la tarde anterior.

Yo tuve miedo a que fuera un guión; a que nos soltara también lo de las gigantes rojas.

–Tan grande –me anticipĆ© entonces–, que es capaz de reunir a ocho hijos de seis mujeres diferentes, con madres, nueras y yernos incluidos.

El mexicano me miró divertido y replicó:

–Cierto, óigame. Sólo por eso es mi hĆ©roe.

Y limpió con respeto la mesa de Clint Eastwood; la que, camino de los cien años, le espera en aquel último balcón para agrandar su leyenda.

Juan Manuel Botella

El kamikaze del maratón

Marcar 2h07 ya no es heroicidad ni capta la atención. Salvo motivos meteorológicos, una victoria de 127 minutos en maratones como BerlĆ­n o Chicago resultarĆ­a hoy no sólo insĆ­pida, sino preocupante. Pero hubo un tiempo, no hace tanto, en que para convertirse en el mejor del mundo bastaba con romper la barrera de 2h08:00. Eran los ochenta, quiĆ©n sabe si una dĆ©cada mejor en el largo aliento, pero al menos libre de la EPO, los recuperadores y selectores artificiales, y la hormona del crecimiento. La Ć©poca del gran corredor japonĆ©s Takeyuki Nakayama (Ikeda, Nagano, 1959), un desconocido para el pĆŗblico internacional –compitió mucho en suelo asiĆ”tico y muy poco en el resto del planeta– aunque, sin duda, uno de los fondistas japoneses mĆ”s relevantes de la historia. Un autĆ©ntico samurai del pedestrismo famoso por el ritmo disparatado, casi kamikaze, que llevó en el maratón de Fukuoka de 1987.

Nakayama era cĆ©lebre en el paĆ­s del Sol Naciente por su espĆ­ritu competitivo, que llevaba al extremo. ā€œNo hay ninguna diferencia entre quedar segundo o Ćŗltimo. Sólo me interesa ganarā€, dijo una ocasión. Una voracidad no exenta de anĆ©cdotas memorables, como en Beppu–Oita–1991, cuando, tras comandar la carrera durante 39 kilómetros, descolgando uno por uno a todos sus adversarios menos al que serĆ­a futuro entrenador de Samuel Wanjiru, Koichi Morishita, le dijo entre jadeos: ā€œSe acabó. Vete de puƱetera vez (o su equivalente en versión japonesa), aquĆ­ muero, no puedo mĆ”sā€. Morishita dudó quĆ© hacer, quizĆ” por desconfianza o porque tampoco iba muy sobrado, pero cambió de ritmo y venció con 2h08:53. Takeyuki llegarĆ­a totalmente destrozado en 2h09:12, pero felizmente vivo, eso sĆ­.

El novato bocazas

Su debut en la distancia de FilĆ­pides, aƱo 1983, arrancó con una polĆ©mica periodĆ­stica, ya que se comprometió pĆŗblicamente a formar parte del equipo japonĆ©s en los Juegos de Los Ɓngeles–1984 pese a que nadie, jamĆ”s, habĆ­a oĆ­do hablar de Ć©l y presentaba tan sólo unas credenciales de 3:54 en 1.500 metros y 14:11 en 5.000, muy modestas en Japón, una de las naciones –junto a Kenia, EtiopĆ­a y Estados Unidos– con el rĆ”nking de fondo mĆ”s denso del mundo. No obstante, concluyó decimocuarto en Tokio-1983 (2h14:15). Muchos minutos antes habĆ­a vencido su fabuloso adversario Toshiniko Seko (2h08:38).

Precisamente con Seko mantuvo una notable rivalidad por erigirse en el nĆŗmero uno de su paĆ­s. Bastó una desafiante victoria de Takeyuki en Fukuoka–1984 (2h10:00), tirando de cabo a rabo, para que nuestro impulsivo protagonista iniciara una controversia con el campeón, algo a lo que no andaban acostumbrados los periódicos japoneses. ā€œYo busco siempre la marca, mientras Seko aprovecha el trabajo de los demĆ”sā€, afirmó en una entrevista al mĆ”s puro estilo Fiz–Antón, aquel otro antagonismo que confrotaba dos estrategias perfectamente respetables.

Kilometrajes imposibles

Por aquel entonces, Nakayama empezó a experimentar con entrenamientos hipertrofiados que sumaban 350 kilómetros por semana, muchos rodajes regenerativos, y hasta tres sesiones diarias en busca del estado de forma perfecto.

En 1985, Takeyuki queda en segunda posición de la Copa del Mundo de Maratón disputada en Hiroshima con 2h08:15 (venció Ahmed Saleh Hussein con 2h08:09), nuevo récord nacional que arrebataba, precisamente, a Seko. Seko respondía en 1986 ganando en Chicago, aunque quedÔndose a nueve segundos del tope japonés (2h08:26), mientras que Nakayama imperaba a su vez con 2h08:21 en los Juegos AsiÔticos disputados en Seúl como ensayo general de los Juegos Olímpicos de 1988; ademÔs, meses antes, en febrero, se había clasificado cuarto en el maratón de Tokio (2h08:43), batido por Juma Ikangaa, Belaneh Dinsamo y Abebe Mekonen, para los que actuó como involuntaria liebre.

No obstante, fue 1987, sin duda, el gran aƱo de Takeyuki. Ni Ć©l ni Seko compitieron en los Mundiales de Roma–87 y se reservaron para los Juegos de SeĆŗl -unos JJOO en suelo asiĆ”tico eran algo muy especial-, cuyas pruebas de selección se celebraban en Fukuoka. La negativa de Seko a correr allĆ­ por una leve lesión, consentida por la Federación japonesa, irritó a Nakayama, que le retó en una entrevista: ā€œSi quieres ir a los Juegos, deberĆ­as competir en Fukuoka aunque fuera arrastrĆ”ndote, las reglas son para todosā€. Seko se limita a contestar con ironĆ­a: ā€œParece que se habla mucho de mĆ­, mĆ”s que si estuviera en la salidaā€. La enemistad alcanza en esos meses sus cotas mĆ”s altas, e incluso se publica un libro con los desencuentros de ambos corredores.

Su mĆ­tica carrera en Fukuoka

Pero Nakayama, ademĆ”s de hablar, corre. En Helsinki pulveriza el rĆ©cord japonĆ©s de 10.000 metros dejĆ”ndolo en 27:35.33 (anterior, precisamente, de Toshiniko Seko con 27:42:17). Y en el maratón de Fukuoka pregona su intención no sólo de superar el rĆ©cord mundial de entonces (Carlos Lopes, 2h07:12), sino de batir de un plumazo todos los parciales de las 41 ediciones que se habĆ­an celebrado de esta competición, un empeƱo absurdo para cualquier otro corredor que no entienda la mentalidad de ganador total que tenĆ­a Takeyuki Nakayama. ā€œVoy a demostrar que Seko en su mejor forma no podrĆ­a seguirme ni un minutoā€, sentencia.

En una maƱana lluviosa y frĆ­a sale sin liebres, por supuesto con Seko ausente en carrera y, siguiendo la estela de otro suicida de marca mayor, el tanzano Umbe Slaa, cruza los primeros 5 kilómetros en 14:35 (el mejor en ese punto era Frank Shorter, que en 1973 habĆ­a transitado en 14:36) y los 10 en 29:05. A continuación, ya en solitario, da paso a los que todavĆ­a hoy son los mejores tiempos intermedios en Fukuoka por los 15 (43:40), 20 (58:37), 21,097 (1h01:55) y 25 kilómetros (1h13:48, oficiosamente, 7 segundos mĆ”s deprisa que el entonces rĆ©cord en pista del propio Seko de 1h13:55). Sólo Steve Jones, en su angustioso maratón de Chicago–1985, habĆ­a corrido tan rĆ”pido.

El Ćŗltimo tercio de la prueba, lógicamente, fue un martirio para Nakayama. Mantiene el tipo de los 25 a los 30 kilómetros con un parcial de 15:14 (1h29:02 en total) e incluso de los 30 a los 35 con 15:23 (1h44:25). Sin embargo, la soledad y el fuerte ritmo le derrumban. SeƱala 16:20 en el siguiente tramo con una cara de sufrimiento inenarrable. El aguacero arrecia, e invierte 7:33 en los Ćŗltimos 2,195 kilómetros, casi a 3:30 el mil. El tiempo definitivo es 2h08:18, apenas 3 segundos de diferencia con su propia plusmarca nipona, ya que no podemos dar por bueno el logro de Taisuke Kodama (2h07:35 el 19 de octubre de 1986 en el circuito corto de PekĆ­n). ā€œNo ha tenido recompensa, pero ha sido la mayor demostración de ambición de la historia de esta carreraā€, escribieron las crónicas en reconocimiento a su voluntad. QuizĆ” con liebres y dosificando, Takeyuki Nakayama se habrĆ­a convertido ese dĆ­a en el primer humano en la historia por debajo de 2h07.

Dos veces cuarto en los Juegos

A partir de este momento, la forma del japonĆ©s se resiente, aunque consigue, he aquĆ­ la paradoja, sus mejores resultados oficiales: es cuarto en los Juegos de SeĆŗl–1988 con la Ć­ntima satisfacción de derrotar a su archirival Seko (9Āŗ en aquella final); y, otra vez cuarto en Barcelona–1992, usando la tĆ”ctica inusual en Ć©l de arrancar desde posiciones secundarias.

Mención aparte merece su Ćŗltima gran galopada en Tokio–1990, cuando cruzó el medio maratón en 1h02:36 con casi tres minutos de ventaja sobre el resto de participantes, para acabar ganando por los pelos (2h10:57) entre vómitos y gestos de dolor.

Afloimages

El Ćŗnico borrón en la hoja de servicios de Nakayama es la retirada en los Mundiales de Tokio–1991, celebrados precisamente en el mismo trazado de su victoria en el aƱo anterior. AllĆ­, sin embargo, no pudo con la humedad ni con su compatriota Hiromi Taniguchi, y se rindió fĆ­sica y mentalmente a los 35 kilómetros. Es bien conocido que la cultura japonesa lo perdona todo menos el abandono, aunque en este caso, su carisma ayudó a redimirle rĆ”pidamente.

En la actualidad, Nakayama es entrenador del Aichi Seiko Track Team, donde transmite su espĆ­ritu competitivo y espera hallar al primer japonĆ©s por debajo de 2h06*. Se ha reconciliado con Toshiniko Seko, y hasta el aƱo 2000, encuadrado en la categorĆ­a M40, mantuvo una forma muy respetable, ya que participó –y ganó– el maratón de Luxor (Egipto) en 2h23:19. Su hijo, Takuya Nakayama, corrió en edad jĆŗnior los 10.000 metros en 28:48:08, aunque luego las obligaciones profesionales le condujeron por otro camino, y practica la carrera a pie como aficionado.

