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Juantorena y Cruz, talento inolvidable

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Joaquim-Cruzok

Serie A de los 800 metros masculinos. Zurich, 22 de agosto de 1984. La prueba, salvo hecatombe, tiene un ganador seguro. Se llama Joaquim Cruz, es brasileño, y se halla en la cúspide de su carrera deportiva. Le acompaña el cubano Alberto Juantorena, que se despide de la competición en una gira por Europa. Es la primera vez que corren juntos. Estuvieron a punto de hacerlo un año antes, en semifinales del Mundial de Helsinki–83; sin embargo, una grave lesión del isleño aplazó hasta hoy su encuentro.

Es mucho lo que les une. Ambos proceden de países emergentes, sin tradición en el mediofondo. Iban para jugadores de baloncesto y empezaron a correr -valga la inevitable metáfora- de rebote. Son altos y de zancada inmensa, más a su aire el carioca, con el cuerpo inclinado al frente, como destartalado; y más elegante el caribeño, con un tranco tan descomunal, que sus rodillas vuelan a un metro de la pista. Pero lo más importante: tras un sinfín de lesiones, y cada uno en su década, han conquistado el oro olímpico.

La reunión zuriquesa se convierte, como de costumbre, en reválida de campeones recientes. Aún resuena el eco de los Juegos de Los Ángeles. Juantorena se los ha perdido por el boicot, y Cruz ha alcanzado en ellos la cima de la doble vuelta al anillo. Ni un idiota negaría la superioridad del brasileño, que no ha dormido en las últimas noches pensando en el récord mundial de Sebastian Coe (1:41.73). Le obsesiona.

-En la Olimpiada corrimos cuatro pruebas de 800 metros en cuatro días, hice 1:43.62 en semifinales, y 1:43.00 en la final; sé que valgo 1:41- ha razonado en una entrevista.

A Alberto, por su parte, la sonrisa le llega de labios a patillas.

-¿Ganarle a Cruz? –ha bromeado con la prensa– ¿Cómo voy a ganarle, compay, si no corro ni 40 kilómetros a la semana?

Pero detrás de su cara de mártir, hay un viejo león.

La salida se retrasa debido a las celebraciones del récord mundial femenino de 100 metros que acaba de batir Evelyn Ashford. Mientras la norteamericana da la vuelta de honor, blandiendo una bandera de barras y estrellas, el público se relame soñando con otra plusmarca, pero de 800 metros, a cargo de Joaquim Cruz.

Ésta es la historia de los héroes de aquella carrera.

El corredor que salió de la pobreza

Joaquim Carvalho Cruz había nacido en 1963 en Taguatinga, cerca de Brasilia. Su padre, obrero metalúrgico en paro, sacaba una miseria vendiendo naranjas y limpiando botas. El niño le acompañaba vendiendo cualquier cosa en la calle para ganar unos pocos cruzeiros, y en sus tardes libres jugaba al basket; era espigado, delgadísimo, de brazos y piernas interminables. Le entrenaba Luiz de Oliveira, un exfutbolista que se había especializado, curiosamente, en baloncesto y atletismo en la Universidad de San Carlos. Cuando tenía 12 años, el equipo de Cruz viajó a un torneo en Ceará, al Norte de Brasil. Allí descubrió que el deporte podía rescatarle de la pobreza: “Yo nunca había creído que tal cosa pudiera ocurrir –reconoció en un programa de televisión que le homenajeaba en 2004–. Era increíble: ¡volábamos en un avión y no teníamos que pagar! Después de eso, a veces me iba a correr para mejorar mi condición física y para que me llevaran a más partidos”.

Dos años más tarde, se celebró una carrera escolar. Los entrenadores habían visto a Joaquim en las pruebas físicas, y pidieron a Oliveira que presentara a su chico en los 1.500 metros. Entonces Luiz se acercó a Joaquim y le retó a correr un kilómetro y medio lo más deprisa que pudiera. “¿A tope?”, preguntó él. “A tope, pero mañana y con dorsal”, respondió su técnico. Le tomaron 4:45.

Tres semanas después, ya más rodado, Joaquim hizo 4:19 y se clasificó para el Campeonato de Estudiantes, un totum revolutum que agrupaba cadetes, juveniles y juniors de 14 a 18 años. Oliveira se estaba entusiasmando con su pupilo, y le había convencido para entrenar regularmente 3 ó 4 días a la semana. Lo cierto es que aquel campeonato era una auténtica emboscada para un niño de 14 años enfrentado a jóvenes de 18. Salieron con ganas, a 2:38 el mil. El ganador acreditó 3:59, y Joaquim le plantó cara hasta la última vuelta; fue tercero (4:02.3) y se pasó una hora vomitando y jurando que no volvería a correr más.

Pero Oliveira no dejó escapar aquel talento. A los sesenta y dos días exactos, Joaquim hizo 800 metros en 1:54.6, y en el siguiente control, 48.7 en 400. Tenía 15 años, y Oliveira le soltó a un colega las mismas palabras que, según el biógrafo Otto Jahn, pronunció Mozart cuando oyó a Beethoven tocando el piano en el año 1787: “Recuerden a este joven. Un día el mundo entero hablará de él”.

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Quería imitar a Sebastian Coe

Cruz y Oliveira formaron un equipo indestructible. En 1980, con 17 años, Joaquim corría las dos vueltas en 1:47.85 y vio en televisión cómo Sebastian Coe ganaba los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de Moscú. Inmediatamente, se embelesó con la idea de imitar al británico. Su padre no le animó ni le desanimó, era hombre de pocas palabras; pero ya no volvió a dejar que se agotara acompañándole por toda la ciudad en busca de unas pocas monedas.

“Una vez -son palabras de Joaquim en una TV- papá hizo algo que nunca había hecho antes. Después de una competición me invitó a un helado y eso en mi casa, donde no había un cruzeiro, no pasaba ni en Navidad”.

El viejo limpiabotas vendedor de naranjas murió de infarto en 1981, sin ver a su hijo  la cumbre del mediofondo.

Días después de la tragedia, Joaquim corrió un ochocientos en Río de Janeiro. Parecía una competición insulsa. No había liebres, tampoco rivales de entidad. Oliveira planeó que atravesara los 400 metros en 55 segundos, ya que no estaba anímica ni físicamente centrado. Pero Joaquim arrancó como un cohete. Pasó en 25.1, 52.1, 1:18.0, y finalizó en 1:44.3, nuevo récord mundial junior. Las palabras de su entrenador resumen el impacto de aquel momento: “He tenido dos grandes emociones deportivas en mi vida. Una fue el oro de Los Ángeles. La otra, el récord mundial junior, porque Joaquim había fallado en los entrenamientos, estaba blando, pero corrió como si le fuera la vida. Creo que lo hizo por su padre. Por la noche, cuando todos nos habíamos calmado, le dije que era la hora de hacer las maletas e irse de Brasil para crecer como atleta”.

Antes de ponerse con el equipaje, Joaquim participó en la Copa del Mundo de Roma, donde se enfrentó a su admirado Coe, que saboreaba eso que los ingleses denominan the form of his life. Lord Sebastian ganó con 1:46.16, y Cruz, sexto, hizo una carrera horrible llevándose todos los golpes, corriendo las curvas por el exterior, y arrancando de las últimas posiciones cuando ya era demasiado tarde.

La aclimatación a USA

Pese a los planes de Oliveira, la Federación de Brasil no quería que su mayor promesa se fuera a Estados Unidos. La controversia llegó tan lejos que el técnico vendió su coche para pagar los billetes de avión. Entrenador y discípulo se trasladaron primero a Utah, que no les convenció, y después a Eugene, con la mirada puesta en la Universidad de Oregón. Cruz comenzó a estudiar allí para el examen de acceso.

Un día, Joaquim empezó a notar tremendos dolores en el pie. Como la cosa no remitía, se hizo una revisión, y el servicio de traumatología detectó que tenía una pierna ligerísimamente más corta. Además, le encontraron un espolón óseo.

Tras intentarlo todo para evitar el quirófano, Cruz se operó del espolón en julio de 1982. Fueron meses muy grises, con varios suspensos en la prueba de admisión de la Universidad. Y por añadidura, no competía. Estaba deprimido y confesó a la prensa que el récord junior de 1:44.3 lo veía tan lejano, que parecía obra de otro atleta.

Pero nunca llovió que no escampara. Su inglés mejoró y aprobó el examen. Eso le permitió ponerse en manos del cuadro médico de la universidad, y en especial del doctor Stan James. También por aquel entonces, Nike comenzó a fabricar unas plantillas especiales. Gracias a estos cuidados, recuperó el tono y en mayo, vistiendo la camiseta verde y amarilla de Oregón, obtuvo el título nacional universitario en Houston con 1:44.91.

título NCCA Cruz

Mundial de Helsinki–83

Aquel verano se disputaban los primeros Campeonatos del Mundo que, por exigencias del guión político, tuvieron más nivel –en general, pero quizá no en semifondo– que las Olimpiadas de Moscú–80 o Los Ángeles–84. Cruz seguía en forma. Había actualizado su marca personal (1:44.04), y además no en cualquier parte, sino en el antiguo estadio Bislett de Oslo, el templo nórdico de las carreras de medio aliento.

También había descendido de 1:45 en Niza, Estocolmo y Sao Paulo. En estos dos últimos mítines le derrotaron el holandés Rob Druppers y su compatriota José Luis Barbosa, más conocido como “Zequinha”.

Los 800 metros de Helsinki registraron un par de ausencias notables. Se borró Coe, que había hecho un test en la reunión de Gateshead, donde fue derrotado, en este orden, por Steve Cram, William Wuyke y Peter Elliott; luego se supo que arrastraba las secuelas de una toxoplasmosis. También se autodescartó Cram, que se proclamaría campeón mundial de 1.500 metros. En cambio, sí era de la partida Alberto Juantorena, ya en el atardecer de su carrera y autor de una marca reciente de 1:45.03 en La Habana. El cubano, junto a los alemanes federales Hans Peter Ferner (verdugo de Coe en los Europeos de Atenas–82) y Willi Wülbeck (cuarto en los Juegos de Montreal–76, y acreditado en 2:14.53 en 1.000 metros), así como Druppers, se presentaban como los participantes de mayor fuste.

Uno de los hechos más singulares de este campeonato es que, de sopetón, hubo tres representantes cariocas en los 800 metros. Cruz, el más joven, parecía haber puesto de moda la distancia en su país. Además del plusmarquista mundial junior, compitieron el mencionado Barbosa y Agberto Guimaraes. Pero más querido por el público, el más descarado, el que atrajo toda la atención desde que surgió de la cámara de llamadas del estadio, fue Joaquim Cruz. Se clasificó segundo en su serie, tras Druppers, que aquel año se las ganaba todas. Sin embargo, ya en semifinales, el plusmarquista mundial junior dominó con autoridad y aleccionó a una generación entera de ochocentistas brasileños, que aprendieron a correr dando la cara como él, siempre a un ritmo inferior a 52 segundos.

Éste fue, precisamente, el guión de la final, con Joaquim saliendo a por todas en la calle tres. Sin embargo, otro front–runner, el inglés Peter Elliott, se empeñó en pasar el ecuador por delante en 50.58, y discutió a Joaquim la cabeza en una lucha suicida por tirar y tirar en la que se estorbaron mutuamente. A la altura de contrameta, Cruz intenta recuperar la primera posición, pero Elliott se empecina en que la cuerda es suya. Llegan a los 600 metros zarpa a la greña, con el inglés por dentro y el brasileño por fuera, haciendo metros de más. En la recta parece que se destaca Cruz, pero viene Willi Wülbeck, que se ha mantenido lejos de las peleas, y vence con 1:43.65. Por detrás, Druppers sobrepasa primero a Elliott y luego, en la misma línea de meta, a Cruz, que ya no tiene fuerzas y queda relegado al bronce. “Has corrido 810 metros –le dice Luiz de Oliveira–, pero no estoy enfadado, porque lo que has conseguido para tu país y para ti es fabuloso”.

Helsinki 1983

Entrenamientos brutales

En otoño de 1983, Oliveira concibió sesiones mucho más duras para su pupilo. Joaquim hizo carreras de una hora a ritmo de 5:30 por milla, pesas, cuestas, fartlek, velocidad, intervalo y circuitos de tal exigencia, que le hicieron vomitar como al principio, en aquel Campeonato de Estudiantes. Éste es otro de los nexos con Alberto Juantorena, de quien se dice que forzaba tanto los límites de su ácido láctico, que también devolvía haciendo series, pero no se retiraba nunca.

Prueba de aquella disciplina es un entrenamiento que ingenió Oliveira para acostumbrar al organismo a rendir en deuda de oxígeno. El técnico pensaba que para ser el mejor, había que habituarse a un ritmo de 1:15 el 600. Obviamente, nadie puede hacer repeticiones a ese tren. Así que obligaba a Joaquim Cruz a contener la respiración durante un minuto mientras realizaba ejercicios de gimnasia sobre el tartán; a continuación, sin reposo, le instaba a correr 300 metros en 37 segundos. Y así tres series. A nadie debe sorprenderle que el pobre Cruz vomitara en cuanto abriera la boca.

Apoteosis en Los Ángeles

Sea como fuere, el brasileño se presentó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles–84 en una condición sublime, y mucho más descansado que en los Mundiales del año anterior, ya que había competido muy poco, aunque enseñando las garras: 3:36.48 en 1.500 metros.

El ochocientos no se resentía por el boicot soviético, y entraban en acción corredores de un nivel superior al de Helsinki.

En el Memorial Coliseum, Cruz señaló tiempos de 1:44.84 y 1:45.66, correspondientes a preliminares. Al día siguiente, se disputó la semifinal. El keniano Edwin Koech pasó los 400 metros en 49.6. Cruz le adelantó sin aparente esfuerzo, no se relajó y fijó un crono de 1:43.82, el mejor de su vida. El defensor del título, Steve Ovett, se echó contra la meta para clasificarse en cuarto lugar con 1:44.94, récord mundial oficioso de corredores con bronquitis.

“Hay que clasificarse ahorrando fuerzas –declaró Coe antes de meterse por el túnel de vestuarios–. El esfuerzo previo va a pesar. Son cuatro ochocientos seguidos…”. El británico también había ganado su manga, pero gastando menos, con 1:45.51. Se rumoreaba que estaba muy fino, ya que en Oslo, pocas semanas antes, había acreditado 1:43.80 con un último 200 en 25 segundos. Pero Oliveira tenía un plan. Sabía que el final del inglés era demoledor, y para neutralizarlo, Cruz debía correr con menos ímpetu que en Helsinki, reservando gasolina para el esprint.

En la carrera definitiva, a Joaquim le toca la calle seis, y a Sebastian la tres. Koech, como en semifinales, toma el mando y transita a 51.07 por la mitad, con Cruz a su espalda, Coe mucho más atento que cuatro años antes en Moscú, y Johnny Gray, que accedía a su primera gran final, corriendo a trompicones. Bajo el templado sol de la tarde californiana, Joaquim transmite una perturbadora impresión de facilidad: deja pasar los segundos como le ha dicho su entrenador.

Las posiciones se mantienen a los 600 metros, con el brasileño respirando en el cogote de Koech y muy pendiente de taponar a Coe. El último hectómetro es un festival de Cruz, esprintando con toda su alma, y destacándose tres cuerpos de sus rivales. Entra con el puño derecho en alto, proclamando su dominio y liberando en un gesto de rabia el estrés de días anteriores. Su tiempo, 1:43.00, supone un nuevo tope olímpico que mejora, ahí es nada, el de Alberto Juantorena (1:43.50). Se trata de un momento histórico, el primer oro olímpico para Brasil.

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Tras los Juegos, naturalmente, los mítines internacionales se rifaron al portento. Para empezar, Joaquim se prueba en Niza el 20 de agosto sobre 1.000 metros y concluye en 2:14.09. Ahora lo ha fichado Zurich para la carrera que comenzará con retraso de unos minutos y que le enfrenta al hombre tranquilo, a Alberto Juantorena.

Juantorena, hijo de la Revolución

Alberto Juantorena Danger (Santiago de Cuba, 1950) tuvo una infancia más politizada que Joaquim Cruz. Vivió la caída de Fulgencio Batista y la Revolución, la fallida invasión de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles de Kennedy y Kruschev. Aquellos acontecimientos convirtieron a su querido país en pieza esencial del tablero de ajedrez de la Guerra Fría, y desparramaron una corriente de patriotismo y adhesión al régimen de Fidel Castro. Hoy Juantorena, a pesar de los pesares, sigue siendo uno de sus más irreductibles valedores.

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Hasta los 21 años, Juantorena dedicó su vida al baloncesto. Medía 1,91 metros, tenía un físico portentoso e imprimía una velocidad de vértigo a las jugadas. A veces su equipo tenía problemas para seguirle, lo que daba cierta impresión de caos en la cancha. Los entrenadores decían que le faltaba algo. No obstante, soñaba con representar a Cuba en los Juegos Olímpicos de Munich–72, y obtener una sonada victoria frente al enemigo externo, los Estados Unidos.

Un documental de Lázaro Buría titulado “El peor jugador de basket del mundo” refleja perfectamente esa etapa en la que Juantorena militó en el equipo de Oriente, a las órdenes de Rafael Carbonell, con la esperanza de alcanzar algún día la internacionalidad.

Pero su progresión baloncestística se estancaba. No le daban minutos o salía de reserva. Lo más particular es que Juantorena apabullaba a sus compañeros en las pruebas físicas, hasta el punto que el entrenador polaco Zygmunt Zabierzowski le convenció para hacer un test de 500 metros en la pista del estadio Pedro Marrero. “Si sale mal, no te preocupes”. Era el mes de febrero de 1971. Le tomaron 1:07.0, y esa marca primera, inmortalizada en un viejo cronómetro de manecillas, selló para siempre su destino.