Juan Manuel Botella

Atletismo EspaƱol, junio 2014

*El primer japonƩs sub 2h06:00 fue Suguru Osako, que hizo 2h05:50 en Chicago-2018. Nakayama no era su entrenador.

NOTA: En una entrevista concedida a Brett Larner en diciembre de 2021, Nakayama dijo sobre su carrera a tumba abierta en Fukuoka-1987: ā€œSi corres a 3:00 por km, correrĆ”s en 2h06:35. Pero no hay nada interesante en eso. Claro, sabĆ­a que mi ritmo era suicida, pero tambiĆ©n sabĆ­a que, si no estuviera persiguiendo mis sueƱos, nadie lo sentirĆ­a, nadie se conmoverĆ­a. Si no estĆ”s conmoviendo los corazones de las personas, nadie te recordarĆ”ā€.

El misterio de la pista vacĆ­a

Hay un tiempo de silencio en las pistas de atletismo. QuizƔ no te importa, pero ese momento existe. Cada dƭa se apagan las luces o cada otoƱo se termina la temporada, y las instalaciones se quedan vacƭas, inertes, como tierra en barbecho.

ĀæHas pensado alguna vez en la soledad del estadio?

ĀæEn las horas oscuras sin atletas?

Ya pueden copar el calendario los organismos y federaciones bajo las mĆ”s solemnes siglas; ya pueden extenderse las competiciones hasta la extenuación (ruta, cross, pista cubierta, mĆ”s ruta, aire libre, trail…), que los atletas siempre levantarĆ”n el pie del acelerador o se agenciarĆ”n una pausa. Cada vez mĆ”s breve, sĆ­. Pero lo harĆ”n. Y se notarĆ” su ausencia. A simple vista, serĆ” como si nadie hubiera desafiado sus propios lĆ­mites en ese anillo y en esos metros cuadrados donde luego acontece todo. Ā”Todo!

A lo mejor has visto esa soledad en los centros de alto rendimiento de Font-Romeu y Sierra Nevada, cuando ya se fueron los aventureros que preparan sus queridos Juegos Olƭmpicos o Mundiales, sus carreras sobre asfalto en ciudades soƱadas, y la residencia parece un colegio en vacaciones, desƩrtico el comedor, las salas comunes, el gimnasio, mientras afuera el sol ilumina ocho calles deshabitadas.

Sucede tambiƩn en el estadio Bislett de Oslo, donde a veces entrenan grupos de chavales que sueƱan con ser Jakob o Karsten, y sus voces en la lengua de los vikingos producen un eco catedralicio en tribuna; excepto a partir de agosto, cuando en el Norte se estropea la meteorologƭa, y el viento escandinavo azota graderƭos taciturnos, vacantes, butacas haciendo guardia mientras la gloria se toma un respiro.

Pasa en cada pista de cada pequeƱa población, con su no siempre amistoso campo de fĆŗtbol instaurado en la pradera; con sus quebrantos de material, y sus asaltos en noches de verbena, que dejan birras y cubatas esparcidos por el sintĆ©tico –”profanación!–, o en la sacrosanta torre de secretarĆ­a.

O también al término del verano, al claudicar el último grupo que relame el final del verano, aquel que se reunía y acompañaba alegre, esperanzadoramente en las series de ritmo competición, antes de coger vacaciones y dejar la instalación a merced del olvido.

Ocurre, en definitiva, y tampoco hay que escudriñar mucho el almanaque, al final de cualquier jornada, cuando se apagan los focos, y se marcha el último rezagado que recoge sus clavos, sus bidones, su bolsa, y cierra con prisas el portero o el auxiliar de la empresa de vigilancia, y se oye un portazo y una llave que da muchas vueltas, y tras los ruidos gravita un profundo silencio.

¿Nunca te has preguntado qué viene después?

DespuƩs es la calma.

Pista humilde o estadio olímpico, todo coliseo atesora su propia hibernación, desnudas las gradas, borradas en la oscuridad las líneas entre los carriles, instaurada una consistencia digna, monumental, aguardando el regreso de los gladiadores.

Pero es un letargo con sorpresa.

Haz la prueba una madrugada.

Septiembre en EspaƱa es el mejor momento, antes de que empiecen las escuelas.

Evita la luz de la luna, y que la bóveda del cielo esté colmada de estrellas y constelaciones.

Salta el muro de un polideportivo, asustando a ese gato que huirÔ atemorizado entre las sombras, y sin duda te asustarÔ a ti también. No hace falta mÔs énfasis: te estÔs colando y tienes que ir con tiento. ¿EstÔ claro que no debes tocar ni romper nada, que no debes meter en un lío a nadie? Ahora enciende la linterna del móvil, y echa a andar.

Tal vez sea un pequeƱo polideportivo a las afueras de la ciudad, alejado de edificios.

Siéntate en la grada oscura, solos la pista y tú.

Apaga la linterna.

Justo entonces, lo notarƔs.

Al principio como un eco que no es eco, porque ningĆŗn sonido real quiebra la noche.

Luego, lo oirƔs mejor.

ĀæProcede ese ruido de tu cabeza?

SĆ­, procede.

Empiezas a sumergirte en el secreto de la pista vacĆ­a.

Sientes que un estadio de atletismo son todos los estadios del mundo; que allí se recuerda y se sueña justo cuando no hay nadie, cuando ni siquiera tú vienes a entrenar. Se necesita aislamiento y calma para entender. El eco que oías viene de ti, de un pasado épico que has memorizado porque te emocionó.

La salida de los 110 metros vallas son coordenadas universales que conectan con todas las salidas de 110 del mundo. Y lo que ocurre en una jaula de disco o martillo, lo que pasa en los 200 metros, en los 5.000, todo eso sucede otra vez en las jaulas y líneas de todo el planeta si te acuerdas de la emoción vivida: y en el círculo de peso, en los pasillos de salto, en los obstÔculos, también en la colchoneta de altura o pértiga. Cada rincón que forma parte de la armonía de tu deporte vuelve a ti en ese instante.

El espacio conocido también te hace viajar, de algún modo, en el tiempo. Evocas sucesos de meses, incluso años atrÔs en otros estadios y pistas. Revives entrenamientos, competiciones. Y serÔ como si cada imagen se representara en la extensión sombría que hay ante ti; y hasta podrÔs ver a tu yo del pasado, en aquellas series que a la altura de la ría te desmoronaron, las diagonales de un día lluvioso, las sesiones de pesas y circuitos, las bromas con otros compañeros que durante años formaron parte de cada entrenamiento, de cada vivencia, y cuyo contacto perdiste.

Si aĆŗn te calzas los clavos, concebirĆ”s tambiĆ©n la versión de tu yo futuro, intentando proezas que hasta hoy –tĆŗ que eres joven y puedes mejorar–, no alcanzaste; o soƱarĆ”s –veterano que afrontas tu romance con la competición de otra manera–, fantaseando destellos de un esplendor que resista los ultrajes del tiempo.

Pero también contemplarÔs, por elevación, tus recuerdos favoritos: la sombra triunfal del atletismo de rango olímpico. ¿Quién sabe adónde se remontarÔ tu cabeza? El vuelo de Bob Beamon en México 1968, los tremendos zambombazos de Al Oeter en cualquiera de sus cuatro medallas olímpicas, el largo ataque, a 799 metros de meta, de David Rudisha en Londres 2012. La sonrisa triunfal de esa devoradora de competiciones llamada Shelly-Ann Fraser. La interminable zancada de Wilma Rudolph, levantando una polvareda de ceniza y gloria a su paso.

En realidad, no ves ni escuchas nada, pero son reminiscencias que yacen en el santuario. El vestigio de esa lucha feroz sin violencia que es el atletismo. Las proyecciones y recuerdos activados por la geometría del estadio. Incluso podrÔs imaginar y acaso sentir cómo rugían, como rugen las gradas.

Hasta que…

Hasta que suene algo muy distinto, la mĆŗsica estruendosa de un coche, allĆ” fuera de los muros, y se rompa la magia y vuelvas al mundo real.

Por un instante, te sentirƔs confuso, como al despertar de un sueƱo que no sabes si ha terminado.

Te irƔs de allƭ pensativo, vacilante, mientras enfrƭas tus recuerdos.

DejarÔs a tu espalda las pisadas imaginarias que dan vueltas y vueltas; que, otras veces, a plena velocidad, parece que hagan temblar el suelo con zarpazos. Los pitidos del cronómetro que arranca, la batida de los saltos que aterrizan en otra parte, el toque de una pierna extendida al pasar rozando las vallas. Aquel zumbido meteórico de un implemento que planea y cae rotundo, felizmente lejano. O el susurro del entrenador al deportista, corrigiendo centésimas, centímetros; minucias valiosas que convierten lo bueno en sublime, la técnica en arte.

Ya no oirÔs los gritos de Ônimo, los aplausos, ni siquiera el impacto de los graves disparos de salida, las locuciones apasionadas, la música ambiente en cada final, esta sí, adecuada y estimuladora, no como el reguetón del coche que te ha estropeado la fiesta.

Y quedarÔ la oscuridad en calma del anillo. Sensación de vacío cósmico, con las estrellas allÔ arriba. Una soledad mÔs profunda que la soledad del corredor de fondo.

La quietud de los estadios que mañana, tal vez en pocos días, volverÔn a estar llenos de vida y colosal esfuerzo, y producirÔn, dentro de muchas noches, nuevos recuerdos a todo aquel que se infiltre en las sombras, y descubra la secreta emoción que yace en la pista vacía.

Juan Manuel Botella

La locución de atletismo en RTVE

Lo que se dice de atletismo en televisión es importante: muchos nos enganchamos en los setenta y en los ochenta gracias a lo que entonces se llamaba la caja tonta, pero a mí me parecía la puerta a un deporte hermoso y complejo que ha marcado mi vida.

Las primeras retransmisiones que recuerdo son de 1985. La TVE-2, que ya había dejado de llamarse UHF, ofrecía horas de los mejores crosses y mítines del mundo con el timbre pausado y agudo de Gregorio Parra, la elegante sobriedad de José Ángel de la Casa, la agilidad y la contundencia de Carlos Martín. Es mi querida época de juventud; tiempo de campeones con luces y sombras -pero entonces yo no sabía nada de sombras- que aún corren, saltan, lanzan y marchan en mis sueños, acompañados por aquellas voces de ayer que, a veces, se equivocaban, por supuesto.