La leyenda de El Caballo

Zabierzowski le enfocó hacia los 400 metros, porque era muy rápido, aunque no explosivo. Además, corría técnicamente muy bien. Aquello le venía de fábrica. Su plasticidad le valió muy pronto el sobrenombre de El Caballo.

Alberto no se acomodó en los tacos con entrenamiento suficiente hasta la primavera de 1972. En pocas semanas se erigió en el mejor cuatrocentista de su país y, tal y como había soñado, pero no en su deporte favorito, participó en los Juegos Olímpicos de Munich.

Allí, su actuación fue mucho mejor de lo que cabía esperar en un recién llegado al atletismo. Tras ganar en series (45.94) y llegar segundo en cuartos (45.96), Juantorena se ubicó quinto en semifinales con 46.07. Estaba eliminado, pero era un resultado objetivamente magnífico para alguien que se había puesto los clavos pocos meses atrás.

Su primer triunfo de envergadura se produjo en los Juegos Mundiales Universitarios celebrados en Moscú, en 1973 (45.4). Ya entonces empezó a forjar su leyenda, la de un corredor majestuoso, lleno de coraje y personalidad, que parecía ajustar una cuenta pendiente en cada carrera.

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Las lesiones, sin embargo, aplazaron su hegemonía. Tras registrar en Turín un valioso tiempo (44.9), pasó por el quirófano debido al mal de Morton, una compresión de los nervios del pie. Regresó a la competición en 1975, con la vista puesta en los Campeonatos Panamericanos, y allí firmó una nueva plusmarca cubana eléctrica (44.80), empequeñecida, desgraciadamente para él, por el triunfo del norteamericano Ronald Ray (44.45).

El cambio a los 800 metros

El Caballo es un caso atípico en el atletismo, porque se proclamó campeón olímpico y recordman mundial de una distancia que había empezado a practicar ese año: los 800 metros. Ni siquiera él mismo, semanas antes de los Juegos de Montreal–76, sabía que iba a competir en esta prueba. Pero ya en diciembre de 1975, Zabierzowski había comenzado a trabajarle para el doblete. Sus tiempos en series largas, sin ser maravillosos, resultaban esperanzadores, y el polaco hizo encaje de bolillos para compaginar dos distancias aparentemente irreconciliables en la altísima competición, los 400 y los 800 metros.

De todas formas, Alberto nunca hizo excesivo kilometraje para no perder velocidad, y siempre se empleaba con más pasión en las tandas cortas y se contenía en las largas. En febrero de 1976, según la desaparecida revista Deporte 2000, hizo un fraccionado de 2×1.000 y 2×500 con 4 minutos de pausa, a una media de 2:40 y 1:04. Otro día realizó una sesión de 6×200 a un promedio de 21.9 (22.5 el más lento, 21.5 el más rápido).

Juantorena se adaptó muy rápidamente –nunca mejor dicho– a las dos vueltas. A principios de año, en un control privado, bajó de 1:47. En mayo registró 1:45.2. Y un mes más tarde ya estaba en 1:44.9. Todo ello enriquecido con 44.7 en 400 metros, síntoma de que no había perdido facultades por abajo. El mundo del atletismo se rendía a la evidencia: el mismo hombre encabezaba el ránking universal de 400 y 800 metros.

Por tanto, se contaba con él para la victoria en Montreal. Las dudas, compartidas por los propios técnicos cubanos, residían en el calendario, que le obligaba a correr siete veces en siete días, y en la capacidad de recuperación de un mediofondista a medio construir, sin bagaje para soportar tantas carreras seguidas.

En la cumbre de Montreal

Pero en las primeras rondas de 800 metros, la especialidad que se disputaba primero, quedó claro que Juantorena aguantaba lo que le echasen. Daba una enorme sensación de fortaleza y los rivales parecían enclenques a su lado.

Sin mayor novedad, a las cinco y cuarto de la tarde del 25 de julio de 1976, en el estadio olímpico de Montreal, se inició la final de los 800 metros. Alberto Juantorena –las tibias enfundadas en calcetines blancos– corría por el carril número cinco, escoltado por el estadounidense Rick Wohlhuter y por el indio Sri Ram Singh. También figuraban el belga Ivo Van Damme, el alemán Willi Wülbeck y un jovencísimo Steve Ovett. De conformidad con el reglamento de la XXI Olimpiada, la calle libre se tomó a los 300 metros, siempre con Alberto Juantorena delante.

Al toque de la campana (50.85) se avanzó Singh con ese engañoso vigor que precede al desfondamiento. El hindú no le duró ni un suspiro. Juantorena comenzó a desplegar su zancada en la contrarrecta, se reservó en la curva, y encontró fuerzas para rechazar el desesperado ataque de Wohlhuter y del malogrado Van Damme. Había concluido con un nuevo récord mundial de 1:43.50.

juantorena oro 800

Más difícil todavía

Al día siguiente, sin celebraciones ni reposo, llegaba el momento crítico: tenía que correr dos cuatrocientos en la misma jornada. A la hora del desayuno, el flamante campeón olímpico volvió a la pista en las eliminatorias, e hizo lo mínimo para clasificarse tercero con 47.89. Por la tarde, en cuartos de final, ya anduvo más entonado (45.92).

Tras una jornada de reposo, afrontó las semifinales con alegría en las piernas (45.10) aunque tal vez, a vista de pájaro, se le notaba menos reactivo. Los agoreros decían que los 800 metros le habían dejado sin chispa.

Con todo y con eso, no había favorito para la vuelta al anillo. La prueba vivía en estado de shock desde que Lee Evans, en los Juegos de México–68, parase el reloj en 43.86. Nadie había conseguido acercarse desde entonces al nivel de los 44.30 eléctricos.

En la final corrían ocho hombres de nivel, a secas, sin que a priori destacara ninguno en particular. En ausencia de Ray, campeón panamericano, y por citar a alguien, estaba el estadounidense Fred Newhouse (44.89) y el británico David Jenkins (44.93), que eran mucho más ‘velocistas’ que Juantorena, con cronos inferiores a 20.5 en 200 metros. Y estaban menos cansados, por añadidura. A mayor abundancia, Alberto se ubicaba en la calle dos, mientras sus oponentes se alojaban en los carriles centrales.

El triunfo del criollo, en estas circunstancias, sonaba a carambola. Pero cuando un atleta compite en estado de gracia, todo es posible. Newhouse partió con ánimo de resolver aquello por k.o., mientras Juantorena salió dormido, y no entró en carrera hasta la segunda curva.

Los ojos del público estaban fijos en su progresión. El cubano y el americano llegaron casi a la par a los últimos 50 metros.

Pareció que Newhouse, célebre por su tobillo de vallista, aguantaba el arreón, pero Juantorena no se rindió –“cuando corro, pienso: aquí llegó el diablo”–, exprimió toda su potencia física, y se anticipó con 44.26, récord mundial a nivel del mar. Incluso le dio tiempo a mirar a su derecha con descaro de campeón.

Sencillamente, un cuento de hadas. La alegría del pueblo cubano fue incontenible. Las autoridades castristas convirtieron aquella victoria sobre el adversario yanqui en un triunfo nacional. Pero lo irónico, es que no dejaron en paz a su héroe: ¡le hicieron participar dos veces más en el relevo 4×400, donde Cuba fue séptima!

La leyenda dice que, tras la ceremonia de clausura, un desconocido se presentó en la Villa Olímpica, y ofreció a Alberto un millón de dólares si abandonaba la selección y pedía asilo político en la embajada de otro país. El Caballo lo echó a patadas.

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La rivalidad con Boit

A partir de Montreal, Alberto Juantorena, hombre de principios férreos, cargó a sus espaldas con la enseña política y deportiva de Cuba. Los años post olímpicos suelen ser de transición, pero aquel verano de 1977, Juantorena se prodigó en todos los frentes posibles. Obtuvo 14 triunfos y un segundo puesto en 400 metros, mientras que en 800 ganó 9 competiciones y batió su propio récord con 1:43.44 en Sofía, con motivo de los Juegos Mundiales Universitarios. También descendió de 1:44 en Zurich (1:43.64), haciendo bueno el principio de que un ochocentista en su mejor forma, tiene gasolina para rondar varias veces su marca. Esa carrera en Suiza, dicho sea de paso, se hizo famosa porque derrotó a Mike Boit, que se había inmolado con parciales de 49.5 y 1:15.0.

El punto culminante de la temporada tuvo lugar del 2 al 4 de septiembre, en la Copa del Mundo celebrada en Dusseldorf (por entonces Alemania Federal). Boit, el keniano oscurecido por los boicots olímpicos, había marcado 1:43.79 en 1975 y 1:43.57 en 1976. Su ausencia en Montreal, según los puristas, allanó el doblete de Juantorena, que no podía ser considerado el mejor hasta que no le venciera en competición oficial, por mucho que le hubiera ganado en mítines.

Ahora, sin la presión del récord, iban a enfrentarse para dirimir la supremacía. Juantorena echa el freno en el primer giro, que se cumple en 52.31. Boit ha aprendido la lección de Zurich y va refugiado en el grupo. Cuando quedan tres hectómetros, arranca el cubano y su rival le persigue, achica la ventaja, y se le arrima en la curva. Los dos desembocan igualados en el último cien. Boit da un latigazo terminal, retuerce los músculos faciales, y sobrepasa al campeón olímpico. Cuando ya se ve ganador, Juantorena saca unos gramos de energía suficientes para recobrarse y entrar en primera posición. Han sido diez centésimas de diferencia, 1:44.04, por 1:44.14, y una lucha agónica entre El Caballo, vestido con los colores azules de la selección de América, y Boit, con la camiseta naranja de África. Quienes la vieron en directo dicen que se trata de una de las carreras más hermosas de todos los tiempos.

Boit juantorena

En esta Copa del Mundo, por cierto, tuvo lugar un hecho insólito, ya que se disputaron dos veces los 400 metros. En la primera ocasión, Juantorena, pluriempleado como siempre, llegó tercero (45.83), por detrás del alemán democrático Volvker Beck (45.79) y del polaco Ryszard Podlas (45.80). El cubano alegó que el ruido de un avión le había impedido reaccionar al disparo de salida. El jurado estimó su apelación, y al día siguiente, ya sin aviones de por medio, El Caballo se alzó con la victoria (45.36). Los representantes de Oceanía y África, Félix Imadiyi y Richard Mitchell, se negaron a participar en señal de protesta.

Tiempo de lesiones

En las siguientes temporadas, el bicampeón olímpico enfiló su decadencia por culpa de las lesiones. Brilló con 44.27 en 400 metros en la altitud de Medellín (Colombia) en 1978. Pero en los Juegos Panamericanos de 1979, celebrados en Puerto Rico, Alberto decepciona con dos segundos puestos en 400 (45.24) y 800 metros (1:46.4), relegado, respectivamente, por los americanos Tony Darden y James Robinson. Los yanquis siempre se interpusieron entre Juantorena y el oro continental.

El ocaso se confirma un año después. Alberto renuncia a la locura de doblar en los Juegos de Moscú–80 y se concentra en la vuelta a la pista, pero concluye cuarto en una carrera devaluada por el boicot. La precariedad de entrenamientos, a causa de una cirugía en el tendón de Aquiles, le privó quizá de un nuevo título. Más aún; privó al mundo de un hipotético enfrentamiento en 800 metros con Steve Ovett y Sebastian Coe. Sin duda, con Juantorena en su mejor forma, aquella final habría tenido un desarrollo –y quién sabe si un resultado–, muy diferente.

En 1982, Alberto se sobrepuso a varios percances físicos, y en los Juegos Centroamericanos y del Caribe protagonizó otra de sus hazañas, al remontar 25 metros al equipo de Jamaica en la posta final (3:03.54). En los Mundiales de Helsinki–83, un tropiezo al término de su serie le privó, como ya se ha dicho, de luchar por el podio.

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Su última temporada fue la del verano de 1984, en la que se dedicó casi exclusivamente a los 800 metros, con alguna incursión en 400 (el 21 de junio corre en España por vez primera, y gana con 47.07 en el antiguo estadio de Vallehermoso).

Cuentan que un periodista español le preguntó qué le parecía nuestro país, y Juantorena no se lo pensó:

-Los españoles nos trajeron los dos tesoros más preciados de Cuba -e hizo una pausa.

El redactor se quedó expectante, con su bolígrafo ávido de inmortalizar aquella revelación.

-Ustedes nos trajeron las alpargatas –continuó El Caballo– y luego a las mulatas.

Juantorena aún saboreó una victoria más. El 10 de agosto de 1984, en el Estadio Lenin de Moscú, tuvo lugar una especie de contrapunto a la Olimpiada de Los Ángeles reservado a países del Telón de Acero. Alberto se alistó en los 800 metros y salió prudente. Cuando quedaba media vuelta, adelantó a los tres representantes soviéticos y se situó primero; parecía que iba a ganar, pero a su derecha surgió Rychard Ostrowski, que estaba rematando al estilo polaco, de menos a más. Entraron juntos a meta con un tiempo de 1:45.58. A simple vista, resultaba imposible distinguir quién había llegado delante. Los jueces, tras la correspondiente deliberación, entregaron dos medallas de oro.

Después de la ceremonia, Alberto anunció su retirada en una pequeña gira por Europa.

Y entonces llegó Zurich

El momento más importante de esa gira de despedida acontece en Zurich, el 22 de agosto de 1984. Tras un sinfín de batallas vividas por Cruz y Juantorena, llegaba la hora de ver juntos a los dos colosos iberoamericanos.

La atmósfera que rodeaba el mitin era formidable. Hubo dos momentos culminantes previos, uno en la pista y otro fuera de ella: el mencionado récord de 100 metros femeninos de Evelyn Ashford (10.76, +1,7 m/s); y el conflicto mediático entre Said Aouita y Sebastian Coe, que no quisieron correr juntos. Así que –decisión salomónica al canto– Aouita ganó la milla en 3:49.54, y Coe los 1.500 en 3:32.39. De algún modo, el marroquí y el inglés se las arreglaron para no encontrarse jamás en una pista de atletismo.

A las ocho y veinte, por fin, se oye el pistoletazo de los 800 metros: Cruz contra Juantorena, los setenta contra los ochenta, joven contra veterano. Joaquim sale pegado a la liebre, Omar Khalifa. Tras ellos se sitúa Sammy Koskei –un keniano que no ha corrido en Los Ángeles–, el americano Johnny Gray, el inglés Garry Cook, el alemán Hans–Peter Ferner y el brasileño Agberto Guimaraes, que viene de ser finalista olímpico. Alberto se lo toma con más calma; ya no era el castigador de Montreal y conoce sus limitaciones. Khalifa pasa el primer giro en 49.74, y Cruz le sigue en 50.10. A Juantorena, octavo, le toman cerca de 52 segundos.

A los 540 metros, Khalifa se retira por fuera, molestando. Pero a Cruz –fibra, sudor y tendones– no le para ni un tanque y le esquiva. Hay que bajar de 1:41.73. Su perseguidor Koskei claudica. Cada vez se abre más distancia entre Joaquim y el resto. El público siente que nada es imposible en Zurich, acaban de verlo con Evelyn Ashford. Pero el campeón olímpico se crispa en los últimos metros y llega en 1:42.34.

Juantorena, como días antes en Moscú, sobrepasa a varios atletas e incluso está a punto de alcanzar al bueno de Johnny Gray; al final se clasifica quinto con 1:45.60. Lástima que la emoción del posible récord haya eclipsado el desempeño de una de las más grandes figuras deportivas de la historia. En desagravio, las gradas del Letzigrund Stadium de Zurich, habitadas por espectadores que conocen la trayectoria de El Caballo, le tributan un aplauso que hace temblar los cimientos de la instalación.

A Cruz, desilusionado con su marca, sólo le puede reconfortar una cosa: dar la vuelta de honor con Juantorena. Le busca y exige que le acompañe. Los dos ex jugadores de baloncesto se embarcan en un giro lleno de significados.

cruz juantorena

A 4 centésimas de Coe

Después de Zurich, a Cruz le quedaron más andanzas; pocas, debido a las lesiones, pero suficientes como para colgarse otra medalla olímpica en Seúl–88, esta vez de plata, cuando tenía sólo 25 años y su nombre –tiene guasa el asunto– sonaba a vieja gloria.

Y es que Joaquim, como Alberto, se pegó mucho trote por las pistas. Prueba de su afán competitivo la tenemos aquella misma semana de agosto de 1984, ésa de su consagración y de la despedida de El Caballo. Tras el 1:42.34 de Zurich se envalentonó. “En Suiza perdí medio segundo por el contratiempo con Khalifa”, dijo. Y lo demostró en menos de cuatro días: primero, de aperitivo, señaló 1:42.41 el 24 de agosto en Bruselas (entonces el calendario de mítines no dejaba un respiro; de hecho, Juantorena también participó en esa prueba).

Cuarenta y ocho horas después, el 26 de agosto, dejó a los aficionados con la boca abierta. Sucedió en Colonia, en una carrera que aún permanece como una de las más rápidas de todos los tiempos. La liebre, Thomas Giessing (un cuatrocentista alemán de 46.00), promedia 49.53 por 49.76 de Joaquim Cruz, con James Robinson y el incansable Sammy Koskei a la chepa, y un rosario de competidores pugnando por no descolgarse. Por los 600 metros, ya en solitario, Joaquim marca 1:15.80, ocho décimas peor que Coe en Florencia. A partir de ahí, clava menos que otras veces y acosado por Koskei reporta 1:41.77, apenas un suspiro más lento que el récord.

Por detrás se abren de par en par las ventanas del ránking gracias al propio Koskei (1:42.28), Johnny Gray (1:43.28), Agberto Guimaraes (1:43.91) y José Luis Barbosa (1:44.98). Empezaba una nueva etapa y surgía una generación que dominaría los años ochenta y parte de los noventa. Alberto Juantorena pertenecía ya al pasado, pero su carrera deportiva ejemplar, igual que la de Joaquim Cruz, es tan admirable que pasará el tiempo, irán y vendrán campeones, y siempre habrá atletas que sueñen con parecerse a ellos.

                    Juan Manuel Botella

Atletismo Español, mayo de 2010

 

NOTA: A primeros de diciembre de 2018, coincidí con Alberto Juantorena en un almuerzo. Aproveché para preguntarle qué habría pasado si se hubiera medido en su plenitud de 1976 a Coe y a Cruz, por supuesto en 1981 y 1984, respectivamente. Al principio, el actual vicepresidente de la IAAF no pareció entender bien la pregunta, porque me decía que en los ochenta, él ya estaba de capa caída. Pero luego captó la intención del asunto, y me dijo:

-Pues que les hubiera ganado, compay. En 1976 yo lo aguantaba todo, como en 1977. También decían que no derrotaría a Boit, que fui campeón olímpico de 800 gracias a su ausencia; y resulta que luego le derroté en buena lid.

-Coe y Cruz corrían en 1:41 -repliqué sin piedad.

-Bueeeno… -encajó el dato- y yo habría salido a vencerles.

-Y ahora hablemos de 1983.

-Ahí ya tenía 33 años. Me hice daño en Helsinki.

-Precisamente; si no se hubiera lesionado, ¿habría subido al podio de los Mundiales?

Se lo pensó unos segundos antes de contestar.

-Al podio sí, estaba fuerte; pero no le habría ganado a Wülbeck.

Y me miró como espantado de que hubiera por el mundo gente que se hacía tan extrañas preguntas, pero en seguida conocí que me perdonaba porque, muy ufano, empezó a contar a sus acompañantes lo que yo le había planteado y lo que me había respondido. Y después me regaló un pin con la bandera de Cuba, y se perdió feliz, verdaderamente feliz, por un pasillo.

 

 

Coe vs Cram, el arte de afrontar la última vuelta

WA

La verdadera rivalidad de los británicos Sebastian Coe y Steve Cram arranca el 11 de agosto de 1984, como un spin-off de la que mantuvo el propio Coe con su archienemigo Steve Ovett. No obstante, se dirá con razón que el luego presidente de World Athletics se había enfrentado muchas veces, antes de 1984, con el rubio de Jarrow; por ejemplo y por su relevancia, en la final de los Juegos de Moscú de 1980, cuando Cram era un crío de 19 años; o en 1983, poco antes de los Mundiales de Helsinki, día en que se vieron las caras sobre 800 metros en Gateshead, con Coe disminuído por las secuelas de una toxoplasmosis.

Pero fue en los 1.500 metros de los Juegos Olímpicos de 1984, una tarde soleada en Los Ángeles, el momento en que sus destinos, por fin, se cruzaron en condiciones de madurez e igualdad.

El favorito era Cram, vigente campeón mundial, de Europa y de la Commonwealth. Había tenido molestias en los gemelos y llevaba tres semanas sin competir, aunque ya en preliminares se había mostrado soberbio. Por su parte, Coe sembraba dudas, pero se estaba recobrando tras dos años de decepciones y enfermedades; de hecho, ningún finalista en el kilómetro y medio era capaz de acercarse al 1:43.64 que acababa de señalar para adjudicarse la plata ante el entonces intratable Joaquim Cruz; con el mérito añadido de competir cuatro días consecutivos si contabilizamos series, cuartos, semifinales y final.

Hallándose Ovett en el crepúsculo de su carrera y empequeñecido por problemas bronquiales, el oro en los 1.500 metros se dilucidaba –imposible negarlo– entre Cram y el defensor del título, Coe; el cual, desde el disparo de la salida, corrió atentísimo, siempre entre los tres primeros lugares y por delante de su compatriota. Gracias a esa estrategia, el tirón de José Manuel Abascal, a falta de 500 metros, no sorprendió al plusmarquista mundial de los 800 metros, que abrió hueco fácilmente a la estela del cántabro, mientras The Jarrow Arrow tardó toda una recta en acercarse, acción que después le restó fuerzas en el instante definitivo.

Faltan 300 metros y el tridente –por este orden, Abascal, Coe, Cram– va destacado. Ovett se para y observa el espectáculo desde el interior de la cuerda, retirado, jadeante, inclinándose con las manos apoyadas en las rodillas y levantando la cabeza con nostalgia de sí mismo. Los dos británicos se echan encima del español, y es precisamente Cram, el más rezagado, el que inicia su devastador ataque a mitad de la contrarrecta. Coe, que va vigilándole con el rabillo de ojo, lo advierte y realiza la maniobra más importante de la prueba, abriéndose ligeramente y defendiendo con el codo su posición. La ventaja que toma ahí será decisiva.

Ahora ya se ha quedado Abascal, que lucha con Joseph Chesire por el bronce mientras, por delante, Cram persigue por toda la curva al futuro parlamentario tory. Parece, incluso, que van a emparejarse. Pero Sebastian Coe guarda otro cambio en las piernas y, por una cuestión de simple física –era más rápido en tramos cortos que casi cualquier otro mediofondista del mundo– logra su segundo título olímpico de 1.500 metros (3:32.53). Steve, unas décimas por detrás, cabecea al límite de sus fuerzas, incapaz de responder ante semejante aceleración.

La carrera ratifica, por si hubiera duda, que Cram posee gran resistencia a la velocidad, pero necesita un ritmo largo y sostenido en la última vuelta para ganar a la mejor versión de Coe. Es decir: tendrá que llegar delante de él a la última vuelta y, siempre que le sea posible, llevar la iniciativa en el ataque.

Encuentro Internacional en Birmingham

Pasan los meses. Estamos en verano de 1985, año crucial en la trayectoria de Steve Cram, que batirá tres récords mundiales (1.500, milla y 2.000 metros) en el espacio de 19 días. Pero antes de que eso suceda, el 21 de junio, se enfrenta a Coe en Birmingham sobre 800 metros durante un encuentro internacional entre Inglaterra y Estados Unidos.

Minutos antes de darse la salida, cae una lluvia persistente. Hay charcos en la pista. La prueba comienza con nuestros protagonistas muy relajados en las últimas posiciones, imbuidos de que sus adversarios (los estadounidenses Redwine, Sanders y Mays, y el británico McGeorge) no están en situación de aguantarles ni un asalto.

Al cruce del ecuador, Cram progresa, pero choca con un enjambre de brazos y codos, y vuelve a la última posición, lo que le obliga a arrancar otra vez. Coe tiene más fortuna y se sitúa cómodamente tercero. El destino de la carrera se decide poco antes de afrontar los últimos 200 metros: Coe y Cram atacan al alimón. Sin embargo, Coe lo hace con una ventaja de tres metros y toma la cabeza; una vez allí se contiene en la curva, facultando que Cram, haciendo un esfuerzo postrero, se ponga a su altura. Pero al desembocar en la recta, como ya hiciese en Los Ángeles, el doble campeón olímpico de los 1.500 metros pone la sexta velocidad y con 12.4 segundos en el último hectómetro, se alza con la victoria.

Los observadores, no obstante, se dan cuenta de que ha ganado con apuros (1:46.23 vs 1:46.46) en una especialidad, los 800 metros, en la que teóricamente es muy superior a su adversario. Y, por si fuera poco, jugándose los cuartos al sprint en una carrera táctica.  “He cometido errores. Perdí al dejar que él estuviera adelantado en el momento clave”, se lamenta Cram, que se sabe en plenitud de forma.

Aquella Milla de Ensueño de 1985

Avanzamos hasta el 27 de julio de 1985. Se disputa la tradicional Milla de Ensueño en el marco de los Bislett Games, en Oslo. Cram ya es para entonces el mejor mediofondista del planeta: once días antes se ha convertido en Niza en el primer humano que baja de 3:30 en los 1.500 metros (3:29.67) derrotando, nada menos, que a Said Aouita. La prueba en la capital de Noruega se monta con la idea de atentar contra el récord mundial del propio Sebastian Coe (3:47.33), que acepta el envite y se presenta en Oslo para defenderlo con uñas y dientes. “Ya batí a Cram el mes pasado –recuerda a la prensa el doble oro olímpico–. En Niza hizo una carrera admirable y logró la plusmarca del kilómetro y medio, ha demostrado lo buen corredor que es. Pero hoy lo más importante para mí es la victoria, y puedo volver a ganarle”.

Las gradas están abarrotadas en el viejo estadio Bislett, de solo seis calles y con el público pegado al anillo; de hecho, los corredores que salen por la parte exterior podrían, prácticamente, estrechar la mano a los espectadores. Son las doce menos cuarto de la noche y gravita esa atmósfera mágica que envuelve los mítines de atletismo en Escandinavia. La presentación de los participantes pone la carne de gallina, con miles de gargantas coreando el apellido de todos y cada uno de los corredores, sin que importe su nacionalidad. La enumeración alcanza su punto álgido cuando el locutor pronuncia los nombres de los dos últimos atletas, Steve Cram y Sebastian Coe.

La salida es apoteósica, con una lucha feroz de los corredores por tomar la cuerda y Pierre Deleze rodando por los suelos; un día habrá que hacer un estudio sobre la propensión del suizo a caerse en las citas memorables.

Las liebres, James Mays y Mike Hillardt, abren hueco enseguida, pero Cram, con los galones de mariscal de campo tras su reciente récord, se lo toma con calma y no aparece con su estilo majestuoso hasta pasados los primeros 300 metros. Tras él, Abdi Bile, Sebastian Coe y el español José Luis González estiran el paquete, que se une a los pacemacerks en el segundo giro. Los aficionados hacen temblar las vallas publicitarias con golpes rítmicos y estruendosos. Las primeras 880 yardas se pasan en 1:53.82, ligeramente más lento que en la plusmarca de Coe, con Cram completamente relajado, como si se estuviera dándose un agradable paseo nocturno por los fiordos.

Hillardt resulta una segunda liebre floja, y factura la siguiente vuelta en 59.32. Coe ya está pegado a los talones de Cram, que mira hacia atrás, obsesionado por llegar a la última vuelta por delante del campeón olímpico. ¿Quién lanzará su hachazo? ¿Quién va a vencer, si ambos dan la sensación de ir enteros, de ser superiores al resto de los mortales? Sin embargo, hay algo en la seguridad de la zancada de Cram, en el modo de girar la vista para controlar a su compañero, que anuncia su determinación.

Al inicio de la última vuelta, Cram ya no espera más y se lanza por la victoria. La recta de enfrente la corre en 13.2, con Coe a la espalda y José Luis González pugnando por no descolgarse. A la entrada de la curva, Cram se da cuenta de las flaquezas de su contrincante y vuelve a cambiar, mientras el comentarista de atletismo de la BBC, David Coleman, no duda en proclamar con voz desgarrada por la emoción algo que se entiende en cualquier idioma: “Wowwwww!!!, Cram is really testing Coe…”. Coe ya no responde y Steve comienza a abrir hueco. González adelanta también al campeón olímpico.

Cram pasa los 1.500 metros en 3:32.24 y se crece por momentos, hasta el punto de que realiza la exhibición más poderosa de toda su carrera, su Novena Sinfonía, abre un mundo entre él y el resto de participantes y, tras invertir 14.08 en los últimos 109,34 metros, rebasa la línea de meta, puño en alto, con un nuevo récord mundial (3:46.32). Ha firmado nada menos que 53.2 en las 440 yardas del final en una prueba a ritmo de plusmarca. Segundo es González con el actual tope español (3:47.79), que ha resistido durante décadas el asalto de generaciones tan pujantes como la de Fermín Cacho. Tres segundos después viene Coe, abatido, en tercera posición.

Cualquier atleta que haya estado en plena forma, en el cénit de su carrera, empatizaría con las palabras de Cram de aquella noche: “Cuanto más me acercaba a meta, más claramente sentía que me sobraban fuerzas para seguir corriendo”.

Duelo por partida doble en Sttutgart

La batalla final de esta serie de duelos se produce un año más tarde, en los Campeonatos de Europa de Sttutgart–1986, con un doble enfrentamiento en los 800 y en los 1.500 metros.

En la primera prueba, Cram es superfavorito tras su exhibición en los Juegos de la Commonwealth donde, más que ganar, ha atropellado a sus rivales, entre los que no se encontraba Coe, baja por resfriado en aquella ocasión. Pero en la carrera definitiva, disputada bajo una suave lluvia en el Neckarstadium, el rubio de Jarrow tropieza con la tenacidad del escocés Tom McKean, que le impide maniobrar en las curvas y le aboca al peor escenario para sus intereses, un mano a mano contra Coe en los últimos 100 metros. Y es ahí donde Lord Sebastian, que ya estaba recuperado y en forma, no falla (1:44.50). Tanto es así, que Cram se agarrota y queda en tercer lugar, como patito feo de aquel formidable, histórico triplete del Reino Unido.

Ese oro europeo en 800 metros, primero y único al aire libre de Sebastian Coe, le deja tal vez demasiado satisfecho como para mantener la tensión en el siguiente episodio, los 1.500.

Dicha final se celebra tres días después y, lógicamente, los papeles se han intercambiado. Todo el mundo apuesta por Coe. “Cram ha llegado pasado de forma, su mejor momento coincidió con los Juegos de la Commonwealth”, razonan los periódicos.

La prueba tiene lugar en la última jornada y los corredores salen tan despacio que parece que aún lleven el chándal (2:07.59 por los 800 metros). Cram, serio, ensimismado, con la lección aprendida, se coloca en todo momento por delante de Coe y toma la cabeza en algunos instantes, más para frenar que para tirar. Cada vez que oye en la nuca la respiración de su compatriota, acelera suavemente de ritmo para alejarle.

Las hostilidades se desencadenan a falta de 300 metros. Cram arranca decidido y se lleva detrás a González, mientras Coe, que no está corriendo tácticamente bien, se enreda en adelantar por la calle dos y tarda demasiado en reaccionar; sin embargo, el doble campeón olímpico se zafa de media docena de contrincantes, consigue rebasar al español, y comienza a acercarse peligrosamente al primer puesto. Steve ve la maniobra y pasan, quizá, por su cabeza todas las derrotas cosechadas por permitir que el doble campeón olímpico le adelante. Entonces cambia de nuevo con todas sus fuerzas, las que tiene y las que faltan, y no sólo conserva, incluso incrementa, la valiosa distancia que había ganado al principio. Cram vence merced a unos últimos 300 metros en 37.88. Su crono, 3:41.09.

El saludo entre ambos es frío, casi sin mirarse. Saben que han alcanzado tal nivel que se juegan la victoria en un batir de párpados, sin que haya nadie mejor ni peor, sin superioridad indiscutible del uno sobre el otro. Saben que lo suyo es, ante todo, un problema de colocación. Serán las últimas medallas internacionales que ganen Cram y Coe; su adiós al podio para siempre.

¿Terminó esta pugna de superclases en Sttutgart? En absoluto. Tras los Juegos de Seúl de 1988, de infausto recuerdo para ambos (Coe no fue seleccionado por su mala forma en julio y agosto, pese a correr en 1:43.93 en septiembre; Cram, que sí estaba fino, se lesionó en Rieti y sólo fue cuarto en los 1.500 metros), los dos británicos, ya en franca decadencia, volvieron a cruzar sus espadas en octubre de 1988 en un desafío benéfico que recreaba el reto de Harold Abrahams y Lord David Burghley en la película Carros de Fuego.

Consistía en dar la vuelta al patio rectangular del Trinity College de Cambridge (367 metros), antes de que sonaran las doce campanadas en el reloj de la torre (46 segundos). ¿Adivinan el ganador? Elemental: el que antes llegó a la primera esquina, en este caso Sebastian Coe. Y, ¡of course! ambos cruzaron la línea de meta, señalada con tiza, cuando quedaba por sonar un último tañido de la campana.

  Juan Manuel Botella

  Foroatletismo, julio de 2014

¡¡¡El récord nacional de Peter Snell cumple 59 años!!!

El neozelandés Peter Snell fue sublime y único. Todavía le sobrevive su récord nacional de 800 metros. En esa distancia, precisamente, ganó dos oros olímpicos (Roma-1960 y Tokio-1964), y otro más en los 1.500, en 1964 también, con un cambio de ritmo en la última curva que causó estragos en sus rivales. Después, se retiró de la competición, se matriculó en la universidad, y enfocó su vida hacia la enseñanza y el asesoramiento en el deporte.

El 3 de febrero de 1962 –y no el 2 de febrero, como aseguran algunas fuentes–, en pleno verano austral en cualquier caso, Snell corrió en 1:44.3 los 800 metros. No lo hizo en tartán, ni siquiera en ceniza. Compitió sobre hierba -cielo despejado, suave brisa-, en una instalación con cierto aire bucólico, el Lancaster Park de Christchurch. Asistido por una liebre hasta la campana, transitó en 51.0, y luego ultimó en soledad la segunda vuelta, causando esa formidable impresión que solía causar. Se trataba de un atleta elegido, tosco pero eficaz; una fuerza de la naturaleza. Ese día, además, fue un poco más allá y batió el tope universal de las 880 yardas (1:45.1).

Desde entonces, han pasado casi sesenta años (59 hará el 2 de febrero), y nadie en Nueva Zelanda ha conseguido superarle en la doble vuelta a la pista. Quien más se aproximó fue su compatriota John Walker con 1:44.92, pero hace 47 años; otra reliquia en una tierra de mediofondistas míticos, como John Lovelock, Dick Quax o Rodney Dixon.

Snell tuvo igualmente el récord de Área de Oceanía hasta que en 2018, el australiano Joseph Deng, que lo rondó varias veces ese mismo verano, lo superó en la reunión de Mónaco (1:44.21).