Imposible no equivocarse, en el ingrato papel de locutor. La exposición era, es, pública y cruel. La audiencia, impaciente, nunca empatiza con la verdad. Y la verdad es que cada periodista de TV, especialista técnico, invitado, se desempeña lo mejor que puede. No hay mala fe o desidia, sino esfuerzo y compromiso; hasta pasión, no quiero ser cicatero en los elogios.

Pónganse en los cascos, por ejemplo, de un narrador: hablar durante horas de atletismo, conociendo vida y milagros -actualizados, por cierto- de cada deportista sin ofender sus expectativas, desmerecer adversarios, sin que, en definitiva, se te pase nada de lo que sucede en cualquier parte del estadio, es pura filigrana. Ficticio cumplir sin borrones. Yo no sería capaz.

Pero aquella gente de mi juventud cumplĆ­a y con nota.

En cambio, en este trienio 2020-2023, y por no remontarme mƔs allƔ, la impericia estƔ arruinando los directos. Lo del Mitin de Huelva o el Europeo por Equipos de Silesia ha sido la gota que colma el vaso. Si hubieran sido dos incidentes aislados, quizƔ no estarƭa escribiendo estas lƭneas. Pero hay mar de fondo. AƱos de compartir las penas en un tuit, como el que ahoga su melancolƭa en un vaso de vino.

El atletismo no puede seguir asĆ­.

Lo que oƭmos -inane, excƩntrico- no estƔ a la altura de las imƔgenes, ni de ese deporte inteligente, sacrosanto dentro y fuera de los Juegos Olƭmpicos, que es el atletismo.

Comentaristas tƩcnicos esperanzadores

Desde 2012 ha habido oasis de esperanza mÔs o menos efímeros -hablo de comentaristas técnicos, luego me referiré a los narradores- con Gerardo CebriÔn, Alberto Ruiz, Antonio Peñalver, Jesús España, Robert Díez, Jesús Ángel García Bragado o los aún mÔs brevísimos Dídac Salas, Patricia Sarrapio y Berta Castells (me dejo a muchos por falta de memoria, pido disculpas). Gente que gustarÔ mÔs o menos, según el paladar, pero ha sumado.

Hoy se puede afirmar que enfilamos el periodo de audio atlético mÔs decadente de la historia de la televisión pública.

Y, ojo, que nadie se engaƱe, tenemos que dar gracias a RTVE y Teledeporte. Su apuesta por el atletismo es decisiva y lo repetirƩ tantas cuantas veces sea necesario. No me olvido de que, por detrƔs, entre bastidores, va y viene la RFEA contribuyendo en los contratos importantes para que podamos ver retransmisiones en abierto.

Sin embargo, junto a esa gratitud, se larva una lƔnguida tristeza evento tras evento, aƱo tras aƱo, por lo mal que se entrega el producto. El espectador recibe, sin duda, algunas de las locuciones menos afortunadas jamƔs vistas en el track and field, bajo un umbral de calidad menguante que estropea el resultado.

Y, entre la congoja y el estupor de aficionado, se me escapa un suspiro.

QuizÔ nos hemos creído que cualquiera sirve, esa receta de que si quieres, triunfas, y da lo mismo quien parlamente ante un micrófono. Pero resulta que, en el mundo real, esto no funciona así. Para contar y transmitir emociones, aunque te esfuerces, hay que valer. No es querer, no es sentir. Comunicar es una profesión que requiere talento, oficio y destreza. Incluso gramÔtica.

Y, no. No halla RTVE su David Coleman o su Steve Cram. Ni siquiera su Paula Radcliffe. Así como la natación encontró a Javier Soriano y a Julia Luna, anda el atletismo en penosa y larga travesía del desierto por RTVE.

Narradores del siglo XXI

Los bandazos en la capitanĆ­a de las retransmisiones, eso es verdad, no han mejorado la experiencia.

Ernest Riveras ha sido el cronista mejor equipado de la historia reciente: mÔs potente, versÔtil y rÔpido que Amat Carceller, cumplidor pero no tan Ôgil para describir y reaccionar. Amat, por cierto, no es sospechoso de nada mÔs que picar piedra; currante y sufridor que, haciendo zona mixta, aprendió cuÔn espinoso es el atletismo cuando Manuel Olmedo en los Juegos de Pekín-2008, muy enfadado con sus preguntas, le soltó aquella hipérbole de que el problema del atletismo español era el propio Amat. Luego hicieron las paces. Pero aquel episodio, subliminalmente, evidenció la trascendencia que la familia del atletismo da a la visibilidad en TV.

Vino a continuación José María Rubí, otro ducho a pie de pista, y aportó un estilo radiofónico al asunto. Quedaba raro, pero sonaba prometedor y encajaba.

No obstante, ni Amat ni Rubƭ se quedaron porque tenƭan otro horizonte profesional, y dieron la vez a Lourdes Garcƭa Campos, procedente tambiƩn de la cantera de las entrevistas, donde brillaba por su frescura y espontaneidad. Es, de hecho, excelente recogiendo, arrancando y coloreando testimonios; tambiƩn presentando en estudio.

Hoy Lourdes, por desgracia, no puede disimular su incomodidad comentando un deporte que -unos cuantos directos es suficiente- no domina ni va a dominar nunca, con una alarmante falta de recursos narrativos, y un ramillete de observaciones extravagantes e inapropiadas.

El caso Higuero

Su contraparte en Huelva y Silesia, Juan Carlos Higuero, principal y mÔs longevo comentarista técnico, merece un capítulo especial. ¿Quién es Juan Carlos? Sin duda, uno de los grandes mediofondistas españoles de todos los tiempos, y ya es decir, tratÔndose de España. Hubiera sido aún mÔs laureado en un mundo paralelo -ay, el metaverso del atletismo- si no fuese porque (seguro que su entrenador Antonio Serrano le reñía), no acertaba a colocarse en las carreras tÔcticas valiosas, gastando toneladas de energía y obligÔndose a mÔs aceleraciones de la cuenta. Un corredor con esa cilindrada merecía en el cuello una medalla olímpica o mundial al aire libre. Anduvo cerca. Genio y figura, siempre le recordaré con el pelo enmarañado en Sydney-2000, la tímida mirada juvenil, todo corazón y coraje, proclamando sin que nadie le preguntara que, a partir de ese momento, quería toda la responsabilidad para él.

Sucede, sin embargo, que ser líder en la pista no te hace buen locutor. José Manuel Abascal tampoco tenía el don de la palabra, y con todo y con ello, su voz, al menos, no crispaba porque conocía sus límites y evitaba la falsa solemnidad. Al lado de ambos, José Luis GonzÔlez, mediofondista por el que no puedo disimular mi devota, eterna admiración, se me antoja un coloso en estas lides.

Si echamos cuentas, a nadie se le han dado mƔs oportunidades durante aƱos que al bueno de Higuero; y, digo bueno, porque me consta que lo es, y no se merece el exilio ni el vilipendio, y hay muchas funciones dentro del atletismo donde hallarƭa encaje. Se lo merece.

Pero mi veredicto mÔs generoso con Juan Carlos es que involuciona, en vez de evolucionar; y no sirve para los comentarios, así estuviera un millón de años dedicado a ello; ni siquiera para hablar de su prueba, los 1.500 metros, donde le puede la ansiedad y se topa de bruces con su escasez gramÔtica, y hasta técnica. Así que, figúrense cuando habla de un salto o un lanzamiento. Apuesto a que se lo prepara, se nota; a veces aparece hablando del ciclo anterior y la fase de impulso, y lo repite muchas veces, no siempre de manera oportuna, como un alumno que hubiera memorizado, sin aprender, la lección. Pero de la misma manera que servidor ponía mucho esfuerzo y pasión al competir, y no hubiera hecho 1:50 en 800 ni en bicicleta, no hay redención posible para la narrativa de Higuero. No todos valemos para lo que amamos.

Le oyes una vez, y le has oĆ­do para siempre: ā€œFulanito estĆ” encorsetado, fĆ­jense dónde se ha ido, Āæeh?, pelean en una baldosa, ritmo frenĆ©tico, los atletas estĆ”n corriendo ”””en vertical!!!, la fija la mirada, son movimientos ajedrecĆ­sticos, se estĆ” acreditando y de quĆ© manera, Tokio Veinte Veinte, se ha consagrao, va en conservasā€¦ā€. Latiguillos, barbarismos imitando a su modo esas frases de mĆ”rmol que los grandes profesionales convierten en seƱa de identidad, y aquĆ­ resultan clichĆ©s involuntariamente cómicos e irritantes.

El reto de Budapest y ParĆ­s

El panorama resulta desalentador, y no es fÔcil la tarea que tiene la dirección de RTVE, suponiendo que comparta este diagnóstico. ¿De dónde sale el mirlo blanco? Un comentarista en aquella casa debe poseer plaza en propiedad, y las plazas y los talentos no caen de los Ôrboles. Profesionales como José Luis López, Alberto HernÔndez, Antonio Alix o Alberto Pozas, por citar a quienes sí estÔn plenamente capacitados, no pueden ser, por tanto, de la partida.

La cuestión es peliaguda, y por fortuna no soy el director de la corporación de RTVE, sino un fanÔtico de mi deporte que mira desde afuera, sin información cabal de los obstÔculos administrativos, laborales y económicos.

Pero por opinar y ordenar los recursos humanos actuales, que no quede.

Sería una audacia reflotar a Rubí como único narrador, devolver a Lourdes a la zona mixta donde irradia luz, acompañada o no por Higuero, cuyo talante campechano y pasional sí acoplaría y aportaría frescura en la recepción de atletas tras competir, y alternar los comentarios técnicos de Robert Díez y Jesús España. AdemÔs, añadir la voz de una atleta o entrenadora en el estudio que sepa comunicarse, ya que mujeres hacen falta, y muchas, para seguir testimoniando que el atletismo es uno de los deportes que mÔs lecciones de igualdad puede dar a lo largo y ancho del planeta. Eso, y algún invitado extra que sepa del evento crucial de la jornada de turno. Ningún experimento con gaseosa mÔs.

En todo caso, se tomen las medidas que se tomen, y mis ideas no son mejores ni peores que otras con mayor conocimiento que el mĆ­o, no perdamos el tiempo, por favor.

Urge que devolvamos la dignidad a las crónicas de televisión en vísperas de un nuevo Mundial (Budapest) y de unos Juegos Olímpicos (París) donde tantas cosas se juega nuestra selección, entre ellas, dar la mejor imagen posible del auténtico Deporte Rey, e inspirar a millones de jóvenes que sólo se engancharÔn así, bien porque vean el RTVE Play en su móvil o tableta, bien porque disfruten de las delicias vintage de una retransmisión de TV convencional.

De lo contrario, se repetirƔ el espectƔculo que ya vivimos en los primeros dƭas de los recientes Juegos Olƭmpicos de Tokio, con unas explicaciones tƩcnicas que figuran entre las mƔs pintorescas jamƔs pronunciadas en el evento de los cinco aros. Pobre Rubƭ, solo ante aquel peligro.

Concluyo con tristeza, sin Ôpice de satisfación u orgullo, porque yo quisiera escribir textos felices y suaves como la seda, y no desgarradores como un puñal, y porque a RTVE le debemos mucho. Tampoco me gusta cuestionar a quien no tiene toda la culpa de lidiar en una faena que no es la suya.

Pero habĆ­a que ponerlo negro sobre blanco.

Y en este mundo de redes sociales que colorean nuestra presunta mejor versión, de gente que puede hablar, pero no habla, hay que pensar mÔs en la imagen de nuestro deporte que en la comodidad del silencio ante dos personas honradas e incorrectamente ubicadas como Lourdes y Juan Carlos. Una dupla que triunfarÔ en muchos Ômbitos del deporte y la comunicación, pero no -por Dios y por todos los Ôngeles- comentando atletismo en RTVE.

Juan Manuel Botella

Coe vs Cram, el arte de afrontar la Ćŗltima vuelta

WA

La verdadera rivalidad de los britÔnicos Sebastian Coe y Steve Cram arranca el 11 de agosto de 1984, como un spin-off de la que mantuvo el propio Coe con su archienemigo Steve Ovett. No obstante, se dirÔ con razón que el luego presidente de World Athletics se había enfrentado muchas veces, antes de 1984, con el rubio de Jarrow; por ejemplo y por su relevancia, en la final de los Juegos de Moscú de 1980, cuando Cram era un crío de 19 años; o en 1983, poco antes de los Mundiales de Helsinki, día en que se vieron las caras sobre 800 metros en Gateshead, con Coe disminuído por las secuelas de una toxoplasmosis.

Pero fue en los 1.500 metros de los Juegos Olƭmpicos de 1984, una tarde soleada en Los Ɓngeles, el momento en que sus destinos, por fin, se cruzaron en condiciones de madurez e igualdad.

El favorito era Cram, vigente campeón mundial, de Europa y de la Commonwealth. Había tenido molestias en los gemelos y llevaba tres semanas sin competir, aunque ya en preliminares se había mostrado soberbio. Por su parte, Coe sembraba dudas, pero se estaba recobrando tras dos años de decepciones y enfermedades; de hecho, ningún finalista en el kilómetro y medio era capaz de acercarse al 1:43.64 que acababa de señalar para adjudicarse la plata ante el entonces intratable Joaquim Cruz; con el mérito añadido de competir cuatro días consecutivos si contabilizamos series, cuartos, semifinales y final.

HallĆ”ndose Ovett en el crepĆŗsculo de su carrera y empequeƱecido por problemas bronquiales, el oro en los 1.500 metros se dilucidaba –imposible negarlo– entre Cram y el defensor del tĆ­tulo, Coe; el cual, desde el disparo de la salida, corrió atentĆ­simo, siempre entre los tres primeros lugares y por delante de su compatriota. Gracias a esa estrategia, el tirón de JosĆ© Manuel Abascal, a falta de 500 metros, no sorprendió al plusmarquista mundial de los 800 metros, que abrió hueco fĆ”cilmente a la estela del cĆ”ntabro, mientras The Jarrow Arrow tardó toda una recta en acercarse, acción que despuĆ©s le restó fuerzas en el instante definitivo.

Faltan 300 metros y el tridente –por este orden, Abascal, Coe, Cram– va destacado. Ovett se para y observa el espectĆ”culo desde el interior de la cuerda, retirado, jadeante, inclinĆ”ndose con las manos apoyadas en las rodillas y levantando la cabeza con nostalgia de sĆ­ mismo. Los dos britĆ”nicos se echan encima del espaƱol, y es precisamente Cram, el mĆ”s rezagado, el que inicia su devastador ataque a mitad de la contrarrecta. Coe, que va vigilĆ”ndole con el rabillo de ojo, lo advierte y realiza la maniobra mĆ”s importante de la prueba, abriĆ©ndose ligeramente y defendiendo con el codo su posición. La ventaja que toma ahĆ­ serĆ” decisiva.

Ahora ya se ha quedado Abascal, que lucha con Joseph Chesire por el bronce mientras, por delante, Cram persigue por toda la curva al futuro parlamentario tory. Parece, incluso, que van a emparejarse. Pero Sebastian Coe guarda otro cambio en las piernas y, por una cuestión de simple fĆ­sica –era mĆ”s rĆ”pido en tramos cortos que casi cualquier otro mediofondista del mundo– logra su segundo tĆ­tulo olĆ­mpico de 1.500 metros (3:32.53). Steve, unas dĆ©cimas por detrĆ”s, cabecea al lĆ­mite de sus fuerzas, incapaz de responder ante semejante aceleración.

La carrera ratifica, por si hubiera duda, que Cram posee gran resistencia a la velocidad, pero necesita un ritmo largo y sostenido en la última vuelta para ganar a la mejor versión de Coe. Es decir: tendrÔ que llegar delante de él a la última vuelta y, siempre que le sea posible, llevar la iniciativa en el ataque.

Encuentro Internacional en Birmingham

Pasan los meses. Estamos en verano de 1985, aƱo crucial en la trayectoria de Steve Cram, que batirƔ tres rƩcords mundiales (1.500, milla y 2.000 metros) en el espacio de 19 dƭas. Pero antes de que eso suceda, el 21 de junio, se enfrenta a Coe en Birmingham sobre 800 metros durante un encuentro internacional entre Inglaterra y Estados Unidos.

Minutos antes de darse la salida, cae una lluvia persistente. Hay charcos en la pista. La prueba comienza con nuestros protagonistas muy relajados en las últimas posiciones, imbuidos de que sus adversarios (los estadounidenses Redwine, Sanders y Mays, y el britÔnico McGeorge) no estÔn en situación de aguantarles ni un asalto.

Al cruce del ecuador, Cram progresa, pero choca con un enjambre de brazos y codos, y vuelve a la última posición, lo que le obliga a arrancar otra vez. Coe tiene mÔs fortuna y se sitúa cómodamente tercero. El destino de la carrera se decide poco antes de afrontar los últimos 200 metros: Coe y Cram atacan al alimón. Sin embargo, Coe lo hace con una ventaja de tres metros y toma la cabeza; una vez allí se contiene en la curva, facultando que Cram, haciendo un esfuerzo postrero, se ponga a su altura. Pero al desembocar en la recta, como ya hiciese en Los Ángeles, el doble campeón olímpico de los 1.500 metros pone la sexta velocidad y con 12.4 segundos en el último hectómetro, se alza con la victoria.

Los observadores, no obstante, se dan cuenta de que ha ganado con apuros (1:46.23 vs 1:46.46) en una especialidad, los 800 metros, en la que teóricamente es muy superior a su adversario. Y, por si fuera poco, jugĆ”ndose los cuartos al sprint en una carrera tĆ”ctica.  ā€œHe cometido errores. PerdĆ­ al dejar que Ć©l estuviera adelantado en el momento claveā€, se lamenta Cram, que se sabe en plenitud de forma.

Aquella Milla de EnsueƱo de 1985

Avanzamos hasta el 27 de julio de 1985. Se disputa la tradicional Milla de EnsueƱo en el marco de los Bislett Games, en Oslo. Cram ya es para entonces el mejor mediofondista del planeta: once dĆ­as antes se ha convertido en Niza en el primer humano que baja de 3:30 en los 1.500 metros (3:29.67) derrotando, nada menos, que a Said Aouita. La prueba en la capital de Noruega se monta con la idea de atentar contra el rĆ©cord mundial del propio Sebastian Coe (3:47.33), que acepta el envite y se presenta en Oslo para defenderlo con uƱas y dientes. ā€œYa batĆ­ a Cram el mes pasado –recuerda a la prensa el doble oro olĆ­mpico–. En Niza hizo una carrera admirable y logró la plusmarca del kilómetro y medio, ha demostrado lo buen corredor que es. Pero hoy lo mĆ”s importante para mĆ­ es la victoria, y puedo volver a ganarleā€.

Las gradas estÔn abarrotadas en el viejo estadio Bislett, de solo seis calles y con el público pegado al anillo; de hecho, los corredores que salen por la parte exterior podrían, prÔcticamente, estrechar la mano a los espectadores. Son las doce menos cuarto de la noche y gravita esa atmósfera mÔgica que envuelve los mítines de atletismo en Escandinavia. La presentación de los participantes pone la carne de gallina, con miles de gargantas coreando el apellido de todos y cada uno de los corredores, sin que importe su nacionalidad. La enumeración alcanza su punto Ôlgido cuando el locutor pronuncia los nombres de los dos últimos atletas, Steve Cram y Sebastian Coe.

La salida es apoteósica, con una lucha feroz de los corredores por tomar la cuerda y Pierre Deleze rodando por los suelos; un día habrÔ que hacer un estudio sobre la propensión del suizo a caerse en las citas memorables.

Las liebres, James Mays y Mike Hillardt, abren hueco enseguida, pero Cram, con los galones de mariscal de campo tras su reciente rƩcord, se lo toma con calma y no aparece con su estilo majestuoso hasta pasados los primeros 300 metros. Tras Ʃl, Abdi Bile, Sebastian Coe y el espaƱol JosƩ Luis GonzƔlez estiran el paquete, que se une a los pacemacerks en el segundo giro. Los aficionados hacen temblar las vallas publicitarias con golpes rƭtmicos y estruendosos. Las primeras 880 yardas se pasan en 1:53.82, ligeramente mƔs lento que en la plusmarca de Coe, con Cram completamente relajado, como si se estuviera dƔndose un agradable paseo nocturno por los fiordos.

Hillardt resulta una segunda liebre floja, y factura la siguiente vuelta en 59.32. Coe ya estÔ pegado a los talones de Cram, que mira hacia atrÔs, obsesionado por llegar a la última vuelta por delante del campeón olímpico. ¿Quién lanzarÔ su hachazo? ¿Quién va a vencer, si ambos dan la sensación de ir enteros, de ser superiores al resto de los mortales? Sin embargo, hay algo en la seguridad de la zancada de Cram, en el modo de girar la vista para controlar a su compañero, que anuncia su determinación.