La dureza de los récords de 800

La perdurabilidad de los logros del triple oro olímpico Peter Snell es un caso extremo, aunque no extraño en los 800 metros. Los adelantos técnicos de toda índole, incluido el dopaje, no han conseguido que la evolución sea aquí tan rotunda como en otras especialidades, quizá porque hay una ecuación de resistencia y velocidad muy difícil de ajustar, y cualquier pequeña distracción, cualquier inexactitud, emborrona el resultado. Baste decir que en los primeros diez puestos del ránking mundial de todos los tiempos aún hay cronos con casi 40 años de antigüedad, como los de Sebastian Coe (1:41.73 en 1981), Joaquim Cruz (1:41.77 en 1984) o Sammy Kosgei (1:42.28 en 1984, en la misma carrera que Cruz).

Históricamente, los topes masculinos suelen ser bastante longevos, y los últimos cuatro plusmarquistas universales (Alberto Juantorena, Sebastian Coe, Wilson Kipketer y David Rudisha) tienen en común que superaron a sí mismos más de una vez, y se convirtieron en estrellas consolidadas de su tiempo. Por tanto, desde hace unos años, cuando los 800 metros encuentran a su héroe, también señalan una especie de reinados o épocas: la Era Kipteker, la Era Rudisha.

Mucho antes de esos conquistadores por doble o triple partida, antes incluso que Snell, el alemán Rudolph Harbig corrió en 1:46.6 en 1939, y su proeza tardó 16 años en ser superada hasta que, en 1955, el belga Roger Moens señaló 1:45.7 en el antiguo estadio Bislett de Oslo, aquél que sólo tenía seis calles, y en el que el público de la primera fila, si no hubiera estado compuesto por exquisitos aficionados nórdicos, habría podido darle una colleja al atleta del carril exterior.

El mundo tras Snell

El crono de Snell fue rápidamente asediado, siempre fuera de las fronteras de Nueva Zelanda. Ralph Doubell, de Australia, lo repitió prácticamente en los Juegos Olímpicos de México-1968, aunque el control eléctrico arrojó un resultado final de 1:44.40; esta marca constituye hoy, técnicamente, la tercera mejor de todos los tiempos en Oceanía. También la igualó el inclasificable norteamericano David Wottle en 1972. Antes, en 1966, Jim Ryun anduvo a la par, pero su desempeño de 1:44.3 fue una estimación, y no una constatación, del paso en una vertiginosa prueba de 880 yardas (1:44.9). Tuvo que llegar el italiano Marcelo Fiasconaro, ya en 1973, para deshacer el empate (1:43.7).

Pero lindes adentro de la Tierra de la Nube Blanca, en los dominios históricos maoríes, lo cierto es que ese 1:44.3 de Snell se instaló cómodamente en lo alto del ránking. ¿No son suficientes casi seis décadas de vigencia para probar lo bueno que era?

Y aún hay más: Snell no conserva por un pestañeo el récord neozelandés de los 1.000 metros (hizo 2:16.6 en Aukland el 12 de noviembre de 1964). Se lo quitó, y por cierto aún lo mantiene, el antedicho John Walker en 1980 con 2:16.57. Walker también sigue siendo el kiwi más rápido en la milla (3:49.08 en 1982) y los 2.000 metros (4:51.52 en 1976), dos memorables antiguallas, aunque oscurecidas por 59 años de plusmarca nacional incólume de Peter Snell. Por cierto, en 2012, Nick Willis registró 2:16:58, cerquísima del campeón olímpico de 1.500 metros en Montreal-1976.

Y todo esto en Nueva Zelanda, un país de 4,4 millones de habitantes, pero con fenómenos como Walker o el propio Willis, un tipo capaz de bajar 19 años seguidos de 4:00 en la milla, como acaba de ratificar hace unos días. Nación oceánica de mediofondistas fabulosos, cuyos récords suelen escribirse en mármol. Pero, segundo arriba, segundo abajo, por mucho que evolucionen y se superen las marcas, superlativo tendrá que ser el neozelandés que haga sombra a Peter Snell. Un atleta cuya luz, como la de algunos astros de otra galaxia, rompe los esquemas temporales, y brilla mucho tiempo después de haberse extinguido.

                                                         Juan Manuel Botella

Johnny Gray, el hombre que llegaba primero a la campana

Hay dos momentos cruciales en la trayectoria de Johnny Gray, aquel mediofondista norteamericano, ochentero y larguirucho que solía tirar en cabeza. El primero llegó en los Juegos Olímpicos de Seúl–1988 cuando, tras muchos años en la élite, soportó el peso de ser uno de los favoritos: se empequeñeció. El segundo tuvo lugar en los Juegos de Barcelona–1992 en los que, ahora sí, ya maduro y con rivales de menos fuste que en Corea del Sur, estaba señalado para vencer. Sin embargo, por más empeño que puso, tampoco ganó. En realidad, jamás logró título mundial u olímpico alguno. Nos queda, a modo de consolación, el legado de su imagen de front–runner hacendoso, su zancada enorme y dinámica, su gesto de sufrimiento encabezando el pelotón al paso de casi todas las campanas que oyeron tañer los ochocentistas de su generación. Ésta es la historia de Johnny Gray, un deportista que durante 18 temporadas compitió en cuantos trials, campeonatos y mítines se pusieron a su alcance; una figura sin la que es imposible retratar el del mediofondo de los años ochenta y de buena parte de los noventa.

Gray se decidió tarde por el atletismo, a los 17 años, edad a la que firmó un crono de 2:06.6 en 880 yardas, nada impresionante, si exceptuamos que llevaba sólo cinco meses entrenándose. Corría el año 1977. Su progresión fue lenta y laboriosa, y el público no le valoraba hasta que, en 1982, derrotó en la foto finish al entonces alemán occidental Hans–Peter Ferner, que se haría famoso doce semanas más tarde por derrotar a Sebastian Coe en los Europeos de Atenas. Gray y Ferner acreditaron exactamente 1:45.91, pero la gloria fue para el yanqui quien, fiel a la táctica que más cómodo le hacía sentir, se puso al frente de la carrera, apretó los dientes hasta el final, y resistió la acometida de sus rivales. “Me gusta ir delante sin codazos, sin que me molesten”, dijo a modo de presentación.

No obstante, pese a esta victoria y a su gran calidad, a Gray le costó horrores destacar en el atletismo. En 1983, bajo la dirección técnica de de Merle McGee, mejoró unas centésimas e incluso acreditó 46.3 en 400 metros, pero ni ganaba en su prueba favorita, las dos vueltas a la pista, ni daba señales de un corredor top.

La explosión de 1984

Fue en 1984 cuando demostró que era uno de los ochocentistas más dotados del planeta. Empezó igualando el récord norteamericano en los Trials, en otra carrera resuelta también por la foto finish, en la que fue batido por Earl Jones, aunque empatando a la centésima (1:43.74). Aquí Gray cambió de estrategia, salió retrasado, y le faltaron metros para culminar la remontada. El premio a la progresión de aquellos Trials, no obstante, se lo llevó James Robinson, que iba último a falta de 200 metros y se ganó, con un tercer puesto in extremis, su billete olímpico.

Después, ya en los Juegos de los Ángeles, Johhny logró clasificarse en séptima posición en una final dominada, sin réplica posible, por el brasileño Joaquim Cruz.

Para cerrar la temporada, nuestro hombre igualó o superó tres veces más –ahí es nada– el récord estadounidense en cinco días: 1:43.28 en Bruselas el 24 de agosto; 1:43.28 de nuevo en Colonia el 26 de agosto; y, por fin, 1:42.96 en Coblenza el 29 de agosto. A lo largo de su carrera, Johnny Gray batió cinco veces la plusmarca norteamericana de 800 metros al aire libre, y otras tres la de pista cubierta, amén de un récord mundial de 600 metros todavía vigente (1:12.81 en 1986).

En 1985, Gray fijó su PB (1:42.60) en una prueba montada en Coblenza por y para Joaquim Cruz, que acabó primero (1:42.49). Nunca más uno ni otro volverían a correr tan rápido; el brasileño, porque su esplendor fue apagándose; y el norteamericano, debido a que nadie le acompañaba en su lucha contra el crono; probablemente, si Gray hubiera tropezado en algún momento de 1988 ó 1992 con otro front–runner que le ayudase o le arrastrase como le arrastraba Cruz, habría rondado el 1:42:00.

Por culpa de las lesiones, la estrella de Gray brilló de forma intermitente en 1986 y 1987. Obtuvo algún éxito esporádico, como la exótica mejor marca mundial indoor de 880 yardas (1:46.8) o el mencionado récord de 600 metros. También consigue derrotar por primera y última vez a Sir Sebastian Coe. Fue el 1 de julio de 1986 en Estocolmo, por un margen de apenas 33 centésimas (1:43:84 vs 1:44.17). Sólo once días más tarde, el británico se desquitó en Londres, relegándole en esta ocasión al segundo puesto (1:44.10 vs 1:44.72).

Conviene recordar también su oro en los Juegos Panamericanos de 1987, donde doblegó como rival más cualificado a José Luis Barbosa, que aún no había alcanzado la forma que le llevó, pocos días después, al bronce en el Mundial de Roma. Pero, en realidad, no obtuvo ningún otro resultado estelar en la doble vuelta.

Tan gris fue aquel periodo, que hizo de liebre en reuniones de alto nivel, como la de Zurich-1987, donde tiró los 1.500 metros ¡enfundado en mallas azules! pasando a 2:22 por el kilómetro, con Steve Cram y José Luis González a su espalda. Ganaría, por cierto, el británico (3:31:43), seguido del toledano (3:33.01), al que también lanzaría en otra carrera, ese mismo año, en el Crystal Palace de Londres.

Aquel verano de 1988

En 1988 surge un nuevo Johnny Gray, ya en perfecto estado de forma. Los Trials se celebran en Indianápolis, mes de junio. Una competición inolvidable, entre otras cosas, por la irrupción volcánica de Florence Griffith, aniquiladora feroz de récords femeninos de velocidad, inasequibles para ninguna mujer en muchas décadas.

John Marshall arranca en la final de 800 metros de manera suicida, pasando el doble hectómetro en 23.7. Le sigue a poca distancia Gray, que toma la cabeza y transita por la campana en 50.21. Poco a poco, desplegando su larguísimo tranco, Johnny abre hueco respecto a sus demás competidores y entra victorioso, sin agobios de ningún tipo, en 1:43.96. “Parece que va rodando”, clama el speaker del estadio.

Semanas después, Gray acapara la atención del mediofondo mundial al vencer en la serie A de Zurich con un crono espectacular de 1:42.65, derrotando a un impetuoso José Luis Barbosa (1:43.20), y a un Steve Cram (1:43.42) al que, posiblemente, su lesión posterior en Rieti privó de ganar el oro olímpico en los 1.500 metros. Johnny Gray transmitió aquella noche en Suiza la mejor imagen de toda su carrera deportiva, y dio la sensación de que no se había empleado a fondo. “Ralentizó su marcha unos metros antes de lo debido, cuando tenía a su alcance un tiempo por debajo de 1:42.5”, opinó un rotativo estadounidense, que advertía al final del artículo: “Tras esta exhibición, es el gran favorito al oro en los Juegos de Seúl”.

Durante unos días, los medios de comunicación especularon con la posibilidad de que Gray atentara incluso contra el récord de Sebastian Coe (1:41.73), y encumbraron al corredor del Santa Mónica Track Club a la condición de mejor ochocentista del momento, sobre todo cuando se conoció un entrenamiento suyo de 700 metros a tope (1:28.2) seguido, tras 15 minutos de recuperación, de una serie de 300 (34.3). Años después, en 2012, su pupilo Duane Salomon le arrebataría la plusmarca oficiosa de esta sesión con 1:27.7 y 34.2.

Sin embargo, el atletismo es cruel y los entrenamientos son entrenamientos, y la competición, otra cosa. Su aureola de favorito se esfumó cuando el 19 de agosto, en Bruselas, sufrió una inesperada derrota ante Said Aouita, relativamente inexperto en la distancia, pero ambicioso como sólo el africano sabía serlo. Fue un golpe psicológico del que Gray no pudo recuperarse. El marroquí progresó pacientemente en la última recta y comió la moral del atleta de Santa Mónica en los cuadros. Y, además, en una prueba no excesivamente rápida: 1:44.36 fue el tiempo del vencedor, con el norteamericano llegando 7 centésimas más tarde. Aquellos cien metros finales de Gray, mirando de reojo y con impotencia la remontada de Aouita, le marcaron de tal modo que en la final de los Juegos Olímpicos de Seúl (¿tal vez temeroso, tal vez pasado de forma?) renunció a su táctica de salir delante, intentó correr a lo Borzakovskiy, y acabó en un quinto puesto que nada le dice a quien aspira al oro. “El voluntarioso Johnny no ha soportado la presión de ser un número uno”, concluyó el mismo periódico que le encumbraba semanas antes.  

La leyenda del eterno perdedor

El rendimiento mediocre de Gray en Seúl abrió otra etapa de claroscuros que duró tres temporadas (de 1989 a 1991), en las que siguió bajando de 1:44 e incluso obteniendo clasificaciones importantes (sexto en los Mundiales de Tokio–1991), pero se acrecentó su leyenda de perdedor.

Además, en invierno de 1989, durante la disputa de los Mundiales de Budapest en pista cubierta, Paul Ereng bate el viejo récord mundial indoor de Sebastian Coe, que tantas veces persiguió Gray en balde, y lo deja en 1:44.84. Quizá al norteamericano le sobró una zancada tan redonda y amplia para manejarse en trazados bajo techo. El caso es que ya no volvió a intentarlo.

En 1990, en busca de experiencias nuevas, realiza su debut en 1.500 metros con 3:42.43, y es batido por Doug Padilla. Se convence, por si hubiera alguna duda, de que es una distancia que jamás le va a encajar.

Una increíble carrera de Nueva Orleans

Toda mala racha tiene su fin, y las expectativas volvieron a dispararse en los Trials de 1992, que constituyen uno de los más memorables triunfos del norteamericano.

La prueba se disputa en Nueva Orleans, con las gradas repletas de público, y Johnny Gray, por la calle cinco, viste de rojo. También son finalistas, entren otros, Mark Everett (bronce en los Mundiales de Tokio de 1991 y autor ese mismo año de una marca tremebunda para un ochocentista: 44.59 en 400 metros), José Parilla (1:43.97), George Kersh (1:44.07) y Ocky Clark (1:44.83).

Desde el pistoletazo se huele una carrera rápida. Gray, delgadísimo aquel año, coge la cabeza con una enorme facilidad, pone en fila a todos, y transita por el ecuador en unos brutales 49.46. Le siguen cinco atletas uno detrás de otro, sin ceder un ápice, acercándose cada vez más, y parece que le adelantarán en tromba a la altura de la ría; pero a falta de 120 metros, en vez de clavarse, Gray saca fuerzas de flaqueza, mantiene el paso y se erige en soberbio vencedor con 1:42.80. De no existir la cabalgada de David Rudisha en la final olímpica de Londres–2012, la de Nueva Orleans sería la prueba de 800 metros al aire libre más rápida tirada de cabo a rabo por el mismo corredor. Por cierto, Mark Everett fue segundo con 1:43.67 demostrando una recuperación alucinante, ya que iba séptimo y con un retraso de 30 metros al iniciar la última curva. Tampoco estuvo mal la remontada de José Parrilla, que hizo 12.7 segundos en la recta final para llegar tercero, pese a encarar ese tramo en última posición.

La final agónica de Barcelona–92

Llegan los Juegos de Barcelona–92 y Gray, a sus 32 años de edad, es el favorito. En el ránking anual saca más de medio segundo a todos sus rivales y su entorno difunde que ahora ya es un deportista ambicioso y con las ideas claras, que no se dejará impresionar por nadie. Él tampoco no se molesta en esconder su táctica y declara a la prensa: “Sé cómo ganar a los africanos, haciendo mi carrera, sólo mi carrera. Tiraré fuerte desde el principio, evitaré empujones y procuraré no correr metros de más”. No le faltaba razón: le perjudicaba salir retrasado porque tenía una forma de desplazarse fluida, pero tan aparatosa que no remontaba con limpieza.

Las rondas previas desvelan la fragilidad de algunos rivales. Paul Ereng, que impresionó cuatro años antes, llega en un pésimo estado y ni siquiera pasa de semifinales. Mark Everett, por su parte, se clasifica por los pelos y ha perdido el punto que tenía en los Trials. Tan sólo el brasileño José Luis “Zenquinha” Barbosa y los kenianos William Tanui y Nixon Kiprotich parecen en disposición de enfrentar al bueno de Johnny, que se ha exhibido en semifinales y apunta directamente al oro.

El americano sale como un cohete en los primeros 200 metros, con Barbosa acosándole literalmente por el exterior de la calle uno, mientras Tanui queda por detrás y Nixon Kiprotich, gran animador de la final de Seúl, se esconde esta vez a la cola del paquete. A la campana se llega en 49.99 y Kiprotich comienza a recoger cadáveres, aunque de una forma poco ortodoxa, adelantando por la calle tres; quizá esa exhibición le restará fuerzas en el momento decisivo.

Los ocho competidores arriban a los últimos 200 metros. El paquete ha perdido pocas unidades porque Gray no está corriendo tan rápido ni tan suelto como en Nueva Orleans, y hay varios atletas en condiciones de contraatacar. De hecho, Kiprotich, seguido por Tanui, se le empareja en la curva aprovechando el hundimiento de Barbosa. En los últimos cien metros, Gray gesticula de forma agónica, sube el mentón como si el agua le llegara al cuello o le faltase aire para respirar, y se resiste a perder el oro. Pero es inútil, porque Kiprotich, también a duras penas, consigue rebasarle. Lo más insólito es que la gloria no será para ninguno de ellos. ¿La causa? En los cuadros aparece William Tanui, que se había resguardado de los rifirrafes, y adelanta a ambos para alcanzar la meta en 1:43.67, convirtiéndose en el campeón olímpico más desastrado de la historia, con la camiseta de tirantes caída y a medio meter por dentro del pantalón. Johnny ha logrado el bronce como mal menor y se deja caer agotado en un rincón del estadio de Montjuïc: sabe que ha hecho todo lo posible, pero que ya nunca será oro en unos Juegos.

–¿Hubieras cambiado de táctica sabiendo que te iban a ganar al sprint? –le pregunta el periodista de un canal americano.

–Sí, desde luego –contesta Johnny sonriendo a la vez que palpa su medalla de bronce–. Habría tirado más fuerte.

Declive y resurgimiento

Al año siguiente, Gray sufre un apagón de forma. No baja de 1:44 por primera vez en muchos años y en los Mundiales de Sttutgart–1993 demuestra sus flaquezas en una semifinal desastrosa en la que intenta estirar la carrera, pero acaba ahogándose en su propio ritmo (último con 1:50.89). Tampoco 1994 se le da bien: logra 1:43.73 pero cosecha derrotas por doquier y, encima, una generación de nuevos corredores, encabezados por Wilson Kipketer, le apartan de la primera fila internacional.

Lo normal es que un atleta de su edad se hubiera retirado en este momento que apuntaba al declive. Además, en invierno de 1995 a Gray se le diagnostica anemia y pasa en blanco gran parte de la sesión. Su forma es tan discreta que, cuando se recupera, los organizadores le relegan a la serie B del mitin de Zurich, que se celebra el 16 de agosto. El norteamericano, sin embargo, responde de manera imperial en la pista y, tras un derroche que recuerda al Johnny Gray de sus mejores tiempos, vence con 1:43.36, nuevo récord mundial M35.

Esta sobresaliente prestación, cuando ya parecía acabado, le devuelve la fe ante los Juegos Olímpicos de Atlanta–1996, que tienen lugar al año siguiente en su país y en los que no hay favorito debido a la ausencia de Kipketer por sus problemas de nacionalización como danés. Gray, a sus 36 años, llega a la capital de Georgia con modestia, pero sin renunciar a nada: “Si estoy en la final, prometo que será una carrera rápida”, proclama con otra sonrisa en los labios. Su resistencia a la velocidad está en regresión, pero ha firmado las series largas (1.000 y 2.000 metros) y los rodajes más rápidos de su vida. De hecho, tiene el antecedente de los Trials celebrados el día de su cumpleaños, 19 de junio, donde se había impuesto cómodamente (1:44.00) con su táctica habitual de liderar el grupo, como si por él no pasara el tiempo.

Al abrigo de estos éxitos, Gray cocina en los Juegos Olímpicos de Atlanta la prueba de 800 metros con mayor densidad jamás disputada en suelo norteamericano. Sabe que ya no está para luchar por la victoria, pero por enésima vez se pone el mono de faena y, con una voluntad de hierro superlativa, sin complejos, se encarga de animar el ritmo. Registra 49.55 por la mitad y mantiene la primera posición hasta los 700 metros, instante en el que le pasan de sopetón seis corredores, de los cuales nada menos que cuatro bajan de 1:43:00. Gray es séptimo con 1:44.21, y suyo es el mérito de haber obligado a todos al descomunal esfuerzo de ganarle.

Los récords de veteranos M40

En este punto, la trayectoria de Gray sufre un segundo y ya irreversible frenazo. En 1997 sus tiempos empeoran y romperá la barrera de 1:45 por última vez en su vida (1:44.56 en Linz). Merece la pena remarcarlo porque ensartó 14 temporadas consecutivas bajando de 105 segundos. De hecho, quebró ese tope 65 veces a lo largo de su carrera, el segundo corredor más prolífico por detrás de Kipketer, que lo hizo en 75 ocasiones.

En 1998 todavía se defiende y es segundo en los campeonatos USA, pero se le ve sufrir a ritmos de 1:45/1:46. Tras varias lesiones de pequeño alcance, en 1999 se recupera para ganar los Juegos Panamericanos con 1:45.38, su último gran logro.

Sin embargo, Gray es incombustible e insaciable, y siempre encuentra una razón para motivarse. Entrena y entrena sin descanso, como un jovencito. Intenta ganarse el billete para Sydney-2000, los que hubieran sido sus quintos Juegos Olímpicos. No obstante, el esfuerzo le pasa factura, y se lesiona en su serie de calificación en los Trials de Sacramento: llega último con 1:53.27. A continuación, en invierno de 2001, anuncia que piensa batir todos los récords mundiales de veteranos de 200 metros hasta la milla. Y para demostrarlo, el 3 de febrero de 2001, a los 40 años y 8 meses de edad, acredita una marca formidable de 1:48.81 en la pista cubierta de Atlanta.

Pero su carrera ya no da más de sí. Las lesiones, la desmotivación y las ofertas de trabajo para ser entrenador universitario –hay que pensar que este hombre tenía entonces 3 hijos adolescentes– le apartan definitivamente de las pistas, con lo que nunca llega a cumplir su asequible compromiso de apropiarse de los topes universales M40 de velocidad larga y mediofondo corto.

Hoy en día Gray es un abuelo feliz con 4 nietos de entre 6 y 2 años, y ha engordado 30 kilos, tirando por lo bajo. Trabaja como segundo entrenador de la Universidad de California, en Los Ángeles, y por sus manos pasan ochocentistas de enorme talento, como el mencionado Duane Salomon (1:42.82). Pero, por grandes que sean los logros de sus discípulos, Johnny Gray, el eterno aspirante que jamás ganó unos Juegos Olímpicos, ha sido y será, con permiso de quienes vengan en el futuro, el ochocentista más consistente y osado de la historia de los Estados Unidos de América.

Juan Manuel Botella

Atletismo Español, marzo de 2014

NOTA: el 1 de octubre de 2019, Donovan Brazier arrebató a Gray el récord nacional de USA al imponerse con 1:42.34 en la final de 800 metros del Campeonato del Mundo de Atletismo en Doha. En el mes de noviembre de ese año, con motivo de los Awards de World Athletics, me encontré con Brazier en el gimnasio del hotel Fairmont Montecarlo. Yo estaba dándole palique al bueno de Nourredine Morceli y a su hermano mayor Abderranmane, que hacían bici estática sin mucho entusiasmo y, viniéndome arriba entre tanta leyenda, abordé a Brazier y le di le expresé mis congrutulations por su oro y su NR. Sin darle respiro, pregunté:

–¿Qué sentiste al superar a Johnny Gray 34 años después? Lo que no consiguieron Salomon, Symmonds o Murphy, lo has logrado tú y además en la carrera más importante del año -seguramente se me escapó un guau o un wow.

El muchacho me miró como espantándose de que un tarado le agobiara en ese lugar tan distinguido, pero fue correcto y respondió:

–Sentí que estaba haciendo historia. Si me disculpas…

Y sin añadir nada más, con mucho tiento porque estaba en pretemporada, se marcó el correspondiente fartlek de una hora alternando 10 minutos a 4:00 / 10 minutos a 3:10 en la cinta de correr del hotel donde servidor se había arrastrado un ratito antes.

Al verle deslizándose en el aparato, con estilo perfecto y cadencia rítmica –fiu, fiu, fiu, fiu– me entró un especie de melancolía, y pensé: “Qué maravilla que te muevas con esa facilidad, qué jodidamente bueno eres para dejar sin récord USA a Johnny Gray, pero cuántos años y aventuras te faltan aún, pese a todo, para llegar como llegó él al corazón del público”.

Mar Martínez, mi vecina saltadora

MarMartinez_1L                                                                                                                                                                        Foto: RFEA

Conocí personalmente a Mar Martínez a principios de 2001. Como aficionado, sabía que fue la mejor española en altura durante muchos años; la lideresa de su etapa. Siguió la estela voladora de Isabel Mozún, Asunción Morte y Covadonga Mateos. Precedió a Carlota Castrejana, de paso por la colchoneta y destinada al pasillo de triple. Gracias a todas ellas, el récord nacional se acercó sin complejos al nivel de 1,90 metros. Mar lo intentó en cinco concursos diferentes y no llegó a franquearlo, seguramente por las lesiones, aunque yo siempre pensé que estaba a su alcance; de veras creía que, en aquellos últimos coletazos del siglo XX, sin internet ni plataformas de televisión, cuando las emociones se enlataban en imprenta para saborearse al día siguiente, leería una mañana en el periódico, zas, que la madrileña había madrugado el listón de los 190 centímetros, enfundada en la camiseta del Sanviveri o de aquel Valencia Karhu que se inventó Rafael Blanquer tras el destierro de las secciones del Valencia Club de Fútbol. Sin embargo, lo que sí he leído esta mañana, en otro de esos artículos de Alfredo Varona que te despiertan de un tortazo, es que Mar sufre una fase avanzada de ELA.  

¿Puede dar más rabia?

Conocí a Mar en mi despacho en 2001, ya lo he dicho. Fue en una conselleria de la Generalitat. No hacía mucho que se había retirado, buscaba trabajo, y dejaba currículums allá donde iba. Creo que se alegró de que alguien la identificara en aquel laberinto de puertas grises y ladrillo caravista. Hice un alto en mis cosas y la invité a pasar, admirado por el hallazgo. ¡Una campeona de España en el gabinete! La presenté orgulloso a varios compañeros. Hablamos de atletismo, y me puso por las nubes a una chica, por entonces de 21 años, llamada Ruth Beitia. Al despedirnos, le prometí que la llamaría si me enteraba de algún hueco.

No la llamé nunca, no me enteré de nada. Es la pura verdad. Fracasé ayudándola. Pero aquel verano de los Mundiales de Edmonton, nos encontramos por casualidad un par de veces. Siempre cordial, siempre amable; apurada en busca de trabajo, y paciente si no lo hallaba. Supongo que tocaba todas las puertas posibles. Yo le daba esperanzas, y me pregunto si hice mal en ser tan optimista. Le decía que alguien con su trayectoria encontraría, seguro, un muy buen empleo. Ella no lo tenía igual de claro; se inclinaba a pensar que, una vez superada su etapa deportiva, el marcador empezaba de cero. Recuerdo mis buenas, estériles palabras de ánimo; recupero la memoria de aquellos días, y no me ablando por su enfermedad si digo, aunque fuera una perfecta desconocida, que me entristeció no echarle una mano. En mi cabezota de fanático, el atletismo es una hermandad con lazos invisibles donde todos, si podemos y dentro de lo razonable, tenemos que apoyarnos; donde los grandes deportistas con ganas de esforzarse y aprender, y ella lo parecía, merecen una oportunidad. Pero bueno, no fue posible y tampoco hay que darle más vueltas. Tiempo después, en el Complejo del Tramo III de Valencia, me contó que estaba de profesora en un cole, que se ganaba la vida, y ya no volvimos a hablar.

Pasaron los años.

Un sábado, hacia 2014, fui con mi hija al polideportivo de La Pelosa de Moncada, muy cerca de donde vivo. Hay una pista de tierra y varios campos de fútbol de césped artificial. De entre todo el jaleo de partidos simultáneos, me llamó la atención una pachanguita de padres. Percibí algo distinto. Una mujer espigada y ágil, la única mujer del choque, llegaba a todos los balones y, con un estilo balompédico poco ortodoxo pero mucho empuje físico, se permitió el lujo de marcar un gol ante varios papás cuarentones. Me fijé bien: era ella, Mar Martínez, la explusmarquista nacional. ¿Lo sabrían aquellos señores que la perseguían por la banda? Observé unos minutos y me alegré de verla en plenas facultades, pero me dio reparo molestarla al cabo de tanto tiempo.

Fueron y vinieron más años.

En enero de 2018 volvimos a tropezar. Sucedió un martes, casi a la hora de comer, en el Velódromo Luis Puig. Yo había quedado con Anacleto Jiménez para hablar del Campeonato del Mundo de Medio Maratón, que se disputaba dos meses después en Valencia. La instalación tenía los focos apagados, sólo entraba luz natural de mediodía por las cristaleras del techo. Gravitaba una atmósfera de catedral vacía. Desde lo alto de la torre se veía saltar a una atleta solitaria. Reconocí su estilo al instante. Mar Martínez, de nuevo. Cuando terminamos, bajé a la pista y, esta vez sí, la saludé. Había vuelto a competir con las veteranas del Catarroja, tenía trabajo, dos hijos ya crecidos, le iba bien. La encontré muy sonriente y en paz con la vida. Resulta que se había mudado a la zona de Masías, en Moncada. Éramos, somos vecinos.

Pero, cosa extraña, no volví a verla. Pensaba que un día coincidiríamos, quién sabe, en la pista o en el supermercado, y hablaríamos otro rato de atletismo, como veinte años atrás. Y le contaría a mi familia que aquella vecina ilustre había sido seis veces campeona de España absoluta y se elevaba por encima del listón suspendido a 1,88 metros; lo consiguió tres veces, además, lo que sugiere que había algún centímetro adicional en la recámara de su tobillo. Sin embargo, ese encuentro, después de leer el artículo de Alfredo Varona, ya no será posible. Sólo puedo escribir estas líneas, y expresar mi respeto por una mujer que se buscó la vida, como tantos otros atletas de élite que se incorporan al mundo laboral, sin deber nada a nadie. Una persona sencilla que, hasta donde sé, ha sido y es feliz con su gente.

Llega un verano atípico, el verano de las instalaciones a medio gas, de la distancia social, del coronavirus. Al mediodía, reina un profundo silencio en el Velódromo donde Mar debería estar entrenando, y en las colchonetas de todas las demás instalaciones donde cayeron los saltos que la campeona dio, y también los que no ha podido dar. Pero no hay tristeza, sino calma, sosiego, reposo. Esta historia tiene final feliz. Cada zancada, cada batida es una huella, y la huella de Mar Martínez en el atletismo, esa fraternidad con memoria de elefante, va a durar para siempre.

Juan Manuel Botella

El atleta que no disfrutaba corriendo

Komen tumbado RunerUniverse
                                                                                                                                                                                                       RunnerUniverse

-La pregunta es para Daniel Komen -dijo el periodista- ¿Se me oye, sí? Señor Komen, por favor, ¿puede adelantarnos qué táctica empleará en el asalto al récord mundial de las 2 millas? ¿Saldrá de menos a más, o arriesgando?

Daniel Komen, con la mirada perdida, tardó unos segundos en reaccionar. Parecía buscar la respuesta en algún punto imaginario dentro de la botella de agua que le habían colocado delante de su micrófono.

-No lo sé -dijo al fin, divagando-. No hay táctica. Run fast. Correr rápido.

Y vaya si corrió. Al día siguiente, el 19 de julio de 1997, en Hechtel (Bélgica), el keniano se convirtió en el primer ser humano en completar 2 millas consecutivas por debajo de 4 minutos. Pasó los 3.000 metros en 7:27.3, liquidó los últimos 218,68 metros a ritmo de 28.75 el 200, y señaló 7:58:61. Exactamente la misma velocidad -pero durante el doble de espacio- que empleó Roger Bannister para pasar a la inmortalidad como pionero en la distancia mágica del mediofondo anglosajón. Transcurridos 23 años, la conquista del africano ha inspirado poquísimas líneas en los libros de historia del deporte; sobre todo, en comparación con las que acaparó, y sigue acaparando, el difunto doctor Bannister.

Sería un error, sin embargo, que nos dejáramos engañar por la nula fanfarria que rodeó la proeza de Komen. Todavía nadie le ha igualado en la rara especialidad de 2 millas o en la menos rara de los 3.000 metros: ni el mejor Haile Gebreselassie, ni la más potente versión de Kenenisa Bekele, ni el Hicham El Guerrouj de su esplendor; ni siquiera ese Mo Farah, recolector de medallas antes que de récords, convertido por Salazar en superhombre. Aquellas marcas de 1996 y 1997 fueron como la muesca en la pared tras una inundación o un tsumani: hasta aquí llegó Komen.

Daniel Kipngetich Komen -no confundir con Daniel Kipchipchir Komen, ni mucho menos Daniel Kipcheru Komen- ha sido uno de los corredores más talentosos, fugaces y enigmáticos de la historia del atletismo. Fascinante y, al mismo tiempo, impenetrable. Desenamorado del atletismo, pero ávido de chapuzarse en todas las carreras del calendario. Tan repentino en su aparición, como sigiloso en su marcha. Quienes achacan sus prestaciones al dopaje -hasta el año 2000 no había pruebas medianamente fiables para detectar EPO- olvidan que la mayoría de estrellas del fondo mundial, igualmente habilitados para acceder a las drogas, sucumbieron ante él entre 1996 y 1998, y a menudo por ko técnico.

En apenas 3 temporadas, Komen disputó un sinfín de pruebas desde los 1.500 hasta los 5.000 metros, muchas de ellas en la misma semana, con pocas horas de lapso y en ciudades situadas a miles de kilómetros. Esas prisas por ganar dinero, unidas a una motivación frágil -realmente, no le gustaba correr- gestaron un apogeo demasiado efímero como para dejar huella histórica… pero sí, en cambio, para construir una leyenda. Algo parecido, aunque por diferentes causas, pasó con Henry Rono.

Como todos los genios, Daniel sólo se entendía consigo mismo. Su relación con el running queda perfectamente descrita en una confidencia que hizo en 1998 a su agente Kim McDonald, hoy ya fallecido, al que ayudaban en aquella época su socio Duncan Gaskell y Ricky Simms. El día anterior, Komen había hecho tres series de ritmo competición: 1.600 metros en 3:54, 1.200 metros en 2:54 y 800 metros en 1:54, pero dijo que, en adelante, ya no iba a seguir otro plan que competir en Europa: “Se acabó entrenar duro, eso ya lo hice para llegar aquí. Ahora lo que quiero es que me busquéis el máximo número de carreras”.