Al inicio de la Ćŗltima vuelta, Cram ya no espera mĆ”s y se lanza por la victoria. La recta de enfrente la corre en 13.2, con Coe a la espalda y JosĆ© Luis GonzĆ”lez pugnando por no descolgarse. A la entrada de la curva, Cram se da cuenta de las flaquezas de su contrincante y vuelve a cambiar, mientras el comentarista de atletismo de la BBC, David Coleman, no duda en proclamar con voz desgarrada por la emoción algo que se entiende en cualquier idioma: ā€œWowwwww!!!, Cram is really testing Coeā€¦ā€. Coe ya no responde y Steve comienza a abrir hueco. GonzĆ”lez adelanta tambiĆ©n al campeón olĆ­mpico.

Cram pasa los 1.500 metros en 3:32.24 y se crece por momentos, hasta el punto de que realiza la exhibición mÔs poderosa de toda su carrera, su Novena Sinfonía, abre un mundo entre él y el resto de participantes y, tras invertir 14.08 en los últimos 109,34 metros, rebasa la línea de meta, puño en alto, con un nuevo récord mundial (3:46.32). Ha firmado nada menos que 53.2 en las 440 yardas del final en una prueba a ritmo de plusmarca. Segundo es GonzÔlez con el actual tope español (3:47.79), que ha resistido durante décadas el asalto de generaciones tan pujantes como la de Fermín Cacho. Tres segundos después viene Coe, abatido, en tercera posición.

Sólo un atleta que haya estado en plena forma, en el cĆ©nit de su carrera, puede comprender el alcance de las palabras de Cram aquella noche: ā€œCuanto mĆ”s me acercaba a meta, mĆ”s claramente sentĆ­a que me sobraban fuerzas para seguir corriendoā€.

Duelo por partida doble en Sttutgart

La batalla final de esta serie de duelos se produce un aƱo mĆ”s tarde, en los Campeonatos de Europa de Sttutgart–1986, con un doble enfrentamiento en los 800 y en los 1.500 metros.

En la primera prueba, Cram es superfavorito tras su exhibición en los Juegos de la Commonwealth donde, mÔs que ganar, ha atropellado a sus rivales, entre los que no se encontraba Coe, baja por un resfriado en aquella ocasión. Pero en la carrera definitiva, disputada bajo una suave lluvia en el Neckarstadium, el rubio de Jarrow tropieza con la tenacidad del escocés Tom McKean, que le impide maniobrar en las curvas y le aboca al peor escenario para sus intereses, un mano a mano contra Coe en los últimos 100 metros. Y es ahí donde Lord Sebastian, que ya estaba recuperado y en forma, no falla (1:44.50). Tanto es así, que Cram se agarrota y queda en tercer lugar, como patito feo de aquel formidable, histórico triplete del Reino Unido.

Ese oro europeo en 800 metros, primero y único al aire libre de Sebastian Coe, deja tal vez al Lord demasiado satisfecho como para mantener la tensión en el siguiente episodio, los 1.500.

Dicha final se celebra tres dĆ­as despuĆ©s y, lógicamente, los papeles se han intercambiado. Todo el mundo apuesta por Coe. ā€œCram ha llegado pasado de forma, su mejor momento coincidió con los Juegos de la Commonwealthā€, razonan los periódicos.

La prueba tiene lugar en la última jornada y los corredores salen tan despacio que parece que aún lleven el chÔndal (2:07.59 por los 800 metros). Cram, serio, ensimismado, con la lección aprendida, se coloca en todo momento por delante de Coe y toma la cabeza en algunos instantes, mÔs para frenar que para tirar. Cada vez que oye en la nuca la respiración de su compatriota, acelera levemente para alejarle.

Las hostilidades se desencadenan a falta de 300 metros. Cram arranca decidido y se lleva detrÔs a GonzÔlez, mientras Coe, que no estÔ corriendo tÔcticamente bien, se enreda en adelantar por la calle dos y tarda demasiado en reaccionar; sin embargo, el doble campeón olímpico se zafa de media docena de contrincantes, consigue rebasar al español, y comienza a acercarse peligrosamente al primer puesto. Steve ve la maniobra y pasan, quizÔ, por su cabeza las derrotas cosechadas por permitir que el doble campeón olímpico le adelante. Entonces cambia de nuevo con todas sus fuerzas, las que tiene y las que faltan, y no sólo conserva, incluso incrementa, la valiosa distancia que había ganado al principio. Cram vence merced a unos últimos 300 metros en 37.88. Su crono, 3:41.09.

El saludo entre ambos es frío, casi sin mirarse. Saben que han alcanzado tal nivel que se juegan la victoria en un batir de pÔrpados, sin que haya nadie mejor ni peor, sin superioridad indiscutible del uno sobre el otro. Saben que lo suyo es, ante todo, un problema de colocación. SerÔn las últimas medallas internacionales que ganen Cram y Coe; su adiós al podio para siempre.

¿Terminó esta pugna de superclases en Sttutgart? En absoluto. Tras los Juegos de Seúl de 1988, de infausto recuerdo para ambos (Coe no fue seleccionado por su mala forma en julio y agosto, pese a correr en 1:43.93 en septiembre; Cram, que sí estaba fino, se lesionó en Rieti y sólo fue cuarto en los 1.500 metros), los dos britÔnicos, ya en franca decadencia, volvieron a cruzar sus espadas en octubre de 1988 en un desafío benéfico que recreaba el reto de Harold Abrahams y Lord David Burghley en la película Carros de Fuego.

Consistía en dar la vuelta al patio rectangular del Trinity College de Cambridge (367 metros), antes de que sonaran las doce campanadas en el reloj de la torre (46 segundos). ¿Adivinan el ganador? Elemental: el que antes llegó a la primera esquina, en este caso Sebastian Coe. Y, ”of course! ambos cruzaron la línea de meta, señalada con tiza, cuando quedaba por sonar un último tañido de la campana.

  Juan Manuel Botella

  Foroatletismo, julio de 2014

”””El rĆ©cord nacional de Peter Snell cumple 59 aƱos!!!

El neozelandés Peter Snell fue sublime y único. Todavía le sobrevive su récord nacional de 800 metros. En esa distancia, precisamente, ganó dos oros olímpicos (Roma-1960 y Tokio-1964), y otro mÔs en los 1.500, en 1964 también, con un cambio de ritmo en la última curva que causó estragos en sus rivales. Después, se retiró de la competición, se matriculó en la universidad, y enfocó su vida hacia la enseñanza y el asesoramiento en el deporte.

El 3 de febrero de 1962 –y no el 2 de febrero, como aseguran algunas fuentes–, en pleno verano austral en cualquier caso, Snell corrió en 1:44.3 los 800 metros. No lo hizo en tartĆ”n, ni siquiera en ceniza. Compitió sobre hierba -cielo despejado, suave brisa-, en una instalación con cierto aire bucólico, el Lancaster Park de Christchurch. Asistido por una liebre hasta la campana, transitó en 51.0, y luego ultimó en soledad la segunda vuelta, causando esa formidable impresión que solĆ­a causar. Se trataba de un atleta elegido, tosco pero eficaz; una fuerza de la naturaleza. Ese dĆ­a, ademĆ”s, fue un poco mĆ”s allĆ” y batió el tope universal de las 880 yardas (1:45.1).

Desde entonces, han pasado casi sesenta años (59 harÔ el 2 de febrero), y nadie en Nueva Zelanda ha conseguido superarle en la doble vuelta a la pista. Quien mÔs se aproximó fue su compatriota John Walker con 1:44.92, pero hace 47 años; otra reliquia en una tierra de mediofondistas míticos, como John Lovelock, Dick Quax o Rodney Dixon.

Snell tuvo igualmente el récord de Área de Oceanía hasta que en 2018, el australiano Joseph Deng, que lo rondó varias veces ese mismo verano, lo superó en la reunión de Mónaco (1:44.21).

La dureza de los rƩcords de 800

La perdurabilidad de los logros del triple oro olímpico Peter Snell es un caso extremo, aunque no extraño en los 800 metros. Los adelantos técnicos de toda índole, incluido el dopaje, no han conseguido que la evolución sea aquí tan rotunda como en otras especialidades, quizÔ porque hay una ecuación de resistencia y velocidad muy difícil de ajustar, y cualquier pequeña distracción, cualquier inexactitud, emborrona el resultado. Baste decir que en los primeros diez puestos del rÔnking mundial de todos los tiempos aún hay cronos con casi 40 años de antigüedad, como los de Sebastian Coe (1:41.73 en 1981), Joaquim Cruz (1:41.77 en 1984) o Sammy Kosgei (1:42.28 en 1984, en la misma carrera que Cruz).

Históricamente, los topes masculinos suelen ser bastante longevos, y los últimos cuatro plusmarquistas universales (Alberto Juantorena, Sebastian Coe, Wilson Kipketer y David Rudisha) tienen en común que superaron a sí mismos mÔs de una vez, y se convirtieron en estrellas consolidadas de su tiempo. Por tanto, desde hace unos años, cuando los 800 metros encuentran a su héroe, también señalan una especie de reinados o épocas: la Era Kipteker, la Era Rudisha.

Mucho antes de esos conquistadores por doble o triple partida, antes incluso que Snell, el alemĆ”n Rudolph Harbig corrió en 1:46.6 en 1939, y su proeza tardó 16 aƱos en ser superada hasta que, en 1955, el belga Roger Moens seƱaló 1:45.7 en el antiguo estadio Bislett de Oslo, aquĆ©l que sólo tenĆ­a seis calles, y en el que el pĆŗblico de la primera fila, si no hubiera estado compuesto por exquisitos aficionados nórdicos, habrĆ­a podido darle una colleja al atleta del carril exterior.

El mundo tras Snell

El crono de Snell fue rÔpidamente asediado, siempre fuera de las fronteras de Nueva Zelanda. Ralph Doubell, de Australia, lo repitió prÔcticamente en los Juegos Olímpicos de México-1968, aunque el control eléctrico arrojó un resultado final de 1:44.40; esta marca constituye hoy, técnicamente, la tercera mejor de todos los tiempos en Oceanía. También la igualó el inclasificable norteamericano David Wottle en 1972. Antes, en 1966, Jim Ryun anduvo a la par, pero su desempeño de 1:44.3 fue una estimación, y no una constatación, del paso en una vertiginosa prueba de 880 yardas (1:44.9). Tuvo que llegar el italiano Marcelo Fiasconaro, ya en 1973, para deshacer el empate (1:43.7).

Pero lindes adentro de la Tierra de la Nube Blanca, en los dominios históricos maoríes, lo cierto es que ese 1:44.3 de Snell se instaló cómodamente en lo alto del rÔnking. ¿No son suficientes casi seis décadas de vigencia para probar lo bueno que era?