Resulta paradójico que un desconocido, en tan poco tiempo, hiciera lo más difícil: batir 8 récords mundiales, bajar 11 veces de 13:00 (4 de ellas sub 12:50), 9 veces de 7:30 (3 en menos de 7:26:00), poner contra las cuerdas, cuando no humillar, a Gebreselassie o Tergat, y ser campeón mundial U20 de 5.000 y 10.000 metros, además de campeón mundial absoluto y oro en los Juegos de la Commonwealth… para a continuación tirarlo todo por la borda, y diluirse a los 23 años con la misma rapidez; en apenas un ciclo olímpico que abarcó desde los Juegos de Atlanta-1996 a los de Sydney-2000. Y es que duró tan poco, que no le dio tiempo ni a conocer una sola lesión de entidad. También en eso fue un fenómeno.

Para aproximarse al punto de vista de Komen, hay que empezar por la visita de campo que hizo Toby Tanser a Kenia, relatada por Matt Fitzgerald en un excelente artículo publicado (año 2014) en podiumrunner.com: “Una vez estuve en el pueblo de Daniel, y era como retroceder en el tiempo. No había cobertura y recorrí 45 minutos para llegar a un teléfono. Me dijeron que tenía 12 hermanos. Sus padres vivían en una choza en un campo y su madre vendía papas al borde del camino. Necesitaba ganar dinero, ése era su objetivo, su motivación, y a los 16 años descubrió que tenía talento para correr, aunque no sabía absolutamente nada de atletismo”.

Le descubre Chesire

En 1993, el exmediofondista Joseh Chesire se ganaba la vida como ojeador para Kim McDonald en Kenia, y empezó a fijarse en un chico con zapatillas prestadas que destrozaba en los entrenamientos a corredores internacionales. Chesire, dos veces cuarto en JJOO -imposible olvidar cómo discutió el bronce de José Manuel Abascal en la final de Los Ángeles-, quedó impresionado. Fue su verdadero descubridor; el que le puso en contacto con McDonald.

Komen aprovecha la oportunidad, y en el primer viaje de su vida, queda segundo en el Mundial de Cross U20 de Budapest, por detrás de Philip Moshima, otra bestia parda que ganó dos oros junior en campo a través, corrió en 12:53.72 y se consumió igual de rápido. En la capital húngara, por cierto, Reyes Estévez fue 8º y el mítico Sergey Lebid entró en el puesto 33º.

McDonald le consigue visado para correr en Canadá, a principios de 1994, donde debuta en asfalto con una victoria en un 8k (22:35), seguido de una 10k (27:46). Aquellas marcas con 18 años, realizadas en una época en que no eran tan frecuentes como hoy las carreras en ruta, sugieren que Komen también pudo haber sido de los mejores, tranquilamente, fuera de los estadios.

Ya en julio, el keniano hizo doblete en el Campeonato del Mundo U20 de Lisboa. En sendas tardes calurosas y húmedas, venció sin agobios en 5.000 metros (13:45.37), y a continuación en 10.000 (28:29.74), especialidad en la que dobló a 21 de los 33 participantes a pesar de que, a la vista de su ventaja, echó el freno de mano en las últimas vueltas.

Al año siguiente, Komen contrae la malaria y pierde más de un mes de entrenamiento. Sin embargo, se pone a trabajar duro, y en julio bate el récord mundial U20 de 5.000 metros (12:56.12) cediendo sólo ante Moses Kiptanui, quien rompe a su vez el tope universal absoluto (12:55.30). Kiptanui fue una figura importante en la historia de nuestro hombre. Le había acogido en su grupo de entrenamiento, e intentaba guiarle y entusiasmarle por el atletismo. A menudo le contaba historias de Kip Keino y otras leyendas africanas, pero sin mucho éxito.

En diciembre de 1995, Komen presiona a sus representantes para que le busquen más pruebas. “Quiero competir con la mayor frecuencia posible, no tengo tiempo de descansar”, repetía a menudo. Tenía 19 años y bastante prisa.

Fuera de los JJOO de Atlanta

Llegó 1996, año olímpico, y su eliminación en los Trials -casualmente fue cuarto- le liberó para competir donde quisiera. Toda una bendición para Daniel, ya que la Federación de Kenia amenazó con expulsar a los atletas de McDonald si se prodigaban demasiado. Hay quien todavía piensa que Komen forzó su eliminación para los JJOO y que, de manera involuntaria, le hizo un fabuloso regalo al rey de los 5.000 metros en Atlanta, el burundés Venuste Nyongabo.

Komen 2

Con vía libre, Komen se apodera del récord de dos millas en Laapperanta (Finlandia) con 8:03.54. A continuación, corre dos veces seguidas los 3.000 metros en 7:25.87 (Bruselas) y 7:25.16 (Mónaco), muy cerca del tope de Nourredine Morceli (7:25.11). Cuando en la rueda de prensa posterior, un periodista le pregunta por qué, estando tan cerca del WR, no ha peleado más en la recta final del Estadio Luis II, Komen le da una respuesta antológica:

-Lo siento, no sé cuál es el récord del mundo. Pero como me sobran fuerzas, lo romperé la próxima vez.

Esta contestación puede sonar extravagante y soberbia, pero es coherente por dos motivos.

Primero: según su entorno, Komen aún no asimilaba bien cuáles eran los registros, los tiempos de paso y las distancias; simplemente se colocaba detrás de las liebres, y luego intentaba mantener el ritmo y ganar.

Y segundo: semanas más tarde, Daniel no superó, sino trituró, pasó por la Thermomix, aniquiló para la eternidad aquel récord de 3.000 metros.

Ricky Simms le llamaba “corredor desinhibido” y cita otra anécdota asombrosa para aproximarse a la figura de Komen. En una nueva comparecencia con medios, le piden que explique cómo gestiona la presión antes de competir.

-No entiendo la pregunta -contesta Komen muy serio.

El reportero se arma de paciencia y reformula la cuestión en el inglés más simple que puede:

-Antes de una carrera, ¿qué haces con los nervios? ¿Te encierras en la habitación del hotel, sales a pasear, hablas con tu entrenador?

-Lo siento, no entiendo la pregunta.

El periodista pensó que Komen no hablaba su idioma, y pidió a Duncan Gaskell, presente en el acto, que le tradujera. Gaskell le hizo una escuchita a Daniel, y Daniel le hizo otra a su representante, quien al fin dijo a micrófono abierto:

-Por desgracia, Daniel no va a contestar. Comprende perfectamente el inglés, pero no cree que nadie se ponga nervioso antes de una carrera.

Victoria ante Gebre y récord en Rieti

Pocos días después, Komen despedaza a Gebreselassie en Zurich. Se trata de un duelo memorable. Haile, que posee el récord mundial con 12:44.39, acaba de proclamarse campeón olímpico de 10.000 metros en Atlanta y se halla en un estado de forma excepcional.

Las liebres pasan por los 3 kilómetros en 7:41.28, y Komen asume el mando. Debió de pensar: “¿Y este Haile del que todos hablan, quién coño es?”. Con zancada enérgica, hombros caídos, braceo al compás, labio inferior colgando, y ojos opacados y feroces, como proyectando una mirada suicida, Daniel marca 1:12 en los siguientes 500 metros y vuelve la cabeza, con más curiosidad que intención, para comprobar si el abisinio sigue ahí. Ha llegado a los 4 kilómetros en 10:10.68 (2:29 en el último mil). Parece que Gebre, que aguanta pese a todo, va a resurgir como siempre en la recta final, pero Komen ha asfixiado por completo al etíope, que está roto y se descuelga lastimosamente a falta de 150 metros. En meta, Daniel establece un registro colosal: 12:45.09, la segunda mejor de la historia en aquel momento. Etiopía acaba de encontrar la horma de su zapato. Fue una prueba increíble, en la que también estaban presentes corredores de la talla de Paul Tergat (3º con 12:54.72). El 8º clasificado, Bob Kennedy, hizo 12:58.12.

A finales de verano, Komen parecía agotado tras 7 carreras de 5.000 metros y 5 de 3.000, además de una de 1.500 y otra de dos millas, todo ello en menos de 12 semanas. El 30 de agosto, en Berlín, gana con un crono discreto para él de 13:02.62, y sus agentes le aconsejan que descanse, pero Daniel insiste en viajar a Rieti para correr un 3.000 que se disputa 48 horas después, donde le espera una interesante suma si bate el esquivo récord del mundo de Morceli.

La prueba se convertirá en una de las más increíbles cabalgadas de la historia del atletismo. En una tarde soleada y sin viento, salen a degüello dos liebres cotizadas de aquella época, John Kosgei y David Kipsang, que pasan los 1.000 metros en 2:25.89 entre las risas de los comentaristas de televisión -y grandes exatletas- Tim Hutchings y Steve Cram. Al paso de la milla, en 3:54.7, y sobre todo de los 2.000 metros en 4:53.18, el cachondeo se torna pasmo. Daniel redondea el siguiente giro en 58:37, y a partir de ahí aguanta impasible hasta los cuadros, donde registra 7:20.67. A esta marca no han podido acercarse en su mejor forma Hicham El Guerrouj o Kenenisa Bekele. Es uno de los Everest del atletismo, cuya vigencia sólo caducará cuando aparezca un nuevo diamante del atletismo o mejore el material de las zapatillas.

Durante el siguiente año y medio, Komen no administra su reinado ni planifica su futuro. Antes bien, se obceca en competir en todas partes. Hace 18 carreras de muchas distancias, mejorando sus marcas personales en 1.500 y la milla, atreviéndose incluso a atacar a El Guerrouj en alguna última vuelta.

-No adelanto a Hicham por faltarle el respeto -se disculpa ante quienes le preguntan-. No sabía quién era El Guerrouj, pero ahora ya sé que es un corredor muy rápido y pensaré si le tengo en cuenta.

Las prestaciones conseguidas de 3:29:46 y 3:46.38 representan un nivel nunca visto para fondistas, aparte de Mo Farah, y tal vez Haile, Bekele y Yomif Kejelcha.

Espoleado por la Federación de Kenia, que ya le deja competir lo que quiera, gana los Trials de clasificación para el campeonato del Mundo de Atenas-1997. Allí, aburrido por las escamuzas de Dieter Baumann durante 7 vueltas, pone patas arriba la final con dos giros en 1:55 entre los 3.000 y los 3.800 metros. Naturalmente, se cuelga el oro.

Daniel Komen, 1997 Atenas, Final 5.000m (3)

Poco después, en Zurich, en una carrera aún más grande que la del año anterior, un fantástico Gebre se desquita mejorando su propia plusmarca con 12:41.86 y relegando ¡al fin! a Komen con una última vuelta agónica en 55.2 segundos. Daniel fue, quizá, excesivamente generoso al ponerse a tirar a ritmo uniforme tras un tránsito de 7:38.07 por los 3.000 metros, marcado por Haile y hasta por Tergat, que hacía la goma. Pero, incluso en esta ocasión, dejándose ir en la parrilla, visiblemente contrariado, el keniata logra mejorar su PB (12.44.90).

Pocos días después, Daniel se apropia de la plusmarca con 12:39.74 en otra galopada en la que llega aún más rápido a los 3 kilómetros (7:37.22), e impone su velocidad de crucero insoportable. Quizá ésta sea la última grandísima exhibición del africano junto con la de otro tope intocable, el de 3.000 metros indoor que firma en febrero de 1998 (7:24.90).

El declive y la retirada

Su medalla de plata en los Mundiales de Cross Corto de Marrakesh-1998, superado por John Kibowen, otro fenomenal competidor al que sin embargo estaba harto de doblegar en los dos años anteriores, marca un punto de inflexión que poco a poco le va humanizando a golpe de derrota.

Daniel empieza a faltar a los entrenamientos, y a ganar y perder peso como un actor del método Stanislavski. Se permite el lujo de retar a sus compañeros, haciendo series largas por la calle dos y tres, jugando y bromeando, pero ya no se exprime como antaño, y fracasa en la competición. Moses Kiptanui, líder del grupo, perdió cualquier tipo de control sobre sus excesos. En 1998 no pudo acercarse a ninguna de sus mejores prestaciones (no baja de 12:54 ni de 7:32 al aire libre), pero compitió más de 25 veces, y ya era lo equivalente a un millonario en Kenia. Posiblemente, no necesitaba sufrir como al principio.

En 1999 las cosas fueron un poco peor: no bajó de 12:55 ni de 3:35, registros enormes para cualquier otro corredor que no se llamara Daniel Komen.

La temporada siguiente, queda eliminado en series durante los Trials para Sydney-2000. Ya no parecía el mismo atleta.

Desesperados por salvar su carrera deportiva, los mánagers le ponen en manos de Dieter Hogen para reconvertirlo en corredor de ruta, donde comenzaba a haber ruido de sables y dólares con la inminente transición de Tergat y Gebreselassie al maratón. Para aclimatarse a distancias largas hace un 10.000 en Bruselas, y finaliza en 27:38.32, aunque muy lejos de los primeros. En 2004, con dos o tres kilos de más, participa en un 5k (14:09) y anuncia que prepara su debut en maratón para correr en 2h07, cuando correr en 2h07 aceleraba el pulso a los organizadores. Pero ese maratón no llegó jamás. No entrenaba lo suficiente, ni estaba interesado.

Todo lo que Daniel Komen había dejado escapar en su carrera, todo lo que no fue y podía haber sido, hubiera oscurecido para siempre el alma de cualquiera. Sobre todo si fuera cierto, sólo si lo fuera, que jamás dejó que le administraran o pincharan EPO porque tenía horror a las agujas.

Komen de mayor

Pero, curiosamente, el periodo de vida más feliz de Daniel Komen comenzó justo ahí, cuando colgó las zapatillas. Hoy es un hombre con respetables recursos económicos, preside la Keiyo North Rift Athletics Association y es codirector de una escuela con su mujer, Joyce. En 2017 tuvo problemas con la justicia, pero remontó. No le faltan invitaciones para actos en los que cuenta sus batallas.

Así pues, no hay la sombra tristeza en su descomprensión; en su paso de estrella a ciudadano de a pie. Resulta paradójico que los más afectados por su retirada fuéramos nosotros, los aficionados. Porque si hay algo seguro, es que él no siente nostalgia por aquellos años en que se convirtió en el mejor corredor del rango 3.000 metros/dos millas de la historia del atletismo mundial. Y me quedo corto en lo de mundial. De la historia mundial, planetaria y galáctica.

Juan Manuel Botella

El auténtico rey de la Milla se llama Steve Scott

Steve_Scott_sub-4Foto bringbackthemile.com

 

La Milla (1.609,34 metros) es la distancia anglosajona que más en serio se ha tomado el deporte. Convertida en mito por Sir Roger Bannister, quien por primera vez en la historia -6 de mayo de 1954- bajó de 4 minutos, y frecuentada por los más selectos corredores de medio aliento de la humanidad (Elliot, Snell, Ryan, Keino, Bayi, Walker, Coe, Ovett, Cram, Aouita, Morceli y El Guerrouj), se ha convertido en símbolo para los mejores atletas de cada época; de lo que se deduce que, rara vez, un plusmarquista de la Milla no ha sido recordman de los 1.500 metros antes o después, aunque excepciones haya.

¿Pero quién ha roto en más ocasiones la barrera mítica de los 4 minutos en pista?

Pues la sorpresa es morrocotuda, porque el atleta en cuestión jamás batió el récord de la Milla, ni obtuvo oro en Juegos Olímpicos o Mundiales. Se trata, además, de un perfecto desconocido para las generaciones más jóvenes. Es el estadounidense Steve Scott, con 136 veces sub 4:00.00 en el sintético (45 de ellas bajo techo, y otras 3 en pista indoor de más de 200 metros de cuerda). Scott, habitual en todas las reuniones internacionales de los años ochenta, llegó a señalar una mejor marca personal de 3:47.69.

Le sigue en este gran premio de la regularidad el neozelandés John Walker (3:49.08 PB) con 131 marcas. Walker fue campeón olímpico de 1.500 metros en 1976 y es el único millero moderno que no pudo conciliar su récord mundial de las cuatro vueltas -fue el primer hombre en bajar de 3:50, merced a su 3:49.4 de 1975- con la plusmarca de 1.500 metros.

A mucha distancia están Eamonn Coghlan (80 tiempos y una PB, curiosamente en pista cubierta, de 3:49.78), Sydney Maree (53 registros y una PB de 3:48.81 aunque, atención, acreditó 3:47 en la milla urbana de New York, muy ligeramente cuesta abajo, en 1981), Bernard Lagat (44 marcas y una PB de 3:47.28), Jim Spivey (43 entorchados y una PB de 3:49.80), Nourredine Morceli (42 prestaciones y una PB de 3:44.39), Mike Boit (35 muescas y una PB de 3:49.45), Steve Cram (33 cronos y una PB de 3:46.32), Steve Ovett (32 registros y una PB de 3:48.40), Peter Elliott (28 resultados y una PB de 3:49.20), Frank O’Mara (27 consecuciones y una PB de 3:51.06) y el vigente recórdman mundial, el marroquí Hicham El Guerrouj (24 marcas y 3:43.13).

A Said Aouita, con 23 tiempos sub 4:00.00, le ocurre al revés que a Walker, ya que fue plusmarquista de 1.500 metros (3:29.46 en 1985), pero jamás logró apropiarse del récord de los 1.609,34 metros. Se quedó en 3:46.76.

Por su parte, el gran Sebastian Coe (3:47.33 de PB) firmó 10 marcas sub 4 minutos, aunque su verdadera hazaña, en este caso, es que 3 de esas diez marcas constituyeron récord del mundo. Dicho de otro modo: el 30% de las veces que este hombre se situó en la línea de salida de una Milla a lo largo de su carrera, batió la plusmarca universal.

En cuanto a los españoles, la prodigalidad sigue encarnada por José Luis González, que modeló 24 pruebas en menos de 240 segundos, 4 más que su eterno rival de los años ochenta, José Manuel Abascal. La PB del toledano (3:47.79 en 1985) constituye todavía, tres décadas después, récord de España; y lo que te rondaré, morena. Si Fermín Cacho, Reyes Estévez, Isaac Viciosa, Andrés Díaz o José Antonio Redolat no pudieron batirlo, y con lo difícil que es encontrar millas contemporáneas de nivel, bien puede llegar a 2030 en lo alto del ránking.

Juan Manuel Botella

Foroatletismo, abril de 2013

Bienvenidos al camarote de los Hermanos Marx de la ruta

No diré que la salud es más importante que el atletismo, porque hasta ahí podíamos llegar; que un pecador como yo, le diera un sermón de prioridades y obviedades a la gente. El objetivo número uno en estos momentos es atajar la propagación del COVID-19 y, si es posible, reducirla a cero. No hay discusión. Aniquilar la enfermedad. Punto.

Lo más asombroso es que el COVID-19, aunque hoy parezca imposible, pasará. Dejará una huella terrible de daños personales, quebranto económico y sufrimiento. Pero pasará. Me niego a pensar lo contrario.

Primero será derrotado el virus. Con vacunas, retrovirales, tratamiento o lo que quiera que científicamente sea. Y luego venceremos la psicosis. De ésa estamos todos contagiados, y tardará un poco más en abandonarnos, porque seguro que en 2021 el coronavirus, primo de Zumosol deletéreo de las gripes, da algún coletazo más en forma de oleada, mutación o rebrote, y nos complica la vida.

Pero llegará el momento en que ya no miremos mal al que tose en el autobús. Y desaparecerán de nuestros grupos de whatsup las noticias fake y los chistes fáciles (el de la cancelación de la Semana Santa, salvo Poncio Pilato que se lavaba las manos me ha parecido sublime). Justo entonces saborearemos el glorioso instante en que podamos acercarnos otra vez a la gente en esta crisis de abrazos partidos.

Todo eso ocurrirá, y tendremos que volver a pensar en el atletismo. De hecho, no pasaré ni un solo día de los que quedan a esta pandemia sin imaginarme de regreso a un trabajo normalizado, que no interrumpido porque aquí seguimos currando aunque sea desde casa.

La lista de daños deportivos se presume descomunal. Campeonatos Nacionales de todas las categorías desplazados o cancelados. Dos Mundiales, uno indoor y otro de Medio Maratón, repuestos a martillazos. Unos Juegos Olímpicos de Tokio -vamos a suponer que milagrosamente se celebraran- que arrastrarían una mochila de trastornos, excepcionalidad y polémica por falta de oportunidades de clasificación. ¿Cómo preparar una cita tan señalada si no puedes competir, y tal vez ni siquiera entrenar en condiciones normales?

Pero ninguna consecuencia atlética tan envenenada del COVID-19, como el amontonamiento de carreras de ruta en otoño. En menos de un mes, hemos montado el camarote de los Hermanos Marx de la ruta.

Desde 2008, aproximadamente, hay un circuloso virtuoso deportivo, social y económico en las carreras populares, singularmente en maratones y medios maratones, que aporta salud, buenos hábitos, turismo y empleo. Empleo que va desde el señor que coloca el arco de meta, hasta el atleta de élite que con sus récords da brillo a una carrera, y se cuela con su hazaña en telediarios o redes sociales. Y nada de avergonzarse por ganar un jornal; que hay mucho amargado sin información que piensa que las carreras son una responsabilidad menor o un negocio maquiavélico a costa del participante cuando, en el mejor de los casos, aportan legítimos puestos de trabajo al servicio del deporte y están a años luz de alcanzar beneficios. ¿Algún problema?

El calendario de otoño ya estaba envenenado. Unas carreras se alternaban con otras en un delicado equilibrio de hemisferios, continentes, distancias, corredores populares y élite. Sólo por citar los hitos de 42k más importantes, estaban Buenos Aires, Berlín, Chicago, Amsterdam, Toronto, Nueva York, Valencia y Abu Dhabi… pero también las medias de Copenhague, Cardiff, Valencia o Nueva Delhi.

Con el COVID-19, y para minimizar el tremebundo impacto económico de las cancelaciones, se ha optado por el modelo aplazamiento con el visto bueno de cada federación nacional, que luego reporta a World Athletics. La mayoría de organizaciones ha procedido conforme a Reglamento, en un contexto que sin duda exige solidaridad y comprensión. Alguna organización aislada, en cambio, no; sólo ha mirado por sus intereses, como si el hundimiento del Titanic fuera salvoconducto para que unos pasajeros tirasen a otros por la borda con tal de meterse en el bote salvavidas.

Al otoño han ido a parar dos Majors más, nada menos que Boston (14 de septiembre) y Londres (4 de octubre). Pero también, entre otros, los maratones de París (18 de octubre), Madrid (15 de noviembre), y Rotterdam y Barcelona, esta última sin fecha aprobada a día de hoy por la RFEA; además de las medias de París (6 de septiembre), Madrid (4 de octubre), París y Lisboa (11 de octubre), presumiblemente también la de Praga, y nada menos que un Campeonato del Mundo de Medio Maratón (17 de octubre). Y es sólo la punta del iceberg de docenas de competiciones migrantes, todas de gran calado, que se disputan vorazmente el mismo espacio.

Si añadimos a esto las pruebas de Trail o Triatlon, la superposición puede alcanzar dimensiones caóticas.

Son momentos de comprensión y apoyo. De solidaridad. Cómo demonios no entender a otros compañeros organizadores, a sus runners, a su público, a sus ciudades. Lo que ustedes quieran. Pero el amontonamiento en sólo 9 semanas de grandísimas carreras, no será buena para el atletismo. El año 2020 nos hará perder a todos, sobre todo, a los verdaderos protagonistas de este tinglado, los participantes.

Lo que más temo, sin embargo, es el impacto apocalíptico en los patrocinadores. Unas carreras se harán sombra a otras. Y sombra mediática, que es la que más duele. Habrá que rogar a los espónsores, golpeados encima por el efecto dominó de la crisis económica que se nos viene encima, que aprieten los dientes, y mantengan su apoyo a pesar de este rally en ruta que nos espera en septiembre.

Estamos en pleno ojo del huracán. Quizá en el mismo instante en que se hunde el Titanic y es noche cerrada en las frías aguas del océano Atlántico. Cuesta escapar al pesimismo. Pero somos compañeros de armas. Bienvenidas sean las carreras que, no por gusto, han tenido que moverse.

Me pregunto, eso sí, qué consecuencias futuras habrá para la ruta, sin duda el motor más poderoso del atletismo contemporáneo, con el amargo sabor de boca que nos va a quedar a todos, sobre todo los que pagan, al terminar el año. Habrá que hacer sitio en el bote, aunque no quepamos, remar juntos por el bien del atletismo, y cruzar los dedos para que 2021 sea mejor que este, por ahora, espantoso 2020.

Y respecto al coronavirus, mi esperanza es que sea acorralado y destruido. El 21 de marzo se acaba el invierno, aliado de las gripes, incluso de gripes tan nefastas como el COVID-19. Y cada día, desde hace una semana, repito para mis adentros, como una oración, lo que Antonio Machado escribió una vez: Mi corazón espera otro milagro de la primavera.

Juan Manuel Botella

 

 

 

 

 

Si hoy fuera mi último día corriendo

amanecer

Si hoy fuera mi último día corriendo pensaría que no, ni soñarlo. Me opondría tajantemente. Correr no es lo más importante del mundo, faltaría más, y el universo no gira alrededor de mi zancada, pero van muchos años calzándome las zapatillas y acomodando mis horarios al running; décadas enteras yendo y regresando de ese tiempo personal, de ese tiempo sólo mío que mide el cronómetro. Evadiéndome desde el segundo cero hasta la frontera de mi fatiga en una singladura que me serena y me restablece; que, en cierta forma, me reconcilia con el mundo.

Si hoy fuera mi último día corriendo me negaría a creerlo, igual que el trabajador fiel no asume –ay, tantos años dándolo todo– que le amputen de su querida empresa. Porque el atleta, incluso el atleta ocasional, es un jornalero que adora su jornada, un galeote feliz, un asalariado generalmente sin salario a menos que usted sea, por supuesto, el propio Kenenisa Bekele, en cuyo caso este artículo, se lo digo con admiración, no le incumbe; se dirige más bien, ya sabe, a esos románticos que mueren estúpidamente enamorados de su secreta misión deportiva.

Si hoy fuera mi último día corriendo me resistiría con uñas y dientes, como si me estuvieran arrebatando una posesión preciosa; clamaría justicia para que me dejaran cumplir mi calendario de carreras, encrucijada de fechas, lugares y distancias donde volverse un poco mejor, pero sin abandonar, por supuesto, mi querido pelotón de los peores. Defendería el encaje de bolillos de mi entrenamiento, acoplado milimétricamente al trabajo, la familia, las relaciones sociales. Y lucharía por mi derecho a sentir otra vez la velocidad de caracol de mis cambios de ritmo, el oasis de mis recuperaciones, el trote suave por la hierba tras unas buenas series que sólo recordaré yo. Es seguro con tantos tesoros en mi memoria que, con ímpetu de runner chiflado, combatiría con fiereza la caída del telón.

Además, menudo dilema, ¿qué sesión encajaría como estertor o último aliento? ¿Un interval, un fartlek, un rodaje? Sólo por el quebradero de cabeza, sólo por la ignominia de obligarme a decidir, ya me buscaría la vida para burlar mi retirada.

No importa que vinieran lesiones y enfermedades. Daría la gran batalla. Temblarían masajistas, podólogos y traumatólogos con un paciente tan tozudo. Me convertiría en un vendaval de supervivencia. Y lo haría igual que un corazón roto se resiste con fe ciega al saber que no habrá mañana, que se termina lo bueno ¡hay que joderse! cuando más te estaba gustando. Porque correr nunca o casi nunca lleva a unos Juegos Olímpicos pero, aviso a navegantes, trae paz a este mundo sombrío.

Si hoy fuera el último día corriendo díria que no, hombre, que no; que he aprendido, al ponerme en forma, que me traslado a un lugar nuevo aunque atraviese una y otra vez la misma ruta o el bucle infinito de una pista. Ya jamás voy a conformarme con menos.

Corriendo me he divertido, he conocido gente, he viajado, he adquirido un hábito que me enorgullece, y menos lobos con mi pasión; que miles de kilómetros después, estoy descubriendo la verdadera fórmula de la felicidad, o sea: muchísimo esfuerzo inútil, muchísimas, pero que muchísimas decepciones, y unos raros, breves momentos de haber dado lo mejor de uno mismo, de estar sintiendo la vida por todos los poros de la piel. Quede dicho para siempre, que no quiero renunciar a esa dulce felicidad imperfecta.

Así que, cuidado, porque si supiera que hoy es mi último día corriendo, montaría un follón, gritaría, me pondría hecho un loco. Digo más, prefiero que no me avisen; porque si lo hacen, como aficionado obsesivo, como atleta frustrado, como tortuga reumática, diré que nones, que no me apeo; que nadie me arrebatará el olor a tartán, el sonido de la lluvia sobre la ciudad, la atmósfera de los amaneres y crepúsculos que he surcado, el crujido de la pisada, la ducha reparadora cuando todo vuelve a calmarse.

Porque corro luego existo. Corro porque he convertido el arrebato en costumbre, en una constante que no cambia aunque cambien otras cosas mías. Corro porque los atletas trascienden el hecho de correr. Corro porque si parase, mi historia no sería exactamente mi historia, ni tú serías tú. Corro para construir un estilo de vida, una obra íntima que no tiene sentido sin ayer ni mañana, y que seguiré construyendo mientras me acompañe la salud para alcanzar, entre jadeos y sudores, ese triunfo que sólo conoces si te pones las zapatillas; esa plenitud que se siente al volver fortalecido, tras una sesión, del adorable infierno que hay en el límite de tus propias fuerzas.

Juan Manuel Botella

Foroatletismo, septiembre de 2014

Dos maravillosos fracasos de Cram y Coe

coe seb

A veces todo sale bien, y a veces no; así es la vida, y mejor darle pocas vueltas. Como cualquier hijo de vecino, Sebastian Coe y Steve Cram, junto al indomable Steve Ovett, canon de archiplusmarquistas y protocampeones del atletismo británico de los ochenta, también atesoran fracasos en su hoja de servicios. Nada mejor que esos chascos -maravillosos chascos- para ilustrar la relatividad de un deporte, el atletismo, en el que no se deben juzgar las marcas a la ligera sin conocer aspectos tan variables como el clima, la forma o las circunstancias del evento.

Hay dos carreras muy desconocidas de Cram (1.000 metros en Gateshead, 1985) y de Coe (1.500 metros en Rieti, 1986) que los medios no especializados definieron en su día como fallidas, pero han adquirido valor con el paso del tiempo, igual que el buen vino. Quizá constituyan fiascos en sentido estricto, sobre todo recordando que la prensa de las Islas era muy exigente con sus ídolos, y ni uno ni otro consiguieron el objetivo que se proponían, que era batir un récord; pero si analizamos el asunto con lupa, si se mira con detenimiento, son decepciones que muchas décadas después, ya quisiera llevarse cualquier deportista contemporáneo.

El intento de récord de 1.000 metros de Steve Cram

Es 17 de agosto de 1985. Van a la dar las ocho de la tarde. El intento de récord mundial de 1.000 metros tiene lugar en Gateshead, la localidad natal de Steve Cram, que se conoce la pista como la palma de su mano. Cram, hijo de un policía de Jarrow y pariente lejano del barón Gottfried Von Cramm, de quien parece haber heredado su porte aristocrático al correr, está en su año más dulce. En 19 días ha batido los récords del mundo de 1.500 (3:29.67), la milla (3:46.32) y los 2.000 metros (4:51.39). Ese corto espacio de tiempo le ha permitido derrotar a todo el que se ha cruzado en su camino: Said Aouita, Sebastian Coe, Joaquim Cruz, Steve Scott, José Luis González… Nadie ha podido con él desde que a principios de temporada perdiera una carrera táctica de 800 metros en un triangular disputado en Birmingham, precisamente ante Coe. A partir de ese momento, la camiseta amarilla y negra de su club, el Jarrow & Hepburn, ha salido siempre triunfante tras una cabalgada majestuosa.

Está soplando un molesto vendaval. Los atletas lo sufren de cara en la última recta, en rachas que van de 3 a 6 metros por segundo. Como la pista no es reversible, la carrera de 1.000 metros implica tres virajes en contra. Cram, el héroe local de la reunión, pide que se retrase el intento, previsto a las ocho y media, hasta las diez menos cuarto. Ni los rivales ni los organizadores ponen objeción; el muchacho juega en casa y es imposible atacar una plusmarca, mucho menos esta plusmarca (Sebastian Coe, 2:12.18), si no se dan las condiciones ideales.

Sin embargo, todo sale al revés; el viento se detiene entre las ocho y las nueve, y se levanta justo a tiempo de arruinar la fiesta. “Imposible tener tan mala suerte”, se lamenta Steve Cram, muy pendiente de los anemómetros. Bueno, imposible no; porque además la temperatura desciende de modo inusual para esta época del año, por debajo de los 13 grados. No hay forma de seguir retrasando la reunión, y diez atletas divididos por calles, como en una prueba de 800 metros, se aprestan a tomar la salida. Pese a las dificultades, no se ha movido ni un alma en el graderío.

Aquellas malditas rachas de viento

La competición está en marcha: los participantes han arrancado con la determinación propia de una carrera de velocidad.

El cuádruple plusmarquista mundial (en esa época sumaba a sus tres récords individuales el de relevos 4×800) cuenta con dos liebres que le han acompañado en numerosas competiciones: James Mays y Rob Harrison. Mays toma la calle libre con oficio, seguido de Harrison, y a dos metros de ellos, un Cram muy concentrado. El resto de participantes se pierden en la lejanía. Los 200 metros se alcanzan en 25.1 (por 25.7 de Cram, que siempre se retenía en los comienzos), y los 400 en 51.5 (por 51.8 de Cram, ya más pegado). Allí aparece una fuerte racha de viento que frena el paso por el 600 (1:18.8), y encima agota a las liebres: Mays porque su misión ha terminado, y Harrison porque no da más de sí. Quedarse solo es la peor noticia para Cram. Ahora necesita correr en 53.3 la última vuelta, y el aire azota el estadio sin piedad.

El rubio de Jarrow, se repite las veces que haga falta, era uno de esos corredores dotados con estilo relajado y elegante, altas las caderas, poderosas las piernas, enérgicos los brazos. En los primeros doscientos metros del giro final despliega toda su potencia y acredita 26.10 con viento a favor (pasa en 1:44.94 los 800 metros). Ahora viene el vendaval, se enfrenta a un desenlace agónico. Hasta hace pocos años, en una grabación de Youtube se podían ver las banderolas del estadio agitadas violentamente, y al inglés agachándose para resistir, pero Universal Sports hizo borrar el vídeo para proteger sus derechos de propiedad. La estampa, sin embargo, es inolvidable. Cram cabecea como en Los Ángeles, aprieta los puños, enseña los dientes. No queda un espectador quieto en tribuna, todos empujan a su vecino más ilustre, que llega echándose hacia delante, como un sprinter. Se oye un grito colectivo que semeja mucho a la reacción de un estadio de fútbol cuando el balón se estrella en el poste. El crono de pista señala 2:12.85 (que serían reconvertidos a 2:12.88), por entonces la segunda mejor marca mundial de todos los tiempos. El público le tributa una increíble ovación, pero Steve sonríe contrariado, sin cuajo para dar la vuelta de honor que le piden; su desencanto resultó premonitorio, ya que nunca volvió a correr tan rápido esa distancia.

A juicio de muchos, su marca fue de más empaque que el récord mundial, debido a las circunstancias. En cambio, otros opinaban que era lógico que Cram fracasara. “Para batir el tope de 1.000 metros –comentó un entrenador británico en la retransmisión– hay que valer menos de 1:43:00 en 800 y Cram sólo tiene 1:43.61”. Dicho y hecho. Cuatro días después, en el estadio Letzigrund de Zurich, Cram se alistó en las dos vueltas a la pista, y derrotó con estrépito al todopoderoso y por añadidura campeón olímpico, Joaquim Cruz. Su marca (1:42.88), obtenida pasando a 51.1 y negociando las curvas por la calle dos, representa una lección de sentido del ritmo, poderío físico y suficiencia, y demuestra hasta qué extremo Steve Cram mereció la plusmarca mundial del kilómetro aquella maldita noche ventosa en Gateshead.