Y aĆŗn hay mĆ”s: Snell no conserva por un pestaƱeo el rĆ©cord neozelandĆ©s de los 1.000 metros (hizo 2:16.6 en Aukland el 12 de noviembre de 1964). Se lo quitó, y por cierto aĆŗn lo mantiene, el antedicho John Walker en 1980 con 2:16.57. Walker tambiĆ©n sigue siendo el kiwi mĆ”s rĆ”pido en la milla (3:49.08 en 1982) y los 2.000 metros (4:51.52 en 1976), dos memorables antiguallas, aunque oscurecidas por 59 aƱos de plusmarca nacional incólume de Peter Snell. Por cierto, en 2012, Nick Willis registró 2:16:58, cerquĆ­sima del campeón olĆ­mpico de 1.500 metros en Montreal-1976.

Y todo esto en Nueva Zelanda, un país de 4,4 millones de habitantes, pero con fenómenos como Walker o el propio Willis, un tipo capaz de bajar 19 años seguidos de 4:00 en la milla, como acaba de ratificar hace unos días. Nación oceÔnica de mediofondistas fabulosos, cuyos récords suelen escribirse en mÔrmol. Pero, segundo arriba, segundo abajo, por mucho que evolucionen y se superen las marcas, superlativo tendrÔ que ser el neozelandés que haga sombra a Peter Snell. Un atleta cuya luz, como la de algunos astros de otra galaxia, rompe los esquemas temporales, y brilla mucho tiempo después de haberse extinguido.

                                                         Juan Manuel Botella

Johnny Gray, el hombre que llegaba primero a la campana

Hay dos momentos cruciales en la trayectoria de Johnny Gray, aquel mediofondista norteamericano, ochentero y larguirucho que solĆ­a tirar en cabeza. El primero llegó en los Juegos OlĆ­mpicos de SeĆŗl–1988 cuando, tras muchos aƱos en la Ć©lite, soportó el peso de ser uno de los favoritos: se empequeƱeció. El segundo tuvo lugar en los Juegos de Barcelona–1992 en los que, ahora sĆ­, ya maduro y con rivales de menos fuste que en Corea del Sur, estaba seƱalado para vencer. Sin embargo, por mĆ”s empeƱo que puso, tampoco ganó. En realidad, jamĆ”s logró tĆ­tulo mundial u olĆ­mpico alguno. Nos queda, a modo de consolación, el legado de su imagen de front–runner hacendoso, su zancada enorme y dinĆ”mica, su gesto de sufrimiento encabezando el pelotón al paso de casi todas las campanas que oyeron taƱer los ochocentistas de su generación. Ɖsta es la historia de Johnny Gray, un deportista que durante 18 temporadas compitió en cuantos trials, campeonatos y mĆ­tines se pusieron a su alcance; una figura sin la que es imposible retratar el del mediofondo de los aƱos ochenta y de buena parte de los noventa.

Gray se decidió tarde por el atletismo, a los 17 aƱos, edad a la que firmó un crono de 2:06.6 en 880 yardas, nada impresionante, si exceptuamos que llevaba sólo cinco meses entrenĆ”ndose. CorrĆ­a el aƱo 1977. Su progresión fue lenta y laboriosa, y el pĆŗblico no le valoraba hasta que, en 1982, derrotó en la foto finish al entonces alemĆ”n occidental Hans–Peter Ferner, que se harĆ­a famoso doce semanas mĆ”s tarde por derrotar a Sebastian Coe en los Europeos de Atenas. Gray y Ferner acreditaron exactamente 1:45.91, pero la gloria fue para el yanqui quien, fiel a la tĆ”ctica que mĆ”s cómodo le hacĆ­a sentir, se puso al frente de la carrera, apretó los dientes hasta el final, y resistió la acometida de sus rivales. ā€œMe gusta ir delante sin codazos, sin que me molestenā€, dijo a modo de presentación.

No obstante, pese a esta victoria y a su gran calidad, a Gray le costó horrores destacar en el atletismo. En 1983, bajo la dirección técnica de de Merle McGee, mejoró unas centésimas e incluso acreditó 46.3 en 400 metros, pero ni ganaba en su prueba favorita, las dos vueltas a la pista, ni daba señales de un corredor top.

La explosión de 1984

Fue en 1984 cuando demostró que era uno de los ochocentistas mÔs dotados del planeta. Empezó igualando el récord norteamericano en los Trials, en otra carrera resuelta también por la foto finish, en la que fue batido por Earl Jones, aunque empatando a la centésima (1:43.74). Aquí Gray cambió de estrategia, salió retrasado, y le faltaron metros para culminar la remontada. El premio a la progresión de aquellos Trials, no obstante, se lo llevó James Robinson, que iba último a falta de 200 metros y se ganó, con un tercer puesto in extremis, su billete olímpico.

Después, ya en los Juegos de los Ángeles, Johhny logró clasificarse en séptima posición en una final dominada, sin réplica posible, por el brasileño Joaquim Cruz.

Para cerrar la temporada, nuestro hombre igualó o superó tres veces mĆ”s –ahĆ­ es nada– el rĆ©cord estadounidense en cinco dĆ­as: 1:43.28 en Bruselas el 24 de agosto; 1:43.28 de nuevo en Colonia el 26 de agosto; y, por fin, 1:42.96 en Coblenza el 29 de agosto. A lo largo de su carrera, Johnny Gray batió cinco veces la plusmarca norteamericana de 800 metros al aire libre, y otras tres la de pista cubierta, amĆ©n de un rĆ©cord mundial de 600 metros todavĆ­a vigente (1:12.81 en 1986).

En 1985, Gray fijó su PB (1:42.60) en una prueba montada en Coblenza por y para Joaquim Cruz, que acabó primero (1:42.49). Nunca mĆ”s uno ni otro volverĆ­an a correr tan rĆ”pido; el brasileƱo, porque su esplendor fue apagĆ”ndose; y el norteamericano, debido a que nadie le acompaƱaba en su lucha contra el crono; probablemente, si Gray hubiera tropezado en algĆŗn momento de 1988 ó 1992 con otro front–runner que le ayudase o le arrastrase como le arrastraba Cruz, habrĆ­a rondado el 1:42:00.

Por culpa de las lesiones, la estrella de Gray brilló de forma intermitente en 1986 y 1987. Obtuvo algún éxito esporÔdico, como la exótica mejor marca mundial indoor de 880 yardas (1:46.8) o el mencionado récord de 600 metros. También consigue derrotar por primera y última vez a Sir Sebastian Coe. Fue el 1 de julio de 1986 en Estocolmo, por un margen de apenas 33 centésimas (1:43:84 vs 1:44.17). Sólo once días mÔs tarde, el britÔnico se desquitó en Londres, relegÔndole en esta ocasión al segundo puesto (1:44.10 vs 1:44.72).

Conviene recordar también su oro en los Juegos Panamericanos de 1987, donde doblegó como rival mÔs cualificado a José Luis Barbosa, que aún no había alcanzado la forma que le llevó, pocos días después, al bronce en el Mundial de Roma. Pero, en realidad, no obtuvo ningún otro resultado estelar en la doble vuelta.

Tan gris fue aquel periodo, que hizo de liebre en reuniones de alto nivel, como la de Zurich-1987, donde tiró los 1.500 metros ”enfundado en mallas azules! pasando a 2:22 por el kilómetro, con Steve Cram y José Luis GonzÔlez a su espalda. Ganaría, por cierto, el britÔnico (3:31:43), seguido del toledano (3:33.01), al que también lanzaría en otra carrera, ese mismo año, en el Crystal Palace de Londres.

Aquel verano de 1988

En 1988 surge un nuevo Johnny Gray, ya en perfecto estado de forma. Los Trials se celebran en IndianÔpolis, mes de junio. Una competición inolvidable, entre otras cosas, por la irrupción volcÔnica de Florence Griffith, aniquiladora feroz de récords femeninos de velocidad, inasequibles para ninguna mujer en muchas décadas.

John Marshall arranca en la final de 800 metros de manera suicida, pasando el doble hectómetro en 23.7. Le sigue a poca distancia Gray, que toma la cabeza y transita por la campana en 50.21. Poco a poco, desplegando su larguĆ­simo tranco, Johnny abre hueco respecto a sus demĆ”s competidores y entra victorioso, sin agobios de ningĆŗn tipo, en 1:43.96. ā€œParece que va rodandoā€, clama el speaker del estadio.

Semanas despuĆ©s, Gray acapara la atención del mediofondo mundial al vencer en la serie A de Zurich con un crono espectacular de 1:42.65, derrotando a un impetuoso JosĆ© Luis Barbosa (1:43.20), y a un Steve Cram (1:43.42) al que, posiblemente, su lesión posterior en Rieti privó de ganar el oro olĆ­mpico en los 1.500 metros. Johnny Gray transmitió aquella noche en Suiza la mejor imagen de toda su carrera deportiva, y dio la sensación de que no se habĆ­a empleado a fondo. ā€œRalentizó su marcha unos metros antes de lo debido, cuando tenĆ­a a su alcance un tiempo por debajo de 1:42.5ā€, opinó un rotativo estadounidense, que advertĆ­a al final del artĆ­culo: ā€œTras esta exhibición, es el gran favorito al oro en los Juegos de SeĆŗlā€.

Durante unos días, los medios de comunicación especularon con la posibilidad de que Gray atentara incluso contra el récord de Sebastian Coe (1:41.73), y encumbraron al corredor del Santa Mónica Track Club a la condición de mejor ochocentista del momento, sobre todo cuando se conoció un entrenamiento suyo de 700 metros a tope (1:28.2) seguido, tras 15 minutos de recuperación, de una serie de 300 (34.3). Años después, en 2012, su pupilo Duane Salomon le arrebataría la plusmarca oficiosa de esta sesión con 1:27.7 y 34.2.

Sin embargo, el atletismo es cruel y los entrenamientos son entrenamientos, y la competición, otra cosa. Su aureola de favorito se esfumó cuando el 19 de agosto, en Bruselas, sufrió una inesperada derrota ante Said Aouita, relativamente inexperto en la distancia, pero ambicioso como sólo el africano sabĆ­a serlo. Fue un golpe psicológico del que Gray no pudo recuperarse. El marroquĆ­ progresó pacientemente en la Ćŗltima recta y comió la moral del atleta de Santa Mónica en los cuadros. Y, ademĆ”s, en una prueba no excesivamente rĆ”pida: 1:44.36 fue el tiempo del vencedor, con el norteamericano llegando 7 centĆ©simas mĆ”s tarde. Aquellos cien metros finales de Gray, mirando de reojo y con impotencia la remontada de Aouita, le marcaron de tal modo que en la final de los Juegos OlĆ­mpicos de SeĆŗl (Āætal vez temeroso, tal vez pasado de forma?) renunció a su tĆ”ctica de salir delante, intentó correr a lo Borzakovskiy, y acabó en un quinto puesto que nada le dice a quien aspira al oro. ā€œEl voluntarioso Johnny no ha soportado la presión de ser un nĆŗmero unoā€, concluyó el mismo periódico que le encumbraba semanas antes.  

La leyenda del eterno perdedor

El rendimiento mediocre de Gray en SeĆŗl abrió otra etapa de claroscuros que duró tres temporadas (de 1989 a 1991), en las que siguió bajando de 1:44 e incluso obteniendo clasificaciones importantes (sexto en los Mundiales de Tokio–1991), pero se acrecentó su leyenda de perdedor.

AdemÔs, en invierno de 1989, durante la disputa de los Mundiales de Budapest en pista cubierta, Paul Ereng bate el viejo récord mundial indoor de Sebastian Coe, que tantas veces persiguió Gray en balde, y lo deja en 1:44.84. QuizÔ al norteamericano le sobró una zancada tan redonda y amplia para manejarse en trazados bajo techo. El caso es que ya no volvió a intentarlo.

En 1990, en busca de experiencias nuevas, realiza su debut en 1.500 metros con 3:42.43, y es batido por Doug Padilla. Se convence, por si hubiera alguna duda, de que es una distancia que jamƔs le va a encajar.

Una increĆ­ble carrera de Nueva Orleans

Toda mala racha tiene su fin, y las expectativas volvieron a dispararse en los Trials de 1992, que constituyen uno de los mƔs memorables triunfos del norteamericano.

La prueba se disputa en Nueva Orleans, con las gradas repletas de público, y Johnny Gray, por la calle cinco, viste de rojo. También son finalistas, entren otros, Mark Everett (bronce en los Mundiales de Tokio de 1991 y autor ese mismo año de una marca tremebunda para un ochocentista: 44.59 en 400 metros), José Parilla (1:43.97), George Kersh (1:44.07) y Ocky Clark (1:44.83).

Desde el pistoletazo se huele una carrera rĆ”pida. Gray, delgadĆ­simo aquel aƱo, coge la cabeza con una enorme facilidad, pone en fila a todos, y transita por el ecuador en unos brutales 49.46. Le siguen cinco atletas uno detrĆ”s de otro, sin ceder un Ć”pice, acercĆ”ndose cada vez mĆ”s, y parece que le adelantarĆ”n en tromba a la altura de la rĆ­a; pero a falta de 120 metros, en vez de clavarse, Gray saca fuerzas de flaqueza, mantiene el paso y se erige en soberbio vencedor con 1:42.80. De no existir la cabalgada de David Rudisha en la final olĆ­mpica de Londres–2012, la de Nueva Orleans serĆ­a la prueba de 800 metros al aire libre mĆ”s rĆ”pida tirada de cabo a rabo por el mismo corredor. Por cierto, Mark Everett fue segundo con 1:43.67 demostrando una recuperación alucinante, ya que iba sĆ©ptimo y con un retraso de 30 metros al iniciar la Ćŗltima curva. Tampoco estuvo mal la remontada de JosĆ© Parrilla, que hizo 12.7 segundos en la recta final para llegar tercero, pese a encarar ese tramo en Ćŗltima posición.

La final agónica de Barcelona–92

Llegan los Juegos de Barcelona–92 y Gray, a sus 32 aƱos de edad, es el favorito. En el rĆ”nking anual saca mĆ”s de medio segundo a todos sus rivales y su entorno difunde que ahora ya es un deportista ambicioso y con las ideas claras, que no se dejarĆ” impresionar por nadie. Ɖl tampoco no se molesta en esconder su tĆ”ctica y declara a la prensa: ā€œSĆ© cómo ganar a los africanos, haciendo mi carrera, sólo mi carrera. TirarĆ© fuerte desde el principio, evitarĆ© empujones y procurarĆ© no correr metros de mĆ”sā€. No le faltaba razón: le perjudicaba salir retrasado porque tenĆ­a una forma de desplazarse fluida, pero tan aparatosa que no remontaba con limpieza.

Las rondas previas desvelan la fragilidad de algunos rivales. Paul Ereng, que impresionó cuatro aƱos antes, llega en un pĆ©simo estado y ni siquiera pasa de semifinales. Mark Everett, por su parte, se clasifica por los pelos y ha perdido el punto que tenĆ­a en los Trials. Tan sólo el brasileƱo JosĆ© Luis ā€œZenquinhaā€ Barbosa y los kenianos William Tanui y Nixon Kiprotich parecen en disposición de enfrentar al bueno de Johnny, que se ha exhibido en semifinales y apunta directamente al oro.

El americano sale como un cohete en los primeros 200 metros, con Barbosa acosÔndole literalmente por el exterior de la calle uno, mientras Tanui queda por detrÔs y Nixon Kiprotich, gran animador de la final de Seúl, se esconde esta vez a la cola del paquete. A la campana se llega en 49.99 y Kiprotich comienza a recoger cadÔveres, aunque de una forma poco ortodoxa, adelantando por la calle tres; quizÔ esa exhibición le restarÔ fuerzas en el momento decisivo.

Los ocho competidores arriban a los Ćŗltimos 200 metros. El paquete ha perdido pocas unidades porque Gray no estĆ” corriendo tan rĆ”pido ni tan suelto como en Nueva Orleans, y hay varios atletas en condiciones de contraatacar. De hecho, Kiprotich, seguido por Tanui, se le empareja en la curva aprovechando el hundimiento de Barbosa. En los Ćŗltimos cien metros, Gray gesticula de forma agónica, sube el mentón como si el agua le llegara al cuello o le faltase aire para respirar, y se resiste a perder el oro. Pero es inĆŗtil, porque Kiprotich, tambiĆ©n a duras penas, consigue rebasarle. Lo mĆ”s insólito es que la gloria no serĆ” para ninguno de ellos. ĀæLa causa? En los cuadros aparece William Tanui, que se habĆ­a resguardado de los rifirrafes, y adelanta a ambos para alcanzar la meta en 1:43.67, convirtiĆ©ndose en el campeón olĆ­mpico mĆ”s desastrado de la historia, con la camiseta de tirantes caĆ­da y a medio meter por dentro del pantalón. Johnny ha logrado el bronce como mal menor y se deja caer agotado en un rincón del estadio de MontjuĆÆc: sabe que ha hecho todo lo posible, pero que ya nunca serĆ” oro en unos Juegos.

–¿Hubieras cambiado de tĆ”ctica sabiendo que te iban a ganar al sprint? –le pregunta el periodista de un canal americano.

–SĆ­, desde luego ā€“contesta Johnny sonriendo a la vez que palpa su medalla de bronce–. HabrĆ­a tirado mĆ”s fuerte.

Declive y resurgimiento

Al aƱo siguiente, Gray sufre un apagón de forma. No baja de 1:44 por primera vez en muchos aƱos, y en los Mundiales de Sttutgart–1993 demuestra sus flaquezas en una semifinal desastrosa en la que intenta estirar la carrera, pero se ahoga y llega Ćŗltimo con 1:50.89. Ese dĆ­a se enfadó tanto con su actuación, que al llegar a los vestuarios estampó una papelera contra la pared.

Tampoco 1994 se le da como él esperaba: logra 1:43.73, pero cosecha derrotas por doquier y, encima, una generación de nuevos corredores, encabezados por Wilson Kipketer, le apartan de la primera fila internacional.

Lo normal es que un atleta de su edad se hubiera retirado en este momento que apuntaba al declive. AdemÔs, en invierno de 1995 a Gray se le diagnostica anemia y pasa en blanco gran parte de la sesión. Su forma es tan discreta que, cuando se recupera, los organizadores le relegan a la serie B del mitin de Zurich, que se celebra el 16 de agosto. El norteamericano, sin embargo, responde de manera imperial en la pista y, tras un derroche que recuerda al Johnny Gray de sus mejores tiempos, vence con 1:43.36, nuevo récord mundial M35.

Esta sobresaliente prestación, cuando ya parecĆ­a acabado, le devuelve la fe ante los Juegos OlĆ­mpicos de Atlanta–1996, que tienen lugar al aƱo siguiente en su paĆ­s y en los que no hay favorito debido a la ausencia de Kipketer por sus problemas de nacionalización como danĆ©s. Gray, a sus 36 aƱos, llega a la capital de Georgia con modestia, pero sin renunciar a nada: ā€œSi estoy en la final, prometo que serĆ” una carrera rĆ”pidaā€, proclama con otra sonrisa en los labios. Su resistencia a la velocidad estĆ” en regresión, pero ha firmado las series largas (1.000 y 2.000 metros) y los rodajes mĆ”s rĆ”pidos de su vida. De hecho, tiene el antecedente de los Trials celebrados el dĆ­a de su cumpleaƱos, 19 de junio, donde se habĆ­a impuesto cómodamente (1:44.00) con su tĆ”ctica habitual de liderar el grupo, como si por Ć©l no pasara el tiempo.

Al abrigo de estos éxitos, Gray cocina en los Juegos Olímpicos de Atlanta la prueba de 800 metros con mayor densidad jamÔs disputada en suelo norteamericano. Sabe que ya no estÔ para luchar por la victoria, pero por enésima vez se pone el mono de faena y, con una voluntad de hierro superlativa, sin complejos, se encarga de animar el ritmo. Registra 49.55 por la mitad y mantiene la primera posición hasta los 700 metros, instante en el que le pasan de sopetón seis corredores, de los cuales nada menos que cuatro bajan de 1:43:00. Gray es séptimo con 1:44.21, y suyo es el mérito de haber obligado a todos al descomunal esfuerzo de ganarle.

Los rƩcords de veteranos M40

En este punto, la trayectoria de Gray sufre un segundo y ya irreversible frenazo. En 1997 sus tiempos empeoran y romperÔ la barrera de 1:45 por última vez en su vida (1:44.56 en Linz). Merece la pena remarcarlo porque ensartó 14 temporadas consecutivas bajando de 105 segundos. De hecho, quebró ese tope 65 veces a lo largo de su carrera, el segundo corredor mÔs prolífico por detrÔs de Kipketer, que lo hizo en 75 ocasiones.

En 1998 todavía se defiende y es segundo en los campeonatos USA, pero se le ve sufrir a ritmos de 1:45/1:46. Tras varias lesiones de pequeño alcance, en 1999 se recupera para ganar los Juegos Panamericanos con 1:45.38, su último gran logro.