Sebastian Coe contra las adversidades

Hay que ponerse en pie para hablar de Lord Sebastian Coe: un deportista inmune a las modas. Su magnética popularidad se asienta, probablemente, en que además de gran campeón, ha sido uno de esos atletas con segunda y tercera oportunidad. Murió y resucitó varias veces para ganar medallas y emocionar al mundo entero. Es un icono del deporte que ha protagonizado noticias de portada. Primero brilló como corredor, que es el área por el que se le requiere en estas líneas; a continuación como político y cabeza visible de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y de la IAAF; y entre medias, por los detalles de su divorcio, que cualquiera puede consultar cómodamente en Google, si tiene interés. Por cierto, también Steve Cram se separó hace unos años de su pareja desde el instituto, Karen Cram. Las nuevas segundas esposas de ambos, Carole Annett y Allison Curbishley, son buenas amigas en la actualidad, y no es raro verlas departiendo en galas y homenajes.

Resulta complicado definir a Sebastian Coe en un solo artículo. Y eso que se han escrito ríos de tinta sobre él. Era un mediofondista de 120 libras (54 kilos) perfectamente capaz de correr los 200 metros en 21.5. Su marca oficial de 400 metros (46.87) no señalaba en absoluto sus límites en la velocidad prolongada. Sostuvo una magnética rivalidad con Steve Ovett que resonó en todo el planeta. Se admiraba su profesionalidad dentro y fuera de los estadios. En una competición de pista cubierta devolvió sus honorarios porque se había retirado, y en otra de campo a través, se negó a cobrar porque se clasificó décimo. A los 25 años, en 1981, Coe alcanzó su cénit en los 800 metros al correr en 1:41.73, crono que todavía se mantiene como uno de los tres mejores de la historia. Aquel año también se apoderó de otras plusmarcas, entre las que figura la de los 1.000 metros (2:12.18) que no pudo batir Cram. Parecía un hombre indestructible en mediofondo corto. Hacía series de 500 a 1:04 como churros cuando nadie sabía qué demonios era la EPO. Pero daba la sensación de que Coe no podía trasladar aquellas fantásticas prestaciones a la milla y a los 1.500 metros, pese a batir varias veces el récord del mundo entre 1980 y 1981.

En parte, esta falta de correspondencia entre sus marcas por arriba y por abajo tiene una explicación simple: en el periodo de mejor forma de toda su vida (verano de 1981) no encontró carreras. La vez que más cerca anduvo, en Estocolmo, la liebre se convirtió en su peor enemigo. James Robinson, atleta de 1:43.95, había sido contratado en el mitin de la capital sueca para asegurar un paso que le llevara a batir el récord holgadamente, pero calculó de modo pésimo el ritmo (51.7 y 1:47.9), y obligó a que Coe transitara en tierra de nadie con parciales de 52.5 y 1:49.1. Sencillamente desastroso. El futuro Lord concluyó en 3:31.95. Semanas después, en la milla, pecando esta vez de lentitud en las primeras 880 yardas, hizo 3.47.33, un rendimiento muy pobre para un campeón olímpico de 1.500 que acredita 1:41 en 800.

Cinco años sin correr un 1.500 en condiciones

Coe tuvo a continuación varias lesiones, y de remate una toxoplasmosis, que más que la enfermedad de los gatos, parece la de los atletas de élite por la gran cantidad de casos que se conocen. Esta dolencia le empequeñeció en 1983, y sembró de dudas su participación en los Juegos de Los Ángeles–84, donde contra pronóstico ganaría la plata en 800 y el oro en 1.500, segundo consecutivo, batiendo a Steve Cram y a José Manuel Abascal. Tampoco en 1984 ó 1985 disputó un milqui en condiciones, así que su marca seguía siendo 3:31.95, y la mayoría de corredores de su generación le había superado en el ránking.

Coe pasó el invierno de 1986 en Málaga, completando 130 kilómetros por semana, y con la salud totalmente restablecida. Más tarde, en su país, realizó entrenamientos con clavos que le dieron enorme confianza. En especial, uno de 20×200 metros en dos bloques. En el primero descansaba entre 25 y 35 segundos. En el segundo, entre 35 y 45. El promedio fue de 26.7, y su última serie en 23.5.

Con estas credenciales, lógicamente, el británico tuvo una buena temporada, con un triunfo ¡al fin! en los 800 metros de los Europeos de Sttutgart–86 (había sido bronce en Praga–78 y plata en Atenas–82). Por paradójico que suene en un hombre que corriera por debajo de 1:42 hace 30 años, es su única victoria en esta disciplina por lo que a campeonatos se refiere. Sebastian, pues, se sentía en paz consigo mismo. O casi en paz. El 7 de septiembre de 1986, en Rieti, estaba dispuesto a actualizar sus prestaciones en 1.500 metros. “Vengo a correr”, advirtió a los organizadores italianos, que pactaron una elevada suma por batir el récord de Said Aouita (3:29.46) y contrataron como liebre, entre otros, al keniano Joseph Chesire (3:33.12 de tope personal), con la encomienda de llevarle al 1.200 en 2:48.

El día que Coe voló en Rieti

Salió una tarde perfecta. Allí estaba el Coe de las grandes ocasiones: fino, inquieto, cabello largo y despeinado. En el calentamiento mostraba esbozos de su estilo enérgico, imperial, todo fluidez, todo frecuencia. La noche anterior hubo problemas con los vuelos de los participantes, y Steve Cram, que se adjudicó los 800 metros de esta misma reunión con 1:43.19, había aterrizado a las tres de la mañana. Coe, sin embargo, llegó con dos días de antelación, y se sentía descansado y mentalizado. Tenía una cuenta pendiente consigo mismo.

El doble campeón olímpico se situó detrás de un frontal de nada menos que tres liebres, secundado por Sydney Maree, otro que rompió la barrera de 3:30 en 1985 (3:29.77) y que aguantaba ritmos escalofriantes, aunque carecía de empuje final. La primera vuelta se pasa en 54.1, y la segunda en 1:51.0, siempre con los pacemarkers por delante, seguidos del inglés y del norteamericano. En ese punto flaquea Maree, y Coe avanza con facilidad en la recta del 900, sobrepasa en la curva a un Chesire que parece extenuado, y acosa a la otra liebre de la prueba, James Mays, por la parte exterior de la calle uno. Mays se retira una vez cumplido su trabajo y deja a Coe en cabeza.

Sin embargo, Chesire se reactiva y adelanta de forma infantil al británico, porque sólo 20 metros después, al paso de la campana (2:34.2), da señales de debilidad y comienza a bloquearse. A Coe se le ve fresco y reacciona de inmediato pasándole por fuera… justo cuando el africano hace lo que nunca debe hacer una liebre, o sea, defender la cuerda y estorbar el adelantamiento. La maniobra sería intrascendente en otras circunstancias, pero resulta catastrófica en una carrera de récord. El público se lleva las manos a la cabeza. Coe tiene que volver a arrancar con una cara de rabia como no se le recuerda desde la Olimpiada de Moscú. Pasa el 1.200 en 2:48.1 (ha cubierto esta vuelta en 56.1 pese al incidente). La plusmarca es posible. El británico atraviesa como un poseso la recta de enfrente, persigue el récord por toda la última curva, y echa el resto en los cien metros finales, con los aficionados coreando su nombre y golpeando las vallas publicitarias como si clamaran justicia.

Pero es inútil. Coe detiene el crono en 3:29.77, a 31 centésimas del récord. Ni siquiera consigue el primado europeo, que retiene su eterno adversario Cram (3:29.67). Lord Coe hace una reverencia a la grada principal, un gesto agradecido y frustrado a la vez, con el que parece pedir perdón. El que también se disculpa es Chesire, y el británico le estrecha la mano. Ambos saben, todo el estadio sabe, que su carrera es más valiosa que la plusmarca de Aouita. Pero no hay misericordia cuando se atenta contra un récord, y Coe y Cram, protagonistas de aquellas dos grandes carreras olvidadas por el público, nos enseñaron que la vida exige trabajo, trabajo, trabajo, y además una condenada pizca de suerte.

Juan Manuel Botella

Atletismo Español, enero de 2010

 

NOTA: ¿Y si Cram hubiera corrido aquel día también los 1.500 metros en Rieti, en vez de salir en los 800? Tampoco en eso se alinearon los astros, ni los mánagers. La verdadera fortuna es pelear con grandes rivales cuando estás para batir un récord.

El cumpleaños de una mítica carrera de 1.500 metros en Niza

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El 16 de julio de 1985 se disputó la mítica prueba de 1.500 metros del mitin Nikaia de Niza donde se enfrentaron, entre otros, Steve Cram, Said Aouita, José Luis González, Steve Scott y Joaquim Cruz. Aquel día se inició una nueva fase en la historia del mediofondo y se rompió la barrera de los 3 minutos y 30 segundos, contra la que sorprendentemente –porque merecieron quebrarla– se habían estrellado Sebastian Coe y Steve Ovett.

Fue un día soleado y fresco. La tentativa de récord se había preparado con un cuidado exquisito. El gran acierto fue reunir a un grupo de hombres en forma y sin miedo a enfrentarse entre sí. Ovett y Coe, salvo en campeonatos oficiales, se evitaban y en los últimos metros solían echar de menos algún rival que les apretase. Pero Cram y Aouita, sobreponiéndose a temores, tuvieron altura de miras y entendieron que el organizador de Niza les ofrecía una oportunidad única de resetear sus marcas y acercarse al récord que, desde el 4 de septiembre de 1983 en Rieti, poseía Steve Ovett con 3:30.77. Tanta voluntad pusieron en el empeño, que el propio Cram había ganado cuatro días antes su semifinal en los 800 metros de los Campeonatos Nacionales Open de Inglaterra (con 1:47.73), pero renunció a la final para no forzar los gemelos; estaba en su mejor momento y quería hacer algo grande en Niza.

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De la forma de Aouita, otro de los favoritos, se hablaban maravillas. Ya era una estrella mundial, como corresponde a un campeón olímpico de 5.000 metros que poseía nada menos que 3:31.54 en 1.500 metros. Además, venía de vencer con 3:35.95 en Milán dando una sensación de facilidad aplastante.

Por su parte, Joaquim Cruz, tras sus exhibiciones de 1984 en 800 metros (oro en Los Ángeles y 1:41.77 en Colonia), era considerado el mediofondista más prometedor del mundo. Acababa de acreditar 3:35.70, pero nunca se había tomado los 1.500 metros en serio, y los disputaba más como complemento que como objetivo. Curiosamente, la prensa le otorgaba el cartel de favorito, mientras pasaba de puntillas por la participación de González y Scott.

A estas figuras se unía Cram, que por primera vez en el último lustro no se había lesionado durante el invierno. Apenas 15 días antes, en Oslo, the Jarrow Arrow (Jarrow era su localidad natal) había corrido en 3:31.34, una excelente prestación para los albores de la temporada, y encima causando una impresión de autoridad suprema. “Creo que valgo 3:28”, había confesado el británico a su antiguo entrenador, Jimmy Hedley.

Unos 20.000 franceses se congregaron en las gradas del estadio Parc de L’Ouest para ver la carrera, que constituía el mayor reclamo del mitin de Niza junto al ucraniano (entonces soviético) Serguey Bubka, el hombre que ese mismo año de 1985, inolvidable para el atletismo, había roto el tope de los seis metros en pértiga.

La prueba se disputó casi al final de la reunión, cuando había caído la noche en la Costa Azul. Olía a récord. Media docena de fotógrafos fueron autorizados por el Juez Árbitro para invadir los carriles exteriores de la pista y plantar sus trípodes a pocos metros de meta.

Nada más darse la salida, estuvo a punto de ocurrir un hecho que hubiera cambiado la historia. Steve Scott se desequilibró y se tuvo que apoyar en la espalda de Cram, quien a su vez trastabilló desplazando primero a José Luis González y después a Joaquim Cruz. A resultas del incidente, el británico corrió con el dorsal trasero colgando, medio desprendido por el agarrón.

Debido al traspié, pero sobre todo a su mesura en los primeros compases, Cram no se situó en cabeza hasta pasados los 200 metros. Desde ese instante, fue el único que quiso asumir la responsabilidad, mientras los demás se miraban. No es exagerado afirmar que se echó la carrera a la espalda.

Las liebres, mientras tanto, iban a lo suyo, cinco metros por delante. El primer pacemarker fue el senegalés Babacar Nang (1:44.70 en 800 como marca personal), que señaló 54.36 en el primer giro. Cram continuaba al comando del grupo, marcado por Cruz, un hombre bastante incómodo de seguir en pelotón, porque impulsaba mucho por detrás con sus largas piernas. El español José Luis González remontaba puestos, a una distancia prudencial de las tibias del brasileño, mientras Aouita, en el sur del paquete, estaba corriendo por fuera, sin encontrar su sitio y trazando curvas por la calle dos.

Cram contactó con las liebres a los 600 metros. Se le veía relajado y dueño de la situación. Los aficionados conocían que era un atleta de zancada elegante, pero nunca se había visto una versión suya tan majestuosa. Estaba en plenitud y no se crispaba ni corriendo a velocidad de récord de mundo. De hecho, la Milla de Ensueño de Oslo -celebrada una semana después- y esta prueba constituyen la expresión corporal más radiante de toda su carrera. Aunque a Cram le hubieran puesto harapos en vez de la camiseta amarilla y negra de Nike, habría parecido un príncipe deslizándose por la pista.

A los 800 metros (1:53.68) se pone al frente la segunda liebre, el sudanés Omar Khalifa, quien llegó a correr en 3:33.28 un par de temporadas más tarde. Khalifa da un brusco tirón, ya que Niang se ha dormido y hay casi dos segundos de retraso respecto al paso de Ovett en Rieti (1:51.70). Al toque de la campana (2.36.1), Joaquim Cruz se rezaga, mientras González se pega a la chepa de Cram, que ha adelantado a Khalifa y está cambiando de ritmo. Aouita continúa atrás y maniobra para sobrepasar a varios atletas.

La contrarrecta es memorable, con el inglés a tope de revoluciones, abriendo hueco, y el español y el marroquí riñendo por la segunda plaza. Aouita supera al fin a González, pero Cram se ha ido demasiado y entra en los últimos cien metros con una ventaja preciosa de medio segundo. Es el preludio de un final apoteósico. El africano, con cara de angustia, se viene arriba, alcanza al británico y parece en condiciones de vencer. Ha hecho lo más difícil y sólo tiene que adelantar, que rematar a su exangüe adversario; pero no puede, ambos están al límite. Cram concentra cada gramo de energía en su zancada, cierra los ojos, se muerde el labio inferior, inclina el tronco en los cuadros y vence con un nuevo récord mundial de 3:29.67. Cuatro centésimas después llega Aouita trompicándose en la línea de meta; ha cubierto el último hectómetro en 12.4 (y no en 11.9 como por error se dio en algunas estadísticas oficiales), y también ha superado en más de un segundo la plusmarca de Ovett. Tercero es González con 3:30.92 y cuarto Steve Scott con 3:31.76. Joaquim Cruz concluye séptimo y se deja llevar en 3:37.10. Fue, por lo que a las cuatro primeras posiciones concierne, el mejor milqui que jamás se había disputado hasta entonces.

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Pasaron muchas cosas tras aquella carrera.

Aouita asumió al fin que debía correr sin complejos y creerse su condición de genio del atletismo. Eran los demás quienes tenían que preocuparse de él; de hecho, fue la última vez que se colocó mal en una carrera. Y a fe que lo demostró. Días más tarde, se apropiaría de las plusmarcas de 5.000 (13:00.40) y de 1.500 metros (3:29.46).

Steve Cram, por su lado, se encaramó a la cima mundial del mediofondo, eclipsando a Coe y Ovett y, además de éste, batió otros dos récords mundiales aquel mismo verano (3:46.32 en la milla y 4:51.39 en 2.000 metros).

Lo más importante para el atletismo español fue que José Luis González alcanzó por fin el estatus de estrella profesional, con una marca muy superior a las que José Manuel Abascal y él mismo solían acreditar, y mostró el camino a generaciones enteras de corredores españoles de medio y largo aliento.

Prueba de ello es lo sucedido en la sala de prensa. Said Aouita apareció muy enfadado y, sin pronunciar el nombre de José Luis, le acusó de boicotear su victoria: “Estoy irritado, un español no me ha dejado adelantarle, por eso no he cazado a Cram al final. El británico es muy bueno, pero sin el incidente, hoy hubiera ganado yo con 3:28”. Sin embargo, algo había cambiado aquella noche en la cabeza de González y del atletismo español. Son inolvidables las palabras del toledano en su turno: “No entiendo por qué Said me echa la culpa, a los 600 metros me ha intentado pasar por el interior y no se lo he permitido. La posición se pelea y se defiende, es ridículo exigir que los rivales te abran paso, ¿o tenía que cederle la calle interior porque se llamara Said Aouita?”.

La verdad es que los supuestos encontronazos no fueron para tanto, y la victoria de Cram resultó totalmente merecida, porque el hoy comentarista de la BBC apostó con auténtica determinación por el récord. Respecto a González y Aouita, a pesar del desencuentro, acabaron entablando una relación cordial y de mutuo respeto. Y tras el Nikaia, estos y otros atletas no presentes en Niza como Coe, Abascal, Maree, Deleze, Elliott, Spivey, Bile, o incluso el ya crepuscular Ovett, firmaron tales proezas, que pasará mucho tiempo hasta que aparezca una nueva generación mimada por la varita mágica del carisma.

Juan Manuel Botella

                                                      Atletismo Español, julio de 2010