Sin embargo, Gray es incombustible e insaciable, y siempre encuentra una razón para motivarse. Entrena y entrena sin descanso, como un jovencito. Intenta ganarse el billete para Sydney-2000, los que hubieran sido sus quintos Juegos Olímpicos. No obstante, el esfuerzo le pasa factura, y se lesiona en su serie de calificación en los Trials de Sacramento: llega último con 1:53.27. A continuación, en invierno de 2001, anuncia que piensa batir todos los récords mundiales de veteranos de 200 metros hasta la milla. Y para demostrarlo, el 3 de febrero de 2001, a los 40 años y 8 meses de edad, acredita una marca formidable de 1:48.81 en la pista cubierta de Atlanta.

Pero su carrera ya no da mĆ”s de sĆ­. Las lesiones, la desmotivación y las ofertas de trabajo para ser entrenador universitario –hay que pensar que este hombre tenĆ­a entonces 3 hijos adolescentes– le apartan definitivamente de las pistas, con lo que nunca llega a cumplir su asequible compromiso de apropiarse de los topes universales M40 de velocidad larga y mediofondo corto.

Hoy en día Gray es un abuelo feliz con 4 nietos de entre 6 y 2 años, y ha engordado 30 kilos, tirando por lo bajo. Trabaja como segundo entrenador de la Universidad de California, en Los Ángeles, y por sus manos pasan ochocentistas de enorme talento, como el mencionado Duane Salomon (1:42.82). Pero, por grandes que sean los logros de sus discípulos, Johnny Gray, el eterno aspirante que jamÔs ganó unos Juegos Olímpicos, ha sido y serÔ, con permiso de quienes vengan en el futuro, el ochocentista mÔs consistente y osado de la historia de los Estados Unidos de América.

Juan Manuel Botella

Atletismo EspaƱol, marzo de 2014

NOTA: el 1 de octubre de 2019, Donovan Brazier arrebató a Gray el récord nacional de USA al imponerse con 1:42.34 en la final de 800 metros del Campeonato del Mundo de Atletismo en Doha. En el mes de noviembre de ese año, con motivo de los Awards de World Athletics, me encontré con Brazier en el gimnasio del hotel Fairmont Montecarlo. Yo estaba dÔndole palique al bueno de Nourredine Morceli y a su hermano mayor Abderranmane, que hacían bici estÔtica sin mucho entusiasmo y, viniéndome arriba entre tanta leyenda, abordé a Brazier y le di le expresé mis congrutulations por su oro y su NR. Sin darle respiro, pregunté:

–¿QuĆ© sentiste al superar a Johnny Gray 34 aƱos despuĆ©s? Lo que no consiguieron Salomon, Symmonds o Murphy, lo has logrado tĆŗ y ademĆ”s en la carrera mĆ”s importante del aƱo -seguramente se me escapó un guau o un wow.

El muchacho me miró como espantÔndose de que un tarado le agobiara en ese lugar tan distinguido, pero fue correcto y respondió:

–SentĆ­ que estaba haciendo historia. Si me disculpas…

Y sin añadir nada mÔs, con mucho tiento porque estaba en pretemporada, se marcó el correspondiente fartlek de una hora alternando 10 minutos a 4:00 / 10 minutos a 3:10 en la cinta de correr del hotel donde servidor se había arrastrado un ratito antes.

Al verle deslizĆ”ndose en el aparato, con estilo perfecto y cadencia rĆ­tmica –fiu, fiu, fiu, fiu– me entró un especie de melancolĆ­a, y pensĆ©: Ā«QuĆ© maravilla que te muevas con esa facilidad, quĆ© jodidamente bueno eres para dejar sin rĆ©cord USA a Johnny Gray, pero cuĆ”ntos aƱos y aventuras te faltan aĆŗn, pese a todo, para llegar como llegó Ć©l al corazón del pĆŗblicoĀ».

Mar MartĆ­nez, mi vecina saltadora

MarMartinez_1L Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā Ā  Foto: RFEA

Conocí personalmente a Mar Martínez a principios de 2001. Como aficionado, sabía que fue la mejor española en altura durante muchos años; la lideresa de su etapa. Siguió la estela voladora de Isabel Mozún, Asunción Morte y Covadonga Mateos. Precedió a Carlota Castrejana, de paso por la colchoneta y destinada al pasillo de triple. Gracias a todas ellas, el récord nacional se acercó sin complejos al nivel de 1,90 metros. Mar lo intentó en cinco concursos diferentes y no llegó a franquearlo, seguramente por las lesiones, aunque yo siempre pensé que estaba a su alcance; de veras creía que, en aquellos últimos coletazos del siglo XX, sin internet ni plataformas de televisión, cuando las emociones se enlataban en imprenta para saborearse al día siguiente, leería una mañana en el periódico, zas, que la madrileña había madrugado el listón de los 190 centímetros, enfundada en la camiseta del Sanviveri o de aquel Valencia Karhu que se inventó Rafael Blanquer tras el destierro de las secciones del Valencia Club de Fútbol. Sin embargo, lo que sí he leído esta mañana, en otro de esos artículos de Alfredo Varona que te despiertan de un tortazo, es que Mar sufre una fase avanzada de ELA.  

¿Puede dar mÔs rabia?

Conocí a Mar en mi despacho en 2001, ya lo he dicho. Fue en una conselleria de la Generalitat. No hacía mucho que se había retirado, buscaba trabajo, y dejaba currículums allÔ donde iba. Creo que se alegró de que alguien la identificara en aquel laberinto de puertas grises y ladrillo caravista. Hice un alto en mis cosas y la invité a pasar, admirado por el hallazgo. ”Una campeona de España en el gabinete! La presenté orgulloso a varios compañeros. Hablamos de atletismo, y me puso por las nubes a una chica, por entonces de 21 años, llamada Ruth Beitia. Al despedirnos, le prometí que la llamaría si me enteraba de algún hueco.

No la llamé nunca, no me enteré de nada. Es la pura verdad. Fracasé ayudÔndola. Pero aquel verano de los Mundiales de Edmonton, nos encontramos por casualidad un par de veces. Siempre cordial, siempre amable; apurada en busca de trabajo, y paciente si no lo hallaba. Supongo que tocaba todas las puertas posibles. Yo le daba esperanzas, y me pregunto si hice mal en ser tan optimista. Le decía que alguien con su trayectoria encontraría, seguro, un muy buen empleo. Ella no lo tenía igual de claro; se inclinaba a pensar que, una vez superada su etapa deportiva, el marcador empezaba de cero. Recuerdo mis buenas, estériles palabras de Ônimo; recupero la memoria de aquellos días, y no me ablando por su enfermedad si digo, aunque fuera una perfecta desconocida, que me avergonzó mi incapacidad para echarle una mano. En mi cabezota de fanÔtico, el atletismo es una hermandad con lazos invisibles donde todos, si podemos y dentro de lo razonable, tenemos que apoyarnos; donde los grandes deportistas con ganas de esforzarse y aprender, y ella lo parecía, merecen una oportunidad. Pero bueno, no fue posible y tampoco hay que darle mÔs vueltas. Tiempo después, en el Complejo del Tramo III de Valencia, me contó que estaba de profesora en un cole, que se ganaba la vida, y ya no volvimos a hablar.

Pasaron los aƱos.

Un sÔbado, hacia 2014, fui con mi hija al polideportivo de La Pelosa de Moncada, muy cerca de donde vivo. Hay una pista de tierra y varios campos de fútbol de césped artificial. De entre todo el jaleo de partidos simultÔneos, me llamó la atención una pachanguita de padres. Percibí algo distinto. Una mujer espigada y Ôgil, la única mujer del choque, llegaba a todos los balones y, con un estilo balompédico poco ortodoxo pero mucho empuje físico, se permitió el lujo de marcar un gol ante varios papÔs cuarentones. Me fijé bien: era ella, Mar Martínez, la explusmarquista nacional. ¿Lo sabrían aquellos señores que la perseguían por la banda? Observé unos minutos, me alegré de verla en plenas facultades, pero me dio reparo molestarla tanto tiempo después.

Y la dejƩ tranquila, y fueron y vinieron mƔs aƱos.

En enero de 2018 volvimos a tropezar. Sucedió un martes, casi a la hora de comer, en el Velódromo Luis Puig. Yo habĆ­a quedado con Anacleto JimĆ©nez para hablar del Campeonato del Mundo de Medio Maratón, que se disputaba dos meses despuĆ©s en Valencia. La instalación tenĆ­a los focos apagados, sólo entraba luz natural de mediodĆ­a por las cristaleras del techo. Gravitaba una atmósfera de catedral colosalmente vacĆ­a. Desde lo alto de la torre se veĆ­a saltar a una atleta solitaria. ReconocĆ­ su estilo al instante; Mar MartĆ­nez, de nuevo. Cuando terminamos, bajĆ© a la pista y, esta vez sĆ­, la saludĆ©. HabĆ­a vuelto a competir con las veteranas del Catarroja, tenĆ­a trabajo, dos hijos ya crecidos, le iba bien. La encontrĆ© muy sonriente y en paz con la vida. Resulta que se habĆ­a mudado a la zona de MasĆ­as, en Moncada. Ɖramos, somos vecinos.

Pero, cosa extraña, no volví a verla. Pensaba que un día coincidiríamos, quién sabe, en la pista o en el supermercado, y hablaríamos otro rato de atletismo, como veinte años atrÔs. Y le contaría a mi familia que aquella vecina ilustre había sido seis veces campeona de España absoluta y se elevaba por encima del listón suspendido a 1,88 metros; lo consiguió tres veces, ademÔs, lo que sugiere que había algún centímetro adicional en la recÔmara de su tobillo. Sin embargo, ese encuentro, después de leer el artículo de Alfredo Varona, ya no serÔ posible. Sólo puedo escribir estas líneas, y expresar mi respeto por una mujer que se buscó la vida, como tantos otros atletas de élite que se incorporan al mundo laboral, sin deber nada a nadie. Una persona sencilla que, hasta donde sé, ha sido y es feliz con su gente.

Llega un verano atípico, el verano de las instalaciones a medio gas, de la distancia social, del coronavirus. Al mediodía, reina un profundo silencio en el Velódromo donde Mar debería estar entrenando, y en las colchonetas de todas las demÔs instalaciones donde cayeron los saltos que la campeona dio, y también los que no ha podido dar. Pero no hay tristeza, sino calma, sosiego, reposo. Esta historia tiene final feliz. Cada zancada, cada batida es una huella, y la huella de Mar Martínez en el atletismo, esa fraternidad con memoria de elefante, va a durar para siempre.

Juan Manuel Botella